En la obra de Vygotsky se destaca la importancia de las interacciones
sociales en el desarrollo cognitivo y del lenguaje en la creación de
conceptos y del propio pensamiento. Plantea que el conocimiento se
construye en un proceso en el que la experiencia individual está
mediada por la interacción, de tal modo que lo que se aprende viene
filtrado por el propio lenguaje, el entorno socio-histórico, la
cultura y la relación con otras personas. El potencial de aprendizaje
está determinado por la zona de desarrollo próximo del estudiante; es
decir, su nivel de desarrollo potencial y su capacidad de resolución
de problemas bajo la guía de un adulto o en colaboración con otro
compañero más capaz.
Las ideas de Vygotsky fueron continuadas por Leont'ev y otros miembros
de la escuela rusa que desarrollaron la Teoría de la Actividad, que
estudia el aprendizaje como una actividad de expansión que se
estructura a partir de las motivaciones y objetivos del individuo, su
comunidad y las características del propio objeto de aprendizaje. Otra
teoría que está también dentro del enfoque del constructivismo social
es el Aprendizaje Contextualizado Lave y Wenger (1991), que ven el
aprendizaje como una actividad que está en función del contexto de las
redes sociales o comunidades de práctica en que se desarrolla. Los
análisis de ambos desarrollos teóricos son incorporados por Farmer
(2006). Esta esquemática revisión de enfoques pedagógicos se convierte
en circular si mencionamos las modernas teorías conexionistas
desarrolladas en el campo de la inteligencia artificial, la neurología
y la ciencia cognitiva, que proponen explicar los fenómenos mentales y
del comportamiento como procesos que emergen de las redes de
conexiones que se establecen, al igual que en las redes neuronales. El
proceso de activación y su extensión en diferentes modelos de redes
determina el tipo de aprendizaje y su potencial relacionado con la
capacidad de asociación de las unidades que componen el modelo.