Supongamos que el llamado de Correa se
hiciese realidad. ¿Cuál sería el resultado?
En las fuerzas armadas no existe un
régimen deliberativo por la sencilla razón de que cualquier debate, si se
volviese intenso, podría acabar a tiros. Soldados y oficiales, en una democracia, están sometidos al poder civil porque si se ponen a discutir entre
ellos, “democráticamente”, cómo repartir el rancho, lo más probable es que no
lleguen a ninguna conclusión sino que terminen matándose, y de paso, poniendo
fin a la vida de civiles inocentes.
Ocurrió ya, en menor escala, el 30 de
septiembre del 2010. En aquella ocasión alentó a policías contra policías, y a
militares contra policías, ocasionando un estallido armado horroroso. Un nuevo
30 S ocurriría esta vez en un contexto económico más difícil y angustiante, con
los ánimos muy caldeados.
Correa no cree que las fuerzas armadas
sean la columna vertebral de la Patria. Dejemos esa discusión para otro día. Lo
que sí es cierto es que son la columna vertebral del estado. Claro que hay
países que no tienen fuerzas armadas, como Costa Rica y Panamá, que
reemplazaron a las fuerzas armadas con una policía reforzada. Pero eso no es lo
que quiere Correa, sino un enfrentamiento abierto entre dos bandos armados.
Este no fue, originalmente, el plan de
Correa para los militares. Durante varios años quiso convertirlos en un pilar
de su régimen. No lo consiguió. Cuando se acabó el dinero del petróleo, los
generales ya no fueron tan dúctiles. Comenzaron a discutirle. Pero aun, lo
desobedecieron una, dos, tres veces. Entonces el plan cambió: ya no intenta
someter a las fuerzas armadas; ahora quiere dividirlas y reventarlas.
Es probable que el mismo Correa no se de
cuenta que nos arrastra al borde de una guerra civil. Quizás especula que, mucho
antes, los militares intentarán un golpe de estado y él será capaz de echarles
encima a la población. O quizás desea realmente que los generales lo pongan en
un avión a Bélgica, evitándole el trago amargo de manejar un país en
bancarrota. Pero ocurre que los generales no intentarán destituirlo: la
comunidad internacional y la opinión pública nacional no lo toleraría, y a
ellos no les interesa un régimen en bancarrota, acosado por el descontento
social. Así que no pueden responder a sus provocaciones. Ayer,
los militares en servicio pasivo se levantaron de sus asientos y se retiraron
de la ceremonia cuando comenzó a hablar; pero los generales en servicio activo,
con las manos atadas, debieron escuchar sus insultos y amenazas en silencio,
mientras vejaba a su institución y los presentaba como glotones despreciables.
En esas condiciones, el peligroso juego
del presidente podría extenderse demasiado, y acabar en un nuevo 30 S, con más sangre
y más muertos.
Que Correa no va a conseguir su
propósito? Quizás. Pero lo mismo creyeron algunos cuando advertimos que pondría
en peligro la estabilidad financiera y la dolarización.
Afortunadamente, ambos peligros, el derrumbe económico
total y un estallido armado que nos destruya, se pueden evitar si reaccionamos
a tiempo.