EL APÓLOGO DEL CIGARRILLO PARA LOS NO-FUMADORES.

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Jul 31, 2023, 5:45:26 PM7/31/23
to Masoneria
EL APÓLOGO DEL CIGARRILLO PARA LOS NO-FUMADORES.

Desde hacía tiempo, tenía yo un gran deseo de encontrarme con Gurdjieff y, alhallarme en Nueva York, se concertó una entrevista. Había solicitado a Orageunas líneas de presentación, pero justo en ese momento, los dos hombres apenasse hablaban y Orage consideró que unas palabras suyas sólo conseguiríancerrarme las puertas de Gurdjieff. Por fin, obtuve una carta de introducción paraun viejo amigo de Gurdjieff quien, muy feliz de concertar una entrevista, me pidióque le telefoneara tres días más tarde. Cuando en la mañana indicada lo llamé, meaconsejó conseguir una cita con la secretaria de Gurdjieff. Pregunté si debíamencionar su nombre.—Oh, no —se me respondió—, esto no sería una recomendación, pero ustedpodría decir que el Sr. L. le aconsejó proceder así. —Pero, yo no conozco al Sr. L.—repliqué. —Entonces, diga simplemente que usted supo que el Sr. L. debíahablar de usted a Gurdjieff y concertar una entrevista con él.Llamé a la secretaria. Ella no sabía nada acerca de una conversación entre el Sr.L. y Gurdjieff, pero, si yo escribía una carta explicativa, con detalles sobre mímismo, la transmitiría a Gurdjieff. Escribí la carta pedida y dos días más tarde lasecretaria me telefoneó: el Sr. Gurdjieff me recibiría a las dos y media de la tarde,en su hotel, habitaciones 217 y 218.Antes de la entrevista, yo había almorzado con un hombre de letras, muydistinguido, americano, quien, según me habían dicho, conocía a Gurdjieff desdeaños atrás. Le pregunté qué pensaba de él.29
—En realidad, no hablé nunca con él —dijo—, pero he asistido a menudo a susconferencias y debo confesar que para mí es un enigma.—¿Cree usted exacto el que se sirva a veces de extraños poderes para fines noespirituales?—Sería injusto afirmarlo. Todas las cosas no ortodoxas de las que se hablapueden formar parte integrante de un sistema espiritual de muy profundo alcance.No olvide que también Mme. Blavatsky intentó a menudo obtener de susdiscípulos auténticas reacciones, insultándolos o escandalizándolos. Es posible queGurdjieff obre del mismo modo. Hubo un tiempo en que Orage y Ouspensky hanquerido que yo participara en el movimiento. He rehusado constantemente y deboconfesar que me felicito de no tener nada que ver con ellos.—¿Es cierto que Gurdjieff ha cambiado radicalmente después de su accidenteautomovilístico?—En efecto, parece haber cambiado. Permaneció moribundo durante muchotiempo y es posible que una experiencia tan dolorosa lo haya transformado. Comousted lo sabe tal vez, acaba de aparecer su primer libro, que me ha sorprendido,pues muestra a un Gurdjieff nuevo, más altruista, menos materialista.—¿Dónde se puede conseguir ese libro?—Me temo que en ninguna parte. Es una edición privada y Gurdjieff sólo loenvía a aquellos a quienes juzga dignos de ser instruidos por él. Me ha enviado unejemplar, pero el estilo es tan atroz, que me costó un esfuerzo ímprobo leerlo hastael final.—¿Lo ha visto usted últimamente?—Sí, en una recepción, la primavera pasada. Le voy a contar un incidente muycurioso que ocurrió ese día. Una de mis amigas, novelista conocida, se hallabasentada a mi mesa. Le señalé a Gurdjieff, sentado a una mesa vecina, y le preguntési lo conocía. "No, ¿quién es?", me respondió, mirándolo. Gurdjieff le clavó lamirada y, en seguida, lo vimos inhalar y exhalar la respiración de una maneraespecial. Estoy demasiado acostumbrado a esta clase de patrañas para no habercomprendido que Gurdjieff estaba empleando un método oriental. Instantes mástarde, noté que mi amiga palidecía y parecía a punto de perder el conocimiento. Esextremadamente dueña de sí misma y su actitud me sorprendió. Al cabo de unmomento se repuso y le pregunté qué habia experimentado. "Este hombre esfantástico —murmuró ella—. Ha sucedido algo espantoso" —dijo; pero, enseguida, se rió con su hermosa risa de siempre. "Debería sentir vergüenza, pero,bah, le diré lo que ha pasado. Miré a su "amigo" hace un momento y él sorprendiómi mirada. A su vez me contempló de tal modo que, al cabo de un instante mesentí alcanzada en el centro mismo de mi sexo. ¡Fué algo innoble!"Mi amigo se detuvo un momento, luego agregó, sonriendo:—Preste atención. El hombre que usted irá a ver, posee, seguramente, poderesextraños. Por algo los ha aprendido en el Tibet.—¡He oído hablar de eso tan a menudo! —repliqué—. Pero, desconfío de esashistorias tibetanas. Todos estos Mesías, desde Mme. Blavatsky, se jactan de losconocimientos aprendidos en el Tibet. ¿Sabe usted tan sólo si Gurdjieff estuvo allí30
realmente?—Hasta resulta que poseo pruebas precisas. Hace unos años, se organizó enNueva York una recepción en honor de Gurdjieff, sí, recuerdo bien. Se hallabanpresentes muchos hombres distinguidos, entre ellos, un escritor, Achmed Abdullah,quien me dijo que no conocía a Gurdjieff y que se alegraba mucho de encontrarlo.Cuando entró Gurdjieff, Achmed Abdullah se volvió hacia mí y me dijo: "Yo heencontrado ya a este hombre. ¿Sabe usted quién es realmente? Antes de la guerra,estaba en Lhassa como agente del servicio secreto ruso. Entonces yo también meencontraba en Lhassa y, en cierto modo, hemos trabajado el uno contra el otro." Yave usted que Gurdjieff llegó al corazón mismo de toda enseñanza esotérica.Algunas personas pretenden que sólo estaba en Lhassa como agente ruso paraocultar el verdadero fin de su permanencia, que era el de aprender los métodossobrenaturales de los lamas. Otros sostienen que sus pretendidos estudiosesotéricos no eran sino el pretexto tras el cual se escondían actividades políticas.¿Cómo conocer la verdad?Gurdjieff vivía en uno de los hoteles más modernos de la calle 57. Cuando elempleado de la portería telefoneó para anunciar mi visita, me dijeron que "subieradirectamente" al número 217. Llamé a la puerta y entré en una pieza bastanteoscura. Un joven alto, que fumaba un cigarrillo, estaba en la puerta para recibirme."¿Cómo está usted? —me dijo—. Él va a venir dentro de un instante. Siéntese, selo ruego." Parecía discreto y bien educado, pero nunca vi una mirada máshorrorizada. Es evidente que era fácil dejar libre curso a la imaginación, descubrirsignos que tal vez no existían. Pero yo había venido muy decidido a no dramatizar,a observar atentamente y a recoger la mayor cantidad posible de datos. La historiade Gurdjieff ya era bastante dramática de por sí. En cuanto al joven, su expresiónno dejaba lugar a dudas. Estaba muy pálido, tenía los ojos afiebrados y brillantes ydaba la impresión de alguien que hubiera visto un fantasma. Fumaba connerviosidad y su mirada no se apartaba de la habitación contigua. No había puertaentre las dos piezas y yo distinguía, en el fondo, una cama y algunos equipajes. Elsalón en el que nos hallábamos estaba bastante pobremente amueblado, encomparación con los hoteles del barrio. Varias valijas, en estado lastimoso, estabantiradas por el suelo, delante de la chimenea. Oí que se abría la puerta que daba alcorredor y casi en seguida Gurdjieff se nos reunió. "¿Cómo está usted?", dijo en uninglés muy malo y con fuerte acento oriental. Me impresionó, sobre todo, la formade pronunciar las "h". No eran las suaves "h" inglesas, sino más bien el "ch"gutural y pesado de algunas palabras alemanas, o el "chr" de los idiomas orientales.Gurdjieff llevaba un chaleco desabotonado a medias, estaba sin chaqueta, conpantalones oscuros y pantuflas.  Bajo el  chaleco se veían  los tirantes.—Disculpe este atavío —dijo—, acabo de almorzar. —Tendió su índice haciamí y dijo al joven—: Inglés muy preciso. —Evidentemente quería decir: puntual—. Él, verdaderamente inglés —continuó, sin permitirme contradecirle— nocomo ustedes, todos semiturcos, semiturcos. —Se volvió hacia mí—:Americanos, no ingleses. Para mí, son solamente medio ingleses y medio,medio... —buscaba la palabra medio turcos. Se puso a reír y prosiguió en seguida31
—: Usted, excuse mi inglés. Él, muy malo. Yo hablar un inglés a mí, sabe usted.No moderno, sino pre-shakesperiano. Muy malo, pero mis amigos comprenderlo.Y yo comprendo muy bien el inglés moderno, entonces, usted puede hablar. Estehombre —indicaba a su discípulo— le traducirá mi inglés pre-shakesperiano. Élsabe.—¡Oh! Es sumamente claro para mí, señor Gurdjieff, comprendo todo lo queusted dice.—Entonces, tome un cigarrillo.—Gracias, lo siento, pero no fumo.—¡Oh! ¡no fumar los americanos! No, le doy magníficos cigarrillos, verdaderoscigarrillos. Turcos y rusos. Diga  ¿cuáles?Me aproximó una gran caja de cigarros rusos.—Gracias —repetí—, pero, realmente yo no fumo.—Vamos, vamos, son buenos, prima, prima. Si no fuma esto, le doy... ¿cómollamar a los cigarrillos no fumadores? ¿Cómo llamarlos?Se volvió hacia el joven que explicó:—El señor Gurdjieff tiene cigarrillos para los no fumadores. ¿Desea usted?Yo empezaba a sentirme un poco incómodo, pero quise tomar las cosas enbroma y dije amablemente:—Muchísimas gracias, pero me sentiré mareado con la primera bocanada. Nohe fumado jamás.Lo afirmé sin la menor vergüenza.Me senté en un pequeño diván cerca dé Gurdjieff, confortablemente reclinadoen un gran sillón. El joven no abandonó su silla, delante de la chimenea.Continuaba lanzando inquietas ojeadas a Gurdjieff y parecía imposibleimaginarlo riendo o sonriendo. Se diría que su rostro sólo podía expresar terror(¿o sería más bien una forma histérica de la espera?) Gurdjieff tenía una caranotoriamente levantina. La piel era oscura, el bigote retorcido y negrocomenzaba a blanquear. Los ojos eran muy negros y vivos. Pero, de un carácteraún más levantino que lo demás, era la boca: no permanecía nunca cerrada deltodo y.descubría los dientes, de los que uno o dos estaban amarillos, a causa de lanicotina. Gurdjieff era completamente calvo y bastante grueso. Pero debió habersido muy buen mozo y parecía evidente que ese tipo de levantino viril debíahaber gustado mucho a las mujeres. Era muy amable y sonreía sin cesar, comopara seducirme. Y, no obstante, yo comenzaba a sentirme muy raro. No soyfácilmente sensible a las influencias "telepáticas" y no soy lo que se suele llamarun "buen médium". Nadie llegó a hipnotizarme nunca. En ese momento especial,estaba en guardia, decidido a resistir una influencia psíquica, cualquiera quefuera. Y, sin embargo, empecé a experimentar una innegable debilidad en laparte inferior de mi cuerpo, a partir del ombligo y, sobre todo, en las piernas.Esta impresión iba en aumento. Al cabo de veinte o treinta segundos se hizo tanfuerte, que me preguntaba si habría tenido fuerzas para levantarme y dejar lahabitación.Tuve mucho cuidado de no mirar a Gurdjieff, de no dejar que me clavara su32
mirada. Había evitado sus ojos durante dos minutos, por lo menos. Me volvíaconstantemente hacia el joven, al que dije: "Le hablaré, y usted tendrá laamabilidad de traducir mis palabras al señor Gurdjieff, en caso de que no mecomprenda." El joven estuvo de acuerdo y yo seguía mirándolo, teniendo aGurdjieff a mi derecha. A pesar de ello, la sensación de debilidad aumentaba.Estaba intensamente despierto, muy consciente de cuanto pasaba en mí yobservaba esta experiencia nueva y fascinadora con la mayor atención. Minerviosidad aumentaba hasta el punto de llegar al malestar físico y a la inquietud.Pero esta turbación no subía más allá del ombligo. Mis piernas temblaban comoantes de un examen o una visita al dentista; estaba seguro de que si intentabalevantarme, no me obedecerían y caería al suelo.No tenía la menor duda de que ese extraño estado era provocado por la influenciade Gurdjieff, y estaba bien decidido a liberarme. Concentré mi atención más y másen la conversación con el joven y, poco a poco, sentí que volvía a mi estadonormal. Al cabo de algunos minutos, había salido del "círculo mágico" deGurdjieff. Esta singular experiencia puede explicarse de varias maneras. Podía seruna forma de hipnosis, hasta de auto-hipnosis que, por ciertas razones, sólo habíaafectado las partes inferiores de mi cuerpo, sin alcanzar el cerebro, ni los centrosemocionales. Pero, lo dudo. Podía ser también una forma de esa emanaciónflúidica que se atribuye a Rasputín. Estas radiaciones pueden producirse como loson algunos olores en algunas razas de color.Mi extraña experiencia podía tener aún otra explicación. De acuerdo con algunosvidentes, que han disciplinado su don hasta llegar a servirse de él con el máximode lucidez, un examen psicológico puede producir efectos similares a los que herelatado. Rudolph Steiner examinaba a la gente a veces así, pues su objeto era verla imagen espiritual del paciente, en vez de su imagen física. Pero Steiner teníaplena conciencia de lo que lleva consigo semejante prueba. "La idea de que un serhumano pueda convertirse simplemente en objeto de observación —dijo en uno desus libros—, no debe encararse jamás. El dominio sobre sí mismo debe velar porque esta incursión en el otro vaya unida a un respeto ilimitado por el privilegiopersonal de cada individuo y con el reconocimiento de lo que hay de inviolable yde sagrado en el ser humano."Es evidente que yo hubiera podido protegerme contra un "examen clarividente".Si yo me hubiera encontrado con Gurdjieff en un estado de ánimo acogedor y nodefensivo, probablemente no habría logrado lo que deseaba. Ningún poder"psíquico" es suficientemente poderoso como para dominar una actitud amante yhumana y existen otros medios de protegerse contra una encuesta, por másclarividente que sea, y a la que uno se niega.Cuando la impresión de nerviosidad y de debilidad en las piernas hubodesaparecido, me volví a Gurdjieff:—Me han dicho  que ha  publicado usted un libro – dije –. Como, por cuanto yosé, es la primera vez, y como no conozco sus ideas sino de segunda mano, lequedaría muy agradecido si me indica dónde puedo procurármelo.Mi huésped se levantó, se acercó a una de las valijas negras que se encontraban33
en el suelo, sacó un delgado volumen y me lo tendió.—Aquí lo tiene y, usted sabe, ninguna suma podría cubrir su compra. Sólo sedirige a algunos, pero se lo regalo. Encontrará en él todo lo que busca.L« di las gracias y continué:—Me han dicho también que usted preparaba una obra que contendría toda suenseñanza y su experiencia de muchos años.Hizo un gesto de indiferencia:—Yo escribir nueve libros al mismo tiempo, ellos gruesos así.Su mano indicaba un espesor poco común.—Parece que el manuscrito de uno de sus libros se halla en posesión de uno desus antiguos discípulos, en Londres. ¿Se trata de uno de los nueve volúmenes?Gurdjieff tuvo un gesto de desprecio:—No es nada, absolutamente nada. Ellos tienen todas mis visiones.Eché al joven una mirada de interrogación:—Quiere decir: versiones —murmuró.—Yo escribo siempre tres visiones. La segunda sola se publica. Y nadie más queyo la conoce. Otras están aquí y allí. Ellos todos las tienen y se sirven de ellas paraenseñar sus ideas. Pero esto no significa nada. Tengo discípulos sobre toda latierra, en todos los países, hay grupos por todas partes. Sólo en Inglaterra hayquince, en quince ciudades diferentes. Y todos ensayan servirse para ellos de mienseñanza. Ach, esto no es nada, absolutamente nada.Chasqueó los dedos en gesto de desprecio.—¿Es exacto que usted estaba formando un grupo de discípulos, que .seconvertiría eventualmente en una escuela esotérica, gracias a la cual sus ideasresplandecerían en todo el mundo?—Usted encontrará todo esto en el libro. Todo. —Señalaba el pequeño volumenque yo tenía—. Todo está ahí. Inútil hablarme. Usted no me conoce. Lea primeroeste libro y vuelva a verme. Entonces, hablaremos. Pero, ahora, usted no saber quépreguntar. Primero leer el libro, todo está.Comprendí que Gurdjieff no quería contestar a mi pregunta y que considerabaterminada la conversación. Pero yo estaba decidido a quedarme un poco más y aobservarlo.—¿Considera usted la enseñanza de Ouspensky original o inspirada en la suya? Y¿piensa que es el más importante de sus discípulos? —inquirí, como si no hubieranotado su impaciencia. —Él ha sido solamente uno de mis alumnos. Entre mil,diez mil. Tuvo un nuevo gesto de desaprobación. Cada vez que hacía estos gestos,evocaba al perfecto levantino; evasivo en las respuestas, hiperbólico y preocupadopor el efecto que producía. Es posible que todos esos desconciertos y saltos dehumor formaran parte de un método y que al emplear esos "trucos", llegaba adiscernir mis reacciones más claramente que sin ello. Sin embargo, yo no podíacreer que la búsqueda de la verdad tuviera necesidad de tan extraordinario terrenode acercamiento. ¿Cómo un hombre dotado de experiencia y sabiduría profundas,recurría a una técnica tan grosera, hecha de invectiva y de constante rechazo? ¿Nole alcanzaba su poder para "ver" en mí y observar mis "reacciones naturales" en el34
plano habitual de las relaciones humanas?Y sin embargo, algunas personas de profunda mentalidad habían sufrido suascendiente. Los trataba a veces como a esclavos y, a pesar de esto, habíanrenegado toda creencia anterior para seguirlo ciegamente. Sus podereshipnóticos, el atractivo físico que debía ejercer, la llama de su mirada, no podíanpor sí solos producir tales efectos. Sin duda, Ouspensky había tenido razóncuando me decía que era preciso separar el sistema representado por Gurdjieff,de Gurdjieff como hombre. Ahora que me había acercado al hombre Gurdjieff,sentía que podía dejarlo. Por una vez, el individuo había respondido a sureputación. Me levanlé para partir y Gurdjieff me dijo:—Usted lea primero este libro. Contiene todo. Y vuelva a verme. Entonces,hablaremos.—¿Dónde y cuándo puedo volver a verlo? —pregunté.—Mi despacho —Childs.Lo miré sin comprender. El joven, desde la chimenea, intervino.—Quiere decir el restaurante Childs en la Quinta Avenida y la calle 56.—Yo tengo tres Childs. Ellos, todos mi despacho. Aquí, yo trabajo por lamañana, pero de noche estoy en mi despacho. Usted venir, tomaremos café yhablaremos. Estoy siempre de seis a ocho.—Gracias, señor Gurdjieff, iré con seguridad, después de haber leído su libro.Regresé directamente a mi hotel y, en cuanto estuve en mi habitación, sentí ungran deseo de lavarme las manos. Me las lavé con agua caliente, jabonándolasprolongadamente, después de lo cual me sentí mejor, y me senté para hacer lareseña de mi extraña aventura.El libro que Gurdjieff me había dado estaba recubierto de un papel asaz curioso,que se parecía a gamuza, pero de un grano tan rudo que su contacto casi hacíarechinar los dientes. Comprendí que esta encuademación no había sido elegida alazar. Llevaba estas palabras:
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