Francisco Febres CorderoDe la mala a la buena fe

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Oct 19, 2010, 12:10:21 AM10/19/10
to mashi.kunaz
Francisco Febres Cordero
De la mala a la buena fe
El excelentísimo señor Presidente de la República dijo que soy un
periodista de mala fe. Ese fue el día más triste de mi vida, en que me
sentí no solo acongojado, sino, sobre todo, contrito, arrepentido. Si
antes, ¡ay, mísero de mí!, fui horrible, ahora he decidido cambiar de
fe y hacer que la mala siaga buena. Por eso voy a apoyar al Gobierno y
resaltar todas, pero todas sus virtudes, para así contribuir a que la
revolución se fortalezca y el Presidente nunca más vaya a ningún
hospital.

Así pues, henchido de buena fe, resalto un hecho digno de todo
encomio: el viaje del Presidente de la Asamblea y de una legisladora
en el avión presidencial al Canadá: el Corcho llevando como sus
acompañantes a su esposa y a un nietito, y la legisladora Linda
Machuca llevando a su hijito de apenas cinco añitos. Los dos, según
dijeron, tenían buenas razones para viajar acompañados: el Corcho
porque, después de cinco días de trabajo agotador, no había podido
estar con su esposa y su nietito durante ese lapso tan largo, y la
legisladora Linda porque no tenía con quién dejar a su hijito lindo si
ella se iba al Canadá solita. Entonces, como buenos asambleístas,
hicieron pasar al avión presidencial a sus parientes por el ministerio
de la ley.

Con ese ejemplo de cinturones de seguridad limpios, maletas lúcidas y
shopings ardientes, de hoy en adelante todos los funcionarios públicos
y legisladores deben viajar acompañados de sus familiares, sobre todo
cuando vean que en los vehículos del Estado hay asientos vacíos. ¡Cómo
se fomentará así la unión y no la subversión y el caos! Todos estarían
felices y nunca más se mostrarían insultones, cabriados, cejijuntos,
prepotentes, indialogantes, necios, sordos, mañosos, mentirosos.

¿Quién se va a oponer que durante un fin de semana el funcionario que
ha trabajado como bestia durante muchos días se vaya a la playa en un
vehículo oficial, con su familia? ¿Acaso no tiene derecho de salir en
pos de recogimiento y solaz para tomar el sol luego de haber estado en
la sombra de su despacho? Y si es de alto rango, ¿no será prudente que
lleve también a sus guardaespaldas, no vaya a ser que en la playa la
insolación policial le sorprenda a él y a su familia? ¿Quién les cuida
a él y a sus parientes de los imprevistos, arteros ataques de los
rayos ultravioletas que, tranquilamente, pueden ser lanzados por los
conspiradores apostados en la arena?

Esa creo que es la gran lección que, en esta hora en que no habrá
perdón ni olvido, nos deja la revolución ciudadana: luchar porque la
familia no se desintegre jamás de los jamases y no dé mal ejemplo con
su separación física, química y espiritual.

Lo único que habría que cuidar es que, así como se van los
funcionarios, regresen. Y en eso sí debería actuar la Contraloría para
que les fiscalice y les cuente: si se fueron cuatro, que regresen
cuatro; si cinco, cinco; si se fue una pareja, que regrese la misma
pareja y no cambiada. Y así.

¡Qué ejemplo preclaro dan al país las familias de la revolución
ciudadana con su sentido de hogar, su afecto limpio y puro y el uso de
los bienes del Estado en aras del cariño verdadero! ¡Ojalá el Gobierno
continúe igualito durante los 300 años que le faltan!

¡Viva nuestra buena fe en la revolución ciudadana!

¡Hasta la familia, siempre!

--
Mashikuna
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