Re: Juan 17 21-23 Cual Es La Fuente De La Unidad

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Vanina Mazzillo

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Jul 13, 2024, 2:41:01 AM7/13/24
to lyubircaru

Desde que fuimos inmerecidamente elevados a la ctedra de Pedro, Vuelve siempre a nuestra consideracin, como aviso y a la vez como consuelo, el recuerdo de lo que vimos y escuchamos cuando desapareci de la vida nuestro inmediato predecesor, llorado por casi todos los pueblos, de cualquier ideologa que fuesen. Lo mismo nos acontece al recordar el espectculo que se nos present, despus de nuestra ascensin al supremo Pontificado, cuando las multitudes, a pesar de la preocupacin y atencin por otros acontecimientos y gravsimos problemas, volvieron a Nos sus almas y sus corazones, llenas de esperanza, y confiada expectacin. Lo cual demuestra, sin lugar a dudas, que la Iglesia catlica florece con perenne juventud, que es estandarte alzado sobre las naciones[1] y de ella surgen, como de fuente, la penetrante luz y el suave amor que inunda a todos los pueblos.

Hay, adems, para Nos otro motivo de consuelo. Nos referimos a la gran acogida con que ha sido recibido el anuncio de la celebracin del Concilio ecumnico, del Snodo diocesano de Roma, de la acomodacin del Cdigo de Derecho cannico a las actuales necesidades, de la promulgacin del nuevo Cdigo para la Iglesia de rito oriental y a la general esperanza de que estos acontecimientos puedan felizmente conducir a todos a un mayor y ms profundo conocimiento de la verdad, a una saludable renovacin de las costumbres cristianas y a la restauracin de la unidad, de la concordia y de la paz.

juan 17 21-23 cual es la fuente de la unidad


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Alumbre con su luz el Espritu Santo a Nos mientras escribimos y a vosotros mientras leis. Haga que, dciles a la divina gracia, se muevan todos para lograr los fines anhelados; a pesar de los prejuicios y no pocas dificultades y obstculos que se opongan.

Ahora bien: aunque podemos alcanzar, como dijimos, la verdad natural con la sola luz de la razn, sucede, sin embargo, con frecuencia, que no todos la logran fcilmente y sin mezcla de error, principalmente en lo tocante a la religin y a la moral. Y, adems, a las verdades que superan la capacidad natural de la razn no podemos en modo alguno llegar sin la ayuda de la luz sobrenatural. Por esto, el Verbo de Dios, que habita una luz inaccesible[2] con inmensa caridad y compasin hacia el gnero humano, se hizo carne y habit entre nosotros[3] para iluminar viniendo a este mundo a todos los hombres[4] y conducirlos a todos no slo a la plenitud de la verdad, sino tambin a la virtud y eterna bienaventuranza. Todos, por tanto, estn obligados a abrazar la doctrina del Evangelio. Si se la rechaza, vacilan los mismos fundamentos de la verdad, de la honestidad y de la civilizacin.

Se trata, como es evidente, de una cuestin gravsima, estrechamente ligada a nuestra salvacin eterna. Los que, como dice el Apstol de las gentes, siempre estn aprendiendo sin lograr jams llegar al conocimiento de la verdad[5]; los que niegan a la humana razn la posibilidad de llegar al conocimiento de cualquier verdad cierta y segura y repudian aun las verdades reveladas por Dios, necesarias para la salvacin eterna, se alejan, sin duda, miserablemente de la doctrina de Cristo y del pensamiento del mismo Apstol de las gentes, el cual nos exhorta: ... Hasta que todos alcancemos la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios... para que ya no seamos nios, que fluctan y se dejan llevar de todo viento de doctrina por el engao de los hombres que para engaar emplean astutamente los artificios del error, sino que, al contrario, abrazados a la verdad, en todo crezcamos en caridad, llegndonos a aquel que es nuestra cabeza, Cristo, de quien todo el cuerpo, trabado y unido por todos los ligamentos que lo unen y nutren para la operacin propia de cada miembro, crece y se perfecciona en la caridad[6].

Los que empero, de propsito y temerariamente, impugnan la verdad conocida, y con la palabra, la pluma o la obra usan las armas de la mentira para ganarse la aprobacin del pueblo sencillo y modelar, segn su doctrina, las mentes inexpertas y blandas de los adolescentes, esos tales cometen, sin duda, un abuso contra la ignorancia y la inocencia ajenas y llevan a cabo una obra absolutamente reprobable.

No podemos, pues, menos de exhortar a presentar la verdad con diligencia, cautela y prudencia a todos los que, principalmente a travs de los libros, revistas y diarios, hoy tan abundantes, ejercen marcado influjo en la mente de los lectores, sobre todo de los jvenes, y en la formacin de sus opiniones y costumbres. Por Su misma profesin tienen ellos el deber gravsimo de propagar no la mentira, el error, la obscenidad, sino solamente lo verdadero y todo lo que principalmente conduce no al vicio, sino a la prctica del bien y la virtud.

Con gran tristeza vemos, como ya deploraba nuestro predecesor Len XIII, de feliz memoria, serpentear audazmente la mentira... en gruesos volmenes y en pequeos libros, en las pginas de los diarios y en la publicidad teatral[7]; vemos libros y revistas que se imprimen para ridiculizar la virtud y cohonestar el vicio[8].

A todo esto tenemos hoy que aadir, como vosotros bien lo sabis, venerables hermanos y queridos hijos, las audiciones radiofnicas y las funciones de cine y de televisin, espectculos estos ltimos que fcilmente se tienen en casa. Todos estos medios pueden servir de invitacin y estmulo para el bien, la honestidad y aun la prctica de las virtudes cristianas; sin embargo, no raras veces, por desgracia, sirven, principalmente a los jvenes, de incentivo a las malas costumbres, al error y a una vida viciosa.

Para neutralizar, por tanto, con todo empeo y diligencia este gran mal, que se difunde cada da ms, es necesario oponer a estas armas nocivas las armas de la verdad y honestidad. A la prensa mala y mentirosa se debe resistir con la prensa recta y sincera; a las audiciones de radio y a los espectculos de cine y televisin que fomentan el error y el vicio hay que oponer otros que defiendan la verdad y guarden inclume la integridad de las costumbres. As, estos recientes inventos, que tanto pueden para fomentar el mal, se convertirn para el hombre en instrumento de bien y salvacin y al mismo tiempo en medios de honesto esparcimiento, con lo que vendr el remedio de la misma fuente de donde frecuentemente brota el veneno.

Es, pues, necesario que todos, tanto los ciudadanos privados como quienes tienen en sus manos el destino de los pueblos, amen sinceramente la verdad si quieren gozar de la concordia y de la paz, de la que solamente puede derivarse la verdadera prosperidad pblica y privada.

De modo particular exhortamos a esta concordia y paz a los que gobiernan las naciones. Nos, que estamos situados por encima de las contiendas entre las naciones, que abrazamos a todos los pueblos con igual amor y que no nos movemos por provechos temporales ni por razones de dominio poltico, ni por deseos de esta vida presente, al hablaros de asunto tan importante creemos que podemos ser juzgados y escuchados serenamente por los hombres de todas las naciones.

Dios ha creado a los hombres no enemigos, sino hermanos; les ha dado la tierra para cultivarla con trabajo y fatiga, a fin de que todos y cada uno recaben de ella sus frutos y cuanto precisan para el sustento y las necesidades de la vida. Las diversas naciones no son otra cosa sino comunidades de hombres, es decir, de hermanos, que deben tender, unidos fraternamente, no slo al fin propio de cada una, sino tambin al bien comn de toda la familia humana.

Por otra parte, el curso de esta vida mortal no debe considerarse solamente en s mismo ni como si su finalidad fuese el placer; no se acaba con la descomposicin de la carne humana, sino que conduce hacia la vida inmortal, hacia la patria donde viviremos para siempre.

Si se quitan del alma humana esta doctrina y esta consoladora esperanza, caen por tierra todas las razones para vivir; surgen fatalmente de nuestros espritus las pasiones, las luchas, las discordias, que ningn freno ser capaz de contenerlas eficazmente; no brilla el olivo de la paz, sino que se enciende la llama de la discordia; el destino del hombre llega a hacerse casi igual al de los seres carentes de inteligencia, y an se hace peor, ya que, estando dotados de razn, podemos, abusando de ella, precipitarnos en los abismos del mal, lo que desgraciadamente sucede a menudo, y, como Can, manchar la tierra derramando la sangre fraterna y cometiendo graves delitos.

Debemos reconocer, y esto es un buen auspicio, que desde hace algn tiempo se asiste en algunas partes a una situacin menos acerba, menos rgida entre las diversas clases sociales, como ya lo observaba nuestro inmediato predecesor hablando a los catlicos de Alemania: La tremenda catstrofe de la ltima guerra que se abati sobre vosotros ha producido, por lo menos, el beneficio de que en muchos grupos sociales de vuestra nacin, libres de prejuicios y del egosmo de clase, las diferencias de clase se han mitigado algo, engranando mejor las unas con las otras. La desgracia comn es maestra de una, amarga pero saludable enseanza[14].

En realidad hoy se han atenuado las distancias entre las clases, porque no reducindose stas solamente a las dos clases de capitalistas y trabajadores y habindose multiplicado, se ha facilitado a todos el acceso a ellas; y los que se distinguen por su laboriosidad y habilidad pueden ascender en la sociedad civil a grados ms elevados. Por lo que se refiere ms directamente al mundo del trabajo, es consolador pensar que esos movimientos surgidos recientemente para humanizar las condiciones en las fbricas y en los dems campos del trabajo hacen que los obreros sean considerados en un plano ms elevado y digno que no sea exclusivamente el econmico.

Queda an mucho por hacer, puesto que todava existen desigualdades en demasa, muchos motivos de pugna entre los varios grupos, causados tal vez por el concepto imperfecto y no justo del derecho de propiedad que tienen los que codician ms de lo justo las propias mejoras y ventajas. Adase el terrible paro que afecta y angustia a muchos gravemente y que, al menos momentneamente, puede causar estragos mayores, debido a que, con frecuencia, de la obra que los trabajadores hacan se encargan hoy mquinas perfectsimas de todas clases. Asunto es ste que haca decir con pesar a nuestro predecesor Po XI, de feliz memoria: Vemos obligados a la inercia y reducidos a la indigencia extrema, juntamente con sus familias, a tantos y tantos honestos y magnficos trabajadores, que no desean otra cosa sino ganarse honradamente, con el sudor de su frente, segn el mandato divino, el pan cotidiano que piden cada da al Padre celestial. Sus gemidos conmueven nuestro corazn y nos hacen repetir con la misma ternura de compasin las palabras salidas del Corazn amantsimo del Divino Maestro sobre la turba que mora de hambre: "Misereor super turbas"[15] [16].

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