Porfirio Smerdou Fleissner (1905-2002)
Tribulaciones de un aprendiz masón en Málaga. Publicado en la revista electrónica Génesis 15.09.2003
El siguiente artículo ha sido publicado en el nº 6 de la revista Conde de Aranda: estudios a la luz de la Francmasonería, ISSN 1886-4813, Madrid, 2008, págs. 103-111
La historia de la masonería española a partir de la II República ofrece un sabor agridulce: primero el éxito y la conquista del poder; luego, el dolor y la persecución. Tras la dictadura de Primo de Rivera las logias españolas se habían convertido en el amparo de quienes luego tomarían las riendas del poder. Masones fueron Lerroux, Azaña, Giral, Martínez Barrio, Portela Valladares o Casares Quiroga; masones fueron muchos de los más altos cargos civiles y militares de la República. Como todos sabemos, el general Franco hizo de los masones su chivo expiatorio, dándose el curioso caso de que entre los capitostes de aquel Régimen furiosamente antimasónico abundaban antiguos hermanos como Cabanellas.
El propio general Franco era hermano de un conocido masón y quizás flirteara en su día con la posibilidad de ingresar en la masonería. Franco se tomó muchas molestias con los masones, hasta escribió un libro con seudónimo sobre el tema, y una de las acusaciones más habituales durante su régimen para desprestigiar a alguien consistía en acusarlo de pertenencia a la masonería. Así se hizo en su momento, por ejemplo, con Manuel Gutiérrez Mellado.
Es de todos conocido el soberano desprecio que el régimen del general Franco tuvo no ya por los derechos humanos sino por los más elementales principios jurídicos. Si ser masón es legal en 1936, ¿cómo me lo pueden imputar en 1939? No parece lógico pero así ocurrió y así se hizo durante largos años con miles de masones.
Entre tantos casos, queremos destacar el de don Porfirio Smerdou quien en el poco tiempo en que perteneció a la masonería llevó muy lejos los ideales de humanidad y filantropía que —al menos en teoría— informan los principios de esa sociedad.
Trayectoria masónica y humana de don Porfirio Smerdou (1)
Don Porfirio Smerdou Fleissner, nacido en Trieste en 1905, gozaba de la nacionalidad mexicana y era ahijado del que fuera presidente de aquel país, don Porfirio Díaz, ya que el padre de nuestro personaje había sido clave en el restablecimiento de relaciones comerciales entre los Estados Unidos Mexicanos y el Imperio Austro-Húngaro, relaciones rotas desde el fusilamiento de Maximiliano de Habsburgo. Vicecónsul de carrera —exequátur del Ministerio de Estado del 30 de enero de 1936— Porfirio Smerdou hizo las veces de cónsul honorario de la república azteca en Málaga. El 12 de febrero de 1936, don Porfirio ingresa en la logia Fraternidad de esa ciudad. Smerdou pertenecía ya al Rotary Club de Málaga, en el que abundaban los masones. Es por lo tanto un modesto aprendiz de su logia cuando regresa a Málaga pocos días antes de que el Alzamiento precipite a España en la Guerra Civil.
El cónsul honorario que salvó 567 vidas
Apenas estallado el conflicto, empieza a sufrir la capital andaluza los bombardeos de los unos y los paseos de los otros; muchos huyen y entre ellos el cónsul argentino a raíz de lo cual Smerdou, desde el mismo mes de julio, ejerce también las funciones de cónsul argentino. Durante siete meses, hasta el 8 de febrero de 1937 en que las tropas nacionales entraron en Málaga, Smerdou acogerá sucesivamente tanto en el consulado de México, Villa Maya, como en el de Argentina, a grupos de personas que temían represalias de los rojos, facilitándoles luego la huida. Lo más notable del asunto es que don Porfirio sólo era cónsul honorario y que los consulados ni tenían entonces ni tienen ahora reconocido el derecho de asilo. Pero con una bandera, mucha osadía y buena voluntad se consiguen milagros, así que sucesivamente, se beneficiaron directamente de la hospitalidad de tan singular cónsul un total de 567 personas. Al entrar los nacionales en Málaga, seis miembros de Izquierda Republicana, amigos de Smerdou, se refugiaron a su vez en el consulado argentino. Los de Franco en lugar de agradecerle al benemérito cónsul los servicios prestados quisieron crearle dificultades. El mismísimo Luis Bolín, primo carnal de la mujer de Smerdou, hermana del poeta Manuel Altolaguirre, no perdonó a su pariente aquel acto humanitario y le conminó a entregar los asilados a las autoridades nacionales. Smerdou no quería entregar a sus protegidos: había empezado la represión nacional en Málaga. Sin embargo la posición de don Porfirio era insostenible y él mismo sabía muy bien que no podía alegar ningún pretexto: México no tenía relaciones con los nacionales, y además las autoridades mejicanas le habían cesado como cónsul. Así que Smerdou se puso en contacto con don José Gálvez Ginachero, renombrado ginecólogo. Y esa gran persona, a pesar de que los rojos habían secuestrado a su hija, esposa del aviador García-Morato, aceptó acoger a los seis republicanos. Nuestro héroe llevó a los seis refugiados a la clínica del doctor, dónde quedaron ingresados como parturientas durante once días, poniéndose luego a salvo. Algunos autores admiten que el número de asesinados en Málaga, durante la primera semana de represión, fue del orden de 4.000 personas. En tan triste ocasión se hizo famoso un fiscal militar que llegaría a ser presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, que allí se ganó el apodo de carnicerito de Málaga. Cantalupo, en sus memorias, recoge que al interceder ante Franco por tantas y tantas víctimas oyó la siguiente contestación: (2)
La España roja es mi patria, como la España blanca. No somos nosotros ni mis oficiales y funcionarios quienes ordenamos los fusilamientos. Hacemos esfuerzos enormes para impedirlos y limitarlos, pero las armas se disparan solas.
Utilización de sus contactos masónicos para salvar vidas
Ser masón supone a veces alguna ventaja. Durante los meses de caos revolucionario en Málaga, la mayoría de los rotarios que no eran masones fueron “apiolados” por milicianos. Por otra parte, Smerdou consiguió salvar a muchas personas gracias a su pertenencia a la masonería. Me contó, al respecto:
A pesar de mi “mínimo grado en la Secta” (3), —amparado en ella— conseguí en México notables ayudas del Gobierno. Y más tarde, durante el caos revolucionario de Málaga, —julio de 1936 a febrero de 1937— mediante los tres toquecitos en la mano a ciertos mandamases republicanos, doy fe que conseguí salvar muchas vidas. Nunca nadie preguntó por “mi grado en la secta”: bastaba el “tacto” para que mi patrocinado “fascista” quedase en libertad.
Viaje a Roma e intervención del Vaticano a favor de 21 masones
Porfirio Smerdou, además de su labor humanitaria, había prestado un gran servicio a los nacionales, y en particular los italianos, al conseguir que fuera respetada la “caseta de enlace” en la playa de Málaga del cable submarino Roma-Málaga-Buenos Aires-Río de Janeiro del máximo valor estratégico para la comunicación secreta del Alto Mando italiano con el Cuartel General del Caudillo. Igualmente, desde su teléfono del Consulado Argentino, Smerdou orientó secretamente a los camisas negras que bajo el mando de Tranquillo Bianchi (4) intervinieron en la “liberación” de Málaga bajando desde Antequera, e informándoles del éxodo de las autoridades republicanas y de la total ausencia de tropas y milicias que pudieran hacerles frente.
El 31 de marzo de 1937 llega Smerdou a Roma con el motivo de visitar al conde Lequio —abuelo del conocido protagonista de las revistas del corazón— a la sazón subsecretario de Asuntos Exteriores e inmediato colaborador del ministro Galeazzo Ciano, yerno de Mussolini. Las autoridades italianas, agradecidas por los servicios que Smerdou les ha prestado, le proporcionaron sendas cartas de presentación para los magnates de grandes industrias italianas como Fiat, Pirelli o la SNIA Viscosa. Smerdou no vio a Lequio hasta el 2 de abril, así que aprovechó el viaje para visitar el Vaticano.
Durante los milicianos días don Porfirio había actuado de “enlace” entre el clero clandestino —hasta nueve sacerdotes estuvieron refugiados en Villa Maya— y el obispo, refugiado en Tánger, don Balbino Santos Oliveira, quien le proporcionó una carta de presentación para monseñor Carmelo Blay, del Colegio Español de Roma, lo que permitió a Smerdou ser recibido en audiencia por Pío XI. Con ocasión de aquella visita, don Porfirio fue presentado al cardenal Pizzardo, una destacada figura de la Curia Romana con gran influencia en las relaciones vaticanas en España. Damos la palabra a don Porfirio:
Deseosa esta alta jerarquía de la Iglesia de conocer el testigo directo de lo que estaba ocurriendo en Málaga en los juicios sumarísimos contra los “presuntos asesinos” —mi impresión personal era que los verdaderos habían huido a Almería— me emplazó a una audiencia privada en el Palazzo Altemos en presencia de Monseñor Blay. En la misma relaté abiertamente mis frustradas experiencias de ser oído como testigo y defensor de determinadas personas en aquellos juicios que presididos por el Fiscal Don Carlos Arias Navarro, tenían lugar en la Audiencia Provincial con condenas colectivas de 150 personas, que ipso facto eran fusiladas la misma noche en la parcela en que hoy se levanta el suntuoso Estadio de la Rosaleda. Por citar una sola, recuerdo mi infructuosa intervención a favor de mi amigo el alcalde de Málaga don Eugenio Entrambasaguas, que tantas vidas salvó, sobre todo entre las Congregaciones Religiosas, y que fue condenado a muerte por el solo hecho de haber sido la primera autoridad de Málaga que no quiso huir como otros lo hicieron. Como derivación de mis angustiosos relatos sobre aquellos “excesos” me cupo la gran satisfacción de conseguir nada más y nada menos que se suspendiera la pena de muerte que pesaba sobre 21 caballeros miembros de la Masonería, condenados por el sólo hecho de pertenecer a una “secta” a la que se quería considerar responsable de la pérdida del Imperio Colonial de España, a finales del siglo XIX (!) Tal inimaginable éxito fue seguido de una atenuación de aquellos juicios, en lo que también tuvo protagonismo el gran corazón de mi dilecto colega Tranquillo Bianchi, auspiciado naturalmente por la fuerza que le otorgaba el Régimen que le apoyaba. Sólo por estas razones y contactos con S.I. el Cardenal Pizzardo valió la pena la visita al Vaticano.
Condenado por masón en 1946
La pertenencia de Smerdou a la masonería no le había causado especiales problemas máxime si tenemos en cuenta que don Porfirio era súbdito mexicano. En 1940 solicitó la nacionalidad española y en 1946 el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería le dedicó su siempre peligrosa atención. En el caso de Smerdou la barbaridad jurídica alcanzaba niveles que si no fueran tan graves moverían a risa: don Porfirio había ingresado en la masonería en 1936, cuando no solamente pertenecer a dicha organización era perfectamente legal, sino que era ciudadano mexicano, y, por otra parte, según consta en el pliego de descargo que presentó el Sr. Smerdou al Tribunal Especial, don Porfirio había abjurado de la masonería en mayo de 1937, en el mismo Vaticano, ante el propio monseñor Pizzardo, el mismo prelado que interviniera —a instancias de Smerdou— para salvar la vida de los 21 masones amenazados.
Ninguna de estas circunstancias fue tenida en cuenta por el Tribunal en su obsesión y don Porfirio fue condenado en sentencia de 7 de diciembre de 1946 a la pena de doce años y un día de prisión menor y a las accesorias de inhabilitación y separación absoluta y perpetua para el ejercicio de cualquier cargo del Estado, etc. (5) Moviendo Roma con Santiago, —nunca mejor dicho— jugó Smerdou con sus influencias y consiguió que el 3 de octubre de 1947 el Consejo de Ministros resolviera absolverle de la pena que le fuera impuesta.
Homenaje a una voluntad
Un cónsul honorario haciendo las veces de embajador, un modesto aprendiz de logia haciendo gala de sus recién estrenadas influencias para obtener un solo objetivo: salvar vidas. Ese es el caso de Smerdou sobre el que subsisten más de 96 testimonios que se custodian en la Fundación Ortega y Gasset y que ha sido merecedor ya de algunos artículos y publicaciones; ese es el perfecto ejemplo de cómo para salvar vidas, para hacer el bien, lo esencial es la voluntad de la persona, lo que nuestros padres y catequistas llamaban la recta intención, siendo los medios pico menos que una anécdota.
Porfirio Smerdou, merced a sus contactos y amistades con masones y republicanos, salvó la vida de algún sacerdote y de algún fascista. Porfirio Smerdou, merced a sus contactos con la Iglesia y con los fascistas, salvó la vida de algún masón y de algún republicano. Esos son los hechos. Y aunque no necesita de ningún homenaje, —que si el mal es su propio castigo, el bien es su propia recompensa— queremos con estas líneas tributar un pequeño saludo a su trayectoria, a su recto obrar.