“El penal más largo del mundo”, de Osvaldo Soriano

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Jun 14, 2010, 6:24:50 PM6/14/10
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El penal más fantástico del que yo tenga noticia se tiró en 1958 en un
lugar perdido del Valle de Río Negro, un domingo por la tarde en un
estadio vacío. Estrella Polar era un club de billares y mesas de
baraja, un boliche de borrachos en una calle de tierra que terminaba
en la orilla del río. Tenía un equipo de fútbol que participaba en el
campeonato del Valle porque los domingos no había otra cosa que hacer
y el viento arrastraba la arena de las bardas y el polen de las
chacras. Los jugadores siempre eran los mismos o los herma nos de los
mismos. Cuando yo tenía quince años ellos tendrían treinta y me
parecían viejísimos. Díaz, el arque ro, tenía casi cuarenta y el pelo
blanco que le caía sobre la frente de indio araucano. En la copa
participaban dieciséis clubes y Estrella Polar siempre terminaba más
abajo del décimo puesto. Creo que en 1957 habían termi nado en el
decimotercer lugar y volvían a sus casas cantando, con la camiseta
roja bien doblada en el bolso porque era la única que tenían. En 1958
empezaron ganándole uno a cero a Escudo Chileno, otro club de miseria.

A nadie le llamó la atención eso. En cambio, un mes después, cuando
habían ganado cuatro partidos seguidos y eran los punteros del torneo,
en los doce pueblos del Valle empezó a hablarse de ellos.

Las victorias habían sido por un gol, pero alcanza ban para que
Deportivo Belgrano, el eterno campeón, el de Padín, Constante Gauna y
el Tata Cardiles, quedara relegado al segundo puesto, un punto más
abajo. Se hablaba de Estrella Polar en la escuela, en el ómnibus, en
la plaza, pero nadie imaginaba todavía que al terminar el otoño
tuvieran 22 puntos contra 21 de los nuestros.

Los terrenos se llenaban para verlos perder de una buena vez. Eran
lentos como burros y pesados como; roperos pero marcaban hombre a
hombre y gritaban-como marranos cuando no tenían la pelota. El
entrenador, un tipo de traje negro, bigotitos finitos, un lunar en la
frente y pucho apagado entre los labios, corría junto a la línea de
toque y los azuzaba con una vara de mimbre cuando pasaban a su lado.
El público se divertía con eso y nosotros, que por ser menores
jugábamos los sábados, no nos explicábamos por qué ganaban si eran tan
malos. Daban y recibían golpes con tanta lealtad y entusias mo que
terminaban apoyándose unos sobre otros para salir de la cancha
mientras la gente les aplaudía el 1 a 0 y les alcanzaba botellas de
vino refrescadas en la tierra húmeda. Por las noches celebraban en el
prostíbulo de Santa Ana y la Gorda Zulema se quejaba de que se
comieran las pocas cosas que guardaba en la heladera. Eran la
atracción y en el pueblo se les permitía todo. Los viejos los recogían
de los bares cuando tomaban demasiado y se ponían pendencieros; los
comerciantes les regalaban algún juguete o caramelos para los chicos y
en el cine las novias les consentían caricias por encima de las
rodillas. Fuera de su pueblo nadie los tomaba en serio, ni siquiera
cuando le ganaron a Atlético San Martín por 2 a 1. En medio de la
euforia perdieron como todo el mundo en Barda del Medio y al terminar
la primera rueda dejaron el primer puesto cuando Deportivo Belgrano
los puso en su lugar con siete goles. Todos creímos, entonces, que la
normalidad se había resta blecido.

Pero el domingo siguiente ganaron 1 a 0 y siguieron con su letanía de
laboriosos, horribles triunfos y llegaron a la primavera con sólo un
punto menos que el campeón.

El último enfrentamiento fue histórico por el penal. El estadio estaba
repleto y los techos de las casas vecinas también y todo el pueblo
esperaba que Deportivo Belgrano, de local, repitiera por lo menos los
siete goles de la primera rueda. El día era fresco y soleado y las
manzanas empezaban a colorearse en los árboles. Estrella Polar trajo
más de quinientos hinchas que tomaron la tribuna por asalto y los
bomberos tuvieron que sacar las mangueras para que se quedaran
quietos.

El arbitro que pitó el penal era Herminio Silva, un epiléptico que
vendía rifas en el club local y todo el mundo entendió que se estaba
jugando el empleo cuando a los cuarenta minutos del segundo tiempo
estaban uno a uno y todavía no había sancionado la pena máxima por más
que los de Deportivo Belgrano se tiraran de cabeza en el área de
Estrella Polar y dieran cabriolas y volteretas para impresionarlo. Con
el empate el local era campeón y Herminio Silva quería conservar el
respeto por sí mismo y no daba el penal porque no había infracción.

Pero a los 42 minutos todos nos quedamos con la boca abierta cuando el
puntero izquierdo de Estrella Polar clavó un tiro libre desde muy
lejos y puso 2 a 1 al visitante. Entonces sí, Herminio Silva pensó en
su empleo y alargó el partido hasta que Padín entró en el área y no
bien se le acercó un defensor pitó. Ahí nomás dio un pitazo
estridente, aparatoso, y señaló el penal. En ese tiempo el lugar de
ejecución no estaba señalado con una marca blanca y había que contar
doce pasos de hombre. Herminio Silva no alcanzó siquiera a recoger la
pelota porque el lateral derecho de Estrella Polar, el Coló Rivero, lo
durmió de un cachetazo en la nariz. Hubo tanta pelea que se hizo de
noche y no hubo manera de despejar la cancha ni de despertar a Hermi
nio Silva. El comisario, con la linterna encendida, sus pendió el
partido y ordenó disparar al aire. Esa noche el comando militar dictó
el estado de emergencia, o algo así, y mandó enganchar un tren para
expulsar del pueblo a toda persona que no tuviera apariencia de vivir
allí.

Según el tribunal de la Liga, que se reunió el martes, faltaban
jugarse veinte segundos a partir de la ejecución del tiro penal, y ese
match aparte entre Constante Gauna el shoteador, y el Gato Díaz al
arco, tendría lugar el domingo siguiente, en el mismo estadio, a
puertas cerradas. De manera que el penal duró una semana y fue, si
nadie me informa de lo contrario, el más largo de toda la historia.

El miércoles faltamos al colegio y nos fuimos di pueblo vecino a
curiosear. El club estaba cerrado y todos los hombres se habían
reunido en la cancha, entre las bardas. Formaban una larga cola para
patearle penales al Gato Díaz y el entrenador de traje negro y lunar
en la frente trataba de explicarles que ésa no era la mejor manera de
probar al arquero. Al final, todos tiraron su penal y el Gato atajó
unos cuantos porque le pateaban con zapatillas y zapatos de calle. Un
soldado bajito, callado, que estaba en la cola, le tiró un puntazo con
el borceguí militar y casi arranca la red.

Al caer la tarde volvieron al pueblo, abrieron el club y se pusieron a
jugar a las cartas. Díaz se quedó toda la noche sin hablar, tirándose
para atrás el pelo blanco y duro hasta que después de comer se puso un
palillo en la boca y dijo:

—Constante los tira a la derecha.
—Siempre —dijo el presidente del club.
—Pero él sabe que yo sé.
—Entonces estamos jodidos.
—Sí, pero yo sé que él sabe —dijo el Gato.
—Entonces tírate a la izquierda y listo —dijo uno de que estaban en la mesa.
—No. El sabe que yo sé que él sabe —dijo el Gato Díaz y se levantó
para ir a dormir.
—El Gato está cada vez más raro —dijo el presiden te del club cuando
lo vio salir pensativo, caminando despacio.

El martes no fue a entrenar y el miércoles tampoco, el jueves, cuando
lo encontraron caminando por las vías del tren, estaba hablando solo y
lo seguía un perro con el rabo cortado.

—¿Lo vas a atajar? —le preguntó, ansioso, el em pleado de la bicicletería.
—No sé. ¿Qué me cambia eso? —preguntó.
—Que nos consagramos todos, Gato. Les tocamos el culo a esos maricones
de Belgrano.
—Yo me voy a consagrar cuando la rubia Ferreira me quiera querer —dijo
y silbó al perro para volver a su casa.

El viernes, la rubia Ferreira estaba atendiendo la tercería cuando el
intendente del pueblo entró con un ramo de flores y una sonrisa ancha
como una sandía abierta.

—Esto te lo manda el Gato Díaz y hasta el jueves vos decís que es tu novio.
—Pobre tipo —dijo ella con una mueca y ni miró las flores que habían
llegado desde Neuquén por el ómnibus de las diez y media.

A la noche fueron juntos al cine. En el entreacto el Gato salió al
hall a fumar y la rubia Ferreira se quedó sola en la media luz, con la
cartera sobre la falda, leyendo cien veces el programa sin levantar la
vista.

El sábado a la tarde el Gato Díaz pidió prestadas dos bicicletas y
fueron a pasear a orillas del río. Al caer la tarde la quiso besar
pero ella dio vuelta la cara y dijo que el domingo a la noche tal vez,
si atajaba el penal, en el baile.

—¿Y yo cómo sé? —dijo él.
—¿Cómo sabes qué?
—Si me tengo que tirar para ese lado.

La rubia Ferreira le tomó una mano y lo llevó hasta donde habían
dejado las bicicletas.

—En esta vida nunca se sabe quién engaña a quién —dijo ella.
—¿Y si no lo atajo? —preguntó el Gato.
—Entonces quiere decir que no me querés —respondió dio la rubia, y
volvieron al pueblo.

El domingo del penal salieron del club veinte camio nes cargados de
gente, pero la policía los detuvo a la entrada del pueblo y tuvieron
que quedarse a un costado de la ruta, esperando bajo el sol. En aquel
tiempo y en aquel lugar no había televisión ni emisoras de radio ni
forma de enterarse de lo que ocurría en un terreno cerrado, de manera
que los de Estrella Polar establecieron una posta entre el estadio y
la ruta.

El empleado del bicicletero subió a un techo desde donde se veía el
arco del Gato Díaz y desde allí narraba lo que ocurría a otro muchacho
que había quedado en la vereda y que a su vez transmitía a otro que
estaba a veinte metros y así hasta que cada detalle llegara a donde
esperaban los hinchas de Estrella Polar.

A las tres de la tarde los dos equipos salieron a la cancha vestidos
como si fueran a jugar un partido en serio. Herminio Silva tenía un
uniforme negro, desteñido pero limpio y cuando todos estuvieron
reunidos en el medio de la cancha fue derecho hasta donde estaba el
Coló Rivero que le había dado el cachetazo el domingo anterior y lo
expulsó de la cancha. Todavía no se había inventado la tarjeta roja y
Herminio señalaba la boca del túnel con una mano firme de la que
colgaba el silbato. Al fin, la policía sacó a empujones al Coló que
quería quedarse a ver el penal. Entonces el arbitro fue hasta el reo
con la pelota apretada contra una cadera, contó doce pasos y la puso
en su lugar. El Gato Díaz se había peinado a la gomina y la cabeza le
brillaba como una cacerola de aluminio.

Nosotros lo veíamos desde el paredón que rodeaba la cancha, justo
detrás del arco, y cuando se colocó sobre la raya de cal y empezó a
frotarse las manos desnudas empezamos a apostar hacia dónde tiraría
Constante Gauna.

En la ruta habían cortado el tránsito y todo el mundo estaba pendiente
de ese instante porque hacía diez años que el Deportivo Belgrano no
perdía una copa ni un campeonato. También la policía quería saber, así
que dejaron que la cadena de relatores se organizara a lo largo de
tres kilómetros y las noticias llegaban de boca en boca apenas
espaciadas por los sobresaltos de la respiración.

Recién a las tres y media, cuando Herminio Silva consiguió que los
dirigentes de los dos clubes, los entre nadores y las fuerzas vivas
del pueblo abandonaran la cancha, Constante Gauna se acercó a acomodar
la pelota. Era flaco y musculoso y tenía las cejas tan pobladas que
parecían cortarle la cara en dos. Había tirado tantas veces ese penal
—contó después—, que volvería a hacerlo a cada instante de su vida,
dormido o despierto.

A las cuatro menos cuarto, Herminio Silva se puso a medio camino entre
el arco y la pelota, se llevó el silbato a la boca y sopló con todas
sus fuerzas. Estaba tan nervioso y el sol le había machacado tanto
sobre la nuca que cuando la pelota salió hacia el arco sintió que los
ojos se le reviraban y cayó de espaldas echando espuma por la boca.
Díaz dio un paso al frente y se tiró a su derecha. La pelota salió
dando vueltas hacia el medio del arco y Constante Gauna adivinó
enseguida que las piernas del Gato Díaz llegarían justo para desviarla
hacia un costado. El Gato pensó en el baile de la noche, en la gloria
tardía, en que alguien corriera a tirar la pelota al córner porque
había quedado picando en el área.

El petiso Mirabelli llegó primero que nadie y la tiro afuera, contra
el alambrado, pero Herminio Silva no podía verlo porque estaba en el
suelo, revolcándose con un ataque de epilepsia. Cuando todo Estrella
Polar se arrojó sobre el Gato Díaz para festejar, el juez de línea
corrió hacia Herminio Silva con la bandera levantada y desde el
paredón donde estábamos sentados oímos que gritaba: "¡No vale, no
vale!".

La noticia corrió de boca en boca, jubilosa. La atajada del Gato y el
desmayo del árbitro. Entonces en la ruta todos abrieron damajuanas de
vino y empezaron a cele brar, aunque el "no vale" llegara balbuceado
por los mensajeros con una mueca atónita.

Hasta que Herminio Silva no se puso de pie, desencajado por el ataque,
no hubo respuesta definitiva. Lo primero que preguntó fue "qué pasó" y
cuando se lo contaron sacudió la cabeza y dijo que había que tirar de
nuevo porque él no había estado allí y el reglamento señala que el
partido no puede jugarse con un árbitro desmayado. Entonces el Gato
Díaz apartó a los que querían pegarle al vendedor de rifas de
Deportivo Belgrano y dijo que había que apurarse porque esa noche él
tenía una cita y una promesa y fue a ponerse otra vez bajo el arco.

Constante Gauna debía tenerse poca fe porque le ofreció el tiro a
Padín y sólo después fue hacia la pelota mientras el juez de línea
ayudaba a Herminio a mante nerse parado. Afuera se escuchaban
bocinazos de festejo de los de Deportivo Belgrano y los jugadores de
Estrella Polar empezaron a retirarse de la cancha rodeados por la
policía.

El pelotazo salió a la izquierda y el Gato Díaz fue para el mismo lado
con una elegancia y una seguridad que nunca más volvió a tener.
Constante Gauna miró al cielo y se echó a llorar. Nosotros saltamos el
paredón y fuimos a mirar de cerca a Díaz, el viejo, que miraba la
pelota que tenía entre las manos como si se hubiera sacado la sortija
en la calesita.

Dos años más tarde, cuando el Gato era una ruina y yo un joven
insolente, me lo encontré otra vez, a doce pasos de distancia y lo vi
inmenso, agazapado en puntas de pie, con los dedos abiertos y largos.
En una mano llevaba un anillo de matrimonio que no era de la rubia
Ferreira sino de la hermana del Coló Rivero, que era tan india y tan
vieja como él. Evité mirarlo a los ojos y le cambié la pierna; después
tiré de zurda, abajo, sabiendo que no llegaría porque ya estaba muy
duro y le pesaba la gloria. Cuando fui a buscar la pelota dentro del
arco estaba levantándose como un perro apaleado.

—Bien, pibe —me dijo—. Algún día vas a andar contando por ahí que le
hiciste un gol al Gato Díaz, pero nadie te lo va a creer.

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