Lo confieso, desconocía el trabajo de McArthy. Pero el revuelo armado
por “La Carretera”, lo atractivo de su planteamiento y, por qué no
decirlo, el buen sabor de boca dejado por la mencionada película de
los Coen, me decidieron a comprobar si tanta fama era merecida. Y a fe
que sí lo es. No sabría decir si es una novela “llamada a ser una de
las grandes obras de la literatura universal”, como dijo Diego Gándara
en su crítica para La Razón. Lo cierto es que ya no soy capaz de
esbozar la sonrisa escéptica que me suscitó tal comentario cuando lo
leí por primera vez en la contraportada de la edición que poseo.
“La Carretera” nos sitúa ante un futuro apocalíptico, en el que un
padre y su hijo recorren los desolados restos del paisaje de los
EE.UU. buscando… iba a decir buscando una esperanza de futuro, pero no
es verdad. En “La Carretera” se refleja de un modo crudo y visceral el
drama de la supervivencia en un mundo desolado, en la pesadilla
hobbesiana del todos contra todos post civilizatorio. El fuego lo ha
arrasado todo. La vida animal y vegetal se encuentran prácticamente
extinguidas. La ceniza cubre el mundo. Bandas de caníbales recorriendo
los caminos. El miedo y la desesperación como día a día.
La narración se sale de lo habitual. A saltos, fragmentaria,
atropellada en apariencia, los diálogos extraños y apelotonados.
Prolija, eso sí, en descripciones que consiguen sumergir al lector en
la trama. Descripciones del paisaje, de los estados de ánimo, y por
encima de todo, de los extremos más siniestros a los que el ser humano
es capaz de llegar. McArthy no escatima esfuerzos por mostrarnos lo
más cruel, lo más repulsivo, lo más sucio de nuestra especie.
Con todo, lo más inquietante de “La Carretera” es que no se nos
cuentan las razones de la debacle, no hay relato completo de la caída.
Ésta se insinúa en fragmentos de recuerdos del protagonista adulto,
pero no se reconstruye metódicamente: posiblemente una guerra nuclear,
hordas de asesinatos entre los supervivientes, monstruosos cultos que
asesinan, desuellan, mutilan y exponen los cadáveres de sus víctimas…
El lector se pasa el libro entero tratando de saber qué sucedió sin
llegar a averiguarlo por completo. Porque ese no es el tema del libro.
Porque el autor da por hecho que el Apocalipsis va a suceder, ya está
sucediendo, porque piensa que no tenemos manera de evitarlo. “La
Carretera” es un libro sobre la forma en que nos comportaremos, la
manera en que veremos el pasado, cómo nos veremos a nosotros mismos
una vez haya acontecido el inevitable fin de todas las cosas que
conocemos.
Por eso también, y a pesar de toda su negrura, “La Carretera” es un
relato más optimista que “No Es País para Viejos”. Si en aquel no hay
espacio para la esperanza, “La Carretera” retoma la reflexión sobre
las ruinas de lo que vendrá. Y observa que el amor de un padre por su
hijo, la inocencia de un niño aún no devorado por el pragmatismo aún
en las condiciones más adversas, la piedad que surge al contemplar al
otro… que pese a que se derrumbe nuestra civilización puede que el ser
humano salga adelante, si está a la altura de lo mejor de lo que somos
capaces.
Así pues, “La Carretera” es un paso adelante respecto a la literatura
utópica y a su fe en el Progreso de los siglos XVI a XIX, a la
literatura distópica del siglo XX que ha saboreado el amargo sabor de
la cara oculta de la Modernidad, a sus respectivos anversos románticos
(con sus nostalgias por un pasado perdido que nunca existió) y
postmodernos (en el que el nihilismo autoindulgente reemplaza la
voluntad de cambiar el mundo). No más futuro, ni bueno, ni malo, ni
destructor, ni inaprensible. Sólo la terrible certeza del fin y quizá
la posibilidad de ser redimidos. Yo, que me cuento entre los que creen
en la posibilidad de salvar este mundo, prefiero tomármelo como la
última advertencia. En cualquier caso, léanla.
http://www.rebelion.org/noticias/cultura/2009/5/literatura-para-despues-del-apocalipsis-