FRANZ KAFKA, UN DESCONOCIDO ESCRITOR

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Pablo Paniagua

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Feb 15, 2009, 8:18:41 PM2/15/09
to literatura
FRANZ KAFKA, UN DESCONOCIDO ESCRITOR
(Dedicado a Jorge Herralde)
Pablo Paniagua


La otra mañana, a eso de las seis, me desperté con esta pregunta en la
cabeza: ¿Qué pasaría si Franz Kafka viviera ahora, siendo un total
desconocido, e intentara buscar un editor? Esta pregunta, sin duda,
nace de la afirmación de un amigo que dice: “Los grandes escritores
del siglo XX serían rechazados hoy en todas las editoriales, por lo
menos en las de España.”

Un modesto escritor, llamado Franz Kafka, dormía acurrucado en
un colchón cubierto con un par de mantas. Era viernes y no había ido a
trabajar porque estaba enfermo, tenía una incipiente bronquitis y no
paraba de toser. Ya desde pequeño su salud se demostró bastante
frágil, sobre todo en las vías pulmonares, y ahora, por ser invierno,
era proclive a enfermarse con facilidad. Entre el compás de su forzada
respiración de pronto escuchó el timbre de la puerta, por lo que se
levantó casi tiritando, con una manta sobre los hombros, para ver
quién llamaba con tanta insistencia. Al abrir, pudo comprobar que era
la señora encargada de limpiar la escalera que, en sus manos, traía
una carta con membrete.

–Esto estaba encima de los buzones, señor Kafka. Es para usted
–dijo la señora.

–Gracias –dijo al recibirla.

–Y cuídese, que no le veo muy bien –añadió antes de irse, a
modo de despedida.

Franz Kafka miró el remitente y vio que se trataba de la
editorial Adiagrama (la del prestigioso editor Juan Iturralde), sita
en la ciudad de Barcelona. Hacía justo dos meses les envió un
original, sin ser un ejemplar solicitado, y le extrañó que le
contestaran con tal prontitud. Con la emoción casi se olvidó del frío,
de su malestar y de la tos, pensando que podían haber aceptado su
novela. Abrió el sobre y extrajo una carta que decía:



28/02/2007

Estimado Franz Kafka,

Sentimos comunicarle que, debido al exceso de títulos
contratados, nos resulta imposible incluir EL PROCESO en nuestra
programación, sin que eso suponga un juicio negativo de su obra.

Confiamos en que no tenga problemas para su publicación en
cualquier otra editorial con menos agobio de títulos y, agradeciéndole
haya pensado en Adiagrama, le saludamos muy cordialmente.

Atentamente, Laura Carral.

Le recordamos que no nos resulta posible devolver los
originales no solicitados, a no ser que el autor lo recoja por sus
propios medios en el plazo de un mes de esta carta.

Editorial Adiagrama.



Así era esa carta de rechazo, una de tantas, pero esta vez de
su editorial predilecta. El contenido venía a ser el mismo de las
demás editoriales, casi con idénticas palabras, de la amable carta que
le imposibilitaba para publicar y que, de plano, le arrojaba al
ostracismo. Había pedido informes por Internet, enviado la información
requerida y algún que otro original, pero ningún editor del mundo
tenía interés en publicar su novela. Tanto tiempo y tanto esfuerzo
para escribir una novela incomprendida, sin valor comercial, una
rareza literaria sin sentido para cualquier editor, cuando el
predominio del género novelístico oscilaba entre historias de misterio
y ambientaciones de relatos históricos. Su novela, sin duda, era vista
como la obra excéntrica de un loco, algo anodino y sin sentido para
cualquier lector, una apuesta estética inútil y, por tanto, un
producto desechable. Total, Franz Kafka era un don nadie, un escritor
sin futuro, un asunto menor, un fracasado para cualquiera y para él
mismo. “Ya podía ponerse a trabajar en vez de escribir semejante
basura”, debían pensar en las editoriales donde envió el original de
“El Proceso”.

Pero Franz Kafka escribía por una necesidad visceral, porque
era un artista al que no le importaba pasar hambre y sufrir
penalidades con tal de seguir adelante con su pasión. Ésa era su vida
y su sueño, su apuesta.

Él era un emigrado checo que decidió abandonar el hogar
familiar, e incluso su país, después de haber sufrido un desengaño
amoroso, lo que le sirvió de pretexto, además, para librarse de un
insufrible padre al estaba cansado de soportar. De tal modo que en
compañía de su mejor amigo, Max Brod, tomó rumbo hacia tierras
españolas con destino a la ciudad de Madrid, donde ambos alquilaron un
pequeño apartamento en el barrio de Tetuán. Ese viernes, cuando abrió
la puerta para recibir la carta, su amigo Max se había ido como de
costumbre a trabajar, y él estaba solo y enfermo entre las estrechas
paredes de lo que suponía su nuevo hogar. Encima de la mesa estaba su
vieja computadora portátil, que compró de segunda mano, y dentro de
ella un par de novelas y algunos relatos. Pensó, entonces, que
empezaría una nueva novela, de un castillo que estaba siempre a la
vista pero que era inalcanzable, donde todos los caminos conducían a
él y por ellos nunca se llegaba, donde se sabía de sus habitantes pero
difícilmente se dejaban ver. Era la metáfora de esa incapacidad de
publicar sus escritos, de editoriales que eran castillos de
burocracias inexpugnables e incapacidad. Ahora, no podía hacer nada
más que escribir esas historias, que sólo él y su amigo Max
comprendían, para olvidarse de todos los infortunios de su vida
sumergiéndose en la literatura, cuando se preguntaba si algún día su
trabajo vería la luz pública. Así, influido por estos pensamientos, se
pasó toda la tarde escribiendo, con la tos y la manta sobre los
hombros, algo que empezaba así:



Cuando K llegó ya era de noche. La aldea estaba cubierta por
una espesa capa de nieve. Nada se podía distinguir en las alturas,
sumidas entre niebla y oscuridad, y ni siquiera la más débil luz
indicaba la presencia de un gran castillo. K se quedó un buen rato de
pie en el puente de madera que unía la carretera con el pueblo,
elevando su mirada hacia un vacío penetrante.



Ésa era precisamente la imagen de su vida, todo brumas y
oscuridad a su alrededor, incomprensión por todos lados ante su forma
de entender la literatura, con un estilo tan peculiar de laberintos
conceptuales que a la vez buscaban una justificación por medio de un
proceso racional, donde el protagonista de sus historias chocaba
contra esa muralla de convencionalismos inamovibles, los mismos que él
padecía con la industria editorial. Pero él, a pesar de todo, no podía
dejar de escribir y escribir…

Max Brod llegó del trabajo, envuelto en un abrigo largo y con
la cara enrojecida por el frío, pero con una sonrisa por estar de
nuevo ante la presencia de su admirado y gran amigo.

–¿Cómo te fue, Franz? ¿Estás mejor? –fueron sus primeras
palabras.

–Hoy es un gran día para mí –contestó–. Empecé una nueva
novela que se llama “El Castillo”.

En ese momento, Max Brod vio sobre la mesa la carta de la
editorial Adiagrama, que cogió para leer.

–Podía haber sido un mejor día… –dijo con tristeza.

–No te preocupes, lo importante es creer en lo que haces por
encima de todas las trivialidades que nos acosan, sin perder los
ánimos para continuar con lo que un día decidiste hacer.

–Eso no lo dudo Franz –dijo Max con una leve sonrisa–, pero
creo que deberías hacer algo más que escribir.

–¿Algo como qué?

–Tú lo que necesitas son lectores, eso es lo importante. Si la
industria editorial te rechaza, lánzate como escritor por Internet y
demuéstrales de lo que eres capaz. Tú, mi querido amigo, eres un buen
escritor que no merece el desprecio de un grupo que sólo mira por el
dinero, mientras rechazan el arte. No dejes que nadie eche por tierra
tu sueño de ser escritor, porque tú ya lo eres, de eso no tengo
ninguna duda.

Franz Kafka se quedó pensativo por unos instantes, tosió un
par de veces, y levantó la cabeza para mirar a su amigo, con esos ojos
oscuros que siempre denotaban cierta melancolía, y dijo:

–Seguiré tu consejo… De nada necesito a los que no valoran mi
trabajo… Me lanzaré como escritor por Internet, para encontrar
lectores que no se conformen con lo que el mercado editorial les trata
de imponer como literatura de calidad, cuando muchas veces no lo es…
Les demostraré, como tú dices, de lo que soy capaz, que la literatura
es un arte que nada tiene que ver con el comercio, que la literatura
no son hamburguesas de McDonald´s ni latas de Coca-Cola, que la
literatura se merece mucho más que ser vilipendiada por actos de
mercadotecnia...

Ahora Franz Kafka se expresaba con entusiasmo, pues, desde
luego, no iba a dejar que nadie pisoteara sus sueños, lucharía por
hacerse un lugar frente esa industria editorial que había perdido, en
gran parte, su vocación de servir al engrandecimiento de algo que se
estaba olvidando, para pasar a un descolorido pastiche de lo que decía
o ambicionaba ser.

–¿Quién publicaría hoy a autores como Thomas Mann o Marcel
Proust? –se terminó por preguntar.

Max Brod, al escuchar lo que era una queja más que una
pregunta, una crítica feroz, una realidad, soltó una carcajada que
rebotó en las paredes del pequeño salón, mientras se despojaba del
abrigo.

–Bien lo dices, mi querido Franz… Bien lo dices…

–¡Ya sé lo que haré! –exclamó Franz Kafka, ante una idea
repentina–. Publicaré en un blog, como novela por entregas, “La
metamorfosis”. Creo que la historia de Gregorio Samsa, que de un día
para otro se convirtió en cucaracha, será ideal para publicar en
Internet.

Y los dos amigos decidieron abrir una botella de vino tinto de
Rioja, para así brindar por todos aquéllos que creen en la salvación
de la literatura.

–¡Bienvenido sea Internet, porque muy pronto de ahí saldrán
grandes escritores!

Exclamó Max Brod, entre el tintineo de los dos vasos al
chocar.



Pablo Paniagua
www.pablopaniagua.blogspot.com

nicolas vazquez

unread,
Mar 31, 2009, 4:37:32 PM3/31/09
to liter...@googlegroups.com
Me gustaría cómo publicar un relato corto.... Gracias

> Date: Sun, 15 Feb 2009 17:18:41 -0800
> Subject: [literatura] FRANZ KAFKA, UN DESCONOCIDO ESCRITOR
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