Cuentos y películas: “Button, button” de Richard Matheson

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jmm

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Jun 3, 2010, 5:56:42 AM6/3/10
to liter...@googlegroups.com
Que tal gente de la lista, les propongo intercambiar cuentos en los
que están basadas algunas películas. Empiezo con “Button, button” de
Richard Matheson, cuento en el que está basada la película The Box
(http://www.imdb.com/title/tt0362478/). Ideal para ir leyendo mientras
averiguamos que quiso hacer el director con esta película.


Sobre el autor del cuento.

Richard Matheson, nacido en Nueva Jersey en 1926, ha sido uno de los
autores de ficción estadounidenses más importantes del siglo XX.
Escritores de la talla de Ray Bradbury, Robert Bloch, William F. Nolan
y Stephen King ha reconocido la influencia de Matheson en sus obras.
Ha sido ganador de prestigiosos premios, entre los que se cuentan el
World Fantasy Award (mejor novela, 1976; premio a toda una vida, 1984;
y mejor colección, 1990), y el Bram Stoker Award (mejor colección,
1990) de la asociación de escritores de terror.

Además de sus novelas de misterio, ciencia ficción y terror, Matheson
se destaca por haber escrito numerosos guiones de cine y televisión:
escribió varios de los famosos episodios de Dimensión Desconocida (The
Twilight Zone) y algunas de sus novelas han sido llevadas a la
pantalla grande. Tal vez las más famosas sean The Shrinking Man,
filmada como "The Incredible Shrinking Man" (El increíble hombre
menguante) en 1957 y I Am Legend, (Soy leyenda) llevada a la pantalla
en 2007 con el mismo nombre, y dos veces anteriormente, una como "The
Last Man on Earth" con la actuación de Vincent Price en 1964, otra
como "The Omega Man" presentando a Charlton Heston in 1971.

El cuento cuya traducción presentamos fue publicado originalmente en
junio de 1970 en la revista Playboy, ha sido incluido recientemente en
la antología Button, Button: Uncanny Stories, (2008) Tor, Nueva York.
Ha tenido también sus versiones para televisión y cine. Se adaptó con
el mismo nombre para el capítulo 20 de la temporada 1 de la Dimensión
Desconocida (emitida originalmente el 7 de marzo de 1986). La película
lleva el nombre “The Box” (La caja), adaptada y dirigida por Richard
Kelly y saldrá en 2009.

BOTÓN, BOTÓN

El paquete estaba junto a la puerta —una caja de cartón sellada con
cinta, la dirección y sus nombres escritos a mano: Señor y Señora
Lewis, 217 E. calle 37, Nueva York, Nueva York, 10016. Norma lo
levantó, abrió la puerta y entró al apartamento. Apenas empezaba a
oscurecer.

Después de haber puesto los trozos de cordero en la parrilla, se sentó
y abrió el paquete.

Dentro de la caja de cartón había una unidad provista de un botón y
sujetada a una pequeña arca de madera. Una cúpula de vidrio cubría el
botón. Norma intentó levantarla pero estaba sellada. Volteó la unidad
y vio un papel doblado y pegado con cinta adhesiva a la parte inferior
de la caja. Lo desprendió: El señor Steward los visitará a las 8 p.m.

Norma colocó la unidad del botón a su lado, sobre el sofá. Releyó el
mensaje impreso, sonriendo.

Unos minutos después regresó a la cocina para hacer la ensalada.

El timbre sonó a las ocho en punto. —Yo abro —gritó Norma desde la
cocina. Arthur estaba en la sala, leyendo.

Había un hombre pequeño en la entrada. Se quitó el sombrero cuando
Norma abrió la puerta. —¿Señora Lewis? —preguntó cortésmente.

—¿Sí?

—Soy el señor Steward

—Ah, cierto. Norma reprimió una sonrisa. Ahora estaba segura de que se
trataba de un truco para vender algo.

—¿Puedo pasar? —preguntó el señor Steward.

—Estoy bastante ocupada —dijo Norma—, pero le traeré su paquete. Le
dio la espalda.

—¿No quiere saber lo que es?

Norma se volteó. El tono del señor Steward fue ofensivo. —No, creo que
no —contestó ella.

—Podría resultar muy provechoso —le dijo.

—¿Económicamente? —lo cuestionó.

El señor Steward asintió. —Económicamente —dijo.

Norma frunció el ceño. No le gustó la actitud del hombre. —¿Qué está
intentando vender? —preguntó ella.

—No estoy vendiendo nada —respondió él.

Arthur salió de la sala. —¿Pasa algo?

El señor Steward se presentó.

—Ah, el … —Arthur señaló hacia la sala y sonrió—. ¿Y qué es ese
aparato, a todo esto?

—No me tomará mucho tiempo explicarlo —contestó el señor Steward—. ¿Puedo pasar?

—Si está vendiendo algo… —dijo Arthur.

El señor Steward negó con la cabeza. —No, no vendo nada.

Arthur miró a Norma. —Como quieras —le dijo ella.

Dudó un poco. —Bueno, ¿por qué no? —dijo él.

Entraron a la sala y el señor Steward se sentó en la silla de Norma.
Metió la mano en el bolsillo de dentro de su abrigo y sacó un pequeño
sobre sellado. —Aquí dentro hay una llave para abrir la cúpula del
timbre —dijo y colocó el sobre encima de la mesa auxiliar—. El timbre
está conectado a nuestra oficina.

—¿Para qué sirve? —preguntó Arthur.

—Si oprime el botón —le dijo el señor Steward— en alguna parte del
mundo alguien que usted no conoce morirá. A cambio, recibirá un pago
de 50.000 dólares.

Norma se quedó mirando al hombrecillo. Estaba sonriendo.

—¿De qué habla? —le preguntó Arthur.

El señor Steward pareció sorprendido. —Pero si lo acabo de explicar —dijo.

—¿Es esto una broma de mal gusto?

—De ningún modo. La oferta es completamente genuina.

—Eso que usted dice no tiene sentido —dijo Arthur—. Usted espera que creamos…

—¿A quién representa? —inquirió Norma.

El señor Steward se notó apenado. —Me temo que no estoy autorizado
para revelarle eso —dijo—. Sin embargo, le aseguro que la organización
es de talla internacional.

—Creo que es mejor que se vaya —dijo Arthur poniéndose de pie.

El señor Steward se levantó. —Por supuesto.

—Y llévese la unidad con usted.

—¿Está seguro de que no le interesaría pensarlo hasta mañana, quizás?

Arthur levantó la unidad del botón y el sobre y los tendió bruscamente
en las manos del señor Steward. Caminó por el pasillo y abrió la
puerta.

—Dejaré mi tarjeta —dijo el señor Steward. La colocó encima de la
mesilla que estaba cerca de la puerta.

Cuando se había ido, Arthur rompió la tarjeta por la mitad y arrojó
los pedazos sobre la mesa.

Norma permanecía sentada en el sofá. —¿Qué crees que era? —preguntó.

—No me interesa saber —contestó él.

Ella intentó sonreír pero no pudo. —¿No te da ni un poco de curiosidad?

—No —negó con la cabeza.

Después de que Arthur había retomado su libro, Norma regresó a la
cocina y acabó de lavar los platos.

—¿Por qué no quieres hablar de eso? —preguntó Norma.

Los ojos de Arthur se movían constantemente mientras se cepillaba los
dientes. Miraba el reflejo de Norma en el espejo del baño.

—¿No te intriga?

—Me ofende —dijo Arthur.

—Ya sé, pero —Norma colocó otro rulo en su pelo— ¿no te intriga también?

—¿Crees que es una broma de mal gusto? —preguntó ella cuando entraban
a la habitación.

—Si lo es, es una broma asquerosa.

Norma se sentó en la cama y se quitó las pantuflas. —Tal vez sea algún
tipo de investigación psicológica.

Arthur se encogió de hombros. —Podría ser.

—Tal vez algún millonario excéntrico la está realizando.

—Tal vez.

—¿No te gustaría saber?

Arthur negó con la cabeza.

—¿Por qué?

—Porque es inmoral —le dijo.

Norma se deslizó bajo las cobijas. —Bueno, yo creo que es intrigante
—dijo. Arthur apagó la lámpara y se agachó para besarla. —Buenas
noches —le dijo.

—Buenas noches —Norma le dio palmaditas en la espalda.

Norma cerró los ojos. «Cincuentamil dólares», pensó.

En la mañana, cuando iba a salir del apartamento, Norma vio las dos
mitades de la tarjeta sobre la mesa. Impulsivamente, las arrojó dentro
de su cartera. Cerró la puerta y alcanzó a Arthur en el ascensor.

Mientras estaba en su descanso sacó las dos partes de la tarjeta y
juntó los pedazos rasgados. Solamente el nombre del señor Steward y un
número telefónico estaban impresos en la tarjeta.

Después del almuerzo volvió a sacar las dos mitades y unió los bordes
con cinta adhesiva. «¿Por qué estoy haciendo esto?», pensó.

Poco antes de las cinco marcó el número.

—Buenas tardes —dijo la voz del señor Steward.

Norma por poco cuelga, pero se contuvo. Aclaró la garganta.

—Habla la señora Lewis —dijo.

—Sí, señora Lewis —el señor Steward se escuchó complacido.

—Tengo curiosidad.

—Es natural —dijo el señor Steward.

—No es que crea una sola palabra de lo que nos dijo.

—Sin embargo, es la pura verdad —contestó el señor Steward.

—Bueno, como sea —Norma tragó saliva—. Cuando manifestó que alguien en
el mundo moriría, ¿qué quiso decir?

—Exactamente eso —contestó—. Podría ser cualquier persona. Todo lo que
garantizamos es que usted no la conoce. Y, por supuesto, que usted no
tendría que verla morir.

—Por 50.000 dólares—dijo Norma.

—Es correcto.

Ella hizo un sonido de burla.

—Eso es una locura.

—Pero esa es la propuesta —dijo el señor Steward—. ¿Desea que le lleve
de nuevo la unidad?

Norma se puso tensa.

—Claro que no —colgó malhumorada.

El paquete estaba junto a la puerta principal, Norma lo vio al salir
del ascensor. «Bueno, ¡qué frescura!», pensó. Fijó la mirada en el
paquete mientras abría la puerta. «Simplemente no lo entraré», se
dijo. Entró y empezó a preparar la cena.

Más tarde, salió al pasillo principal. Abriendo la puerta, levantó el
paquete y lo trasladó hasta la cocina, dejándolo sobre la mesa.

Se sentó en la sala, mirando a través de la ventana. Después de un
rato, fue a la cocina para colocar las chuletas en la parrilla. Colocó
el paquete en la alacena inferior. Lo tiraría en la mañana.

—Tal vez algún millonario excéntrico está jugando con la gente —dijo ella.

Arthur levantó la mirada de su plato. —No te entiendo.

—¿Qué quieres decir?

—Olvídalo —le dijo a ella.

Norma comió en silencio. De repente bajó su tenedor. —Supón que es una
oferta real —dijo ella.

Arthur se quedó mirándola.

—Supón que es una oferta real.

—Está bien, supón que lo es —él se veía incrédulo—. ¿Qué querrías
hacer? ¿Volver a tener el botón y oprimirlo? ¿Asesinar a alguien?”

Norma pareció disgustada. —Asesinar.

—¿Cómo lo definirías?

—¿Si ni siquiera conoces a la persona? —dijo Norma.

Arthur quedó estupefacto. —¿Estás diciendo lo que creo que estás diciendo?

—¿Si es algún viejo campesino chino a diez mil millas de distancia?
¿Algún aborigen enfermo en el Congo?

—¿Qué tal un bebé en Pennsylvania? —Arthur replicó—. ¿Alguna hermosa
niña en la otra cuadra?

—Ahora estás exagerando las cosas.

— Norma, el hecho es—continuó—, no importa a quién matas sigue siendo asesinato.

—El hecho es —interrumpió Norma—, si es alguien a quien nunca has
visto en la vida y a quien nunca verás, alguien de cuya muerte ni
siquiera tendrás que saber aun así ¿no apretarías el botón?

Arthur se quedó mirándola, horrorizado. —¿Quieres decir que tú lo harías?

—Cincuenta mil dólares, Arthur.

—¿Qué tiene que ver la cantidad…

—Cincuenta mil dólares, Arthur —interrumpió Norma—. Una oportunidad
para hacer ese viaje a Europa del que siempre hemos hablado.

—Norma, no.

—Una oportunidad para comprar esa cabaña en la isla.

—Norma, no —su cara había palidecido.

Ella se encogió de hombros. —Está bien, tranquilízate —dijo ella—.
¿Por qué te enojas tanto? Sólo estamos hablando.

Después de la cena, Arthur fue a la sala. Antes de abandonar la mesa dijo:

—Preferiría no discutirlo más, si no te importa.

Norma levantó los hombros. —Está bien.

Ella se levantó más temprano que de costumbre para preparar
panqueques, huevos y tocino para el desayuno de Arthur.

—¿Qué estamos celebrando? —preguntó Arthur con una sonrisa.

—No, no se trata de ninguna celebración —Norma se mostró ofendida—.
Quise hacerlo, es todo.

—Bueno —dijo él—, me alegro de que lo hayas hecho.

Ella volvió a llenar la taza de Arthur. —Quería demostrarte que no
soy… —se encogió de hombros.

—¿Que no eres qué?

—Egoísta.

—¿Dije que lo eras?

—Pues —ella gesticuló vagamente—, anoche...

Arthur permaneció callado.

—Toda esa charla acerca del botón —dijo Norma—. Creo que… pues, me
malinterpretaste.

—¿En qué sentido? —su voz fue cautelosa.

—Creo que pensaste —gesticuló de nuevo— que yo sólo estaba pensando en mí.

—Ah.

—No lo hacía.

—Norma…

—Pues no lo hacía. Cuando hablé de Europa, la casa en la isla…

—Norma, ¿por qué te estás involucrando tanto en esto?

—De ninguna manera lo estoy haciendo —respiró nerviosamente—. Sólo
intento decir que…

—¿Qué?

—Que quisiera un viaje a Europa para nosotros. Que quisiera una cabaña
en la isla para nosotros. Quisiera un apartamento mejor para nosotros,
mejores muebles, mejor ropa, un auto. Me gustaría que nosotros por fin
tuviéramos un bebé, a decir verdad.

—Norma, ya lo haremos —dijo él.

—¿Cuándo?

Se quedó mirándola, consternado. —Norma…

—¡¿Cuándo?!

—¿Estás… —pareció retractarse un poco—, estás diciendo en serio…?

—Estoy diciendo que probablemente lo están haciendo para un proyecto
investigativo —lo interrumpió—. Que quieren saber qué haría la gente
común frente a tal circunstancia, que sólo están diciendo que alguien
moriría para estudiar las reacciones, para ver si hay sentimiento de
culpa, ansiedad, ¡lo que sea! No crees que en realidad matarían a
alguien, ¿verdad?”

Él no contestó. Ella vio que a Arthur le temblaban las manos. Después
de un rato él se levantó y se fue.

Cuando se había ido a trabajar, Norma permaneció en la mesa, mirando
fijamente su café. «Voy a llegar tarde», pensó. Se encogió de hombros.
¿Qué importaba?, ella debería estar en casa y no trabajando en una
oficina.

Mientras acomodaba los platos, se volvió abruptamente, se secó las
manos y sacó el paquete de la alacena inferior. Lo abrió y colocó la
unidad del botón sobre la mesa. Se quedó mirándola un rato antes de
sacar la llave del sobre y retirar la cúpula de vidrio. Fijó su mirada
en el botón. «Qué ridículo», pensó. «Todo este alboroto por un botón
sin importancia».

Estiró la mano y lo oprimió. «Por nosotros» —se dijo con rabia.

Se estremeció. ¿Estaría sucediendo? Un escalofrío aterrador la recorrió.

En un momento ya todo había terminado. Hizo un ruido desdeñoso.
«Ridículo», pensó. «Exaltarse tanto por nada».

Tiró la unidad del botón, la cúpula y la llave a la caneca de la
basura y se apresuró a vestirse para ir al trabajo. Acababa de dar
vuelta a los filetes para la cena cuando sonó el teléfono. Levantó la
bocina. —¿Aló?

—¿Señora Lewis?

—¿Sí?

—Este es el hospital Lenox Hill.

Se sintió irreal cuando la voz le informó del accidente en el
subterráneo: los empujones de la multitud, Arthur había sido arrojado
de la plataforma cuando el tren pasaba. Era consciente de que estaba
negando con la cabeza pero no podía parar.

Cuando colgó, recordó la póliza de seguro de vida de Arthur por
25.000, con doble indemnización por…

— ¡No! Parecía que no podía respirar. Se incorporó con gran dificultad
y caminó atontada hasta la cocina. Algo helado presionaba su cráneo
mientras sacaba la unidad del botón de la caneca de la basura. No
había clavos ni tornillos a la vista. No podía ver cómo estaba
ensamblada.

De repente, comenzó a estrellarla contra el borde del lavaplatos,
golpeándola cada vez con más violencia hasta que la madera se quebró.
Separó las partes, cortándose los dedos sin darse cuenta. No había
transistores en la caja, ni cables, ni tubos. La caja estaba vacía.

Se volvió con un grito ahogado cuando el teléfono sonó. Tropezándose
para llegar hasta la sala, levantó la bocina.

—¿Señora Lewis? —preguntó el señor Steward.

No era su voz la que chillaba de tal manera, no podía ser. —¡Usted
dijo que yo no conocería al que muriera!

—Mi querida señora —dijo el señor Steward—, ¿en verdad cree que usted
conocía a su esposo?

*Datos del traductor:

Jairo A. Sánchez Galvis. Doctorando en Filología Inglesa, Universidad
Nacional de Educación a Distancia, Madrid, España.
Especialista en Traducción, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, Colombia.
Licenciado en Filología e Idiomas, Universidad Nacional de Colombia,
Bogotá, Colombia.

Ha trabajado como docente en la Universidad Nacional de Colombia en
las áreas de traducción, semántica de la lengua inglesa, pragmática y
lingüística española. También ha sido profesor de español en el
Departamento de Lenguas, Lingüística y Literatura de la University of
the West Indies, Cave Hill, Barbados y profesor visitante la State
University of Zanzibar, Unguja, Tanzania. En la actualidad es docente
de español y traducción en el Departamento de Liberal Arts, University
of the West Indies, St. Augustine, Trinidad y Tobago.

Ha publicado varias traducciones literarias en diversas revistas,
entre ellas “Dos cuentos breves de Fredric Brown” en el número 24 de
esta misma revista
http://www.ucm.es/info/especulo/numero24/fbrown.html, y es coautor de
A Translation Manual for the Caribbean — Un manual de traducción para
el Caribe, (2007) UWI Press, Jamaica.
http://wwwcaribbeantranslationmanual.com

El URL de este documento es
http://www.ucm.es/info/especulo/numero41/botonmat.html

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