Buenos días, espero todos se encuentren muy bien.
Adjunto un texto bastante fuerte y revelador. La realidad de los que dejamos "atrapados afuera".
Pienso que esto es evitable, con solidaridad, con determinación y coordinando esfuerzos se podría hacer una diferencia. Hay muchas experiencias que indican que incluso jóvenes y personas viviendo en estas terribles circunstancias, al tratárseles con dignidad y afecto, así como concederles oportunidades y estimulación, hacen giros extraordinarios en sus vidas.
Espero el artículo resulte de su interés,
Jose
---------- Mensaje reenviado ----------
De:
Etty Kaufmann <etty...@racsa.co.cr>
Fecha: 17 de enero de 2010 08:00
Asunto: Tierra de pandillas-Jon Lee Anderson 2009. The New Yorker
Para: Jose Aguilar Berrocal <
jose...@accionjoven.org>, Byron Salas Conejo <
byron...@accionjoven.org>,
veroni...@accionjoven.org, Myriam Centeno Navarro <
myr...@accionjoven.org>
Cc: Carolina Alvarado <
carolina...@accionjoven.org>, Carol Angulo <
carol...@accionjoven.org>, Leonardo Umaña <
leonar...@accionjoven.org>,
alicia...@hotmail.com, Grettel Esquivel Garita <
grettel...@accionjoven.org>,
anamat...@accionjoven.org,
jessic...@accionjoven.org
Ojalá no lleguemos a esto en CR, pero si
no se hace nada, esa es la estación a la que vamos.
Sigamos trabajando duro!
Buen domingo!
Etty
Tierra
de pandillas. Río de Janeiro
¿Qué hay detrás de la “ciudad maravillosa”
que acaba de ser seleccionada sede de los Juegos Olímpicos de 2016? Jon Lee
Anderson, uno de los periodistas más audaces del mundo, viajó a Río de Janeiro
y logró colarse en las favelas. Lo que encontró es la otra cara, el lado
oscuro, del gigante verdeamarelo.
Iara,
mujer delgada, de piel oscura, 31 años, administra la favela de Parque Royal,
en Río de Janeiro, para un capo llamado Fernandinho. Se llama a sí misma
“subdelegada”. Cuando la conocí, Iara estaba organizando la fiesta de diez años
para la más pequeña de sus tres hijas. Llevaba una camiseta, pantalones cortos,
sandalias y una gorra de beisbol negra sobre una coleta de caballo. Su camiseta
tenía un mensaje en portugués: “No ruego que los quites del mundo, sino que los
guardes del maligno. Juan 17:15.” Se notaba un bulto ahí donde una pistola
estaba remetida en sus pantalones.
Iara
maneja las “relaciones comunitarias” a nombre de su pandilla, el Terceiro Comando Puro, o Tercer Comando
Puro. (Ella la denomina “la empresa”.) Se trata de un puesto nuevo, pero
necesario. “Antes había algunos problemas, sobre todo faltas de respeto por
parte de los traficantes hacia los lugareños”, me dijo. Iara suele lidiar con
los problemas “hablando con la gente”, pero si el problema es grande “se va
cuesta arriba”, es decir, al Morro do Dendê, la favela donde vive Fernandinho.
El día anterior se había suscitado un problema: “Un hombre que golpeaba a su
esposa. Ella quería separarse, él la golpeó.” Iara no detalló cómo se resolvió
el problema, pero estaba resuelto.
Caminamos
por la favela –un revoltijo de casas apiñadas de lámina y ladrillo sin pintar,
marañas enrolladas de cable eléctrico robado, paredes cubiertas de grafiti, y
callejones en los que pequeñas tiendas y bares rudimentarios que ofrecen
cerveza y cachaza se disputan el espacio con locales de iglesias evangélicas.
Parque Royal está construida sobre lo que solía ser un manglar, y la casa de
Iara se encuentra en un paseo costero repleto de basura. Hay un penetrante
hedor a drenaje, pero nadie parece notarlo. Jóvenes armados y de aspecto rudo,
vendedores de droga de la pandilla, custodian los callejones. Iara habló con ellos
para que no me hicieran ningún daño.
En
su brazo izquierdo, Iara lleva tatuado un escorpión rodeado por las iniciales
de su gente más cercana: sus tres hijas, su madre, su hermana, una sobrina y un
sobrino. El padre de Iara abandonó a su madre cuando ella tenía un año. Su
madre era alcohólica, me dijo, “pero ya no”. Ahora es evangélica. Iara jugaba
futbol de pequeña, y era tan buena que llegó a entrenar con profesionales;
nombró a un par de jugadores famosos. Incluso había salido en la televisión. Pero
su hermano mayor solía golpearla. “Decía que era una lesbiana.”
A
los catorce años Iara ingresó a la sección local del Tercer Comando Puro. “Me
involucré poco a poco, para defenderme de mi hermano, para ganarme respeto”, me
dijo. “Cuando estuve dentro, mi hermano dejó de ser un problema.” El hermano de
Iara está ahora en Bangu, una prisión al oeste de Río, adonde son enviados la
mayoría de los mafiosos, y donde las pandillas también tienen el control. “Es
la sexta vez que está en la cárcel”, dijo Iara. “Vendía droga y era un ladrón.”
La
hija mayor de Iara, de catorce años, se acercó a decirle algo. Llevaba una
camiseta rosa y pantalones cortos. Una vez que se fue, Iara dijo orgullosa: “Es
una buena niña, muy responsable. Hasta me regaña.”
En
tanto miembro de la pandilla en Parque Royal, Iara percibe un salario de 500
reales a la semana –cerca de 250 dólares–, así como un porcentaje de la venta
de drogas. Suele ganar cerca de 1,000 reales a la semana: “Si el producto es
bueno, las ventas son mejores.” Es suficiente para mantener a su familia. “Mi
único problema es que soy adicta a la maconha”
–la mariguana. Se rió. “Si por mí fuera fumaría sólo cuatro veces al día, pero
el problema es que siempre que salgo hay alguien fumándose un churro.”
Iara
se “retiró” el año pasado, según me contó. Pero cuando su sucesor resultó
baleado, el segundo de Fernandinho –Gilberto Coelho de Oliveira, a quien todo
el mundo conoce como Gil– le pidió que regresara a sus tareas, y ella lo hizo.
Se dice que Gil, el mejor amigo de Fernandinho desde su infancia, es el más
violento de los dos.
Iara
no piensa mucho en el futuro. La vida más perfecta que puede imaginarse es
“nada más vivir, con mis niñas”.
Después
una pausa, Iara reveló que a la edad de su hija mayor, la que recién había yo visto,
fue violada. “Yo era muy pequeña, así que cortó mi vagina con un cuchillo”, me
dijo. “Me dieron siete puntadas y estuve en el hospital una semana.” Después
huyó de casa y se fue a vivir con otro hombre –“el hombre que se convirtió en
el padre de mis hijas”. Pero ese hombre consumía demasiada droga, y después de
un tiempo lo dejó. Ahora estaba sola.
Le
pregunté a Iara si era religiosa. No lo era, me dijo, aunque a veces acompañaba
a su tía a una iglesia. Y le gustaba el pastor Sidney, un predicador evangélico
local muy popular, “porque habla con todos y, si hay alguien que vaya a ser
ejecutado, va y habla con el jefe”, dijo. “Todo el mundo sabe que si existe un
problema hay alguien a quién acudir para que lo arregle, y ese es Fernandinho.”
▀
Parque
Royal está situada en Ilha do Governador, la más grande de las islas que
salpican la bahía interior de Guanabara. Se le llamó así por un gobernador de
la época colonial que fundó ahí una plantación azucarera, aunque hoy día Ilha
pertenece a las orillas de la desbordante metrópolis de Río, y se comunica con
tierra firme por puentes y autopistas elevadas. El principal aeropuerto de Río,
Galeno-Antonio Carlos Jobim Internacional –bautizado en honor del padre de la
bossa nova–, está aquí, apretujado junto con una base de la fuerza aérea, una
reserva natural, un astillero, algunas plantas petroquímicas y casi medio
millón de residentes, de los cuales un veinte por ciento viven en favelas.
En
Río las primeras favelas –el nombre proviene de una hierba de rápido crecimiento–
datan de los años posteriores a la abolición de la esclavitud en Brasil, en
1888. Los esclavos libertos, sin otro lugar dónde vivir, construyeron casuchas
en las laderas de las colinas, o en manglares casi secos. A los ex esclavos se
sumaron los antiguos soldados, ahora desempleados y, en fechas más recientes,
los desposeídos brasileños del campo, que invadieron la ciudad huyendo de la
sequía y la pobreza crónicas. Hace veinte años se decía que había trescientas
favelas en Río. Hace diez años el número había aumentado a seiscientas. Nadie
sabe exactamente cuántas favelas existen hoy, pero se estima que hay más de
mil, y que albergan a unos tres de los catorce millones de personas que habitan
en la ciudad.
En
Río las favelas flanquean la autopista al aeropuerto y se extienden en la
lejanía. En ocasiones, cuando pandillas rivales se enfrentan a muerte en algún
lado de la autopista, vuelan balas por los aires. Ha llegado a ocurrir que las
pandillas bajen a la autopista para asaltar a los automovilistas. Casi todos
los visitantes van directamente del aeropuerto en Ilha a los hoteles costeros
de la Zona Sul, un próspero sector en el sur de la ciudad, en el extremo de las
montañas del Parque Nacional Tijuca. Pero también en la Zona Sul hay favelas;
no hay forma de escapar por completo de la miseria de Río.
Siguiendo
un patrón que se repite por toda la ciudad, los residentes de Ilha viven bajo
la autoridad de facto de un capo y su ejército privado. Fernandinho es un
vendedor de droga de 31 años cuyo nombre completo es Fernando Gomes de Freitas.
En Ilha hay dieciocho favelas, y Morro do Dendê, la colina cubierta de casuchas
donde él vive, es la más grande, incluso una de las más grandes de la ciudad.
Fernandinho controla todas excepto una de las favelas de Ilha en nombre del
Tercer Comando Puro. Además de administrar el narcotráfico de Ilha, recibe
comisiones –es decir, dinero a cambio de protección– de comercios legales como
compañías de autobuses, operadores de cable y proveedores de gas. En 2007 la
policía calculó que Fernandinho ganaba cerca de tres mil dólares mensuales por
concepto de droga, pero especuló que sus otras fuentes de ingresos podrían
opacar por mucho esta cifra. Fernandinho impone su gobierno y reparte justicia
sumaria a través de una pandilla armada. Él es un fugitivo, uno de los
criminales más buscados de Río. En una orden policiaca se le describe como
“jefe del Morro do Dendê / Ilha do Governador, armado y peligroso, capaz de
asesinar a cualquiera que no esté de acuerdo con él o que desobedezca sus
órdenes”. Sus otros alias son Lopes, Cebolinha (cebollita), el León y
Fernandinho Guarabu –por la favela en que nació. Su padre fue un albañil y un
alcohólico que maltrataba a su mujer y a su hijo. Ahora está muerto. La madre
de Fernandinho trabaja como cajera y se dice que ha rechazado el dinero del
hijo.
Pese
a las famosas órdenes de aprehensión, Fernandinho vive abiertamente en Morro do
Dendê, donde básicamente se esconde a plena vista. Fue hace cinco años cuando
Fernandinho tomó el control de Ilha, después de que su antecesor, un importante
capo de nombre Bizulai, a quien agradaba y quien lo había nombrado su
lugarteniente, fuera baleado a muerte por la policía militar. La policía ha
realizado varios operativos de alto nivel para capturar o matar a Fernandinho.
En noviembre de 2005 la policía llevó a cabo una redada en la favela, en la
víspera de una fiesta que Fernandinho había preparado para celebrar su
cumpleaños número veintisiete y la apertura de una alberca comunitaria que él
mismo había mandado construir. La policía no atrapó a Fernandinho, pero
confiscó diez mil latas de cerveza. Intentaron de nuevo en 2007, cuando
Fernandinho organizó otra fiesta, esta vez para celebrar el arresto de su
archienemigo, Marcelo Soares de Medeiros, conocido como Marcelo PQD (las letras
son la abreviatura de pára-quedista,
“paracaidista del ejército”). Fernandinho escapó; la policía encontró un pastel
de metro y medio decorado con el Salmo 23, escrito con betún. También
encontraron una efigie de Marcelo PQD, vestido con pantaletas rojas, colgado de
un poste de luz.
Marcelo
PQD fue alguna vez jefe del Morro do Dendê. Pero, tras cumplir una condena en
Bangu, perdió su puesto y cambió de bando, uniéndose a una pandilla llamada Comando Vermelho, o Comando Rojo. Había
intentado matar a Fernandinho y recuperar el control de la favela.
El
Tercer Comando Puro nació como una facción escindida del Comando Rojo, el
cártel más viejo y poderoso de Río. Surgió de un grupo de prisioneros formado
en 1979, cuando los criminales comunes y los radicales políticos eran
mantenidos juntos en la prisión Cândido Mendes, en Ilha Grande, en el mar al
oeste de Río. Cândido Mendes era la Isla del Diablo de Brasil, el lugar donde
la dictadura militar del país, que gobernó de 1964 a 1985, encerró a los
guerrilleros que no había matado. Han pasado más de veinte años desde la
reinstauración de la democracia en Brasil, y ya no hay ninguna guerrilla
marxista, aunque varios de los viejos guerrilleros aún tienen puestos en el
gobierno del presidente Luiz Inácio Lula da Silva.
Los
fundadores del Comando Rojo aprendieron un poco de organización y unas cuantas
ideas sociales de sus compañeros de celda. Incluso adoptaron el lema “Paz,
Justicia y Libertad”, que la pandilla aún mantiene. Pero, para mediados de la
década de los ochenta, el Comando Rojo y sus filiales habían abandonado
cualquier pretensión política que sus líderes pudieran haber tenido. Las
pandillas, hoy, son organizaciones puramente criminales: existen para vender
drogas a sus compatriotas brasileños.
A
diferencia de los cárteles de la droga dedicados a la exportación en Colombia y
México, los bandidos de Río son
importadores al por mayor –de cocaína de Bolivia, Perú y Colombia, y mariguana
de Paraguay–, así como gerentes de sus propias redes de distribución al por
menor. Al menos cien mil personas trabajan para las pandillas de la droga en
Río, en una estructura jerárquica que imita el mundo de las grandes
corporaciones: jefes de favelas que son gerentes
gerais, o gerentes generales; sus segundos o subgerentes; y los
jefes de pandillas, los donos, o
“dueños”.
Cuando
visité otra favela, en una colina al norte de Río, una mujer que llamaré
Cicliade, administradora de una ONG con financiamiento privado y que maneja un
pequeño centro comunitario, me dijo que el Tercer Comando Puro controla la cima
de la colina, pero que las laderas son territorio del Comando Rojo. (Hubo un
intercambio de disparos de armas automáticas al inicio de mi visita, algo que
ocurre a diario, según me informó.) “El camino hacia arriba es del Comando
Rojo”, me dijo. “Aquí arriba, nunca podemos vestirnos de rojo. Si ves a un
hincha del Flamengo con una de sus camisetas [el Flamengo es uno de los equipos
de futbol más populares de Río] sus colores son rojo y negro; eso está bien,
pero nunca puedes vestirte sólo
de rojo.” Cicliade señaló su propio vestido, de fiable color negro. Una vez, me
contó, una niña subió la colina con ropa color rojo. “No la mataron porque era
una cristiana evangélica, pero le cortaron la ropa.” El año pasado, en otro
incidente, los traficantes le arrancaron las uñas a otra niña porque tenían
barniz rojo. “Así que aquí ya no usamos barniz para las uñas”, me dijo
Cicliade. El jefe de pandilla de la cima de la colina es egresado de la clase
de computación del centro comunitario, agregó Cicliade, así que sus hombres
normalmente la dejan hacer su trabajo.
El
Estado está prácticamente ausente en las favelas. Las pandillas de la droga
imponen sus propios sistemas de justicia, leyes y orden, además de impuestos
–todo por la fuerza de las armas. Un mercado negro de armamento procedente de
otros países ha alimentado un nivel de violencia pasmoso. Al igual que en
México, muchas de las armas ilegales de Brasil llegan de Estados Unidos; pero
en años recientes han comenzado a aparecer armas rusas, y armas cada vez más
poderosas. Los mafiosos de Río han sido atrapados con metralletas de uso
militar y armamento antiaéreo. Los rifles semiautomáticos de asalto y las
granadas de mano son lugar común. El póster para la búsqueda de Fernandinho
advierte que este posee “una ametralladora Madsen” (que dispara quinientas
rondas por minuto).
Río
de Janeiro es la ciudad que ocupa el primer lugar a nivel mundial en “muertes
violentas intencionales”. Según sus funcionarios, el año pasado se registraron
cerca de 5,000 asesinatos, la mitad de ellos relacionados con las pandillas de
la droga. (Las cifras no incluyen incidentes como “violación resultante en
defunción” o “disturbios resultantes en defunción”.) Fueron asesinados
veintidós policías. Por su parte, la policía de Río mata más gente que la
policía en cualquier otro lugar del mundo; en 2008 reconocieron haber matado a
1,188 personas que “se resistieron a la detención”, es decir, poco más de tres
personas al día. En comparación, la policía estadounidense mató a 371 personas
–clasificadas como “homicidios justificables”– en todo Estados Unidos en el
mismo periodo de tiempo. Se piensa que las “balas perdidas” matan o hieren al
menos a una persona cada día. Basta un simple cálculo para anotar que la
seguridad pública en Río de Janeiro es un desastre.
“Río
es una de las muy pocas ciudades del mundo donde tienes zonas enteras
controladas por fuerzas armadas que no pertenecen al Estado”, afirma Alfredo
Sirkis, un importante político de Río que es también un ex guerrillero.
“Cualquier pandilla de la droga en la favela más pequeña de Río tiene hoy más
armas de las que nosotros tuvimos”, agregó Sirkis. “Nosotros teníamos básicamente
un rifle, dos metralletas y un par de granadas. Y con eso poníamos al Estado a
nuestra merced.” Negó con la cabeza. “Pero ya nadie quiere hacer la revolución.
Lo que esta gente armada quiere hoy es su tajada instantánea de la cultura del
consumo. Es tan infantil, tan moralmente infantil, y además matan niños, como
un juego de guerra entre niños.” Si alguna vez adquirieran una ideología,
podrían amenazar al Estado, dijo. “Pero por ahora son un grupo totalmente
entrópico y anárquico de jóvenes que han descubierto cómo obtener lo que
quieren, que es básicamente ropa, coches y respeto.”
A
decir verdad, lo sucedido en Río se puede aplicar, en distintos grados, a toda
América Latina, sobre todo a México, Guatemala, El Salvador y Colombia. Dos
décadas después de la caída del comunismo, las guerrillas marxistas de la
región desaparecieron, sólo para ser sustituidas por los violentos cárteles de
la droga.
Sirkis,
que cumple su cuarto periodo en el municipio de la ciudad de Río, es un hombre
larguirucho de 58 años con una mata de cabello claro. Sus padres fueron judíos
polacos que emigraron a Brasil tras sobrevivir al Holocausto. Sirkis nació en
Río. A finales de los años sesenta, siendo un estudiante, se unió a la
Vanguardia Popular Revolucionaria, un grupo guerrillero urbano. Sirkis robó
varios bancos y, en incidentes separados, ayudó a secuestrar a los embajadores
de Suiza y Alemania en Brasil. (Los diplomáticos fueron liberados sanos y
salvos después de que el régimen militar accediera a liberar a un total de 110
prisioneros políticos.) En 1971, mientras sus camaradas eran cazados y
asesinados, Sirkis huyó del país.

Pasó
casi nueve años en el exilio, en Santiago, Buenos Aires, París y Lisboa, y
regresó después de que los militares declararan la amnistía. Sirkis continuó
repudiando la violencia política en un libro muy exitoso, Os Carbonários, publicado en 1980. Ahora
es un activista ambiental y líder del Partido Verde de Brasil, bajo cuyo
estandarte se postuló para la presidencia en 1998.
El
10 de julio uno de los mejores amigos del hijo de Sirkis, un universitario de
veintidós años, fue asesinado en Río. Su cuerpo fue encontrado en un taxi;
habían disparado contra él y el chofer; los tenis del estudiante habían
desaparecido. Sirkis escribió una carta sombría a un editor en la que señalaba
que este era un acontecimiento de tal banalidad que ni siquiera había merecido
una crónica noticiosa. Me dijo: “El porcentaje de crímenes resueltos aquí en
Río es ridículo: 99 por ciento de los homicidios nunca se resuelven.” Parte de
la culpa la tiene la “cultura de lo políticamente correcto” en Brasil. “Puras
palabras escandinavas en una realidad iraquí. Río es completamente
esquizofrénico. Todo el mundo es muy políticamente correcto, toda esta
violencia se ve como producto de alguna injusticia. Y, al mismo tiempo, les
gustaría ver las favelas pulverizadas, a la Buck Rogers, con un Desintegrador.”
Sirkis
compara el crecimiento de la cultura pandillera de Río con el atractivo que
tiene Al Qaeda para los jóvenes sin voz ni voto en las sociedades musulmanas.
“Se trata de una cultura que permite la constante reproducción de reclutas cada
vez más jóvenes”, me dijo. “Es una especie de autoafirmación. Tienes una
situación social que genera un cierto tipo de persona, un ejemplo que es
emulado por los chicos jóvenes, y ese ejemplo es un traficante con su AR-15 y
sus zapatos Nike. Es una forma de volverse hombre. Las chicas lo miran y él
pelea contra sus enemigos, que son jóvenes igual que él. Esto les da un
sentimiento de filiación.”
Cada
año los mafiosos se vuelven más jóvenes; hoy algunos tienen diez años. Es “como
un fenómeno medieval, feudalismo y guerra de señores sin ningún otro propósito
que el de vivir en el día a día”, me dijo Sirkis. “Es una insurgencia de baja
intensidad, y sin ideología.”
▀
Poco
después de que Fernandinho tomara control de Ilha, él y Gil –ambos se denominan
a sí mismos la “pandilla LG” (por sus sobrenombres, Lopes y Gil)– comenzaron a
aparecer en los titulares de los periódicos de Río. A la generación de bandidos de Fernandinho le gustan las
fiestas. Los jefes de las pandillas son grandes promotores del funk carioca, o gangsta rap brasileño. Los fines de semana
organizan bailes funk, fiestas callejeras a las que asisten jóvenes de fuera de
la favela –de o asfalto, “el
asfalto”, como se conoce a las zonas legalmente constituidas de la ciudad– y en
las que contratan a dj’s. Los
jefes proporcionan cerveza y venden drogas, sobre todo cocaína y mariguana, en
grandes cantidades. Fernandinho ha sido filmado festejando con sus “soldados”,
bebiendo, cantando y alardeando sobre cómo ha acabado con sus enemigos. En un
baile funk de 2005 se le ve rapeando:
Amárralo,
derríbalo,
sigue
y muele a este marica.
Trae
el hacha afilada,
mándalo
al Infierno.
Ahora
verás,
LG
no tiene piedad.
Dale
con el hacha,
será
un tullido.
¿Por
qué cantaste, marica?
Otro
video, de 2005, muestra a Fernandinho en una fiesta, rapeando en el micrófono:
Estoy
lleno de odio.
Soy
bueno, pero no collón.
Les
digo a todos que no soy malo con los de aquí, no.
Odio
a Chorrão, PQD y Noquinha.
Si
te pones de su lado, te cortaré en pedacitos.
Puedes
ir con el tipo equivocado, pero cuando te descubra, el León te comerá.
La
primera orden de aprehensión por homicidio en contra de Fernandinho fue
expedida ese mismo año. En Praia da Rosa, una favela cercana, se encontraron
dos cuerpos desmembrados. Las víctimas eran socios de Noquinha –el rival que
Fernandinho mencionaba en su rap. Los miembros de la pandilla de Fernandinho
eran los principales sospechosos del asesinato de un policía, frente a decenas
de testigos, en una celebración religiosa en 2007, y de la decapitación de un
hombre de Dendê unos meses después. (Su pecado había sido asistir a un baile
funk de una favela rival.) Y había más. Un residente me dijo que en Praia da
Rosa los esbirros de Fernandinho eran conocidos como os açougueiros: “los carniceros”. “Se encargan de los
cuerpos de las personas que matan destazándolos y arrojándolos a la bahía”, me
dijo aquel hombre. “Los cangrejos se los comen.”
En
un operativo especial en marzo de 2008 unos cien policías armados, respaldados
por dos helicópteros de combate y un tanque blindado, fueron tras Fernandinho.
Hubo una balacera; cinco hombres de Fernandinho fueron acorralados en una casa;
varios resultaron heridos o fueron arrestados. La policía dijo que Fernandinho
había recibido un impacto de bala, pero que había escapado saltando de azotea
en azotea.
A
partir de los informes sobre Fernandinho –sus extravagancias publicitarias, su
inclinación por desmembrar a sus enemigos, sus escapes al estilo de La pimpinela escarlata– comenzó a gestarse
una cierta mitología. Luego hubo una noticia: Fernandinho había encontrado la
religión. El 20 de agosto de 2007 un titular del tabloide de Río Meia Hora decía: “MATÓN DECAPITA A QUIENES
NO SIGUEN SUS REGLAS” y, debajo, “Fernandinho Guarabu, el jefe de Dendê, usa
una hacha para ejecutar a sus víctimas. El traficante evangélico prohíbe
incluso la macumba en la favela.”
(Macumba se refiere a una de las
religiones de origen africano en el país, junto con umbanda y candomblé,
que los evangélicos estrictos consideran poco más que brujería.) Ese mismo día,
en el periódico O Dia, apareció
este reportaje: “Pese a la violencia [de Fernandinho], la ‘palabra de Dios’
siempre debe ser propagada, a veces de forma radical. Guarabu ha prohibido
supuestamente los rituales de umbanda
y candomblé, así como las
sesiones espiritistas. Diariamente, a las 6 p.m., la plegaria de un pastor
resuena en los estrechos callejones.”
Sucedió
que Fernandinho se había hecho amigo del pastor Sidney, y había vuelto a nacer.
El capo se abocaba a su nueva fe con gran entusiasmo. En uno de sus antebrazos
llevaba “Jesús Cristo” tatuado en grandes caracteres, y el Morro do Dendê
pronto se cubrió de nuevos grafitis religiosos. La alberca comunitaria que había
construido tenía ahora un letrero por encima que decía “ESTO PERTENECE A
JESUCRISTO”. Además, se dice que Fernandinho ordenó a sus hombres no cometer
crímenes “violentos”, como robo de auto con violencia, robo a mano armada y
asesinato, aunque podían vender drogas.
Leslie
Leitão, el principal reportero de crimen de O
Dia, es autor de la mayor parte de las notas sobre Fernandinho
publicadas en dicho periódico. Lo fui a ver a las oficinas del diario. Leitão,
un hombre amigable e hiperquinético de 32 años –la misma edad que Fernandinho–,
me explicó que a menudo encuentra pistas en la red social más popular de
Brasil, Orkut, pistas que, según me dijo, la policía también sigue. Muchos
miembros de las pandillas suben noticias, videos y fotografías de sí mismos en
Orkut. La novia de un famoso traficante sube chismes y fotos reveladoras de sí
misma. Leitão nunca ha ido al Morro do Dendê. Habla con Fernandinho por
teléfono. “Claro, él niega las cosas que he escrito sobre él”, me dijo Leitão.
“Pero es muy amigable, y parece entender que yo sólo estoy haciendo mi
trabajo.”
Los
periodistas brasileños sencillamente dejaron de entrar a las favelas después de
que Tim Lopes, un reconocido reportero de la cadena de televisión O Globo,
despareció en 2002, tras llevar una cámara escondida a un baile funk en una
favela. Varios días más tarde la policía encontró lo que quedaba del cuerpo de
Lopes. Había sido torturado hasta la muerte –golpeado, luego cortado en pedazos
con una espada de samurái y finalmente quemado– por un jefe de pandilla del
Comando Rojo y sus hombres.
Para
los periodistas hay muchos peligros. El año pasado un par de reporteros de O Dia y su chofer fueron secuestrados y
torturados por varias horas dentro de una favela. Sus torturadores, que fueron
detenidos más tarde, resultaron ser policías, miembros de una “milicia” de
patrulla ciudadana. Desde hace casi una década, los policías y los bomberos
formaron estas milicias para atacar a las pandillas de la droga asesinando a
sus miembros hasta borrarlos del mapa. Al menos cien favelas de Río están ahora
en manos de estas milicias, que se han convertido en pandillas por derecho
propio. (Me reuní con un miliciano de nombre Silva en una favela que él mismo
ayudó a controlar cerca de la Cidade de Deus –la Ciudad de Dios– y le pregunté
si existía el peligro de que las milicias se convirtieran en mafias. “Ya son
mafias”, me dijo. Pero afirmó que no vendían drogas. La especialidad de Silva,
me dijeron, era “desaparecer cuerpos”.) La única favela de Ilha que no domina
Fernandinho, justo fuera de la base de la fuerza aérea, está controlada por una
milicia.
“Hoy,
si vives en el Morro do Dendê, dependes de Fernandinho”, me dijo Leitão. “Si lo
arrestan mañana, Gil, su número dos, tomará las riendas. ¿Cuánto tiempo estará
aquí?, ¿diez años? Cuando mucho.”
Leitão
no sabía si la fe de Fernandinho era genuina o si sólo intentaba crearse una
nueva imagen pública: “Podría ser cualquiera de las dos cosas.”
Para
saber más sobre Fernandinho, me reuní con un ex vendedor de drogas llamado Washington
Luiz Oliveira Rimas, también conocido como Feijão (“Frijol”). Feijão, un hombre
negro, bajito, rechoncho, de 33 años, que llevaba ropa Nike de color azul
eléctrico y una cadena de oro, había sido chefe,
jefe de una favela, para el Tercer Comando Puro, pero se había “retirado” y
había tratado de reinventarse como constructor. Sin embargo, la policía aún lo
buscaba y en 2006 fue arrestado bajo el cargo de robo de armas de uso exclusivo
del ejército. Feijão gastó la mayor parte de sus ahorros en su defensa y fue
liberado después de pasar un mes en prisión. Consideró volver a “la vida”, pero
la ejecución de un amigo cercano a manos de la policía lo disuadió. Feijão
trabaja ahora para una ONG poco común, AfroReggae, una agrupación que intenta
mediar entre el Estado y las pandillas, y que además promueve a una banda
musical.
Feijão
me dijo que conoce a Fernandinho desde hace años. “Fernandinho, ¡es un maluco!” –un loco–, afirmó. “Fernandinho
es salvaje. Está chiflado. Fuma y bebe demasiado. Festeja demasiado. El
problema es que Fernandinho es muy buscado por la policía. Tiene su lado bueno,
pero también tiene su lado brutal. Mató a mucha gente y dejó sus cuerpos en las
calles, y llegó a estar en los periódicos: hay fotos de él bailando con una
pistola al hombro. Tiene un montón de armas allá arriba, y coches robados.”
Feijão continuó: “Y la cosa es que aquí, si haces un montón de tonterías, sí van a venir por ti. Y si [Fernandinho]
cae, no va a poder salir.”
Le
pregunté a Feijão si pensaba que la tan publicitada renovación religiosa de
Fernandinho era real. Reflexionó y dijo: “Creo que sí cree, porque en esta vida
pronto te das cuenta de que el único que no te traiciona es Dios.”
▀
El
pastor Sidney Espino dos Santos, el responsable de la conversión de Fernandinho
(según me dijeron), vive en Parque Royal, a unas cuantas calles de donde vive
Iara con sus hijas. Su casa es modesta y bien cuidada, una construcción de dos
pisos en una calle de terracería. El pastor Sidney, un hombre negro, bajito y
fornido, con la cabeza rapada, me recibió con cautelosa cortesía, y me invitó a
pasar y sentarme en la terraza del segundo piso. Llevaba pantalones negros, una
camisa beige bien planchada y una corbata a rayas, y tenía un físico
consistente que no esperaba encontrar en un predicador.
Había
sido católico hasta los veintiún años, me contó, y luego se volvió evangélico
protestante. Cuando le pregunté qué había ocasionado su conversión, miró hacia
otro lado. Dijo que había tocado música en una banda, que había salido con “muchas
mujeres” y que había estado “abrumado por la ansiedad y la depresión”. El
pastor Sidney tiene ahora 35 años, y lleva casado quince. Él y su esposa tienen
tres hijos. El pastor también había sido paracaidista del ejército y, durante
la mayor parte de los últimos doce años, había trabajado en plataformas
petroleras en mar abierto, como supervisor de cubierta. Había estado en Angola
varias veces, dijo, y también en Trinidad y Tobago. Su último trabajo había
terminado hacía dos años, después de que tuvo algunos problemas con un
compañero de trabajo estadounidense.
El
pastor Sidney me explicó que había conocido a Fernandinho en 2007, cuando
algunos líderes de la comunidad lo fueron a buscar. Se habían registrado una
serie de balaceras en las que estaban involucrados Fernandinho y sus rivales
–gente asociada con Marcelo PQD. “Esto era como una zona de guerra”, dijo el
pastor Sidney. “Era muy peligroso, y la comunidad estaba asustada.” Él ya había
predicado en algunos de los barrios más bravos de Ilha, y esto le había
granjeado cierto respeto. “Trabajaba entre los traficantes. Salía y rezaba en
las calles. Yo me acerco a todos de la misma forma, como si estuvieran poseídos
por demonios, y descubrí que lo aceptaban, porque hay algo sobrenatural en
ello. Sin embargo, había evitado a Fernandinho. Había escuchado cosas de él que
no me gustaban.”
Finalmente,
“Fernandinho vino él mismo a mí. Me vio predicando. Vio a la gente que caía al
suelo. Y me pidió una plegaria”.
En
los últimos años las sectas protestantes evangélicas han hecho incursiones
sorprendentes en Brasil –un territorio tradicionalmente católico. En algunas
favelas de Río hay veintenas de pequeñas iglesias donde, noche tras noche, el
Señor es alabado entre gritos y música amplificada. En la iglesia del pastor
Sidney, la Igreja Assembléia de Deus Ministerio Monte Sinai, él y sus diáconos,
entre quienes se encuentran varios ex mafiosos, cantan y tocan instrumentos,
creando una barrera de sonido que mezcla el ska y el hip hop con el rock de
gospel brasileño. Los parroquianos bailan, entran en estados de trance y caen
al suelo como si exorcizaran sus demonios.
El
pastor Sidney me explicó cómo es que puede ver a los demonios: “La gente
poseída tiende a ver a un punto fijo y hay un cierto frío a su alrededor; sus
ojos no parpadean. Las personas mismas están ausentes.” Cada vez que las ve,
“le pido a Jesús que las tome, y los ángeles vienen y les arrancan el demonio”.
También ayuda, me dijo, invocar el nombre del Señor. “La fe tradicional te
ayuda a centrarte, lo mismo que las demostraciones del poder de Dios.”
Le
dije al pastor que había escuchado decir que Fernandinho había dejado de matar
gracias a su influencia. El pastor Sidney se mostró escéptico. ¿Pensaba que
Fernandinho realmente creía en Dios? “Sólo Dios sabe lo que hay en el corazón
de un hombre”, me contestó. “Pero en mi opinión Fernandinho está lejos de
aceptar a Dios. Se conmovió un poco, cambió un poco si lo comparamos con lo que
era antes. Usa menos la violencia, redujo sus matanzas considerablemente, es
cierto. Antes bajaban desde Dendê y robaban casas y coches; ahora eso está
prohibido. Ahora sus hombres casi sólo venden drogas.”
Pero
las cosas entre él y Fernandinho se habían deteriorado en los últimos años,
afirmó. “Nos gusta Fernandinho, pero queremos alejarnos de él para que vea lo
que le rodea, para que vea dónde está parado.” Algunos hombres habían sido
ejecutados unas semanas antes. “Las muertes me hicieron sentir ofendido”, me
dijo el pastor. “Así que ahora estoy harto de ir al Morro do Dendê. Ahora,
cuando subo, sólo voy entre la gente de la comunidad. Ya no estoy tratando de
convertir a los traficantes. Rezo por ellos sólo si me buscan.” El pastor
también estaba molesto por la aparición de algunos evangélicos rivales que se
habían congraciado con Fernandinho. “Le están diciendo lo que quiere oír, no lo
que necesita oír.” (Una semana antes una redada policiaca en Praia da Rosa
había dado con una mochila que contenía un rifle y munición; la mochila estaba
escondida en una guardería dentro de otra iglesia de Pentecostés.)
Le
pregunté al pastor Sidney si, pese a las tensiones entre ellos, podría aún
presentarme a Fernandinho.
Frunció
el cejo. No quería ver a Fernandinho aún, me dijo, pero me llevaría al Morro do
Dendê y haría las presentaciones necesarias. El resto dependía de mí.
▀
Una
noche, mientras esperaba para ver a Fernandinho, manejé por los suburbios del
norte de la ciudad con un hombre al que llamaré Célio, un ex comando de las
Fuerzas Especiales. Célio trabaja para una unidad del departamento de bomberos
que recoge los cadáveres de las calles en un vehículo llamado Ravecão. (Más
tarde, Célio me dio las cifras del Ravecão para ese día: 48 cuerpos recogidos.)
Manejamos
hacia un barrio donde las calles pavimentadas de Río se convierten en
terracería. Ahí encontramos a un par de hombres uniformados bajo una farola,
sacando un cuerpo de la cajuela de un coche con dificultad: había entrado en
rígor mortis. Un coche con varios hombres y mujeres dentro avanzaba detrás de
nosotros. Era la familia del hombre muerto. Una mujer bajó e identificó el
cadáver. El muerto era un joven que llevaba sólo unos calzoncillos rojos.
Cuando levantaron su cuerpo, un chorro de sangre describió un arco de unos dos
metros y medio en el aire, el chorro salió de un orificio de bala en su
espalda, quizás en su pulmón. Se habían disparado más balas contra su cráneo.
Sus pies y manos estaban atados detrás de su espalda, apretados, con una tira
de plástico. Había sido ejecutado unas tres horas antes.
A
juzgar por su apariencia y por la forma en que fue asesinado, el hombre muerto
podría haber sido un vendedor de droga. Sus verdugos podían ser lo mismo
miembros de los escuadrones de la muerte organizados por policías y bomberos
–los colegas de Célio– u otros traficantes.
Un
integrante de la policía civil de Río, Beto, admitió tranquilamente ante mí que
la policía ejecutaba a los criminales. Extendió sus manos en actitud de
súplica. “¡Es que somos hombres!”, dijo. “Tenemos sentimientos, ¿sabe? Y estos
tipos disparan contra nosotros. A veces he salvado vidas. Una vez vi a uno de
mis amigos [Beto imitó los movimientos de un policía a punto de ejecutar a
alguien] y dije: ‘No lo hagas. Déjalo. Vámonos.’ Pero otras veces no he podido
hacer eso. Y, honestamente, hay veces en que no quieres, en que no te importa.”
En
un paseo por la ciudad durante el día Beto mantuvo su pistola desenfundada
entre las piernas. Su placa policiaca era su “certificado de muerte”, ya que si
los miembros de una pandilla la encontraban, lo matarían. Los pandilleros
consideran que los diez mil policías civiles de Río no son mejores que los
cuarenta mil policías militares. “Los policías militares son más que nada
inexpertos y malos; son corruptos, son ellos mismos criminales”, me dijo Beto.
“Los mafiosos los matan sin dudar.” En su caso, dijo, “podrían dudar un minuto,
pero de todos modos me matarían.”
En
marzo de 2005 veintinueve civiles fueron asesinados por policías fuera de turno
en un barrio pobre al norte de Río. La policía perpetró la masacre para
protestar por el arresto de otros policías, quienes, a su vez, habían sido
filmados tirando los cuerpos de varios hombres que habían asesinado. La policía
también ha sido blanco de asaltos coordinados. En diciembre de 2006 los líderes
del Comando Rojo ordenaron a sus esbirros entrar a la ciudad a sembrar el caos.
Las estaciones de policía fueron atacadas con armas automáticas y granadas; una
decena de autobuses urbanos fueron incendiados. Murieron al menos diecinueve
personas.
Alfredo
Sirkis, el secretario municipal, me dijo: “Las pandillas le pagan a la policía
para que esta las proteja en las favelas, y si no les pagan, los policías van y
matan a todo el mundo y le dejan las operaciones a otra pandilla. La policía
tiene una alianza de exterminio con las pandillas.”
El
problema, según Sirkis, es que a la policía no se le paga lo suficiente. “Cada
policía, sin excepción, tiene un segundo trabajo”, me dijo. “Los policías
trabajan en turnos de 24 por 72 horas, de manera que no hay continuidad, no hay
una rutina profesional. No se hacen rondas a pie, no hay contacto con la
población civil, sólo andan por ahí en patrullas. El 70 por ciento de los
policías que son asesinados en Río mueren fuera de su turno. ¿Qué te dice
esto?”
Hace
treinta años, afirmó Sirkis, “los bandidos
no solían matar a un policía. Y, si lo hacían, no se escapaban del castigo.
Ahora la policía ha perdido toda dignidad, y los policías son vistos como
rivales en el mismo negocio, así que los bandidos
los matan”.
Lo
primero que hay que hacer, dijo Sirkis, “es terminar con el control de las pandillas
de la droga sobre el territorio de la ciudad. Hay que volver a la situación de
las ciudades en todo el mundo, a que se venda droga en las esquinas, pero sin
que las pandillas tengan el control de los territorios. Esto es posible, pero
sólo puede llevarse a cabo mejorando la policía”.
En
julio hablé con el nuevo jefe de la policía civil de Río, Allan Turnowski. Le
pregunté si la situación de la seguridad en Río era calamitosa. “¿Calamitosa?”,
dijo. “No. Si lo fuera, no habría forma de solucionarlo. Y sí podemos. Esto
todavía no es Bagdad ni México. Tenemos la capacidad
para controlar cualquier parte de la ciudad que queramos. El problema es que no
podemos quedarnos a terminar el trabajo.” Turnowski me habló entusiasta sobre
una campaña para combatir a las milicias vinculadas a la policía; sobre sus
planes para aumentar el número de efectivos policiacos; y sobre la esperanza de
mejorar el entrenamiento y los salarios. Mencionó una favela recientemente
purgada y cercada, Santa Marta, donde el gobierno ha invertido en
infraestructura, como un modelo para el futuro. Señalé que Santa Marta era sólo
una favela, y que había otras mil o más aún desatendidas. Turnowski asintió y
dijo: “Llevará tiempo.”
▀
El
pastor Sidney me guió hasta su coche, un viejo Chevrolet Meriva. Manejamos a
través de las calles de Ilha. Después de dar vuelta en una calle residencial,
llegamos a una esquina oscura de una favela. El pastor había encendido las
luces interiores y había bajado todas las ventanas para que nos pudieran ver. En
el primer cruce unos jovencitos con pistolas y rifles de asalto nos bloquearon
el paso. Llevaban gorras de beisbol y camisetas con logotipos deportivos,
pantalones de surf y sandalias de plástico. Se acercaron a la ventana y, al
reconocer al pastor, levantaron los pulgares como signo de aprobación.
A
continuación vino un ritual curioso. Uno tras otro, cada pistolero entregó su
arma a un camarada y vino hacia la ventanilla abierta del pastor. Cada uno se
paró ahí, con las manos a los costados y los ojos cerrados y, mientras el
pastor Sidney les hablaba en voz alta, en un atropellado portugués, haciendo
una especie de invocación bíblica, entraban en trance. Entonces el pastor
extendía su brazo y, colocando su mano sobre la frente del pistolero, gritaba “Sai!” –¡Vete!– una y otra vez. Finalmente,
les daba un golpe o un manotazo en la cabeza, y en ese momento volvían en sí,
abrían sus ojos sobresaltados, sonreían tontamente y agradecían al pastor.
Durante
todo el procedimiento, uno de los jóvenes permaneció en todo momento en el
puesto de guardia –una silla de plástico y un bote de petróleo– a la entrada
del callejón. El guardia también tenía una arma y una gran bolsa de plástico
frente a él, llena de paquetes de cocaína. Era una boca de fumo –una “boca de humo”, la expresión brasileña que
designa un lugar donde se venden drogas.
Avanzamos
lentamente por el callejón, pasando a hombres y mujeres que tenían que
apretarse contra las paredes para que pudiéramos pasar. Percibí el olor a
mariguana y, una o dos veces, el tufillo a hule quemado del crack. Nos
detuvieron de nuevo; el pastor Sidney repitió su ritual de exorcismo. Entramos
a una gran plaza de tierra; estábamos en Praia da Rosa, y había pistoleros por
doquier. La atmósfera era tensa; algo estaba pasando. (Descubrí más tarde que
la Rata, uno de los subgerentes de Fernandinho en otra favela, había venido esa
noche a reclamar justicia de Leo, uno de los gerentes de Fernandinho –y jefe
directo de Iara–, porque un soldado de Leo había ido a su territorio y le había
apuntado con una pistola. Leo hizo que su hombre se disculpara con la Rata,
evitando así el derramamiento de sangre.)
Después
de pasar por otros tres retenes, llegamos a un cruce donde la calle se dividía
y seguía por los dos lados de un muro pintado con mensajes sobre Jesús.
Habíamos llegado al Morro do Dendê.
Los
vendedores de droga saludaron respetuosamente al pastor Sidney y le preguntaron
si iba a ver al chefe. “No. Sólo
llego hasta aquí”, dijo. “Él sabe por qué.” Se veían desconcertados, pero
asintieron. El pastor Sidney dijo que quería a alguien “responsable” para
llevarme a ver a Fernandinho. Deliberaron; uno de ellos se alejó y habló por su
radio. Luego un hombre corpulento de treinta y pico años, con el torso desnudo,
dio un paso al frente. El pastor me dijo: “Está bien, puede irse con él.
Siéntase como en casa.” Y se alejó en su auto.
El
hombre me guió por una calle empinada, por entre espectadores curiosos. En la
cima de la colina se detuvo e hizo un gesto para que lo esperara ahí, luego
desapareció. Había unos cuantos hombres armados, vestidos con ropa deportiva a
lo largo de la calle; la gente subía a comprar cocaína con ellos. La letra de
un baile funk retumbaba: “No vales la verga que mamas”, y el coro repetía una y
otra vez: “Pau que chupa, pau que chupa
[Verga que mamas, verga que mamas].”
▀
Fernandinho
apareció. Seis guardaespaldas estaban dispuestos alrededor suyo. Lo reconocí de
una fotografía; tenía el tatuaje de Jesús Cristo en el antebrazo derecho, en
grandes letras góticas. Llevaba una gorra de beisbol, pantalones cortos y una
sudadera sin mangas del São Paulo, con las letras LG bordadas (el logotipo del
patrocinador). Llevaba también una enorme cadena de oro con un dije al cuello,
inmensos anillos de oro en casi todos sus dedos y un pesado reloj de oro. Todo
brillaba con diamantes.
Fernandinho
es blanco, tiene aspecto de niño, es de mediana altura y complexión, tiene el
cabello castaño y lo lleva cortado a rape. Me saludó amablemente. Sugirió que
fuéramos a su casa para charlar. Sus guardaespaldas avanzaron junto con
nosotros. Todos eran adolescentes, y llevaban AK-47 y AR-15. Bajamos algunas
escaleras, luego caminamos por un callejón y avanzamos por un estrecho pasillo,
hasta el interior la habitación de Fernandinho.
No
era particularmente grande; su cama ocupaba casi todo el espacio disponible y
estaba cubierta con un edredón de un personaje de caricatura. De las paredes
colgaban estampas religiosas brillantes y varios salmos enmarcados. En una
esquina había un acuario; en otra, una bicicleta fija. Una gran televisión de
plasma dominaba la pared frente a la cama. Fernandinho se sentó en el borde del
colchón y quitó algunas prendas de un pequeño sofá situado al lado para que yo
me pudiera sentar. Sus guardaespaldas permanecieron al final del pasillo.
Una
bonita joven embarazada vino a ofrecernos algo de beber. Cuando se fue, le
pregunté a Fernandinho si era su esposa, o si llevaba a su hijo. No, era sólo
una amiga –su esposa no estaba ahí, dijo, y luego se corrigió: “No nos han
casado formalmente.” Tenía seis hijos, y dos más “en camino”. Dijo que su
esposa, embarazada de su primer hijo, no sabía sobre ninguno de los niños,
excepto el más grande, un niño que iba a la escuela primaria en el asfalto. Me miró con intriga, y dijo que
había considerado decirle sobre los otros niños después de que diera a luz. Le
contesté que probablemente esa sería una decisión acertada.
Su
función en el Morro do Dendê no era diferente de la de un alcalde, me dijo
Fernandinho. “La gente viene a mí con sus problemas y yo los cuido.” Me acercó
el dije de oro que portaba. Se veía una palma –dendê
es la palabra portuguesa para la palma de aceite africana– y unas cuantas casas
en la ladera de una colina. Era el símbolo de su gobierno. “Lo diseñé yo
mismo”, dijo. “Pesa medio kilo.” Era un traficante, sí, pero vendía drogas sólo
porque otros las consumían. Le mencioné los asesinatos que lo habían hecho
famoso. Dijo que no tenía que matar a la gente él mismo: había personas que
hacían esas cosas en su nombre.
“De
niño quería ser jugador de futbol”, confesó. “Finalmente, me di cuenta de que
eso era sólo una fantasía.” Se había unido a la pandilla como mensajero y vigía
cuando tenía ocho o nueve años. Le pregunté si podía imaginar una vida distinta
a la que tenía ahora, si podría ser capaz de cambiarla. “No”, me contestó.
“Tengo tantas órdenes de aprehensión contra mí, que ni siquiera salgo de la
favela.” No había salido del Morro do Dendê durante dos años y, antes de 2003,
sólo había salido un par de veces.
¿Por
qué crímenes se le buscaba? “Todo, incluso si no es cierto”, dijo.
Fernandinho
había dejado la televisión encendida. Estaba sintonizando la versión brasileña
de Discovery Channel, que transmitía un docudrama de crímenes verdaderos sobre
el llamado Asesino Sonámbulo. Una dramatización en la que un hombre entra a un
dormitorio y masacra a una pareja dormida aparecía una y otra vez en cámara
lenta. Finalmente, Fernandinho cambió de canal a la estación local de noticias.
Esta transmitía en vivo desde el lugar de un enfrentamiento entre criminales y
policías en São Paulo.
“¿Realmente
es así?”, le pregunté. “Sí, a veces”, dijo Fernandinho. Pero él trataba de
evitar las confrontaciones con la policía, dijo. Siempre que fuera posible, él
y sus hombres se escondían cuando la policía invadía la favela.
Fernandinho
abrió la puerta de su clóset y hurgó adentro. Después de un rato sacó dos
botellas de colonia para hombre, aún en sus empaques. Una era Issey Miyake, la
otra Givenchy Pour Homme. “Lléveselas”, me dijo, “son suyas”.
Rezaba
mucho, me comentó, incluso rezaba por sus enemigos. Como para demostrar la
verdad de esta afirmación, cerró la puerta de su habitación, fue al pie de su
cama y se arrodilló. Rezó como un niño, con los dedos entrelazados, los ojos
cerrados y los labios moviéndose al tiempo que murmuraba una oración. Fue a
buscar su Biblia y, sentado frente a mí en su cama, la abrió en una página
donde tenía un marcador, cerca de la cuarta parte del libro.
Felicité
a Fernandinho por su esfuerzo. Pero entonces, señalando la contradicción entre
su fe religiosa y su empeño en continuar con una vida de traficante, le
pregunté: “Para ti, ¿dónde está la línea que divide el bien del mal?”
Ferdandinho
sonrió y dijo: “¿Quién decide?”
▀
Un
par de días más tarde regresé a Parque Royal a ver al pastor Sidney. Me invitó
un plato de feijoada –un platillo
tradicional brasileño de puerco y frijoles negros– en un pequeño restaurante
que le pertenecía en la plaza de la favela. Me preguntó cómo había resultado el
encuentro con Fernandinho. Le dije que Fernandinho había hablado mucho sobre su
fe.
El
pastor asintió. Sentí que podría estar dispuesto a hablar un poco más
explícitamente sobre su feudo con el mafioso. “¿Qué pasó? –le pregunté–. Creí
que Fernandinho había prometido detener las matanzas.” “Sí, y por eso me he
mantenido alejado de él, porque ha roto su palabra.”
El
pastor culpó a Gil, el segundo de Fernandinho. Gil había estado en el hospital,
y mientras se había ido las cosas habían estado bien. Luego Gil regresó. El
pastor Sidney dijo: “Está sediento de sangre. Yo ya lo veía venir, y le dije a
Fernandinho que dentro de una semana las matanzas comenzarían de nuevo. Y, en
una semana, así fue.” El pastor había escuchado por ahí que se había capturado
a cuatro informantes y que se les había condenado a muerte. Se apresuró para
llegar al Morro do Dendê e intentar salvar sus vidas. Fue a ver a Fernandinho,
pero sus guardaespaldas le dijeron que el jefe estaba descansando, que no podía
ser molestado. Preguntó por los hombres detenidos y le dijeron: “No se
preocupe.” Y se fue.
Más
tarde escuchó que habían sido asesinados, y se sintió traicionado. “Fui con
Fernandinho y le dije que la alianza entre nosotros estaba rota”, dijo el pastor.
“Durante dos años habían hecho un voto de que nadie sería asesinado. Le recordé
que durante ese tiempo ninguno de ellos
había sido asesinado ni arrestado.” El pastor prosiguió: “Predigo que algunos
de ellos serán asesinados pronto.”
–¿Qué
dijo Fernandinho?
–No
respondió absolutamente nada. Yo podía ver a los demonios regresando a través
de sus ojos. ~
Traducción
de Marianela Santoveña
© Jon Lee Anderson 2009. Publicado originalmente en The New Yorker
--
Msc. Jose M. Aguilar Berrocal
Director Ejecutivo
Fundación Acción Joven
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Para que pueda surgir lo posible, es preciso intentar una y otra vez lo imposible.
Hermann Hesse