Diario el País
« No, amigos griegos, pese a lo que se oye por todas partes y a lo que
pregonan en Francia esos que aconsejan pero nunca pagan, como los Le Pen
y los Mélenchon, la votación del domingo no es una “victoria de la
democracia”.
Primero porque la democracia, y vosotros lo sabéis mejor que nadie, es
mediación, representación, delegación regulada de las voluntades y los
intereses. No necesariamente un referéndum. O, si lo es, es solo
excepcionalmente, cuando los representantes electos están contra las
cuerdas, cuando han perdido la confianza de sus mandantes y los
procedimientos normales han dejado de funcionar.
¿Acaso era este el caso? ¿El señor Tsipras estaba tan debilitado que no
tuvo más remedio que descargar su responsabilidad sobre su pueblo y caer
en esta democracia de excepción que es la democracia plebiscitaria? ¿Y
qué ocurriría, dicho sea de paso, si cada vez que se enfrentan a una
decisión que no tienen el valor de asumir, los socios de Grecia
suspendieran las conversaciones y pidieran ocho días para que el pueblo
zanjase la cuestión? A menudo se oye —y es cierto— que Europa es
demasiado burocrática, demasiado lenta en sus decisiones, demasiado
aparatosa. Lo menos que se puede decir es que si el método Tsipras, Dios
no lo quiera, llegase a inspirar a un Gobierno estilo Podemos o
similar, no remediaría esa deficiencia.
Supongamos que la decisión hubiese sido tan crucial, tan compleja, como
para merecer semejante procedimiento de excepción. Entonces, lo adecuado
habría sido una consulta que hubiera hecho justicia a tal complejidad.
Una votación solemne, escrupulosa, organizada desde el respeto al pueblo
y a las mínimas exigencias pedagógicas que exigía la situación.
En lugar de todo eso, lo que hemos visto ha sido un referéndum
chapucero. Sin una verdadera campaña. Una pregunta opaca o
incomprensible. Un llamamiento al no que no se sabía lo que significaba,
pues del “no al euro” de los primeros momentos al sí del domingo por la
noche, pasando por el no a unas propuestas de los acreedores que no se
explicaban, cambió de sentido tres veces en ocho días. La antigua Grecia
contaba con dos palabras para nombrar al pueblo. Por una parte, el
demos de la democracia. Por otra, el laosde la muchedumbre —los latinos
dirán de la turba— y de la demagogia plebiscitaria. Con su pueril
llamamiento a transferir sobre sus conciudadanos europeos la carga de
sus errores y de su reticencia a la reforma, el señor Tsipras se inclina
claramente por el segundo sentido, que es la cara oscura de la política
en Grecia.
Nuestra preocupación, objeta, no era tanto consultar como servirnos de
la consulta para entablar un “pulso” con unos socios que habían tenido
la insoportable audacia de reclamarnos progresos en lo tocante al Estado
de derecho, a la justicia social y a la necesidad de meter en cintura a
los armadores y al clero. Sea.
Pero, una vez más, ¿de qué democracia estamos hablando? ¿La Unión
Europea no es ese espacio pacificado en el que, poco a poco, aprendimos a
reemplazar precisamente la eterna lógica del pulso por la de la
negociación y el compromiso? ¿No es, pese a sus inmensos defectos, ese
lugar de invención democrática en el que, por primera vez desde hace
siglos, intentamos resolver nuestras discrepancias mediante la escucha,
el diálogo y la síntesis de puntos de vista, y no mediante la guerra
política y el chantaje? ¿Y en virtud de qué perversión intelectual se
puede ver un acto de “resistencia” en ese corte de mangas dirigido
contra 18 países, algunos de los cuales atraviesan por situaciones no
menos difíciles que Grecia pero no por ello dejaron de asumir
sacrificios considerables para concederle, en 2012 por ejemplo, una
quita de su deuda de 105.000 millones, pese a que ellos también tienen
que rendir cuentas ante sus pueblos? ....
SIGUE