Gustavo Espinoza M.Por decisión de las autoridades de Naciones Unidas, los primeros días de la 77 Asamblea General desarrollada en Nueva York, tuvieron como expositores a mandatarios de América Latina. Jefes de Estado y de gobierno de otros continentes, representantes especiales, y observadores internacionales; tuvieron no solo la ocasión de familiarizarse más con el idioma castellano, sino también tomar el pulso a un continente que marca la historia en el mundo de nuestro tiempo.
Claro que esto no ocurre por primera vez. Memorable fue la intervención de Fidel Castro en ese mismo escenario en 1960 -su primera presentación allí-, cuando despertó la pasión de multitudes, a la par que la ira del Imperio. Igualmente, el discurso de Salvador Allende, quien llamó la atención del mundo aludiendo a la esperanza de su pueblo, y denunciando la barbarie que se avecinaba en su patria; y que se cumpliera poco después.
También, la brava exposición de Hugo Chávez, quien comenzó su intervención fumigando el podio que poco antes había ocupado -él lo dijo- Satanás, aludiendo al Mandatario del Imperio.
Cada una de estas intervenciones mostró un hecho ineluctable: A partir de enero de 1960, el continente situado al sur del Río Bravo, había dejado de ser el pasivo granero en el que se depositaban las riquezas que se habrían de llevar las grandes corporaciones; y se había convertido en un verdadero campo de batalla en el que nuevos gobiernos, y pueblos enteros, afirmaban la lucha por la independencia y la soberanía de sus Estados.
Ya el Imperio, en ese entonces, estaba a la defensiva. Y eso, ahora, es más notable. El nuevo continente, ese de José Gabriel Túpac Amaru; de San Martin y Bolívar: de José Martí y de Sandino; de José Carlos Mariátegui y otros; había ya dado un salto cualitativo, que hoy se afirma. Por la ruta de los Libertadores, transitan ahora los pueblos de nuestro tiempo.
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