Laura Arroyo Gárate"La otra vez me encontré con una señora que buscaba en la basura. Y le decía “¿qué estás haciendo aquí?” Y me dijo “es que yo recojo la basura para comer”. La miré y le dije “Te felicito. Porque tú no te quedas quejándote y hablando mal del otro que sí tiene, quejándote de tu vida. Tú sales y haces y lo logras y sacas a tu familia adelante porque me contó que tenía muchos hijos…Aplausos por esas personas que no se quejan."
(Fiorella Cayo - Diciembre 2016)
Generalmente, cuando pensamos en la palabra “neoliberalismo”, creemos que hace alusión a un modelo exclusivamente económico y, por tanto, que quienes no somos economistas o eruditos en la ciencia de los números -algo también inexacto, por cierto- no tenemos nada que decir. Y aquí está una de las primeras victorias de una palabra que hace alusión a un proyecto que excede completamente las sumas y las restas. Tal vez no lo sepas pero el neoliberalismo está pronto a cumplir un siglo desde aquel lejano 1938 en que un grupo de discretos intelectuales acuñó el “neo” para distinguirse de los liberales de viejo cuño y dar inicio a un nuevo pensamiento.
Hay quien puede creer que este nuevo pensamiento es fácilmente traducible en las coordenadas de lo que hoy entendemos por “neoliberalismo”. De ahí que se crea que esta doctrina, proyecto o modelo apuntan a acabar con la presencia del Estado para poner a los mercados en el rol protagónico y medular de nuestros sistemas. Esta concepción del “neoliberalismo” está muy extendida pero resulta inexacta. El trayecto histórico nos demuestra que, en aquellos años 30, la apuesta nunca fue por acabar con el Estado, sino por torcer lo que el Estado debía significar. De hecho, en aquella década, el “neoliberalismo” surgía de una crisis en la que la noción del laissez faire había demostrado todos sus límites. La apuesta entonces era por tener un Estado fuerte, sí, pero que se encargase de salvaguardar los mercados y de garantizar que rentistas y capitalistas no se vieran en la incertidumbre para poder desarrollar sus negocios y proyectos con un aval respecto a la acción estatal. Querían garantizar que no habría intervencionismo fiscal ni monetario ni proteccionismo comercial, etc. Toda una garantía, sí, pero ¿para quiénes?
Podríamos decir "de aquellos polvos estos lodos". ¿Cómo explicamos si no que durante la pandemia, préstamos estatales como fue el caso de “Reactiva Perú” fueran recibidos mayoritariamente por aquellos que repiten a diestra y siniestra que el Estado no debe meterse y que los mercados no deben ser regulados? Pero en crisis, no dijeron ni “pío”. No solo gozaron de estas medidas excepcionales, sino que además lo hicieron mayoritariamente pese a contar con espaldas más anchas que otros comercios menores para enfrentar la pandemia. Lo dicho: el “neoliberalismo” que apuesta por señalar al Estado como un problema desde su protagonismo en la regulación económica, política, social, etc. en realidad no busca acabar con el Estado, sino torcer su acción para que ésta se limite a garantizar que los mercados se muevan a su antojo.
Si bien el “neoliberalismo” en términos históricos hace alusión a la corriente que inició en la década de 1930, lo cierto es que se le define sobre todo como el periodo en que se hace hegemónico, a partir de los años 70. La doctora en ciencias sociales y autora de La razón neoliberal, Veronica Gago, apunta a definirlo como “la forma contemporánea del capitalismo” y nos recuerda que el capitalismo requiere siempre -y lo logra- reciclarse y reformarse para subsistir. El “neoliberalismo” fue la forma en que logró hacerlo tras la crisis de los 70. Y desde entonces habitamos en este modelo que apunta a perpetuarse a nivel mundial.
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