
03.
EN EL PAÍS DE LOS SORDOS (1992)
En 1983, un grupo de psiquiatras le
ofreció a Nicolas Philibert la oportunidad de
embarcarse en un proyecto sobre el lenguaje de signos
que incluía la realización de varias películas
educativas. Aunque la iniciativa nunca llegó
a concretarse, el descubrimiento del particular y autosuficiente
universo en el que desarrollaban sus vidas las personas
sordas supuso una revelación para el cineasta
francés y terminaría convirtiéndose
en
En el país de los
sordos, la que se reveló como la mejor
película del ciclo —junto a
Ser
y Tener (2002)
— y la sorpresa
del mismo, toda vez que esta última venía
precedida por su inesperado éxito en taquilla
y el revuelo crítico que había despertado.
«Al descubrir la belleza del lenguaje de signos,
el sorprendente arco de sus posibilidades, y la importancia
de los detalles visuales para los sordos, la agudeza
de su observación, la increíble memoria
visual que poseen, comencé a pensar que un film
sobre las personas sordas sería como trabajar
con la esencia misma del cine»
(1).
Es difícil no sentir esa llamada primigenia durante
la película de Philibert: los silencios, la gestualidad,
el asombro ante un nuevo lenguaje, su desnudez —en
suma— nos remiten a la infancia del cine y a la
experiencia del primer espectador.
En el país de los sordos comienza con
una auténtica declaración de principios:
¿pueden las personas sordas “escuchar”
e interpretar música leyendo una partitura? La
respuesta es afirmativa, como descubriremos en su escena
de apertura: un cuarteto silente toca, sin otro instrumento
que sus cuerpos, una pieza de cámara con los
precisos movimientos de sus brazos, como directores
de orquesta sin orquesta
(2).
Nunca habrá tenido mejor representación
gráfica ese “ninguna-parte sonoro”
con el que el insomne Ciorán definía en
su
Breviario de los vencidos ese lugar indefinido
en el que nos encontramos bajo el hechizo de la música.
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| Jean-Claude
Poulian |
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Tras este primer impacto,
En el país de
los sordos continuará invirtiendo calladamente
nuestro concepto de “normalidad”, descubriéndose
a golpe de revelación y sembrando un delicado
clima de empatía con la comunidad sorda. Para
ello, Philibert se sirve —al igual que haría
diez años después en
Ser y tener—
de la figura central de un enseñante, el gran
Jean-Claude Poulian, un profesor sordo de lenguaje de
signos, que actuará de interlocutor pertinaz
a lo largo del filme. Frente a la tradicional figura
del contador de historias, en el material promocional
del ciclo se define a Poulian como un “gesticulador
de historias”, una denominación certera
dada la capacidad comunicativa —y la pasión—
del maduro profesor, que nos inunda con su gesticulante
locuacidad. Poulian, que sufrió las consecuencias
de una educación anquilosada y brutal que le
ataba las manos a la espalda para obligarle a hablar,
se ha convertido en un ferviente defensor de la enseñanza
bilingüe de los lenguajes sonoros y los de signos.
Un mundo silencioso
Para entender la importancia de esta normalización,
Philibert elige una clase de niños sordos que,
con gran dificultad, dan los primeros pasos en su aprendizaje
y entrevista a un amplio espectro de personas que nos
transmiten, con desarmante naturalidad, parte de los
problemas que han de afrontar por su condición
a lo largo de su vida. Muchas de ellas viven, según
nos dicen, una vida tan plena (o tan vacua) como puede
ser la nuestra, pero lo hacen inmersos en un mundo silencioso,
estanco e impermeable, en el que los sordos se casan
con sordos y los padres desean que sus hijos nazcan
privados del sentido del oído, pues no consideran
su ausencia como una tara sino todo lo contrario. Como
nos cuenta Poulian al respecto de su hija oyente: «Había
soñado con tener una hija sorda, la comunicación
hubiera sido más fácil. Pero la quiero
igualmente».
Otro de los entrevistados nos explica la situación
de su familia donde todos los miembros son sordos de
nacimiento menos una “pobrecita” que tuvo
la desgracia de nacer con su sentido del oído
intacto y que se siente desplazada en medio de su familia.
A pesar del cálido humor con el que están
filmadas, estas declaraciones no dejan de provocar extrañeza
y cierta tristeza, pues la deseada normalización
nunca podrá realizarse si los sordos continúan
desarrollando una existencia paralela y, en cierto modo,
aislada a la del mundo exterior. Aunque, ¿quién
puede culparles? Un aparte tranquilo siempre nos parecerá
romo y acogedor frente a un mundo demasiado afilado.
Vive la différence!… qué
utópico grito.
Pero no nos dejemos llevar por el pesimismo; nada
más lejos de la intención de Philibert
que el amarillismo o la zafia acumulación de
anécdotas más o menos emotivas, más
o menos tópicas, a los que nos tienen acostumbrados
los reportajes televisivos “de investigación”.
Casi sin darnos cuenta, el cineasta francés ha
volteado con gesto decidido su tortilla de nitratos
y su vivaz narración nos sitúa ante un
grupo de amigos que recibe a unos estudiantes extranjeros
de intercambio. Todos ellos son sordos. Poco a poco,
comienzan a conocerse y a enlazar complicidades. En
sus manos descubriremos que, al contrario de lo que
se suele pensar, el lenguaje de signos no es internacional
y existen diferencias entre los distintos países,
variantes que en seguida se ven superadas por la ductilidad
mimética de los signos. Llegado el momento, asistiremos
a la emotiva despedida cuando los visitantes hayan de
partir, pero Philibert se mantiene muy lejos de cualquier
sentimentalismo. La sobriedad y la distancia del punto
de vista elegido provocan una limpia pureza en la mirada
que los espectadores dirigimos hacia estas personas,
muy de agradecer ante la impudicia audiovisual que nos
rodea en la actualidad.
En el país de los sordos...
Ante las muchas entrevistas realizadas por Philibert
o las charlas entre personas sordas que se comunican
entre ellas mediante signos, el espectador que desconozca
este lenguaje comienza a sentir, con cierta extrañeza,
que se está perdiendo algo. Philibert (que durante
el rodaje logró aprender este lenguaje) mantiene
concienzúdamente los planos mientras, en medio
de un silencio plenamente consciente, un torrente de
comunicación silenciosa nos asalta. Incapacitados
para interpretar la desbordante gestualidad, nada comprendemos
hasta que unos salvadores (y reticentes) subtítulos
nos acercan sólo una parte del significado oculto
de los signos que estábamos percibiendo. La banda
de sonido original en francés permanece muda;
Philibert reniega de la voz en
off —que
de haber sido usada aquí hubiera resultado abyecta—
para crear en el espectador la necesidad de que los
subtítulos “traduzcan” ese lenguaje
desconocido. De esta manera, el cineasta francés
consigue establecer, de manera didáctica y natural,
una relación de igualdad entre el lenguaje de
signos y nuestros lenguajes sonoros.
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| Florent |
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A este respecto, mis sensaciones ante el filme de Philibert
se vieron complementadas por el contexto en el que tuve
la suerte de ver esta película, pues compartí
auditorio con un grupo de personas sordas. En algunas
escenas sus reacciones eran similares a las de los
oyentes
pero en otras respondían a estímulos
imperceptibles para nosotros; y en todas se movían
con varios gestos de ventaja al comprender, sin necesidad
de subtítulos, lo que se decía en pantalla.
Los oyentes estábamos incapacitados para captar
la variedad de matices que teníamos delante de
nuestro(s) sentido(s). “Para oír, veo”
dice el vivaraz Florent, uno de los niños de
la película, una frase rotunda y una excelente
manera de percibir la desazonante —y por lo tanto
necesaria— sensación de sentirnos, por
una vez, en clara inferioridad frente a los que no oyen
con sus oídos, pero sí “escuchan”.
Acostumbrados a la cotidianeidad de lo sonoro, la
pulsión silente del lenguaje de signos logra
despertar nuestra adocenada percepción. Alejadas
de púlpitos y doctrinas —fílmicos
o sociales—, modestas, las imágenes de
Philibert se muestran limpias y rezumantes a quien
quiera observarlas; no prentenden enseñarnos
nada, pero aprendemos con ellas.
En el país
de los sordos es una hermosísima película
que debiera ser de obligada visión, aunque para
ello necesitaría abandonar, claro está,
los ignominiosos almacenes en los que duerme más
allá ciclos como el que nos ocupa.
Información Recopilada de
http://www.trendesombras.com/num1/philibert03.aspLes adjunto el link de la Pelicula para que puedan verla, es francesa pero tiene subtitulos en español.
http://video.google.com/videoplay?docid=4959782619235031914Desde la Ciudad de las Montañas................
Miguel Alejandro Rodríguez Valdéz
Reportero de la Pirinola Radio en Monterrey.
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