
Un bebé de un año asiste a una revisión médica para comprobar si ha sido afectado por la radiación de Fukushima. (Foto: AP).
Siempre hay un puesto de trabajo en la planta número 1 de la central nuclear de Fukushima para quienes ya no tienen nada que perder. Matsushita se encontraba durmiendo entre los cuatro cartones que se han convertido en su hogar, en un parque de Tokio, cuando dos hombres se acercaron para ofrecérselo. No se requería ninguna habilidad especial, le pagarían el doble que en su último empleo como peón de obra y estaría de vuelta en 48 horas. Dos días después, este antiguo ejecutivo arruinado y otros 10 mendigos fueron trasladados a la central, situada a 200 kilómetros al norte de la capital, y registrados como limpiadores.
«¿Limpiadores de qué?»,
preguntó alguien mientras el capataz les repartía trajes especiales y les
conducía a una inmensa habitación metálica con forma cilíndrica. La temperatura
en el interior, que variaba entre los 30 y los 50 grados, y la humedad
obligaban a los trabajadores a salir para respirar aire cada tres minutos. Los
medidores de radiactividad habían sobrepasado tanto los límites máximos que
pensaron que se debían haber estropeado. Uno a uno, los hombres se quitaron las
máscaras que les protegían el rostro. «El
cristal de las gafas se empañaba y no podíamos ver. Teníamos que terminar el
trabajo a tiempo o no nos pagarían nada», recuerda Matsushita, de
53 años. «Un compañero se
acercó y me dijo: "Estamos en un reactor nuclear"».
Tres años después de aquella visita a la central de Fukushima, un cartel
amarillento escrito en caracteres japoneses alerta a los vagabundos del parque
de Shinjuku, en Tokio, de que no vayan a las centrales nucleares. «No aceptes el trabajo, te matará»,
se puede leer. El aviso llega tarde para muchos de ellos. El reclutamiento de
mendigos, pequeños delincuentes, inmigrantes y pobres para realizar los
trabajos más arriesgados en las plantas atómicas japonesas ha sido una práctica
rutinaria durante más de tres décadas. Y lo sigue siendo hoy. Entre 700 y 1.000
sin techo han muerto y miles más han enfermado de cáncer en todo este tiempo,
según las investigaciones del profesor de Física Yukoo Fujita, de la
prestigiosa universidad japonesa de Keio.
Secreto total
Los esclavos nucleares constituyen uno de los secretos mejor guardados de
Japón. Muy poca gente conoce una práctica en la que están implicadas algunas de
las mayores empresas del país y la temida mafia de los yakuza, que se encarga
de buscar, seleccionar y contratar a los vagabundos para las compañías
eléctricas. «Las mafias
hacen de intermediarias. Las empresas pagan 30.000 yenes (215 euros) por un día
de trabajo, pero el contratado sólo recibe 20.000 (142 euros). Los yakuza se
quedan la diferencia», explica Kenji Higuchi, un periodista japonés
que lleva 30 años investigando y documentando con fotografías el drama de los
mendigos de Japón.
Higuchi y el profesor Fujita recorren cada semana los lugares frecuentados por
los vagabundos para prevenirles de los riesgos que corren y apremiarles para
que lleven sus casos ante la Justicia. Higuchi con su cámara -es el autor de
las fotografías de este reportaje- y Fujita con el estudio de los efectos de la
radiactividad han desafiado al Gobierno japonés, a las multinacionales
energéticas y a las redes de reclutamiento en un intento de frenar un abuso que
empezó en silencio en los años 70 y que se ha extendido hasta hacer a las
centrales nucleares completamente dependientes de la contratación de indigentes
para llevar a cabo sus operaciones. «Japón
es el lugar de la modernidad y el sol naciente, pero el mundo debe saber que
también es un infierno para esta gente», dice Higuchi.
Japón protagonizó una de las transformaciones más espectaculares del siglo XX al pasar de ser un país en ruinas tras la II Guerra Mundial a ser la sociedad tecnológicamente más avanzada del mundo. El cambio ha traído una demanda de electricidad que ha convertido a la nación japonesa en una de las más dependientes de la energía nuclear del mundo.
Más de 70.000 personas trabajan constantemente en las 17 centrales y 52
reactores repartidos por todo el país. Aunque las nucleares tienen a sus
propios empleados para los puestos más técnicos, más del 80% de las plantillas
está formado por trabajadores sin preparación, contratados de forma temporal
entre las capas más desfavorecidas de la sociedad. Los mendigos son reservados
para los cometidos más arriesgados, desde la limpieza de reactores a la
descontaminación cuando se producen fugas, o los trabajos de reparación allí
donde un ingeniero nunca se atrevería a acercarse.
Nubuyuki Shimahashi fue utilizado para algunas de esas tareas durante cerca de
ocho años antes de morir, en 1994. El joven procedía de una familia pobre de
Osaka, había terminado el instituto y se encontraba en la calle cuando le
ofrecieron un puesto en la central nuclear de Hamaoka Shizuoka, la segunda
mayor del país. «Durante
años estuve cegada, no sabía dónde estaba trabajando mi hijo. Ahora sé que su
muerte fue un asesinato», se lamenta Michico, su madre.
Los Shimahashi han sido la primera familia en ganar en los tribunales un largo proceso que hace responsable a la central del cáncer de sangre y de huesos que consumió a Nubuyuki, le postró en la cama durante dos años y terminó con su vida entre dolores insoportables. Murió con 29 años.
El descubrimiento de los primeros abusos en la industria nuclear no ha paralizado el reclutamiento de pobres. Cada poco tiempo, hombres que nadie sabe a quién representan recorren los parques de Tokio, Yokohama y otras ciudades con ofertas de empleo en las que se engaña a los vagabundos, ocultándoles los riesgos que corren. Las centrales necesitan al menos 5.000 trabajadores temporales cada año y el profesor Fujita cree que al menos la mitad de ellos son mendigos.
Hubo una vez, no hace tanto tiempo, que los indigentes eran una rareza en las
calles japonesas. Hoy es difícil no encontrárselos; las centrales nucleares
cuentan con mano de obra de sobra. Japón lleva 12 años sumido en un declive
económico que ha enviado a miles de asalariados a la calle y ha puesto en
entredicho su modelo de milagro económico, el mismo que ha situado al país
entre los tres más ricos del mundo en renta per cápita. Muchos parados no
soportan la humillación de no poder mantener a sus familias y forman parte de
ese ejército de 30.000 personas que cada año se quitan la vida. Otros se
convierten en vagabundos, deambulando por los parques y perdiendo el contacto
con un círculo social que les rechaza.
Los «gitanos nucleares»
Los mendigos que aceptan trabajar en las centrales nucleares se convierten en
lo que se conoce como Genpatsu Gypsies (gitanos nucleares). El nombre hace
referencia a la vida nómada que les lleva de central en central en busca de
trabajos hasta que caen enfermos y, en los casos más graves, mueren en el
abandono. «La contratación
de pobres sólo es posible con la connivencia del Gobierno», se
queja Kenji Higuchi, ganador de varios premios de Derechos Humanos.
Las autoridades japonesas han fijado en 50 mSv (milisievert) la cantidad de radiactividad que una persona puede recibir en un año, muy por encima de los 100 mSv en cinco años que manejan la mayoría de los países. En teoría, las empresas que gestionan las centrales nucleares contratan a los vagabundos hasta que han recibido la radiación máxima y después los despiden por el «bien de su salud», enviándolos de nuevo a la calle. La realidad es que esos mismos peones vuelven a ser contratados días o meses después bajo nombres falsos. Sólo así se explica que muchos empleados hayan sido expuestos durante casi una década a dosis de radiactividad cientos de veces mayores de las permitidas.
Nagao Mitsuaki todavía guarda la fotografía que le hicieron en una jornada más
en su puesto de trabajo. En ella se le puede ver vestido con uno de los trajes
de protección que no siempre llevaba, minutos antes de iniciar una de las
operaciones de descontaminación de la planta de Tahastuse, en la que trabajó
durante cinco años, antes de caer enfermo. Ahora, con 78 años y tras haber
pasado los últimos cinco tratando de superar un cáncer de huesos, la enfermedad
más común entre los Genpatsu Gypsies, Nagao ha decidido demandar a las empresas
que gestionaban la central y al Gobierno japonés. Lo curioso es que él no era
uno de los vagabundos contratados, sino el hombre que los mandaba como capataz.
«Venían pensando que detrás
de un trabajo en el que hay grandes empresas no podía suceder nada malo. Pero
estas compañías utilizan su prestigio para engañar a la gente, reclutarla para
trabajos muy peligrosos en los que las personas son envenenadas»,
se queja amargamente Nagao, que tiene paralizada la mitad de su cuerpo tras
haber sido expuesto a dosis de radiación superiores a las permitidas.
Durante más de 30 años Kenji Higuchi ha entrevistado a decenas de víctimas de las centrales nucleares, documentando sus enfermedades y viendo cómo muchas de ellas agonizaban, postradas en sus camas, antes de morir. Quizá por ello, por haber visto el sufrimiento de los desfavorecidos de cerca, el fotógrafo metido a investigador no tiene problemas en citar las multinacionales que contratan a los mendigos de forma indirecta. Sentado en el despacho de su casa de Tokio, coge un papel en blanco y empieza a apuntar: «Panasonic, Hitachi, Toshiba...».
Hiroshima y Nagasaki
Las compañías subcontratan a los mendigos a través de otras empresas, dentro de
un sistema que les descarga de la responsabilidad de realizar un seguimiento de
los trabajadores, su origen o su salud.La mayor contradicción de lo que está
sucediendo en Japón es que los abusos se producen sin apenas protestas en la
sociedad del mundo que mejor conoce las consecuencias de la utilización errónea
de la energía nuclear. El 6 de agosto de 1945, EEUU lanzó sobre la hasta
entonces desconocida ciudad de Hiroshima una bomba atómica que en el momento
del impacto acabó con la vida de 50.000 personas. Otras 150.000 murieron en los
siguientes cinco años como consecuencia de la radiación. La Historia se repitió
días más tarde con el lanzamiento de una segunda bomba sobre Nagasaki.
Tomando como base los efectos de aquellas detonaciones atómicas y la radiactividad que reciben los mendigos nucleares, un estudio revela que hasta 17 de cada 10.000 trabajadores de la calle empleados en las centrales japonesas tienen un «100%» de posibilidades de morir de cáncer. Un número mucho mayor tiene «muchas probabilidades» de correr la misma suerte y cientos más enfermarán de cáncer. Teniendo en cuenta que desde los años 70 más de 300.000 trabajadores temporales han sido reclutados en las centrales japonesas, el profesor Fujita y Higuchi no dejan de hacerse las mismas preguntas: ¿Cuántas víctimas habrán muerto en este tiempo? ¿Cuántas han agonizado sin protestar? ¿Hasta cuándo se permitirá que la energía que consume la adinerada sociedad japonesa dependa del sacrificio de los pobres?
El Gobierno y las empresas se defienden asegurando que nadie ha sido obligado a
trabajar en las nucleares y que cualquier empleado puede marcharse cuando le
plazca. Un portavoz del Ministerio de Trabajo japonés llegó a decir que «hay trabajos que exponen a la gente
a radiaciones y que deben hacerse para mantener el suministro eléctrico».
Los mendigos, no hay duda, están dispuestos a ocupar esos puestos.Un día de
trabajo limpiando reactores nucleares o descontaminando un área donde ha habido
un escape se paga el doble que una jornada trabajando en la construcción,
donde, de todas formas, casi nunca hay sitio para ellos. La mayoría sueña con
reincorporarse a la sociedad e incluso con regresar junto a sus familias
gracias al nuevo empleo. Una vez en la central nuclear, no tardan en darse
cuenta de que su destino es ser desechados a los pocos días.
El testimonio de varias víctimas confirma que lo normal es que accedan a las
zonas de riesgo con medidores de radiactividad, pero que éstos suelen ser
manipulados por los capataces. En ocasiones no es extraño que sean los propios
mendigos los que, temiendo ser sustituidos por otros si se sabe que han
recibido una dosis excesiva de radiaciones, oculten la situación. «Si la radiación es alta nadie abre
la boca por miedo a que no pueda trabajar más», reconoce Saito, uno
de los vagabundos del parque Ueno de Tokio que admite haber hecho «varios trabajos en las plantas
nucleares».
La falta de entrenamiento o preparación para trabajar en centrales nucleares
provoca que cada cierto tiempo se produzcan accidentes que se podrían evitar si
los empleados hubieran recibido las instrucciones apropiadas. «A nadie parece importarle. Si se les
elige es porque nadie va a preguntar por ellos si un día no vuelven del
trabajo», dice Higuchi. Cuando un trabajador temporal acude enfermo
al servicio médico de la central nuclear o a hospitales cercanos, los médicos
ocultan sistemáticamente la cantidad de radiactividad recibida por el paciente
y lo envían de nuevo al tajo con un certificado de «apto». Los sin techo más desesperados
llegan a trabajar por el día en una central y por la noche en otra.
En los últimos dos años, y gracias casi siempre a Fujita y Higuchi, algunos
enfermos han empezado a pedir explicaciones. Protestar no es, sin embargo, una
opción para la mayoría. Kunio Murai y Ryusuke Umeda, dos esclavos nucleares que
cayeron gravemente enfermos tras ser contratados en varias ocasiones, se vieron
obligados a retirar sendas demandas después de que uno de los grupos de yakuza
que manejan las empresas de contratación subsidiarias les amenazara de muerte.
Transfusiones diarias
Hisashi Ouchi era uno de los tres trabajadores que se encontraban en la planta
de procesamiento de fuel de la central nuclear de Tokaimura cuando hubo una
fuga que en 1999 desató la alarma en Japón. El empleado recibió una dosis de
radiación 17.000 veces superior a la permitida. Murió tras 83 días en el
hospital con transfusiones diarias de sangre y trasplantes de piel.
El Ministerio de Trabajo organizó una inspección masiva de todas las plantas
del país, pero los responsables de las centrales fueron alertados 24 horas
antes, lo que permitió a muchos disimular las irregularidades. Aun así, sólo
dos de las 17 nucleares del país pasaron el examen. En el resto se detectaron
hasta 25 infracciones que incluían la falta de preparación de los trabajadores,
la ausencia de control sobre la exposición de los empleados a la radiactividad
y el incumplimiento de los mínimos chequeos médicos legales. Desde entonces, el
reclutamiento de mendigos ha continuado.
La central nuclear de Fukushima, a la que fueron conducidos Matsushita y otra decena de mendigos, ha sido denunciada en varias ocasiones por la forma sistemática en la que contrata a trabajadores de la calle. El científico de la Universidad de Keio Yukoo Fujita asegura que en 1999 sus responsables reclutaron a un millar de personas para reemplazar el sarcófago que envolvía uno de los reactores. Tres años después de su propia experiencia en Fukushima, Matsushita admite haber aceptado «dos o tres trabajos más». A cambio, ha perdido lo único que le quedaba: la salud. Hace unos meses comenzó a caérsele el pelo, después vinieron las náuseas y más tarde el diagnóstico de una enfermedad degenerativa. «Me han dicho que me espera una muerte lenta», dice.
"Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de
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Rodolfo Walsh