Lamentaciones de un docente:
http://elojoenlapaja.blogspot.com/2011/12/por-que-dejo-mi-catedra-en-la.html
¿Por qué dejo mi cátedra en la universidad?
Un párrafo sin errores. No se trataba de resolver un
acertijo, de componer una pieza literaria o de encontrar razones para defender
un argumento resbaloso. No. Se trataba de escribir un párrafo que condensara un
texto de mayor extensión. Es decir, un resumen. Un resumen de un párrafo. Donde
cada frase dijera algo significativo sobre el texto original. Donde se
atendieran los más básicos mandatos del lenguaje escrito –ortografía, sintaxis–
y se cuidaran las mínimas normas de cortesía que quien escribe debe tener con
su lector: claridad, economía, pertinencia. Si tenía ritmo y originalidad,
mejor, pero no era una condición. La condición era escribir un resumen en un
párrafo sin errores vistosos. Y no pudieron.
Está bien, no voy a generalizar. De treinta estudiantes,
tres se acercaron y dos más hicieron su mejor esfuerzo. Veinticinco muchachos no
pudieron escribir el resumen de una obra en un párrafo atildado, entregarlo en
el plazo pactado y usar un número de palabras limitado, que varió de un
ejercicio a otro. Estudiantes de comunicación social entre su tercer y su octavo
semestre, que estudiaron doce años en colegios privados. Es probable que entre
cinco y diez de ellos hubieran ido de intercambio a otro país, y que otros más
conocieran una cultura distinta a la suya en algún viaje de vacaciones con la
familia. Son hijos de ejecutivos que están por los cuarenta y los cincuenta,
que tienen buenos trabajos, educación universitaria. Muchos son posgraduados. En
casa siempre hubo un computador; puedo apostar a que al menos veinte de esos
estudiantes tiene banda ancha, y que la tele de casa pasa encendida más tiempo en
canales de cable que en señal abierta. Tomaron más Milo que aguadepanela, comieron
más lomo y ensalada que arroz con huevo. Ustedes saben a qué me refiero.
Por supuesto que he considerado mis dubitaciones, mis
debilidades. No me he sintonizado con los tiempos que corren. Mis clases no
tienen presentaciones de Power Point ni películas, a lo más vemos una o dos en
todo el semestre. Quizá ya no es una manera válida saber qué es una crónica
leyendo crónicas, y debo más bien proyectarles diapositivas con frases en mayúsculas
que indiquen qué es una crónica y en cuántas partes se divide. Mostrarles la
película Capote en lugar de leer A sangre fría. No debí insistir tanto en
la brevedad, en la economía, en la puntualidad. No pedirles un escrito de cien
palabras sino de tres cuartillas mínimo. Que lo entregaran el lunes, o el
miércoles.
De esas limitaciones e inseguridades mías, quizá, vengan las
pocas y tibias preguntas de mis estudiantes este último semestre que di clase,
sus silencios, su absoluta ausencia de curiosidad y de crítica. No supe
preguntar esta vez, no supe invitarlos a pensar. De ahí quizá vengan sus
párrafos aguados, con errores e imprecisiones, inútilmente enrevesados, con
frases cojas y desgreñadas. Esos párrafos vacilantes, grises, temblorosos que
me entregaron durante todo el semestre. Pareciera que estoy describiendo a un grupo
de zombies. Quizá eso es lo que son. Los párrafos, quiero decir.
El curso se llama Evaluación de Textos de No Ficción y pertenece
a la línea de Producción Editorial y Multimedial de la carrera de Comunicación
Social de la Universidad Javeriana. En cuanto a lecturas, siempre propuse piezas
ejemplares en los géneros más notorios de la no ficción: crónica, perfil,
ensayo, memorias y testimonios. Los autores iban variando de un semestre a
otro. Capote, Talese, Hersey, Abad Faciolince, Mitchell, Wolf, Paz, Rossi, Salcedo
Ramos, Borges, Caparrós, Tejada Cano, Reyes, Samper Pizano, Sacks… A partir de
esos clásicos nacionales y extranjeros los estudiantes intentaban escritos como
los que debe elaborar un editor durante su ejercicio profesional. Primero un
resumen: todos los textos de los editores son breves, o deberían serlo
–contracubiertas, textos de catálogo, solapas, etcétera–. Una vez que la
mayoría hubiera conseguido un resumen bien hecho pasábamos a escritos más
complejos: notas de prensa y contracubiertas, para terminar con un informe
editorial o una reseña.
En una de las sesiones semanales revisábamos lo que veníamos
leyendo, y yo intentaba dirigir la conversación para que identificaran las
características del género, así como las fortalezas y debilidades del texto en
cuestión. La otra sesión la dedicábamos a revisar y pulir los ejercicios
escritos de los estudiantes. En el centro de todo el programa estaban la
participación y la escritura de textos breves a partir de otro texto mayor. Insistí
siempre en la participación en clase para fomentar actividades que noto algo
empañadas en la actualidad: la escucha atenta, la elaboración de razones y
argumentos, oír lo que uno mismo dice y lo que dice el otro en una
conversación. Buscaba que practicaran hacerse entender en un grupo, una
herramienta que estimo fundamental no sólo para la vida profesional, sino para
la vida civil. El otro concepto
transversal –debo posar de académico—del curso, la economía lingüística,
buscaba mostrarles la importancia de honrar la prosa. Si uno en cien palabras
debe sintetizar un libro de 200 páginas debe cuidar cada palabra, cada frase,
cada giro. En últimas, la palabra escrita les dará de comer a estos estudiantes
cuando sean profesionales, no importa si se desempeñan como editores de libros,
revistas o páginas web, como periodistas o como profesores e investigadores. Cada
palabra es importante, cada frase debe decir algo pertinente.
La inmensa mayoría de estudiantes de este último semestre
que di clase, y los de dos o tres anteriores, nunca pudieron pasar del resumen.
No siempre fue así. Desde que empecé mi cátedra, en 2002, los estudiantes
tenían problemas para lograr una síntesis bien hecha, y en su elaboración nos
tomábamos un buen tiempo. Pero se lograba avanzar. Asimismo, siempre hubo otro
ambiente en mis clases. O motivé yo un ambiente distinto, no sé. Notaba un calibre
más inquieto en los veinteañeros que estaban frente a mí. Más dubitativo. Más
curioso. Había más preguntas en el ambiente. No encuentro otra forma de
decirlo. Lo que siento de tres o cuatro semestres para acá es más apatía y
menos curiosidad. Menos proyectos personales de los estudiantes. Menos
autonomía. Menos desconfianza. Menos ironía. Menos espíritu crítico.
Debe ser que no advertí cuándo la atención de mis
estudiantes pasó de lo trascendente a lo insignificante. El estado de Facebook.
“Esos gorditos de más”. El mensaje en el Blackberry que no da espera. Debe ser
que no me supe sintonizar para el momento en que La Tigresa de Oriente se
volvió más cool que Patti Smith.
Nunca he sido mamerto ni amargado ni ñoño, no me voy a
engañar: a los veinte años fumaba marihuana como un rastafari y me descerebraba
con alcohol cada que podía al lado de mis cuates. Quería ver tetas, e hice
cosas de las que ahora no me enorgullezco por tocarlas. Empeñé mucho, mucho
tiempo en eso. Pero leía. Mis amigos veían películas como si se les fueran a
salir los ojos. Podíamos discutir una hora, cuál de todos más copetón, si John
Cazale era el Freddo de El Padrino y el
compañero de Pacino en Tarde de perros.
O en qué discos de Lou Reed había tocado el bajo Fernando Saunders. Esas cosas
que no interesan. O sí. No sé, en esos tiempos lo importante, creo, era
discutir, especular, quedar picados para buscar después el dato inútil. Interesaba
eso: buscar. A otros por supuesto les interesaban el dinero, el poder y las
chicas. Y no leían. Pero había muchas personas de nuestra edad que estaban
haciendo cosas, que se preguntaban cosas, que especulaban. Estoy por pensar que
la curiosidad se esfumó de estos alumnos míos desde el momento en que todo lo
comenzó a contestar ya, ahora mismo, el doctor Google.
Es cándido echarle la culpa a la televisión, a Internet, al
Nintendo, a los teléfonos inteligentes. A los colegios, que se afanan en el
bilingüismo sin alcanzar un conocimiento básico de la propia lengua. A los
padres que querían que sus hijos estuvieran seguros, bien entretenidos en sus
casas. Es cándido culpar al “sistema”. Pero algo está pasando en la educación
básica, algo está pasando en las casas de quienes ahora están por los veinte
años o menos.
Mi sobrino le dice a su madre, mi hermana, que él sí lee,
que lee mucho en Internet. Es una respuesta generacional y genérica. La
pregunta es cómo se lee en Internet. Lo que he visto es que se lee en medio del
parloteo de las ventanas abiertas del chat, mientras se va cargando un video en
Youtube, siguiendo vínculos. Lo que han perdido los nativos digitales es la capacidad de concentración, de introspección,
de silencio. La capacidad de estar solos. Sólo en soledad, en silencio, nacen
las preguntas, las ideas. Los nativos digitales no conocen la soledad ni la
introspección. Tienen 302 seguidores
en Twitter. Tienen 643 amigos en
Facebook.
Dejo la cátedra porque no me pude comunicar con los nativos
digitales. No entiendo sus nuevos intereses, no encontré la manera de
mostrarles lo que considero esencial en este hermoso oficio de la edición. Quizá
la lectura sea ya otra cosa con la que no me pude sintonizar. De pronto ya no
se trata de comprender un texto, de dialogar con él. Quizá la lectura sea ahora
salir al mar de Internet a pescar fragmentos, citas y vínculos. Y en
consecuencia, la escritura esté mudando a esas frases sueltas, grises, sin vida,
siempre con errores. Por eso los nuevos
párrafos que se están escribiendo parecen zombies. Ya veremos qué pasa dentro
de unos pocos años, cuando los alumnos de mi último semestre de clases tengan
treinta y estén trabajando en editoriales, en portales y revistas. Por ahora,
para mí, ha llegado el momento de retirarme. Al tiempo que sigo con mis cosas
voy a pensar en este asunto, a mirarlo con detenimiento. Pongo el punto final a
esta carta de renuncia con un nudo en la garganta.--
Raúl Rodríguez