Vendí mí dignidad y no al mejor postor, sino al único que se atrevió a
pagarla en migajas... Vendí también mí alma y es que no importa vivir
sin sentirse vivo... El cuerpo quedo lacerado, porque desde hace años
cargo a cuestas la penumbra, los impulsos de un tiempo ya pasado me
hicieron claudicar y sin fuerza en las piernas no pude caminar, los
sueños se nublaron y en fueron se volvieron, la espalda se quebró,
asiéndome aplastar por la inmundicia ajena, que pegaron en letras en
lo hondo de mí abismo, los ecos maldiciendo mi sigilo latido, hurgando
en mis entrañas con finos dedos fríos... Ya no me quedó nada, ni aliento
ni camino, quizás tibios latidos, que me acercaron al filo de un
cuchillo, amigo del martirio y hoy más que un alivio... asiéndolo hacia
mí, para cortar las venas que sangran como alcohol, malditas horas
parcas que al fin hoy ya se acaban, maldita sangre helada que acaba
con la nada, para sólo así terminar lo que fui, dormir en sueño eterno
con el vals de éste adiós...