Bartolomé, el hombre que se entusiasmó por Cristo

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CENTRO ANTI-BLASFEMIA

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Sep 23, 2010, 11:49:23 AM9/23/10
to LA SAGRADA BIBLIA Y LA VIDA CRISTIANA
Bartolomé, el hombre que se entusiasmó por Cristo
Si dejas a Dios de veras entrar en tu corazón, todo lo que anhelabas,
esperabas, deseabas, se convertirá en realidad.
Autor: P. Juan P. Ferrer | Fuente: Catholic.net




Vamos a contemplar en la figura del Apóstol Bartolomé el entusiasmo
por Cristo de un hombre que poco antes, ante las palabras de Felipe,
había dicho: ¿De Nazaret puede salir algo bueno?

San Juan nos trasmite una historia bellísima en el relato de la
vocación de los primeros discípulos (Jn 1, 45-51). Felipe, a quien
poco antes el Señor había llamado a su seguimiento, se encuentra con
Natanael y le dice lleno de gozo: AAquel de quien, escribió Moisés en
la ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, el hijo de
José, el de Nazaret. El bueno de Natanael le responde con un cierto
aire de desconfianza: ¿De Nazaret puede haber cosa buena?. Poco
después tras el encuentro de Jesús y Natanael, éste último exclama con
ilusión y fuera de sí: "Rabbi, tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey
de Israel", y todo porque el Maestro le había dicho que lo había visto
debajo de la higuera. Parece una escena surrealista, pero encierra una
gran verdad, que vamos a comentar.


¿De Nazaret puede haber cosa buena? (Jn 1,46). Natanael, tal vez
acostumbrado ya a tantos falsos mesías que habían salido como
estrellas fugaces en la historia del pueblo de Israel, se extraña de
aquellas palabras tan encendidas de Felipe en las que le comunica que
un tal Jesús, de Nazaret, hijo de José, es el anunciado por Moisés y
los profetas. No es rara esta experiencia para el hombre de hoy y de
siempre, que lo ha esperado todo de todo y de todos y casi siempre se
ha visto a sí mismo sorprendido por la inconsistencia de las cosas.
Por eso, Natanael se sorprende y responde con esa pregunta: ¿De
Nazaret puede haber cosa buena?.

Este tipo de repuestas se encuentran en los labios de muchos hombres
de hoy a propósito de cualquier nueva proposición de dicha ofrecida
por la sociedad o por un amigo. La desilusión y la desconfianza se han
instalado en ese corazón ya un poco seco y pasota del hombre moderno.

"Rabbí, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel" (Jn 1,49).
Después de que Felipe le invite a acercarse a Cristo y de que Cristo
hable de su honradez y rectitud, son esas palabras de Cristo: "Antes
de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi",
(Jn 1,48), las que mueven de una forma terrible el interior de
Natanael y en un grito de admiración y de reconocimiento llama a Jesús
"Hijo de Dios".

Para Natanael, tal vez un inquieto rabino o estudioso de las
Escrituras, de repente la vida se ha iluminado con la presencia de
aquel hombre que le ha presentado su amigo Felipe. En él ha encontrado
de repente y de golpe a quien buscaba y lo que buscaba en una
armoniosa síntesis. Es como si una vida ya al borde del desencanto se
encontrara de repente con esa verdad que lo explica todo y llena de
paz y felicidad el corazón. Todavía no sabe cómo, pero Natanael intuye
que aquel hombre va a colmar todas sus expectativas.

"Has de ver cosas mayores" (Jn 1,50). Jesús le anuncia que aquella
primera experiencia se va a multiplicar. Es como si le dijese: si
dejas a Dios de veras entrar en tu corazón, todo lo que anhelabas,
esperabas, deseabas, se convertirá en realidad. Y es que Dios es mucho
más de lo que el hombre puede imaginarse. En realidad la felicidad que
el hombre busca no es nada al lado de lo que Dios le ofrece. Dios
siempre supera toda expectativa, todo deseo, toda esperanza. Natanael,
el desconfiado, de repente ha quedado cogido por Cristo y un
sentimiento de entusiasmo se apodera de él. En adelante será un don,
una gracia, un privilegio servir a aquel Maestro que ya le había visto
cuando estaba debajo de la higuera.

Si nosotros dejáramos a Dios entrar en nuestro corazón a fondo, si
nosotros hiciéramos una experiencia auténtica de Dios, si nosotros nos
liberáramos del miedo a abrir las puertas del corazón a Dios, también
diríamos, llenos de entusiasmo y gozo, "Rabbí, Tú eres el Hijo de
Dios".



Este Apóstol, con su admiración por Cristo, nos puede enseñar a
nosotros, hombres de hoy, una serie de actitudes muy necesarias frente
a las cosas de Dios, pues a lo mejor es posible que nuestra vida
espiritual y religiosa esté impregnada de modos fríos, racionalistas,
calculadores, lejanos todos ellos de ese talante alegre, cordial y
humano que debe caracterizarnos como hijos de Dios. Hay que decir que
a veces el debilitamiento en la fe de muchos hermanos nuestros ha sido
culpa de no ver en la religión a una persona, sino sólo un conjunto de
principios y normas. Si nuestra religión no es Cristo, si el porqué de
nuestra fidelidad no es su Persona, si en cada mandamiento no vemos el
rostro de Jesús, la religión terminará agobiándonos, porque se
convertirá en un montón de deberes, sin relación a Aquél a quien
nosotros queremos servir. Vamos, pues, a exponer algunas de las
características que deben brillar en la vivencia de nuestra fe y de
nuestros deberes religiosos.

Si Cristo, don de Dios al mundo, es lo mejor para el hombre, entonces
es imposible no vivir con gozo y alegría profunda la fe, es decir, la
relación personal del hombre con Dios. Muchas veces los cristianos con
nuestro estilo de vivir la fe, marcado por la tristeza, la
indiferencia, el cansancio, estamos demostrando a quienes buscan en
nosotros un signo de vida una profunda contradicción. El cristianismo
es la religión de la alegría y no puede producir hombres
insatisfechos. Al revés, la religión vivida de veras, como fe en
Jesucristo, confiere al hombre plenitud, gozo, ilusión. Frente a todas
las propuestas de felicidad, que terminan con el hombre en la
desesperación, Cristo es la respuesta verdadera que no sólo no engaña
sino que colma mucho más de lo esperado. Esta certeza debe reflejarse
en nuestro rostro, rostro de resucitados, rostro de hombres salvados.

Si Cristo está vivo y es Hijo de Dios, mi relación con él tiene que
ser mucho más personal, cercana e íntima. Tal vez ha faltado en muchas
educaciones religiosas ese acercamiento humano a la figura de Cristo,
un acercamiento que nos permite establecer con él una relación más
cordial y sincera, como la que se tiene con un amigo. Es fácil
comprender por qué con frecuencia la vida de oración de muchos
creyentes es árida, seca, distraída. No se entra en contacto con la
Persona, sino sólo tal vez con una idea de Dios, aun dentro del
respeto y de la veneración. De ahí el peligro para muchos hombres de
racionalizar la misma oración, convirtiéndola en reflexión religiosa,
pero no en experiencia de Dios. Lógicamente la fe se empobrece mucho
así. Y no debe ser así. La fe ha de ser vivida como experiencia
personal de Cristo, y por tanto en un clima de cordialidad y de
cercanía.


Si Cristo es, en fin, la esperanza del mundo, de la que hablaron
Moisés y los profetas, entonces hay que vivir en la práctica la fe con
seguridad y convencimiento. Podemos dar la impresión los cristianos de
que creemos en Cristo, pero no lo suficiente como para abandonar otros
caminos de felicidad al margen de él, de su Evangelio, de su Persona.
Y esto en la vida se convierte en una contradicción práctica.
Aparentamos tener lo mejor, pero nos cuidamos las espaldas teniendo
reemplazos. Es como si afirmáramos que tal vez la fe en Cristo no es
del todo segura y cierta, que tal vez él nos puede fallar. El mundo
necesita de nosotros hoy la certeza de nuestra fe, una certeza que nos
lleve a quemar los barcos, porque ya no los necesitamos, seguros como
estamos de que hemos elegido la mejor parte.


Conclusión. Cómo se necesita en estos momentos en nuestra vida de
cristianos y creyentes estas características en nuestra relación con
Dios: un estilo de fe lleno de gozo y de entusiasmo, una relación con
Dios cercana y cordial, una certeza absoluta de Dios como lo mejor
para el hombre de hoy. En esta sociedad en que por desgracia la fe se
ha convertido en una carga, hacen falta testigos vivos de un Evangelio
moderno y verdadero. En este mundo en que falta alegría en muchos
cristianos que viven un poco a la fuerza su fe, hacen falta rostros
alegres porque saben vivir su religión en la libertad. Y en este
peregrinar hacia la eternidad en el que muchos creyentes miran hacia
atrás acordándose de lo que dejan, hacen falta hombres que caminen con
seguridad y certeza, sin volver los ojos atrás, hacia el futuro que
Dios nos promete.

Catholic.net

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