
Hay muchos temas por los cuales sentirse preocupado por estos días en Costa Rica, pero uno en particular me inquieta. Está estrechamente relacionado con lo que percibo es un creciente intento de criminalización de la protesta ciudadana, algo que no debería extrañarle a nadie de parte de un gobierno que ya enfrentó el año con más protestas de los últimos 17 en nuestra historia.
Me refiero a un discurso cada día más recurrente, por parte de gente
común y de algunos medios de comunicación, que busca deslegitimar la
crítica, así ad portas.
En las últimas semanas ha recrudecido la agitación de quienes demeritan
la expresión de opiniones críticas, o disidentes, casi siempre
valiéndose de asociaciones falaces, y generalizaciones vergonzosas.
Para muchos de quienes levantan ese estandarte, parecieran existir dos
bandos claramente definidos.
En su miopía, los buenos asocian cualquier abordaje crítico de los
acontecimientos de actualidad, o de las actuaciones de los gobernantes,
con manifestaciones subversivas que responden a una agenda
desestabilizadora y paralizante.
“Deje de quejarse y haga”, “hablar es muy fácil pero ¿usted qué
aporta?”, “si no quiere pagar, venda el carro y viaje en bus”, “dichoso
que le sobra el tiempo”, “en lugar de estar manifestándose, póngase a
bretear”.
¿Habrá algo más triste que la generalización fácil?
Aquellos deciden ignorar que en este bando, el de los malos, existimos
miles de ciudadanos conscientes, profundamente preocupados por los
asuntos medulares de la vida en sociedad, de la economía, de la
generación de oportunidades, de la seguridad, de la innovación, del
presente y del futuro.
Curiosamente, el motor de la criticidad de
muchos, es precisamente el anhelo de un avance decidido que se traduzca,
a grosso modo, en bien común.
Muchos de los que integramos este bando somos emprendedores, muchos
generamos empleo, generamos ideas, aportamos a la economía del país.
Desde donde estamos construimos, innovamos, proponemos.
Asumir que quien critica, o quien manifiesta inconformidades, es -así tal cual- un vago, es llanamente una tontería.
Irónicamente aquellos, los buenos, los que en lugar de criticar,
bretean, y en lugar de manifestarse, bretean, también disfrutan día con
día de las garantías sociales, de la institucionalidad, de los
servicios, y de los derechos de los que gozamos todos los
costarricenses; muchos de ellos conquistados a partir de intensas luchas
sociales y de profundos movimientos de cambio que un día nacieron en la
forma de una idea disidente, o de una crítica fundada al status quo.
Los buenos, parece, trabajan mucho pero no estudian historia.
La clasificación de las personas en grupos, a partir de presunciones y
falacias, es absurda, pero además innecesaria. La expresión de opiniones
críticas no es más o menos legítima si proviene de un tipo de
ciudadano, o de otro. Simplemente es un derecho inalienable.
También ignoran que entre más educado es un pueblo,
Asociar desarrollo, avance o progreso, con ausencia de crítica,
reflexión, cuestionamiento, vigilancia y transparencia, es un sinsentido
aberrante.
Si el antónimo de ciudadanos inconformes son ciudadanillos conformistas,
entonces, con orgullo, estemos legítimamente inconformes, pero nunca
indiferentes. 
