J.A.: Vigilar la ira y los resentimientos

473 views
Skip to first unread message

RICARDO GASTELO

unread,
Jul 21, 2015, 12:16:28 PM7/21/15
to

VIGILAR LA IRA Y LOS RESENTIMIENTOS

SER INDULGENTE CONSIGO MISMO

 

 

VIGILAR LA IRA Y LOS RESENTIMIENTOS

 

SER INDULGENTE CONSIGO MISMO

La ira ya ha sido mencionada en este folleto. Pero algunas amargas experiencias nos han convencido de que es tan importante que merece la atención especial de cualquier persona que desee sobreponerse a un problema de apostar.
La hostilidad, el resentimiento, la ira, cualquiera que sea la palabra que usted utilice para describir este sentimiento, parece tener una estrecha relación con la apuesta compulsiva y probablemente una relación aún más profunda con la ludopatía.
Por ejemplo, algunos científicos preguntaron a un gran número de ludópata por qué apostaban compulsivamente, y una de las más importantes respuestas fue "Para poderle echar la bronca a alguien". En otras palabras, sentían la fuerza y libertad para expresar su ira cuando estaban en acción apostando, fuerza y libertad de que no podían hacer gala cuando se encontraban en abstinencia.
Alguien ha sugerido que puede existir una relación bioquímica, sutil e indeterminada, entre la ludopatía y los cambios físicos que acompañan la ira. Un estudio experimental entre ludópata sugirió que los resentimientos pueden crear en la sangre de los apostadores una cierta condición de incomodidad que se desvanece con una apuesta. Un renombrado psicólogo ha sugerido recientemente que los ludópata pueden gozar la sensación del poder sobre otros que puede traer la influencia del apostar.
Se han informado hechos claros acerca de la estrecha correlación que existe entre el apostar y los asaltos y homicidios. Parece que en algunos países sucede una gran proporción de estos delitos cuando la víctima o el delincuente se encuentran bajo la influencia de la adicción de apostar. Las peleas domésticas conducentes al divorcio, maltrato de los niños y los robos también son frecuentemente paralelas a una condición de apuesta compulsiva.
Aun aquellos de nosotros que no hemos tenido experiencias en ese tipo de conducta podemos entender fácilmente la clase de rabia furiosa que puede llevar a algunas personas a pensar en unaviolencia extrema cuando están suficientemente presos de la compulsión por apostar. Por eso reconocemos el peligro potencial de la ira.
No parece existir ninguna duda de que la ira es un estado natural que ocurre en el animal humano de vez en cuando. Al igual que el temor, puede también tener algún valor de supervivencia para todos los miembros de la especia homo sapiens. La ira hacia ideas abstractas tales como la pobreza, la enfermedad y la injusticia ha producido indudablemente cambios y mejoras en diversas culturas.
Pero tampoco puede negarse que los asaltos violentos o verbales cometidos bajo la ira excesiva son deplorables y le hacen daño a la sociedad como un todo, tanto como a los individuos. Por ello, muchas religiones y filosofías nos urgen a librarnos de la ira para poder hallar una vida más feliz.
Sin embargo un gran número de personas tienen la certeza de que reprimir la ira es inconveniente para la salud emocional, de que debemos dar rienda suelta a nuestra hostilidad en alguna forma, o de lo contrario podría envanecer nuestro interior haciéndonos volver esa ira hacia nosotros mismos, y conduciéndonos a una profunda depresión.
La ira en todos sus aspectos es un problema humano universal. Pero representa una amenaza especial para los ludópata. Nuestra propia ira puede matarnos. Los apostadores recuperados están casi unánimemente de acuerdo en que la hostilidad, las peleas y los resentimientos nos hacen desear apostar, y por consiguiente necesitamos estar alerta contra esos sentimientos. Hemos encontrado formas mucho más satisfactorias que la apuesta para manejar este tipo de problemas.
Volvemos a ellas posteriormente. Primero daremos una lista de la formas y matices que pueden presentar la ira en algunas ocasiones:
Intolerancia Vanidad Tensión Desconfianza
Desprecio Rigidez Sarcasmo Ansiedad
Envidia Cinismo Autocompasión Sospechas
Odio Descontento Malicia Celos
Algunos miembros de J.A. han podido, durante su abstinencia, seguir la huella de todas esas sensaciones que conducen a la ira subyacente. Durante nuestros días de apostadores, muchos de nosotros dedicábamos muy poco tiempo a pensar en este tipo de cosas. Preferíamos lamentarnos por ellas, o reaccionábamos excesivamente, especialmente después de haberlas atenuado con alguna apuesta.
Tal vez el miedo también debiera estar en esa lista, ya que muchos de nosotros creemos que la ira es frecuentemente una manifestación del temor. No siempre estamos seguros acerca de qué nos produce ese temor. En ocasiones, no es más que un miedo vago, generalizado e indefinido. Y puede ocasionar una ira igualmente generalizada, que repentinamente acabará enfocándose sobre algo o alguien.
Los sentimientos de frustración también pueden dar origen a la ira. Los apostadores problema no gozamos particularmente de un alto nivel de tolerancia cuando nos vemos enfrentados a la frustración, bien sea real o imaginaria. Para nosotros, el pasante de esas indigestas emociones era el apostar compulsivamente.
Tal vez el resentimiento "justificado" sea el de más difícil manejo. Es el resultado final de la ira "correcta" largamente acariciada. Cuando le permitimos que continúe, lentamente irá minando nuestras defensas contra el apostar compulsivamente.
Aun en el caso de que realmente hayamos sido tratados injustamente o exageradamente, el resentimiento es un lujo que, como jugadores compulsivos, no nos podemos permitir. Para nosotros, toda situación de ira es autodestructiva, porque nos puede conducir nuevamente a la apuesta.
(En los libros "Jugadores  Anónimos" y "Doce Pasos y Doce Tradiciones" se trata en detalle la forma de manejar estos resentimientos).
No podemos pretender ser expertos en la comprensión de la psicología profunda; por ello, inicialmente tenemos que concentrarnos, no tanto en buscar las causas de nuestras sensaciones molestas de ira, como en tratar de gobernar esas sensaciones ya sea que las creamos justificadas o no. Tratamos de controlar esas sensaciones para que no nos engañen y conduzcan nuevamente a jugar.
De forma por demás interesante, varios de los métodos que hemos discutido para evitar la apuesta han funcionado espléndidamente para sobreponernos a la molestia interior que sufrimos cuando estamos airados. Cuando empezamos a revolvernos interiormente es conveniente ponerse a orar o caminar etc.
También es notablemente efectivo, cuando empezamos a sentirnos demasiado molestos por algo, buscar un teléfono y contárselo a nuestro padrino o a alguno de nuestros compañeros. Es muy conveniente detenernos a pensar si no estaremos demasiado cansados. Si es este el caso, hemos visto que después de tomarnos un descanso la rabia se nos ha disipado.
Repetidamente, con el solo hecho de ponernos a considerar el refrán "Viva y deje vivir", se aplaca nuestro temperamento. O podemos cambiar repentinamente a una actitud que no tenga nada que ver con la fuente de nuestra ira, como escuchar nuestra música favorita, o hacer algún ejercicio físico.
Para muchos de nosotros, el meditar las ideas de la Oración de la Serenidad desvanece por completo nuestra hostilidad. Generalmente, cualquier cosa que nos haya puesto en ese estado nos parece algo que no podemos posiblemente controlar o cambiar (los nudos de tráfico, la temperatura, las filas larguísimas en el supermercado, etc.), por consiguiente, lo más sensato y maduro que podemos hacer es simplemente aceptarlo, en vez de ponernos a hervir interiormente o disponernos para apostar.
Naturalmente, hay ocasiones en que nos sentimos resentidos por circunstancias de nuestra vida que pueden, y debieran, ser cambiadas. Tal vez debiéramos renunciar a un trabajo y buscar uno mejor, o divorciarnos, o trasladar nuestra familia a un vecindario diferente. Si es así, una decisión de tal naturaleza necesita ser tomada cuidadosamente, no en forma precipitada o airada. Por eso debemos aplacarnos primero. Después podremos darle una meditación calmada y constructiva para tratar de descubrir si nuestro resentimiento está dirigido hacia algo que podemos cambiar. Para verificar esto, lea nuevamente la sección que trata acerca de la Oración de la Serenidad.
Hay ocasiones en que no debemos tratar con un resentimiento antiguo, sino con una rabia repentina y avasalladora. En tal caso, el plan de las 24 horas  y "Lo Primero Primero" han ayudado a muchos de nosotros a sobreponernos a esa rabia, aunque al principio no podíamos ver en qué forma podría eso ayudarnos hasta cuando realmente lo intentamos, y obtuvimos resultados sorprendentemente buenos.
Otro remedio efectivo para la ira es la idea de actuar "como si". Decidimos actuar como lo haría una persona madura y bien equilibrada para manejar un resentimiento como el nuestro. Trate de ensayarlo en alguna oportunidad. Esto funciona efectivamente.
Y para muchos de nosotros, también tienen mucho valor la orientación profesional de un buen consejero, psiquiatra o sacerdote.
También podemos encontrar una válvula de escape en una acción física sin peligro. El ejercicio ya mencionado, respirar profundamente, o una ducha de agua caliente, o simplemente sentarnos a gritar en una silla (claro está, en privado) han ayudado a aliviar de la ira a muchos de nosotros.
Muy rara vez parece aconsejable la obturación, la disculpa o el represamiento de la ira. Por el contrario, tratamos de aprender a no actuar bajo su influencia, sino a tratar de hacer algo al respecto. Si no lo hacemos, incrementamos enormemente nuestra propensión a realizar apuestas.
Como personas no académicas que utilizamos únicamente nuestra experiencia, nosotros los Jugadores Compulsivos recuperados no tenemos un conocimiento derivado de pruebas de laboratorio o teorías científicas acerca de estos asuntos. Pero pocas personas que hayan tenido alguna vez una ira guardada por mucho tiempo pueden olvidar el estado de irritación absolutamente irracional que nos hace sentir. En algunas ocasiones, descargamos esa irritación contra nuestros miembros de familia o compañeros de trabajo, amigos o extraños que ciertamente no han hecho nada para movernos en su contra. Esta tendencia puede durarnos algún tiempo en el período inicial de nuestra Abstinencia, así como perduran los residuos de humo en un recinto cerrado, recordándonos nuestros días desenfrenados realizando apuestas, hasta cuando logremos hacer una limpieza completa de nuestra mente.
 
 
Cuando una persona amada o apreciada por nosotros se está recuperando de una seria enfermedad, tratamos generalmente de proporcionarle lo que las buenas enfermeras llaman C.T.A. (Cuidado, Ternura y Amor). Nosotros mimamos al niño enfermo, dándole sus comidas favoritas y tratando de divertirlo para ayudarle en su recuperación.
La convalecencia de la enfermedad de la Ludopatía  requiera algún tiempo, y cualquier persona que se encuentre en esa situación merece consideración y una buena dosis de C.T.A.
Antiguamente, la gente tenía la creencia de que los convalecientes de algunas enfermedades merecían el sufrimiento, puesto que se creía que habían adquirido esa enfermedad en forma deliberada y egoísta.
A causa del estigma y el rechazo que todavía tiene el ser Jugador compulsivo en medio de gentes ignorantes de la naturaleza de la enfermedad (entre las cuales nos incluíamos antes de aprender la verdad), muchos de nosotros no éramos lo suficientemente amables con nosotros mismos cuando teníamos las angustias del momento después o el día despues. Sufríamos y pensábamos que estábamos "pagando los platos rotos" como penalidad necesaria por nuestras malas acciones.
Ahora que sabemos que la Ludopatía no es una conducta inmoral, hemos encontrado que es necesario reajustar nuestras actitudes. Hemos aprendido que una de las personas con menor disposición para tratar la ludopatía como enfermo es, aunque nos parezca sorprendente, el propio apostador compulsivo. Nuevamente, nuestros antiguos hábitos de pensamiento salen en nuestro perjuicio.
Se dice frecuentemente que los apostadores con problema somos perfeccionistas, impacientes con toda clase de defectos, especialmente los propios. Al mismo tiempo que forjamos metas imposibles de alcanzar, luchamos fieramente para alcanzar esos ideales inalcanzables.
Entonces, puesto que ningún ser humano puede posiblemente mantener los parámetros tan sumamente altos que nosotros nos fijamos, nos vemos a nosotros mismos inferiores a nuestro destino, tal como debe sentirse cualquier persona cuyos ideales están por fuera de la realidad. Por eso se nos presenta el desánimo y la depresión. Airadamente nos castigamos a nosotros mismos por ser menos que súper perfectos.
Aquí es precisamente donde podemos expresar a ser buenos, o por lo menos justos, con nosotros mismos. Nunca pediríamos a un niño o a una persona inválida más de lo razonable. Nos parece que no tenemos derecho a esperar tales milagros de nosotros mismos como jugadores compulsivos  en recuperación.
Impacientes por aliviarnos completamente el martes, si todavía nos encontramos convalecientes el miércoles, empezamos a echarnos la culpa. Es esta buena ocasión para volver atrás mentalmente, y mirarnos en forma objetiva y explícita, hasta donde nos sea posible. ¿Qué haríamos nosotros si una persona amada o amiga se desanimara por sus escasos progresos en la recuperación, y empezara a rehusar la medicina?
Es conveniente recordar que el exceso de apuestas es altamente perjudicial para la mente y el cuerpo, y produce deterioros que pueden necesitar varios meses para mejorar. Nadie se convierte en apostador compulsivo en unas pocas semanas (o por lo menos, casi nadie). Tampoco podemos esperar recuperarnos en un instante mágico.
Cuando se nos presentan los sentimientos de desánimo, es cuando más necesitamos entusiasmarnos. Más de uno de nosotros ha encontrado un buen remedio en que nos tratemos de complacer evocando los progresos alcanzados, naturalmente sin exagerar o ser demasiado egoístas.
Hagamos inventario. ¿Nos hemos abstenido de apostar en estas 24 horas? Ya eso merece que nos alegremos. ¿Hemos tratado de comer adecuadamente el día de hoy? ¿Hemos tratado de cumplir todas nuestras obligaciones? ¿Hemos hecho lo mejor que podíamos y todo lo que podíamos, el día de hoy? Si es así, eso es justo lo que podemos esperar.
Es probable que no podamos responder afirmativamente a todas estas preguntas. Tal vez nos hayamos quedado cortos en algo o resbalado un poco en nuestros pensamientos o acciones, a pesar de nuestra buena voluntad. ¿Y qué? NO somos criaturas perfectas. Debiéramos buscar pequeños progresos, en vez de lamentarnos por cualquier falta de perfección.
¿Qué podemos hacer ahora para levantarnos el ánimo? Podemos hacer algo distinto a tomar un trago. Todas las secciones de este libro hacen sugerencias en ese sentido.
Pero hay algo más, tal vez. ¿Hemos estado gozando de la vida últimamente? ¿O por el contrario, nos hemos mantenido tan preocupados por nuestro mejoramiento, manteniendo nuestra nariz tan sumamente pegada a la trencilla de nuestra recuperación, que hemos dejado de contemplar un atardecer? ¿O la luna nueva? ¿O deleitarnos con una buena comida? ¿O de tomarnos un merecido descanso? ¿O apreciar un buen chiste? ¿O gozar de algún afecto?
Puesto que el cuerpo busca normalizarse a sí mismo, tal vez el suyo agradezca las oportunidades de un necesario descanso. Goce deliciosamente las siestas perezosas, y aprecie el sueño tranquilo de una noche apacible. O tal vez usted tenga una sobreabundancia de energía que puede utilizar con propósitos de diversión y esparcimiento. Tanto como los otros aspectos de la vida, estos parecen necesarios para la realización completa de nuestro potencial humano.
Ahora es la ocasión, es el único tiempo de que disponemos. Y si no somos indulgentes con nosotros mismos en este instante, ciertamente no podemos esperar razonablemente el respeto o la consideración de las otras personas.
Hemos visto que podemos gozar en abstinencia cualquier buena ocasión que antes gozábamos apostando, pero ahora la gozamos mucho más. Es verdad que hace falta un poco de práctica, pero las recompensas bien merecen la pena del esfuerzo. Esta no es una actitud egoísta, sino auto protectora. A menos que apreciemos nuestra propia recuperación, no podemos sobrevivir para convertirnos en gente altruista, ética y socialmente responsable.
 
Reply all
Reply to author
Forward
0 new messages