J.A.: SEXTO PASO

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RICARDO GASTELO

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Apr 12, 2017, 1:57:08 AM4/12/17
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SEXTO PASO

“Estuvimos enteramente dispuestos a dejar que Dios nos liberase de nuestros defectos.”
Este es el Paso que separa los hombres de los niños.”
Así se expresa un clérigo muy querido nuestro que es uno

dede los mejores amigos de J.A. a continuación explica que
cualquier persona que tenga suficiente buena voluntad y
sinceridad para aplicar repetidamente el Sexto Paso a todos
sus defectos de carácter—sin reserva alguna—ha llegado a
alcanzar un gran desarrollo espiritual y, por lo tanto, me-
rece que se le describa como un hombre que sinceramente
intenta crecer a la imagen y semejanza de su Creador.
Naturalmente, la muy discutida pregunta de si Dios pue-
de liberarnos de los defectos de carácter—y si, bajo ciertas
condiciones, lo hará—tendrá una respuesta inmediata y
rotundamente afirmativa por parte de casi todo miembro
de J.A. Para nosotros, ésta no es una propuesta teórica; es
la mayor realidad de nuestras vidas. Casi cualquier miem-
bro ofrecerá como prueba una exposición como ésta:
“Sin duda, yo estaba vencido, totalmente derrotado. Mi
fuerza de voluntad no me servía para nada frente al juego
Los cambios de ambiente, los mejores esfuerzos de mi
familia, mis amigos, médicos, sacerdotes no tenían el me-
nor efecto en mi juego compulsivo. Simplemente, no podía dejar
de apostar, y no parecía que ningún ser humano pudiera con-
seguir que lo hiciera. Pero cuando llegué a estar dispuesto
a Dios como yo Lo concebía, que me liberase de mi obsesió
por jugar, esa obsesión desapareció.”
En reuniones de A.A. celebradas en todas partes del

mundo, cada día se oyen contar experiencias como la anterior.
Todo el mundo puede ver claramente que cada

miembro sobrio de A.A. ha sido liberado de una obsesión
obstinada y potencialmente mortal. Así que, en un sentido

literal, todos los A.A. han “llegado a estar enteramente
dispuestos” a dejar que Dios los liberase de la manía de
jugar.
Y Dios ha hecho precisamente esto.
Habiendo tenido una completa liberación del jugar compulsivamente
,
¿por qué no podríamos lograr, por los mismos medios,
la liberación absoluta de cualquier otra difi
cultad o defecto?
Este es el enigma de nuestra existencia, cuya com
pleta solución
puede que exista sólo en la mente de Dios.
No obstante, por lo menos podemos ver una parte de
la solución.
Cuando un hombre o una mujer consumen tanto dinero perdiendo su salud
y que destruyen su vida, hacen algo que va completamente “contra natura.”
Al desafiar su deseo instintivo de
conservación, parecen estar empeñados en
destruirse asímismos. Actúan en contra de su instinto más profundo.
Conforme se ven humillados por los terribles latigazos que
les da el juego, la gracia de Dios puede entrar en sus vi-
das y expulsar su obsesión. En esto su poderoso instinto de
sobrevivir puede cooperar plenamente con el deseo de su
Creador de darle una nueva vida. Porque tanto la natura-
leza como Dios aborrecen el suicidio.
Pero la mayoría de nuestras demás dificultades no se
pueden clasificar en esta categoría. Por ejemplo, cada per-
sona normal quiere comer, reproducirse y llegar a ser al-
guien en la sociedad. Y desea gozar de un nivel razonable
de seguridad mientras intenta alcanzar estas cosas. De he-
cho Dios le ha creado así. No creó al hombre para que se
destruyera a sí mismo con el juego al azar, sino que le dotó de
instintos para ayudarle a mantenerse vivo.

SEXTO PASO

No existe la menor evidencia, al menos en esta vida, de
que nuestro Creador espere que eliminemos totalmente
nuestros instintos naturales. Que sepamos nosotros, no hay
ningún testimonio de que Dios haya quitado a cualquier
ser humano todos sus instintos naturales.
Puesto que la mayoría de nosotros nacemos con una
abundancia de deseos naturales, no es de extrañar que a
menudo les dejemos que se conviertan en exigencias que
sobrepasan sus propósitos originales. Cuando nos impul-
san ciegamente, o cuando exigimos voluntariosamente que
nos den más satisfacciones o placeres de los que nos corres-
ponden, este es el punto en el que nos desviamos del grado
de perfección que Dios desea que alcancemos en esta tie-
rra. Esta es la medida de nuestros defectos de carácter o, si
prefieres, de nuestros pecados.Si se lo pedimos,
Dios ciertamente nos perdonará nues
tras negligencias.
Pero nunca nos va a volver blancos como la nieve
y mantenernos así sin nuestra cooperación.
Noso
tros mismos debemos estar dispuestos a hacer lo necesario
para alcanzar esto. Dios solamente nos pide que nos esforcemos
lo más que podamos para hacer progresos en la
formación de nuestro carácter.
Por lo tanto, el Sexto Paso—“Estuvimos enteramen-
te dispuestos a dejar que Dios nos liberase de nuestros
defectos”—es la forma en que J.A. expone la mejor acti-
tud posible que se puede tomar para dar un comienzo en
este trabajo de toda la vida. No signifi
ca que esperemos ver desaparecer todos nuestros defectos de carácter
como desapareció nuestra obsesión por apostar. Puede que algu-
nos desaparezcan, pero en cuanto a la mayoría de ellos,
tendremos que contentarnos con una mejoría gradual.
Las
palabras claves “enteramente dispuestos” subrayan el he-
cho de que queremos aspirar lo mejor que conozcamos o
que podemos llegar a conocer.
¿Cuántos de nosotros tenemos este grado de disponibilidad?
En un sentido absoluto, casi nadie lo tiene. Lo mejor
que podemos hacer, con toda la sinceridad que seamos ca-
paces, es tratar de alcanzarlo. Aun entonces, los miembros
más entregados y dedicados descubriremos, para nuestra
consternación, que hay un punto en el que nos estancamos,
un punto en el que decimos, “No, todavía no puedo renun-
ciar a esto.” Y a menudo vamos a pisar un terreno mucho
más peligroso, cuando gritemos: “
¡Nunca voy a renunciar a esto!” Tal es la capacidad para
sobrepasarse que tienen nues
tros instintos.
Por mucho que hayamos progresado, siempre
encontraremos deseos que se opongan a la gracia de Dios.
Puede que algunos que creen haber hecho buenos pro-
gresos quieran discutir este punto, así que vamos a pen-
sarlo un poco más detenidamente. Casi toda persona de-
sea liberarse de sus defectos más notorios y destructivos.
Nadie quiere ser tan orgulloso como para que los demás
le ridiculicen por ser un fanfarrón, ni tan avaricioso que
se le acuse de ladrón. Nadie quiere que su ira le impulse a
matar, ni que su lujuria le incite a violar, ni que su gula le
lleve a arruinar su salud. Nadie quiere verse atormentado
por el sufrimiento crónico de la envidia, ni paralizado por
la pereza. Naturalmente, la mayoría de los seres humanos
no sufren de estos defectos en un grado tan extremo.
Es probable que nosotros los que hemos escapado de
estos extremos tendamos a felicitarnos. Pero,
¿debemos ha
cerlo? A fin y al cabo, ¿no ha sido el amor propio,
puro y
simple, el que nos ha hecho posible escapar? No se requiere
mucho esfuerzo espiritual para evitar los excesos que
siempre traen consigo un castigo inevitable. Pero cuando
nos enfrentamos con los aspectos menos violentos de estos
mismos defectos,
entonces
, ¿cuál es nuestra reacción?
Lo que tenemos que reconocer ahora es que algunos de
nuestros defectos nos deleitan inmensamente. Realmente
nos encantan. Por ejemplo ¿a quién no le gusta sentirse
un poco superior a su prójimo, o incluso muy superior?
¿No es cierto que nos gusta disfrazar de ambición nuestra
avaricia? Parece imposible pensar que a alguien le guste
la lujuria. Pero, ¿cuántos hombres y mujeres hablan de amor
con la boca, y creen en lo que dicen, para poder ocultar la
lujuria en un rincón oscuro de su mente? E incluso dentro
de los límites convencionales, muchas personas tienen que
confesar que sus imaginarias excursiones sexuales suelen ir
disfrazadas de sueños románticos.
La ira farisaica también puede ser muy agradable. De
una manera perversa, incluso nos puede satisfacer el hecho
de que mucha gente nos fastidia, porque nos produce una
sensación reconfortante de superioridad. El chismorreo,
emponzoñado con nuestra ira, una especie de asesinato
cortés por calumnia, también tiene sus satisfacciones para
nosotros. En este caso, no intentamos ayudar a los que cri-
ticamos; pretendemos proclamar nuestra propia rectitud.
Cuando la gula no llega al grado de arruinar nuestra
salud, solemos darle un nombre más benigno; decimos que
“disfrutamos de nuestro bienestar.” Vivimos en un mundo
carcomido por la envidia. En menor o mayor grado, les in-
fecta a todos. De este defecto, debemos de sacar una clara,
aunque deformada, satisfacción. Si no, ¿por qué íbamos a
malgastar tanto tiempo en desear lo que no tenemos en lu-
gar de trabajar por conseguirlo, o en buscar atributos que
nunca tendremos y sentirnos airados al no encontrarlos,
en lugar de ajustamos a la realidad y aceptarla? Y cuántas
veces no trabajamos con gran ahínco sin otro motivo más
noble que el de rodearnos de seguridad y abandonarnos en
la pereza más tarde—sólo que a esto lo llamamos “buena
jubilación.” Consideremos además nuestro talento para
dejarlo todo para mañana, lo que no es sino una variedad
de la pereza. Casi cualquier persona podría hacer una lar-
ga lista de defectos como éstos, y muy pocos de nosotros
pensarían seriamente en abandonarlos, al menos hasta que
nos causaran excesivo sufrimiento.
Claro que algunos puede que estén convencidos de estar
verdaderamente dispuestos a que se les eliminen todos es-
tos defectos. Pero incluso estas personas, si hacen una lista
de defectos aun menos graves, se verán obligadas a admitir
que prefieren quedarse con algunos de ellos. Por lo tanto,
parece claro que pocos de nosotros podemos, rápida y fá-
cilmente, llegar a estar dispuestos a aspirar la perfección
espiritual y moral; solemos contentarnos con la perfección
suficiente para permitirnos salir del paso, según, natural-
mente, nuestras diversas ideas personales de lo que signifi
ca salir del paso. Así que la diferencia entre los niños y los
hombres es la diferencia entre aquel que se esfuerza por
alcanzar un objetivo marcado por él mismo y aquel que
aspira alcanzar el objetivo perfecto que es el de Dios.
Muchos preguntarán enseguida, “¿Cómo
podemos aceptar todas las implicaciones del Sexto Paso?
Pues—¡esto es
la perfección!” Esta parece ser una pregunta difícil
de contestar, pero en la práctica no lo es. Solamente el Primer
Paso, en el que admitimos sin reserva alguna que éramos
impotentes ante los juegos de azar, se puede practicar con
perfec
ción absoluta. Los once Pasos restantes exponen ideales
perfectos. Son metas que aspiramos alcanzar, y patrones
con los que medimos nuestro progreso. Visto así, el Sexto
Paso sigue siendo difícil, pero no imposible. La única cosa
urgente es que comencemos y sigamos intentándolo.
Si esperamos poder valernos de este Paso para solucio-
nar problemas distintos del juego, tendremos que hacer
un nuevo intento para ampliar nuestra mente. Tendremos
que levantar nuestra mirada hacia la perfección y estar dis-
puestos a encaminarnos en esa dirección. Poco importará
lo vacilantes que caminemos. La única pregunta que ten-
dremos que hacernos es, “¿Estamos dispuestos?”
Al repasar de nuevo aquellos defectos que aún no es-
tamos dispuestos a abandonar, debemos derrumbar las
barreras rígidas que nos hemos impuesto. Tal vez todavía
nos veremos obligados a decir en algunos casos, “Aún no
puedo abandonar esto...,” pero nunca debemos decirnos,
¡Jamás abandonaré esto!”
Deshagámonos ahora de una posible trampa peligrosa
que hemos dejado en el camino. Se sugiere que debemos
llegar a estar dispuestos a aspirar alcanzar la perfección.
No obstante, se nos indica que alguna demora se nos pue-
de perdonar. En la mente de un ludopata, experto en la
invención de excusas, la palabra “demora” puede adquirir
un significado de futuro lejano. Puede decir, “¡Qué fácil!
Claro que me voy a encaminar hacia la perfección, pero no
veo por qué he de apresurarme. Tal vez puedo posponer in-
definidamente el enfrentarme a algunos de mis problemas.”
Por supuesto, esto no servirá. Esta manera de engañarse a
uno mismo tendrá que seguir el mismo camino que otras
muchas justificaciones agradables. Como mínimo, tendre-
mos que enfrentarnos a algunos de nuestros peores defec-
tos de carácter, y ponernos a trabajar para eliminarlos tan
pronto como podamos. Al decir “¡Nunca, jamás!” cerramos
nuestra mente a la gracia de Dios. La demora es peligrosa y
la rebeldía puede
significar la muerte. Este es el punto en el que
abandona
mos los objetivos limitados, y nos acercamos a la voluntad
de Dios para con nosotros.

En cuanto nos dimos cuenta de que teníamos una solución para la Ludopatía, era muy razonable (o así nos parecía en aquel entonces) que creyéramos que tal vez teníamos la solución para otros muchos problemas. Muchos opinaban que los grupos de J.A. podían dedicarse a los negocios, podían financiar cualquier empresa en el campo global de la Ludopatía. De hecho, nos sentíamos obligados a respaldar cualquier causa meritoria con toda la influencia que pudiera tener el nombre de J.A.

   He aquí algunas de las cosas que soñábamos: Ya que los jugadores compulsivos no tenían muy buena acogida en los centros de rehabilitación, construiríamos nuestra propia cadena de Centros de Rehabilitación. Ya que a la gente le hacía falta que se le enseñara lo que era la ludopatía, educaríamos al público, e incluso volveríamos a redactar los libros de textos escolares y médicos. Íbamos a recoger a los jugadores compulsivos desahuciados de los barrios bajos, seleccionar a aquellos que pudieran recuperarse y poner a los demás en una especie de cuarentena donde pudieran ganarse la vida. Tal vez estos lugares podrían producir grandes cantidades de dinero que pudiéramos utilizar para realizar otras buenas obras. Pensamos seriamente en redactar de nuevo las luyes del país y hacer que se reconociera a los ludópatas como enfermos.

Ya no se les encarcelaría; los jueces los pondrían en libertad condicional bajo nuestra custodia. Llevaríamos la luz de J.A. a las regiones oscuras de los centros de apuestas y de la criminalidad. Formaríamos grupos de gente deprimida y paranoica; cuanto más profunda fuera la neurosis, tanto mejor. Era evidente que, si se podía vencer la ludopatía, se podría superar cualquier otro tipo de problema.

   Se nos ocurrió que podríamos llevar lo que teníamos a las fábricas y hacer que los obreros y los capitalistas se amaran los unos a los otros. Nuestra absoluta honradez pronto purificaría la política. Abrazados por un lado a la religión y a la medicina por otro, reconciliaríamos sus diferencias. Ya que habíamos aprendido a vivir con tanta felicidad, podríamos enseñar a todos los demás   a hacer lo mismo. Nuestra Sociedad de J.A podría llegar a ser la vanguardia de una nueva avanzada espiritual. Podríamos transformar el mundo.

   Sí, nosotros los J.A. teníamos estos sueños. Era natural que los tuviéramos, puesto que la mayoría de los Ludópatas somos idealistas en bancarrota. Casi todos nosotros habíamos tenido el deseo de hacer grandes bienes, realizar grandes obras, y encarnar grandes ideales. Todos somos perfeccionistas que, al no alcanzar la perfección, nos hemos ido al otro extremo y nos hemos conformado con las cartas, dados y casinos y el olvido. La Providencia, por medio de J.A., había puesto a nuestro alcance nuestras más altas esperanzas. ¿Por qué no compartir nuestra manera de vivir con todo el mundo?.

   Por lo tanto tratamos de establecer Centros de Rehabilitación de J.A. - todos fracasaron porque no se puede hacer que un grupo de J.A. se dedicara a los negocios; demasiados cocineros entrometidos estropean el caldo. Los grupos de J.A. hicieron sus incursiones en el campo de la educación, y cuando empezaron a ensalzar públicamente los méritos de un método u otro, la gente se quedó con ideas muy confusas. ¿Se dedicaba J.A. a enderezar a los jugadores compulsivos, o era un proyecto educativo? ¿Se interesaba J.A. en lo espiritual, o en la medicina restablecer el sano jucio? ¿Era un movimiento reformista? Para nuestra consternación, nos vimos casados con todo tipo de empresas, algunas buenas y otras no tan buenas. Al ver a los ludópatas enviados de forma arbitraria a las prisiones o los manicomios, empezamos a gritar; "debería haber una ley". Los J.A. se pusieron a clamar en las sesiones de los comités legislativos, haciendo una campaña en favor de reformar las leyes. Sirvió como buen material para la prensa, pero para poco más. Nos dimos cuenta de que muy pronto nos veríamos enmarañados en la política. Aun dentro de J.A. nos resultó imperativo eliminar el nombre de J.A. de los clubes y de las casas de Paso Doce.

   A raíz de estos episodios nació en nosotros la profunda convicción de que, bajo ningún  concepto, podíamos respaldar a ninguna empresa allegada, por muy buena que fuese. Nosotros los Jugadores Anónimos no podíamos serlo todo para todos, ni debíamos tratar de serlo.

   Hace años, este principio de "no respaldo" se vio sometido a una prueba crucial. Algunas de las grandes casas de apuestas tuvieron la intención de meterse en el campo de educación sobre la Ludopatía. Creían que sería una buena cosa que las  demostraran al público su sentido de responsabilidad. Querían decir que no se debía abusar de apostar, sino disfrutarlo; la gente jugadora compulsiva debería moderarse, y los apostadores con problemas - los jugadores compulsivos - no deberían apostar  en absoluto.

   En una de sus asociaciones comerciales, se planteó la cuestión de cómo se debería proceder con esta campaña. Naturalmente, iban a valerse de la radio, la prensa y el cine para exponer sus puntos de vista. Pero ¿qué tipo de persona debe dirigir esa campaña? Inmediatamente pensaron en Alcohólicos Anónimos. Si pudieran encontrar entre nosotros a un buen agente de relaciones públicas, ¿no sería él la persona ideal? Sin duda conocería el problema. Su conexión con J.A. sería muy valiosa, porque la Comunidad era muy bien vista por el público y no tenía ni un solo enemigo en el mundo.

   No tardaron en encontrar al hombre idóneo, un J.A. con la experiencia necesaria. Enseguida él se presentó en la sede de J.A. en  a preguntar, "¿Hay algo en nuestra tradición que sugiera que no debo aceptar un trabajo como éste? Esta clase de educación me parece buena, y no es un asunto muy controversial. ¿Les parece a ustedes que puede haber alguna paga?".

   A primera vista, parecía una buena cosa. Luego empezaron a insinuarse las dudas. La asociación quería emplear el nombre completo de nuestro miembro en toda su publicidad; iban a describirlo como director de publicidad de la campaña y como miembro de Jugadores Anónimos. Naturalmente, no podría haber la menor objeción si una asociación contratara a un miembro de A.A. únicamente por su talento en las relaciones públicas y sus conocimientos sobre el alcoholismo. Pero eso no era todo, porque en este caso un miembro de J.A. no solamente iba a romper su anonimato a nivel público, sino que también iba a vincular en las mentes de millones de personas el nombre Jugadores Anónimos con este proyecto educativo. Habría de causar le impresión de que ahora J.A. estaba respaldando la educación - al estilo de la asociación de los dueños de casas de apuestas.

   En cuanto vimos lo que realmente significaba este hecho comprometedor, le pedimos su parecer al candidato a director de publicidad. "¡Caramba", dijo. "Claro que no puedo aceptar el puesto. Antes de que se secara la tinta del primer anuncio, los partidarios de la prohibición estarían expresando a gritos su indignación. Saldrían a buscar a un J.A. honrado que abogara por su estilo de educación. J.A. se encontraría justo en medio de la controversia entre los secos y los mojados. La mitad de la gente del país creería que habríamos tomado partido por los secos, y la otra mitad que nos habríamos unido a los mojados. ¡Menudo lío!".

   "No obstante", le dijimos, "tienes el derecho legal de aceptar este trabajo".

   "Ya lo sé", contestó. "Pero no es hora de fijarnos en legalidades. Jugadoress Anónimos me salvó la vida, y su bienestar tiene para mí la prioridad.

 No seré yo quien vaya a meter J.A. en un gran problema, y si aceptara, lo haría".

   En lo concerniente a los respaldos, nuestro amigo lo ha dicho todo. Con mayor claridad que nunca, nos dimos cuenta de que no podríamos prestar el nombre de J.A. a ninguna causa que no fuera la nuestra.

Feliz 24 horas

Dios bendiga

su recuperación.

Richard G.


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