27/11/14
Queridos Egresados, familiares, docentes y directivos:
Hoy ponemos en las manos del Señor a esta camada de egresados, que dejan el colegio por terminar una etapa y tener la oportunidad de abrir otra.
Han sugerido este evangelio, tan potente, rescatando ese sentimiento de Pedro: qué bien estamos aquí. A mi parecer es un sentimiento que surge de la experiencia de haber estado cómodos, pero sobre todo por el miedo de lo que vendrá por delante. No será más bien que uno siente un desgarrón por creer que lo que se viene da miedo? Estamos acá, en su última Misa como alumnos de este centenario colegio, para ponerlos en las manos del Señor y confiarlos a su Divina Providencia. Lo que viene por delante es mucho mejor que lo que han vivido. Así nos lo dice la experiencia de los que somos más grandes que ustedes. Es mentira que todo tiempo pasado fue mejor. Se abre para ustedes el horizonte para volar en sus vocaciones y profesiones; tomando decisiones que tendrán ecos hasta en los últimos días de sus vidas. Lo que decidan marcará el resto de sus vidas.
Por eso cabe la pregunta: A dónde quieren llegar? Cómo se imaginan dentro de 20 años? Y en 50? Alguno me podrá responder que no sabe qué va a hacer mañana, por lo tanto no es válida esa pregunta. Pero en el ser humano siempre está presente el horizonte. Somos seres con pasado, con presente y, por lo tanto, con futuro. Nadie dirá en serio que no le importa su propio futuro. Más bien creería que le importa tanto, que el miedo le bloquea la respuesta.
Si lo que ven a su alrededor no los anima lo suficiente, si el testimonio de los que somos un poco más grandes que ustedes no los entusiasma, no dejen de mirar para arriba, a las manos de Dios Padre que los modeló y a la voz del Padre que les dice hoy, como a Jesús en la transfiguración, cuán amados son.
Los adultos tendremos que tener nuestra autocrítica y, llegado el caso, pedirles perdón por no haber transparentado mejor el encanto por la vida, el amor por la fe. Pero si esto es así, nunca podremos ser una excusa para que ustedes no se pregunten por su propio futuro y plenitud.
Qué bien estamos aquí, dijo Pedro. Pero fue mucho más feliz cuando pudo decirle a Jesús después de haberlo traicionarlo: Señor, tú lo sabes todo, sabes que te quiero.
La vida continúa y se despliega de a poco y es maravillosa. No se achiquen. Todo tiempo futuro es mejor. Tengan sueños de grandeza, de plenitud, de felicidad y alegría eternas.
Imaginaron el día en que terminen sus estudios universitarios o terciarios y salten llenos de alegría cubiertos de huevos y harina? El día que en su vida laboral se les reconozca el logro de la tarea bien hecha?
Imaginaron el día en que frente a este altar se liguen para siempre con quien amarán para juntos llevar el mismo yugo? Y el día en que bauticen a sus bebes haciéndolos hijos de Dios?
Tal vez alguno pueda preguntarle al Señor, no sólo para qué lo creó, sino también preguntarle si la vida consagrada o sacerdotal será su propio camino?
Mis amigos, créanme: aunque estas preguntas les causen risa porque son lejanas hoy, son preguntas grandes para quienes quieren vivir la vida a lo grande, a lo pleno. Jugando en las grandes ligas del amor. Si quiero llegar a Martínez tomaré un mapa chiquito. Si quiero llegar a Bariloche debo tomar un mapa grande!
Sé que ustedes querrán ser grandes en el amor. O alguien que esté sano quiere ser un infeliz? Alguno querrá morir sólo, sin familia o amigos? Es claro que el gran camino es el amor. Amar y no aislarse. Amar y abrazar causas grandes. Que verdaderamente valgan la pena.
San Pablo nos habla de una brújula clara: las Escrituras, la Palabra de Dios. De allí aprendimos y seguiremos aprendiendo toda la vida cómo vivir lo más plenamente posible. Y no se trata de consumir mucho, tener mucho o ser más que otros. Se trata de desplegar las posibilidades que cada uno tiene en lo íntimo de su corazón.
Hace una semana acompañé a un amigo, que conocí en la facultad de ingeniería, ya que murió su papá. Unos días antes de morir el padre le dijo a mi amigo: el mejor negocio es ser bueno. Pero yo que lo conocí puedo decir que ese hombre no fue meramente bueno. Fue excepcionalmente bueno. Como marido, como padre, como jefe de cirugía del Hospital británico, como abuelo, como cristiano comprometido, como deportista y presidente de su club, como hombre íntegro, etc.
Ustedes pueden ser mucho más que buenos. Pueden ser la mejor versión de ustedes mismos.
Y cómo se logra esto? En primer lugar creyendo que es posible. Y haciendo las cosas que realmente conducen a la plenitud?
Evitando lo que San Pablo llama “cuestiones estúpidas”, que se saben muy bien que son las que nos hacen estúpidos, es decir, perder la razón, el sentido, el rumbo.
Creo que conociendo bien a Jesús se puede uno preguntar: ¿qué haría Jesús en mi lugar? ¿Haría esto o aquello? En mi lugar de estudiante o de sacerdote, le podemos preguntar. En todo caso, con Jesús volvemos a retomar el gran camino de la plenitud humana. El ser humano es el que es feliz; y el que es santo. Felicidad, santidad y plenitud son sinónimos para el cristiano. Por eso encontrar a Jesús es empezar a ser plenos, santos y felices.
Busquemos siempre a Jesús en primer lugar; poniéndolo por sobre todo. A Jesús se lo puede buscar para consultarlo, para pedirle ayuda; para pedirle misericordia. Para pedirle paz.
Hoy, fiesta de la Virgen en su avocación de la Medalla Milagrosa, los ponemos bajo el manto protector de nuestra Madre, por el resto de sus días en esta peregrinación hacia el Cielo.