
Estrenada en 1978 con los bailarines de la troupe
del Tanztheater Wuppertal, la pieza Kontakthof (en alemán, lugar de encuentro)
fue retomada en el año 2000 por Pina Bausch (1940-2009) con un elenco compuesto
por gente corriente de más de sesenta y cinco años reclutados por medio de
anuncios en la prensa, en su mayoría sin experiencia alguna en el mundo de la
danza profesional. Una sala de ensayo, un piano, algunas sillas, mucha nostalgia
y todo corriente y moliente. Dicen sus creadores que Kontakthof es una pieza
sobre la relación entre realidad y el teatro, 'un universo de tensiones
suavizado por el humor, al mismo tiempo cruel y emocionante'. La danza en manos
de gente corriente y jubilada, hombres y mujeres banales. Con un experimento
arriesgado se despide de este mundo la gran Pina Bausch. Buena manera de
hacerlo.

Debo confesarlo: me fui en el primer descanso, poco
más de una hora después de iniciado este espectáculo de cinco horas de duración
al que le sobran cuatro. Tedioso, vacío, balbuceante, pretencioso. Angélica
Liddell ocupa casi en exclusiva la representación teatral española en este
Festival de Otoño de la Comunidad de Madrid. Llegaba precedida de admiración sin
límite. Pocos se atreverán a decir la verdad. 'La casa de la fuerza' es un
fiasco.
Se consuma un paso histórico: medio millón de anglicanos retornarían al catolicismo
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Anne Teresa Keersmaker fundó la compañía Rosas en
1983 con el nombre de la pieza que estrenó entonces. Ahora es un clásico cién
veces representado, pero sigue siendo una pieza difícil, provocadora e
irritante, al mismo tiempo que subyugadora, hipnótica e inquietante. Si se
vencen las sucesivas barreras, -sobre todo la primera parte en silencio
abrumador y repeticiones inacabables-, es una experiencia costosa pero sin duda
gratificante. Ya se sabe que la letra con sangre entra, y el placer -físico,
emotivo e intelectual- incluye cierto sufrimiento.