El Museo del Prado propone un viaje iniciático por un tiempo muy lejano y misterioso en el que el arte era casi siempre religioso. Pero, para retratar santos y obispos, los artistas se inspiraban en la gente que les rodeaba y por eso junto a su apariencia magnificente
son una conexión emocionante con nuestros antecesores de hace 20-30 generaciones, un desfile de rostros y expresiones que nos sacan de este tórrido mayo y nos transportan a un oasis melancólico que nunca viene mal entre tanto ajetreo.