Domingo de Pascua

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PADRE DEMETRIOS GABRIEL

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Apr 23, 2011, 1:22:52 PM4/23/11
to IGLESIA ORTODOXA GRIEGA SAN MARCOS

Las manos extendidas
“Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo
que ha sido hecho, fue hecho”

¡He aquí la pasión y la gloriosa resurrección de nuestro Señor! En
ambos momentos, Sus manos se extendieron a toda la humanidad, tanto a
los vivos como a los muertos. En la cruz, se extendieron para cargarse
de los pecados del mundo, y llevarse todo dolor, sufrimiento e
injusticia. También se extendieron en el infierno a los muertos,
representados en el icono de la resurrección por Adán y Eva, para
llenar a todo mortal de Su vida. Tanto a vivos como a muertos, Sus
manos se extendieron para que, al tocarlas, todos nos llenemos de Él,
de Su vida, amor y verdad.
Estas manos extendidas nos introducen a la misión que Jesús recibió de
su Padre, y que vivió entre nosotros. Así, con Sus manos trabajó como
el común de los mortales, y por ello Lo llamaron “hijo del
carpintero” (Mt 13:54). Con Sus manos bendijo a los niños (Mt
19:13-15); también bendijo en el desierto los cinco panes y los dos
peces y sació a miles de personas. Con Sus manos sanó a gran multitud
de gente de toda dolencia y enfermedad (Mc 6:5), pero también sanó en
forma individual a ciegos (Mc 8:23; Lc 4:40; Mt 9:29), leprosos (Mc
1:41; Lc 5:13), a la suegra de Pedro (Mt 8:15), al sordo y al
tartamudo (Mc 7:32), a la mujer que había pasado enferma dieciocho
años (Lc 13:13), y al siervo del Sumo Sacerdote, cuando Pedro le cortó
la oreja en el jardín de Getsemaní (Lc 22:51). Con Sus manos salvó a
Pedro del peligro de hundirse en el mar y de su falta de fe (Mt
14:31). Con Sus manos resucitó a la hija del jefe de la sinagoga (Mt
9:25), y también tocó el féretro que llevaba el hijo de la viuda de
Naín y lo resucitó (Lc 7:14). Al celebrar la Última Cena, bendijo con
Sus manos las especies representando Su cuerpo y sangre, e instituyó
la Divina Eucaristía (Mt 26:26-27), y directamente después, lavó con
ellas los pies de los discípulos (Jn 13:5). Estas manos fueron
traspasadas por los clavos en la crucifixión, y se volvieron huellas
de su identidad después de Su resurrección (Lc 24:39-40), cuando se
apareció a Sus discípulos y en particular a Tomás (Jn 20:27), el
discípulo incrédulo que buscaba averiguar la veracidad sobre dicha
resurrección. Y por último, con estas manos dio su bendición final a
sus discípulos al subir al cielo (Lc 24:50).
Estas manos se extendieron y se extienden a toda la humanidad; manos
santísimas y santificadoras, pero también manos que llevan nuestras
dolencias, enfermedades y pecados. Son manos que intercambian vida por
muerte, fe por incredulidad, esperanza por desesperanza, fuerza por
debilidad, vista por ceguera, movilidad por parálisis, salud por
enfermedad, bendición por maldición.
Si Jesús no tuvo vergüenza, durante su vida en la tierra, de tocar
nuestra realidad de pecadores, tampoco ahora, sentado a la diestra del
Padre, nos señalará para condenarnos, tal como el hermano mayor
condenó, ante su padre, a su hermano menor, en la parábola del hijo
pródigo (Cf. Lc 15:30). Por lo contrario, Jesús es nuestro intercesor,
con Su propia sangre, ante el Padre (I Jn 2:1), siempre y cuando
nosotros nos comportemos como hijos (Cf. Jn 14). En realidad, durante
toda Su vida no condenó a nadie, sino al pecado, clavándolo sobre la
cruz. Y a aquellos que Le extienden sus manos, Él anuncia que les
servirá con Sus propias manos en el banquete que ofrecerá en su Reino
(Cf Lc 12:37).
En realidad, el Padre “ha entregado todas las cosas en las manos” de
Jesús (Jn 3:35). Y más, Jesús guarda en estas manos a todos aquellos
que el Padre Le ha encomendado, y “nadie los arrebatará de Su
mano” (Jn 10:28-29), de manera que ninguno de ellos perezca, sino que
obtenga vida eterna (Jn 17:12; 2). El ejercicio de este ministerio lo
confirió Cristo a la Iglesia, siendo Él siempre “quien ofrece y es
ofrecido”. Así, como vida ofrecida, recibimos por Sus manos la santa
comunión; y como servicio conferido, este ministerio se mantiene por
la imposición de las manos en la ordenación episcopal, en la
ininterrumpida sucesión apostólica.
Así, las manos traspasados por los clavos que surgen del sepulcro el
día de la resurrección son manos de esperanza para todo desesperado;
manos de compasión para con todo dolido y enfermo; manos de salvación
para todo pecador. Son las manos de nuestra resurrección espiritual,
invisiblemente extendidas hacia nosotros, las que nos abrazarán al
volver a la casa paterna (Cf. Lc 15:20).
Por nuestra parte, extenderemos nuestras manos para llevar, como
Simeón de Cirene (Mc 15:21), la cruz que el Señor nos ofrece; para
tocarle el costado, como Tomás (Jn 20:27), en el momento de la
incredulidad y confesar Su señorío y divinidad; para tener Su mano,
como Pedro (Mt 14:31), en el momento de hundirnos en la desesperanza y
la infidelidad; para pedirle Su gracia sanadora, como la mujer
“sufriendo de flujo de sangre por doce años, que se le acercó por
detrás y tocó el borde de Su manto” (Mt 9:20).
Pero también, con nuestras manos echaremos las redes donde el Señor
nos encomiende (Lc 5:5; Jn 21:6); serviremos a nuestro prójimo dándole
pan y peces (Mt 14:19); nos acercaremos a los heridos y les vendaremos
sus heridas, derramando aceite y vino sobre ellas (Lc 10:34). Nuestras
manos trabajarán por la justicia, la paz, y la difusión de la palabra
de Dios (Mt 5:3-11); firmarán justos acuerdos; saludarán con
honestidad e integridad, sin engaño.
Esta es la Resurrección que celebramos hoy. Quiera Dios que toquemos
las manos del Resucitado con fe y esperanza, con corazón compasivo y
manos extendidas a nuestro hermano, con alma arrepentida, para
anunciar a todos verdaderamente que ¡Cristo resucitó!

+ Metropolita Siluan

Tropario de Pascua (Tono 5)

Cristo resucitó de entre los muertos, pisoteando la Muerte con Su
muerte y otorgando la vida a los que yacían en los sepulcros.

Árabe Fonético

Al Masíhu kama min bainil amuat ua uati al mauta bil maut ua uahabal
haiata lilathina fil kubur

Griego Fonético

Jristós anesti ek nekrón thanáto thánaton patísas ke tisendis
mnísmasi zoín jarisámenos

Kondakio de Pascua (Tono 8)

Aunque descendiste al sepulcro, Tú que eres Inmortal, borraste el
poder del infierno y te levantaste Victorioso, ¡Cristo Dios! Y a las
mujeres portadoras del bálsamo dijiste: ¡Regocijaos! Y a Tus
discípulos otorgaste la paz, Tú que otorgas la resurrección a los
caídos.

Hechos de los Apóstoles (1:1-8)

El primer libro lo escribí, Teófilo, sobre todo lo que Jesús hizo y
enseñó desde un principio hasta el día en que, después de haber dado
instrucciones por medio del Espíritu Santo a los apóstoles que había
elegido, fue llevado al cielo. A estos mismos, después de su pasión,
se les presentó dándoles muchas pruebas de que vivía,
apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca de lo
referente al Reino de Dios. Mientras estaba comiendo con ellos, les
mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la
Promesa del Padre, "que oísteis de mí: Que Juan bautizó con agua,
pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos
días". Los que estaban reunidos le preguntaron: "Señor, ¿es en este
momento cuando vas a restablecer el Reino de Israel?" El les
contestó: "A vosotros no os toca conocer el tiempo y el momento que
ha fijado el Padre con su autoridad, sino que recibiréis la fuerza
del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos
en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la
tierra."

Santo Evangelio según San Juan (1:1-17)

En el principio existía el Verbo y el Verbo estaba con Dios, y el
Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Por Él fueron
hechas todas las cosas, y sin Él no se ha hecho cosa alguna de cuantas
han sido hechas. En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los
hombres. Y la luz resplandece en medio de las tinieblas, y las
tinieblas no pudieron retenerla. Hubo un hombre enviado por Dios que
se llamaba Juan. Éste vino como testigo para dar testimonio de la luz,
a fin de que por medio de él todos creyeran. No era él la luz, sino
quien daría testimonio de la luz. El Verbo era la luz verdadera que
alumbra a todo hombre que viene al mundo. En el mundo estaba, y el
mundo fue por Él hecho, pero el mundo no lo conoció. Vino a su propia
casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a todos los que lo
recibieron, que son los que creen en su Nombre, les dio poder de
llegar a ser hijos de Dios. Los cuales no nacieron de sangre, ni de
deseo de carne, ni de voluntad de hombre, sino que de Dios nacieron. Y
el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros; y nosotros hemos visto
su gloria, gloria que tiene del Padre como el Unigénito, lleno de
gracia y de verdad. De Él da testimonio Juan, y clama diciendo: “He
aquí Aquél de quien yo les decía: el que viene detrás de mí, se ha
puesto delante de mí, por cuanto era antes que yo”. Así pues de la
plenitud de Él hemos participado todos nosotros y recibido gracia
sobre gracia. Porque la Ley fue dada por Moisés; mas la Gracia y la
Verdad fueron traídas por Jesucristo.

La emanación de la Luz Sagrada del Sepulcro de Cristo en Jerusalén

“¡Venid, tomad la luz de la Luz que no tiene ocaso, y glorificad a
Cristo que resucitó de entre los muertos!”: con esta expresión, el
Sacerdote llama a los fieles presentes en el Oficio de los Maitines,
la madrugada del día de la Resurrección Gloriosa, para acercarse a él
y encender sus velas. Este es un momento muy esperado por los fieles
antes de salir fuera del templo y proceder en la celebración del
oficio conocido como “Al-Hayme”.
Lamentablemente, muchos son los que ignoran que este acto litúrgico
(el de encender las velas de los fieles) no es sino un eco de lo que
ocurre realmente aquel día en el Santo Sepulcro en Jerusalén: se trata
de un hecho histórico que vive nuestra Iglesia Ortodoxa, todos los
años, en el Sábado de Gloria.
Del Sepulcro de Cristo “emana la Luz”, pues, las velas llevadas por el
Patriarca Ortodoxo de Jerusalén (y únicamente por él), se encienden
por sí mismas, es decir por una Gracia Divina, mientras que él se
encuentra encerrado en el Santo Sepulcro, esperando que el milagro
ocurra. Luego sale fuera a anunciar la Resurrección al pueblo orante y
a los peregrinos en la iglesia de la Resurrección, dando a los fieles
la Luz de sus propias velas. Es por ello que el Gran Sábado Santo se
llamó el “Sábado de la Luz”.
No solamente la Luz emana del Sepulcro, sino también se prenden los
candiles y las velas de numerosos peregrinos que están esperando la
salida del Patriarca del Santo Sepulcro. Es notable cómo esta Luz no
quema a quien la pasa con fe sobre su cara o sus manos, así como los
testimonios oculares y las grabaciones lo muestran. Los fieles se
habían acostumbrado a llevar esta bendición (la Luz recibida) a sus
comunidades y hogares, y a encender un candil especial sobre el Santo
Altar de su iglesia.
Hay dos fuentes históricas con relación a la emanación de la luz: la
primera se encuentra en los textos litúrgicos a lo largo del año
eclesiástico; y la segunda se encuentra en biografías y memorias de
peregrinos al Santo Sepulcro, testigos oculares y partícipes de las
celebraciones pascuales allí. También, en la vida de algunos santos,
se relataba este fenómeno, aunque en forma no detallada.
Los testimonios vivos y detallados de este acontecimiento datan de los
principios del siglo IX. Los testimonios anteriores a esta fecha
carecen de claridad. Los historiadores coinciden en que el primer
testimonio histórico claro, con relación a la emanación de la Luz
Sagrada, remota al viajero Bernardo, un monje occidental del siglo IX,
que relata su contemplación de la emanación de la Luz en la Vigilia de
la Pascua del año 870 d.C., el Sábado de Gloria, después de las
oraciones matutinas. Él observa que los candiles del Santo Sepulcro se
prendían solos y de forma milagrosa (por medio de un ángel), durante
la oración que se celebra particularmente para que emane la Luz. Y al
final el Patriarca Ortodoxo distribuía la Luz al clero y a los
fieles.
Los testimonios abundan tanto de cristianos como de musulmanes, de
oriente y de occidente, pero es difícil resumirlos aquí. De los
relatos y testimonios, podemos dar una descripción de las
preparaciones que precedan a la emanación de la Luz en el Sepulcro de
Cristo: 1) Todas las luces están apagadas, y se sella la entrada al
Sepulcro con lacre rojo y el sello del Patriarcado Ortodoxo de
Jerusalén; 2) Se cantan himnos mientras que se hace la procesión (tres
veces) alrededor del Santo Sepulcro; 3) Se celebra una fervorosa
oración por el Patriarca y por los fieles; 4) Luego el Patriarca, se
desviste de la mayor parte de sus ornamentos sacerdotales, quedando
con su Stijarion (el Alba), para ser revisado minuciosamente por las
autoridades de Jerusalén de cualquier época de la historia, (sean
éstas musulmanas, cruzadas, Otomanas o Israelitas hoy en día), para
asegurar que no esconde material inflamable alguno, y recién poder
entrar solo en el Sepulcro; 5) El Patriarca reza por un tiempo sobre
el Sepulcro, mientras que la puerta del Sepulcro está cerrada; 6)
Después de la emanación de la Luz, el Patriarca procede con la
distribución de la misma desde la puerta del Sepulcro.

Padre Atanasio Salhany

Mensaje pascual de S.B. el Patriarca Ignacio IV

¡Cristo resucitó! ¡Verdaderamente resucitó!
La fiesta de la gloriosa Resurrección es la fiesta de la alegría y de
la esperanza, porque el Señor venció la muerte y nos dio la esperanza.
Les deseamos que lleguen a la gloriosa Resurrección y vivan el estado
de la alegría, según ha dicho nuestro Señor Jesucristo: “Vuestro
corazón se alegrará, y nadie os quitará vuestro gozo” (Jn 11:22). En
esta oportunidad, elevamos nuestras súplicas y oraciones por el
bienestar del mudo y la paz en nuestra región. Me alegra saludarlos en
la fiesta de la resurrección de nuestro Señor y Salvador Jesucristo,
el Rey de la paz.

Felicitaciones

Con el saludo del Ángel que anunció a las Mujeres Miróforas la
Resurrección de Cristo diciendo: “No está aquí, ha resucitado. Id pues
y anunciad a los apóstoles...”, Monseñor Siluan quiere felicitar a
toda la feligresía ortodoxa en Argentina, al cuerpo clerical, a las
comisiones laicas, a las instituciones educativas, a los jóvenes, a
los niños y a todos y cada uno de nuestros hermanos en éste día tan
especial: el de la Resurrección de Nuestro Señor.

Feliz Día de San Jorge

Asimismo, Su Eminencia saluda a todas las Parroquias que festejan el
día de San Jorge, los colegios y los fieles que llevan por nombre
Jorge. Reciban el cariño de Nuestro Padre y Pastor con los mejores
deseos y felicitaciones, y que la bendición del Resucitado y de Su
glorioso Mártir estén para siempre en sus hogares.


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