DOMINGO 6 DE FEBRERO - LA FE DE LA MUJER CANANEA

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PADRE DEMETRIOS GABRIEL

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Feb 5, 2011, 8:03:38 AM2/5/11
to IGLESIA ORTODOXA GRIEGA SAN MARCOS


LA FE DE LA MUJER CANANEA
En su viaje a Tiro y Sidón, Jesús iba en busca de los judíos que
moraban fuera de los límites de Palestina, no a evangelizar a los
gentiles, misión que reservaba a los apóstoles para después de su
pasión. Esto concuerda con la instrucción de Mt. 10:5. Cristo le dice
a la mujer cananea que hay prioridades, como cuando le responde al
intérprete de la ley, que “el primero y gran mandamiento es amar a
Dios con toda tu alma y toda tu mente, y el segundo es semejante:
amaras a tu prójimo como a ti mismo” Mt. 22:38,39. Es por esto que
Cristo dice que no es bueno quitar el pan a los hijos; la prioridad en
ese momento es para los hijos de Israel. Pero la mujer cananea
demuestra su fe al decir “que los perrito como en de las migajas que
caen de la mesa de sus amos”. Cristo se maravilla y elogia su fe; como
en el caso del criado del centurión Mt. 8:10; y le dice a la mujer
“grande es tu fe, hágase contigo como quieres”. Cristo obra el milagro
atendiendo la necesidad de la mujer. El texto del Evangelio nos
muestra el gran amor a Dios para la humanidad, como está escrito “de
tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su hijo unigénito, para que
todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” Jn.
3:16. Lo que Cristo dijo en el texto, “no soy enviado sino a las
ovejas pérdidas de la casa de Israel”, no indica que la misericordia
de Dios es exclusiva para el pueblo Judío, ya que Cristo accede a la
petición de la mujer cananea. Ya en otras partes de la escritura vemos
la misericordia y el amor de Dios para los gentiles, (los pueblos n
judías). Cristo procedió de tal manera en el texto, para que se
manifestara la gloria de Dios, y para nuestra enseñanza. Vemos el
poder de Dios y su amor, manifestados en la mujer cananea. Cristo nos
enseña en la parábola del juez injusto, Lic.18:2,8 la necesidad de
orar siempre y no desmayar, como aquí en el texto. La mujer cananea no
se desanima, y con una fe sobre humana continúa pidiendo. Dios nos
enseña a no ceder en nuestras peticiones, porque pidiendo
constantemente, aprendemos a tener comunión con Él. A depender de Él.
Una enseñanza más, es que obtenemos los dones de Dios por medio de la
fe. Cristo elogia la fe de los que le piden, y por lo general les dice
“tu fe te ha salvado”. Mt. 9:22 Mr.5:34 Lc.8:48. He aquí una enseñanza
importante, que para ser salvos necesitamos tener fe, la salvación es
gratuita, un regalo de Dios por medio de la fe. “Pues habéis sido
salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros,
sino que es un don de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie
se gloríe” Ef. 2:8,9.

EL INCIENSO EN LA ADORACIÓN
El uso del incienso en la adoración eclesiástica nos viene del antiguo
testamento. El sacerdote, en las vísperas, maitines y en la Divina
Liturgia, inciensa el altar, los iconos y los fieles. ¿Qué papel tiene
el incienso en la adoración?
1- Este olor aromático, acompañado con el humo, siempre ha sido
estímulo para sentir la presencia de Dios; apenas exhala su perfuma,
el alma se alegra y los sentidos se concentran en la divina presencia.
Por eso nos inclinamos al incensar.
2- “Suba ante ti mi oración como el incienso” cantamos del salmo 140
en las vísperas. Cuando el humo se eleva, ofrecemos nuestras comunes
oraciones ante Dios; dice San Juan de Cronstad (un santo ruso
contemporáneo 1829-1908): “cuando incensamos alrededor del altar, ante
los iconos y al pueblo, juntamos los ruegos de todos como si fueran de
una sola voz que la lleva el incienso y la alzan los Ángeles junto con
las intercesiones y oraciones de la Purísima Virgen María.”
3- Al incensar ante los iconos de los santos, la Iglesia alaba al
Espíritu Santo que en ellos ha obrado y los ha santificado. Así
también el sacerdote inciensa a cada uno de nosotros como un lugar que
debe de ser preparado para recibir al Espíritu Santo; pues nos dice
San Pablo: “¿no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu
Santo” (1Cor.6:19). El incienso, sencillamente, es alegría para los
fieles, causa de gozo espiritual y aroma de la virtud, la devoción y
la dulzura de la casa de Dios, ante las cuales gemimos por nuestros
amargos pecados, y glorificamos la misericordia de Dios.
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