Alejandro Nadal persisteix amb la seva idea de que la situació actual
es deu "a problemas estructurales del capitalismo avanzado" de
difícil, per no dir impossible, solució.
Avui no he pogut evitar la tentació de tornar a passar-vos un article
del Víctor Moreno, habitual del Gara. Necessari i oportú.
El Parlament europeu, no com el de casa, ha retirat l'immunitat
parlamentària a Marine Le Pen perquè pugui acudir als tribunals
acusada per difamar l'alcalde de Niza. Segueix el camí de son pare.
Titular a
eldiario.es: Los expertos en incendios denuncian que el
fuego de Kensington fue "un desastre anunciado".
La muerte del centro comercial
Alejandro Nadal
En las economías capitalistas desarrolladas la crisis financiera de
2007 tuvo como epicentro el sector inmobiliario y las hipotecas de
mala calidad. Los bancos centrales rescataron al sistema bancario
privatizando las ganancias y haciendo público el costo de la crisis. Y
ahora que lo peor del frente de tormenta pasó, se consolida la
percepción de que la borrasca ha sido controlada. Esa es una idea
equivocada y peligrosa.
La verdad es que el problema en Estados Unidos se ha desplazado del
ámbito residencial a los centros comerciales, los famosos y feos
shopping malls. Esas enormes construcciones están hoy en el corazón
del próximo huracán financiero. Al igual que en 2007, los efectos del
mal tiempo se dejarán sentir en la economía global.
Los centros comerciales en Estados Unidos se están muriendo
lentamente. Los locales vacíos se multiplican porque las ventas no
cubren las altas rentas y los comercios en bancarrota aumentan todos
los días. Casi no se habla de este tema, pero lo cierto es que en
Estados Unidos crece cada día el número de centros comerciales
fantasma, abandonados o con grandes espacios vacantes. Hasta se habla
del modelo chino en el que el crédito barato y la especulación
inmobiliaria han llevado a construcciones de millones de metros
cuadrados que hoy son cascarones vacíos sostenidos por millones de
toneladas de concreto, miles de kilómetros de cables eléctricos y
tuberías, amén de una colosal huella ecológica.
Si la imagen exitosa del centro comercial se mantiene es sólo porque
algunos malls subsisten en buenas condiciones. Pero esos centros son
la minoría: en Estados Unidos sólo 20 por ciento de los centros
comerciales genera más de dos terceras partes de las ganancias de este
sector. Esos centros comerciales están localizados en puntos que
mantienen alta densidad de población con poder de compra o en centros
de concentración turística y económica. Lo cierto es que la crisis en
el resto de los centros comerciales es una triste realidad que no va a
desaparecer. Se calcula que en los próximos dos o tres años
desaparecerán cerca de 800 shopping malls (más de la mitad del total)
en todo el territorio estadunidense.
Muchos podrían pensar que el principal responsable de la debacle del
centro comercial se debe al auge del comercio en línea. Pero lo cierto
es que a pesar de su crecimiento, el comercio vía Internet apenas
representa 12 por ciento de las ventas totales de las tiendas
departamentales que sirven como ancla de los malls.
La razón de fondo de la nueva crisis es que la construcción de centros
comerciales en las últimas dos décadas ha procedido a un ritmo muy
superior al crecimiento del poder de compra en la mayoría de las
ciudades estadunidenses. Mientras la demanda se estancaba se
construyeron más de siete millones de metros cuadrados para centros
comerciales en los últimos cinco años.
¿Por qué se ha mantenido la inversión en los centros comerciales? La
respuesta es inmediata: cálculos de riesgo equivocados y mucha
especulación. Éste es un sector en el que los inmuebles sirven de
garantía, facilitan la obtención de financiamiento y permiten un mayor
apalancamiento. La inversión en centros comerciales estuvo ofreciendo
rendimientos estables que prometían superar 6 o 7 por ciento y con una
garantía aparentemente tan sólida como el concreto y acero utilizados
en su construcción. Eso explica el rápido crecimiento de capacidad
instalada que hoy rebasa todas las proyecciones sobre la evolución de
la demanda. Por eso las tiendas en los malls ofrecen constantes
ofertas y descuentos sobre toda la gama de artículos en venta, lo cual
comprime los márgenes de ganancia y lleva a la apertura de concursos
de quiebra. En consecuencia, los operadores de los centros comerciales
enfrentan serias dificultades para enfrentar sus compromisos de deuda.
Para los próximos 18 meses se necesita refinanciar unos 130 mil
millones de dólares en créditos para el sector de centros comerciales,
una operación que no se anuncia fácil.
La gran diferencia de la crisis que se avecina es que los principales
acreedores no son los grandes bancos, sino los llamados inversionistas
institucionales como los fondos de pensión y las compañías
aseguradoras, así como otros agentes financieros –en especial, los
fondos de cobertura hedge funds– y uniones de crédito. Las
implicaciones para el sistema financiero son más graves que las de la
crisis de 2007 porque el rescate de las compañías aseguradoras y los
fondos de pensión se anuncia casi imposible. Los efectos en cascada
sobre los ingresos de jubilados y el desplome de recaudación fiscal
(por impuestos prediales) son múltiples y serán difíciles de revertir:
vender uno de esos centros es mucho más complicado que el deshacerse
de mil casas. A diferencia del cierre de una fábrica y de la pérdida
de empleos, el cierre de un centro comercial no puede explicarse con
una retórica fácil sobre la globalización o un mal tratado comercial.
El crepúsculo de los shopping malls se debe a problemas estructurales
del capitalismo avanzado.
* * *
VÍCTOR MORENO
ESCRITOR
DE VÍRGENES Y MEDALLAS
Nunca hubiera pensado que los estudios marianos –Mariología los llama
la teología católica–, adquirieran tanta actualidad y, menos aún, que
fuera gracias a políticos que se reclaman laicistas, republicanos y de
izquierdas y, en algunos casos, ateos. Que dicha revitalización se
deba a políticos de derechas podría pasar, pero ¿de izquierdas? Suena
sospechoso. No es muy coherente que, dadas esas notas con que rebañan
su identidad, políticos levógiros dediquen medallas de oro a una
virgen sacra. Más bien parece estampa de aquella España negra que
dibujara el asturiano Darío de Regoyos y fotografiara fantásticamente
en el franquismo Cristina García Rodero.
Es que va a resultar que quienes más saben de vírgenes y de otras
especies evanescentes e inasibles son políticos, mucho más que
aquellos que andan el día olfateando el sobaco del Altísimo. ¡Quién
fuera a decirlo! Esta peña parece tocada por un aura divina y que por
ósmosis sobrenatural obtuviera unos conocimientos que hasta la fecha
solo eran accesibles a místicos y a pastorcillos de corazón puro y
casto como los carrizos de agua dulce. Pero, ¿un político, sumidero
potencial de todas las sevicias posibles? ¡Anda, ya!
Hablan con tanta seguridad de la Virgen María –travestida en virgen
del Rosario, del Rocío, del Pilar o de los Dolores–, como si hubieran
pasado la vida cortejándola en la intimidad. Le dedican medallas de
oro y de plata, y la consideran más eficaz para resolver los problemas
laborales y económicos que el Fondo Monetario Internacional, el
IBEX-35, la patronal, el sindicalismo y la lucha de clases. Más
resolutiva, incluso, que los ministros de economía, de asuntos
sociales o de lo que se tercie. De hecho, la ministra Fátima Báñez fue
tan humilde que las mejoras en la economía española, y que terminaron
con la crisis que nunca quiso nombrar Zapatero, ella las atribuyó a la
Virgen del Rocío. Para nada a su persona, y eso que tiene nombre de
virgen con pedigrí.
La verdad es que nadie se ha tirado tantas veces a esta piscina
probática como Jorge Fernández Díaz. Sin embargo, este integrista, ex
ministro de Interior, jamás sostuvo que la ley mordaza de 2015, la
creación de la «policía patriótica» contra los independentistas o la
utilización de la policía con fines partidistas, se debiera a un
«soplo instigador» de la virgen. Aun así, no dudó un momento en
conceder medallas a vírgenes de toda índole aunque siempre fuera la
misma con distinto nombre. Por orden de su ministerio se entregó la
Cruz de Plata de la Guardia Civil a la Virgen de los Dolores de
Archidona (Málaga) y la medalla del mérito policial a Nuestra Señora
María Santísima del Amor. Su clónico sucesor en el cargo, Fray Zoido,
siguiendo idéntica ruta nacionalcatólica, condecoraría a la Cofradía
del Cristo de la Legión y concedió la Medalla de la Guardia Civil a la
Virgen del Pilar.
Ignoro qué tienen estas vírgenes para concitar tales merecimientos. Sí
imagino las sutilezas de chichinabo que albergan los cerebros
unicelulares de los meapilas que los otorgan. Proceden de la cloaca
del nacionalcatolicismo, es decir, de la ignorancia, del acriticismo y
del fetichismo integrista de la fe. Con esta base craneal estampar
majaderías es lo preceptivo.
No lo es, no debería, en gentes como Iglesias y Monedero, además de
Kichi y Teresa Rodríguez, cuyos cordones umbilicales no parecen
conectar con el líquido tóxico del fascismo de la fe que era el
nacionalcatolicismo. Por eso, causa perplejidad que adopten posturas
integristas como las de estos ilustres chupacirios anteriores.
El problema aumenta al comprobar que esta pléyade de podemitas intenta
superar a los anteriores en la defensa de una virgen, en este caso, de
la Virgen del Rocío, a quien en Cádiz los pescadores le tienen fervor
especial por razones que los politólogos y sociólogos de Podemos han
aclarado de un modo tan rocambolesco como insólito.
El hecho se inició por donde comienzan todos los desastres, pues ya
decía san Tomás que solo la estupidez es pecado. Kichi, alcalde de
Cádiz concedió la medalla de oro a la Virgen del Rocío, desafiando, no
solo la teoría de la gravedad, sino el texto de la Constitución,
garante, aunque solo sea en papel, de la neutralidad con que las
instituciones públicas del Estado deben actuar en esta materia.
Hubiera sido fácil decirle a Kichi, «Kichi, tío, la has cagao», pero
no. Rodríguez, Monedero e Iglesias le dieron tanto aire que lo
hincharon como a la rana del cuento: «Kichi, eres el mejor».
Ver para epatar. Porque, si Báñez, Fernández y Zoido limitaron su
piedad zorruna a dar medallas a seres inexistentes sin mayores
explicaciones teológicas, la trilateral de Podemos se ha enfangado
tratando de justificar la que concedió uno de los suyos, basándose en
una papilla de falacias indigestas.
Kichi acertó porque la Virgen del Rocío es una virgen de los pobres,
del pueblo, y no de los ricos epulones. Monedero dixit. Y, también,
porque Kichi ha reivindicado una virgen de izquierdas, marxista, que
no de derechas. Iglesias «redixit».
Estas sutilezas aplicadas a la virgen María, ahora, virgen del Rocío,
no fue capaz siquiera de imaginarlas uno de los mayores conocedores de
la madre de Jesús –virgen antes, durante y después del parto–, el
franciscano Duns Scoto (1265-1308), doctor sutil y mariano, quien, de
haber vivido en este siglo hubiera disfrutado como una anguila en un
barrizal de mierda y, por supuesto, habría militado en Podemos, sector
Kichi, amante del pueblo y cofrade, claro.
Llegados a este punto, dados los conocimientos teológicos que de la
virgen María muestran tener estos circunspectos representantes de
Podemos, sería bueno que en un próximo Congreso Mariano, de los que
hacen los católicos, asistieran con una ponencia disertando sobre los
favores de la Virgen del Rocío concedidos a los pescadores de Cádiz.
Termino con una anécdota bien ilustrativa. Durante la revolución
mexicana, encabezada por Pancho Villa, además de fusilar al enemigo,
también, hubo juicios y fusilamientos de imágenes de Vírgenes. Antonio
Garci lo cuenta en su libro “Pendejadas célebres en la historia de
México”. Tanto que su autor hablará de «guerra de las vírgenes». Las
protagonistas fueron la Virgen de Guadalupe, estandarte de los
insurgentes y la Virgen de los Remedios, de los realistas, y a quien
el virrey Venegas le dio el grado militar de «Generala».
Cuando se conquistaba una ciudad, cada uno de los bandos sometía a
juicio las imágenes y figuras de yeso o madera de la virgen de sus
adversarios. Primero, eran degradadas como jefas militares y, después,
sentenciadas a «muerte» por «traición». Finalmente, un pelotón de
fusilamiento las acribillaba.
Tras la derrota de una de las principales fuerzas insurgentes, el
arzobispo de Ciudad de México organizó una procesión para pasear a «la
Generala» por delante del templo de la Guadalupana para mostrar su
supremacía y someterla a humillación.
Es probable que las majaderías confesionales protagonizadas por los
políticos actuales no lleguen a la altura sublime de la pendejada
mexicana, pero, en el fondo, beben en la misma fuente del oscurantismo
y de la superstición religiosa. Una fuente de la que, sin duda,
volverán a emborracharse de integrismo católico las autoridades
bilbaínas doblando el espinazo ante la amatxo de Begoña y, por
supuesto, los peripatéticos alcalde y concejales de Iruña participando
en la procesión de san Fermín. En definitiva, la pendejada confesional
católica elevada a categoría universal de la estupidez.