Lecturas de alto interés

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Nestor Hernando Parra

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Jul 5, 2020, 8:27:18 AM7/5/20
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Buenos días:
Recomiendo la lectura de estos dos artículos publicados hoy en El País.
Saludos cordiales.
Néstor Hernando 

https://elpais.com/internacional/2020-07-04/el-ano-horrible-de-las-fuerzas-militares-de-colombia.html

Modelo de vigilancia chino, servidumbre tecnológica o volver a lo de antes: ¿qué Estado de bienestar queremos tras la pandemia?

Necesitamos gobiernos renovados, eficaces y útiles para las crisis que están por venir, advierte el economista Daron Acemoglu, coautor del libro de éxito 'Por qué fracasan los países'.

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DARON ACEMOGLU

05 JUL 2020 - 00:30 CEST

El mundo experimenta uno de los mayores momentos de transformación de los últimos 75 años. Las consecuencias sociales, económicas y políticas de la crisis de la covid-19 ya han sido enormes y es probable que apenas estén empezando a resultar evidentes. En Estados Unidos, más de 40 millones de trabajadores han pedido el subsidio por desempleo desde mediados de marzo y cada vez más familias se ven arrastradas al límite de la pobreza. En todo el mundo, varios millones más enfrentan condiciones todavía más precarias y la previsión es que entre 40 y 60 millones de personas caigan por debajo del límite que delimita la pobreza extrema (menos de 1,90 dólares al día) en 2020.

La mayor parte de los gobiernos han demostrado estar peligrosamente mal preparados para la crisis, que ha dejado en evidencia profundas debilidades en los sistemas de salud pública y seguridad social, tanto en países ricos como en países pobres. Tensiones sociales y políticas que llevaban mucho tiempo acumulándose bajo la superficie del orden económico global han entrado en erupción. La prueba más visible son las protestas que tienen lugar estos días en EE UU por la reciente muerte de un hombre negro desarmado, George Floyd, a manos de cuatro policías en Minneapolis.

Entre 40 y 60 millones de personas caerán por debajo del límite de la pobreza extrema en 2020

Como muchos han señalado, la cantidad inadmisiblemente alta de muertes por covid-19, sobre todo en Estados Unidos y Reino Unido, está muy relacionada con los grotescos niveles de desigualdad en ambos países. Justo antes del estallido de la pandemia, entre el 12% y 15% de la población estadounidense recibía cupones de comida; más del 42% de los adultos padecía obesidad; casi el 9% de la población no disponía de seguro de salud y el 20% tenía cobertura a través de Medicaid (el seguro público de salud para los pobres).

Ahora, como consecuencia de la pandemia, hemos presenciado una expansión del papel del Estado en la economía, a una velocidad y a una escala sin precedentes en tiempos modernos. Irónicamente, pese a que se registran niveles máximos de polarización y falta de confianza en las instituciones estatales, muchos tertulianos preferirían que el Estado tuviese todavía más poder para regular conductas, recopilar información privada y obligar a los ciudadanos a someterse a pruebas y a medidas de cuarentena.

Las condiciones en que nos hallamos equivalen a lo que James A. Robinson y yo denominaríamos una “coyuntura crítica”. En nuestro libro de 2012 Por qué fracasan los países describimos contextos históricos similares en los que una profunda inestabilidad obra a favor de grandes cambios institucionales, pero sin que esté nada clara la dirección de dichos cambios. Dependiendo de cómo sean las instituciones, estructuras de poder, dirigencias políticas y otros factores, las sociedades que se encuentran en una de esas coyunturas emprenden trayectorias radicalmente distintas. La historia y las condiciones actuales sugieren cuatro posibilidades, cada una de las cuales conlleva implicaciones económicas, políticas y sociales muy diferentes.

Primera opción: seguir como si nada

La primera trayectoria es la que denomino continuidad trágica (tragic business as usual), en la que, parafraseando a Karl Marx, se repite la historia del presente disfuncional. En este escenario no hacemos ningún esfuerzo serio para reformar nuestras fallidas instituciones o resolver inequidades económicas y sociales que se han vuelto endémicas. No fortalecemos el papel del saber experto y de la ciencia en la toma de decisiones, ni procuramos reforzar la resiliencia de nuestros sistemas económicos, políticos y sociales. Nos limitamos a aceptar la polarización creciente y el colapso de la confianza pública. Esta trayectoria es muy probable si nuestros dirigentes no comprenden la gravedad del problema, o si no podemos organizarnos para exigirles las reformas necesarias.

Un Estado grande y poderoso que no soluciona problemas generalizados genera más desafección

Obviamente, las consecuencias de esta continuidad trágica serían terribles. La covid-19 no será, ni mucho menos, la última emergencia pública que nos salga al paso en este siglo —o en esta década—, y en este escenario, heredamos de la crisis actual un Estado mucho más grande y poderoso pero sin capacidad o voluntad para usar sus recursos y solucionar problemas sociales generalizados. Eso alenta más descontento y desafección, al agrandarse la brecha que perciben los ciudadanos entre el poder del Estado y su capacidad para atender a las necesidades de la gente.

La parte trágica de esta trayectoria llega cuando nos damos cuenta de que la continuidad es insostenible. De uno u otro modo, la política democrática empieza a desmoronarse y lo más probable es que el vacío lo llene algo incluso peor que el nacionalismo populista.

Segunda opción: renovación con características chinas

Escena de represión policial de protestas contra el Gobierno en Hong KongIVAN ABREU / SOPA IMAGES/LIGHTROCKET VIA GETT

La segunda trayectoria posible es que tratemos de imitar parcialmente el modelo chino, algo cada vez más probable en el momento hobbesiano que atravesamos. Thomas Hobbes, que escribe su obra en plena guerra civil inglesa (1642-1651), sostiene que toda población necesita un Estado todopoderoso que proteja a los individuos unos de otros. En su opinión, la sociedad prospera si se somete a la voluntad de este Leviatán. En tiempos de gran incertidumbre, cuando hay necesidad de altos niveles de coordinación y liderazgo, el primer instinto de muchas personas es acudir una vez más a soluciones hobbesianas.

En el caso de la covid-19, una de las enseñanzas más obvias de la crisis es que el manejo de emergencias a gran escala requiere la existencia de un Estado fuerte. Pero ¿cuáles serían las características de este Estado?

La China contemporánea ofrece un ejemplo inmediato. En este escenario, las democracias occidentales tratan de imitar a China, no preocupándose tanto por la pérdida de privacidad y la vigilancia y permitiendo un mayor control estatal de las empresas privadas. Al fin y al cabo, una de las narrativas típicas surgidas de la pandemia es que la infraestructura de vigilancia y control social que China ya tenía montada le permitió responder al virus de forma más rápida y mucho más eficaz que Estados Unidos. Es posible imaginar a ciudadanos de economías desarrolladas decidiendo que la gobernanza democrática es demasiado ineficiente o caótica para enfrentar los desafíos de un mundo globalizado e interconectado.

Existe una narrativa de que el control social de China le permitió responder al virus mejor que EE UU

Pero la imitación de China no depende de una elección consciente; también podemos caer en ella sin darnos cuenta. La experiencia de las dos guerras mundiales del siglo XX muestra que en cuanto el gasto público y la tributación se expanden, tienden a quedarse en los nuevos niveles alcanzados. Lo mismo puede decirse de otras formas de poder estatal. En Estados Unidos, una vez fueron creados el FBI y la CIA, y se proveyó a ambas agencias de amplias capacidades de vigilancia y fiscalización, resultó improbable que renunciaran a dichos poderes. A pesar de las reformas implementadas en los años setenta tras la revelación de abusos a gran escala y una investigación del Senado, el aparato de seguridad nacional estadounidense experimentó una enorme expansión después de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001.

Esto no quiere decir que un país como Estados Unidos se convierta en China de un día para el otro. Pero puede ocurrir que vaya aproximándose gradualmente, hasta atravesar un límite indefinido después del cual su régimen de vigilancia interna, sus leyes y convenciones en materia de privacidad y sus políticas económicas comienzan a parecerse menos a los de EE UU hace unas décadas y más a los de la China actual. A partir de ese momento, Estados Unidos se habrá transformado en una versión de China, pero una versión bastarda, porque probablemente no tendrá todavía un nivel de capacidad estatal como el desarrollado en China durante dos milenios y medio. Por ejemplo, una gobernanza menos democrática se puede combinar con una burocracia menos eficaz y más arbitraria en muchos ámbitos. En vez del despotismo asfixiante pero en general competente del Estado chino, podría ocurrir que EE UU termine funcionando como una versión digital hipertrofiada del Departamento de Vehículos Motorizados (DMV) —una de las burocracias más notoriamente ineficientes del país— combinada con interrupciones aleatorias desde las cuentas presidenciales de Twitter. Un Estado de esta clase no puede sino fracasar y activar, al hacerlo, dinámicas de ese escenario de “continuidad trágica”.

Tercera opción: así habló Zuckerberg

Un hombre mira el móvil al lado de un cartel de Medicare (seguro de salud para mayores en EE UU) en Washington DC.OLIVIER DOULIERY / AFP VIA GETTY IMAGES

El tercer camino nos lleva al dominio de las empresas tecnológicas, una especie de servidumbre digital. Volviendo al ejemplo anterior, imaginemos que Estados Unidos, como sociedad, reconoce la necesidad de coordinación a gran escala, al tiempo que la confianza en el Gobierno y en las instituciones públicas se deteriora todavía más como resultado del fracaso espectacular de la Administración Trump en el manejo de la crisis de la covid-19. De forma más o menos implícita, los estadounidenses trasladan su confianza a compañías privadas como Apple y Google, que intervienen para dirigir las pruebas, los rastreos de contactos y otras medidas de respuesta a la pandemia, con mucha más eficiencia que la mostrada por el Gobierno.

De hecho, Apple y Google ya han anunciado un acuerdo para rastrear contagios a través de dispositivos móviles con sistemas operativos iOS y Android. Además, estas mismas megatecnológicas han ofrecido innovaciones creativas necesarias para mantener la actividad económica mientras duran el confinamiento y el distanciamiento social. Amén de mejorar las comunicaciones y las opciones de entretenimiento en línea —que nos salvan de un aburrimiento aplastante—, la inteligencia artificial y los avances en tecnologías de la automatización prometen hacer posible que fábricas, plantas de procesamiento de carne y muchos otros lugares de producción cruciales sigan operando a plena escala.  
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