Toda mi vida dependía de otra gente para mis necesidades y mi seguridad, pero hoy ya no puedo vivir así. Por la gracia de Dios, he admitido mi impotencia ante la gente, lugares y cosas. Era un verdadero “adicto a las personas”; dondequiera que fuera tenía que tener a alguien que me prestara alguna clase de atención. Era una actitud que solamente Podía empeorar, porque cuanto más dependía de otros y más atención les exigía, menos recibía.
He dejado de creer que cualquier poder humano pueda quitarme aquel sentimiento de vacío. Sigo siendo un ser humano frágil que tiene que practicar los Pasos de A.A. para anteponer este principio a mi personalidad — sólo un Dios amoroso me puede dar paz y estabilidad emocional.