Re: El Beso Resumen Rincon Del Vago

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Nadia Grubb

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Jul 10, 2024, 4:36:54 AM7/10/24
to greenadsniflo

Cuando una parte del ejrcito francs se apoder a principios de este siglo de la histrica Toledo, sus jefes, que no ignoraban el peligro a que se exponan en las poblaciones espaolas diseminndose en alojamientos separados, comenzaron por habilitar para cuarteles los ms grandes y mejores edificios de la ciudad.

el beso resumen rincon del vago


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Despus de ocupado el suntuoso alczar de Carlos V, echose mano de la casa de Consejos; y cuando sta no pudo contener ms gente comenzaron a invadir el asilo de las comunidades religiosas, acabando a la postre por transformar en cuadras hasta las iglesias consagradas al culto. En esta conformidad se encontraban las cosas en la poblacin donde tuvo lugar el suceso que voy a referir, cuando una noche, ya a hora bastante avanzada, envueltos en sus oscuros capotes de guerra y ensordeciendo las estrechas y solitarias calles que conducen desde la Puerta del Sol a Zocodover, con el choque de sus armas y el ruidoso golpear de los cascos de sus corceles, que sacaban chispas de los pedernales, entraron en la ciudad hasta unos cien dragones de aquellos altos, arrogantes y fornidos, de que todava nos hablan con admiracin nuestras abuelas.

Mandaba la fuerza un oficial bastante joven, el cual iba como a distancia de unos treinta pasos de su gente hablando a media voz con otro, tambin militar a lo que poda colegirse por su traje. ste, que caminaba a pie delante de su interlocutor, llevando en la mano un farolillo, pareca seguirle de gua por entre aquel laberinto de calles oscuras, enmaraadas y revueltas.

-Y qu queris, mi capitn -contestole el gua, que efectivamente era un sargento aposentador-; en el alczar no cabe ya un grano de trigo, cuanto ms un hombre; de San Juan de los Reyes no digamos, porque hay celda de fraile en la que duermen quince hsares. El convento adonde voy a conduciros no era mal local, pero har cosa de tres o cuatro das nos cay aqu como de las nubes una de las columnas volantes que recorren la provincia, y gracias que hemos podido conseguir que se amontonen por los claustros y dejen libre la iglesia.

-En fin -exclam el oficial despus de un corto silencio y como resignndose con el extrao alojamiento que la casualidad le deparaba-, ms vale incmodo que ninguno. De todas maneras, si llueve, que no ser difcil segn se agrupan las nubes, estamos a cubierto, y algo es algo.

Interrumpida la conversacin en este punto, los jinetes precedidos del gua, siguieron en silencio el camino adelante hasta llegar a una plazuela, en cuyo fondo se destacaba la negra silueta del convento con su torre morisca, su campanario de espadaa, su cpula ojival y sus tejados de crestas desiguales y oscuras.

-He aqu vuestro alojamiento -exclam el aposentador al divisarle y dirigindose al capitn, que, despus que hubo mandado hacer alto a la tropa, ech pie a tierra, tom el farolillo de manos del gua y se dirigi hacia el punto que ste le sealaba.

Como quiera que la iglesia del convento estaba completamente desmantelada, los soldados que ocupaban el resto del edificio haban credo que las puertas le eran ya poco menos que intiles, y un tablero hoy, otro maana, haban ido arrancndolas pedazo a pedazo para hacer hogueras con que calentarse por las noches.

A la luz del farolillo, cuya dudosa claridad se perda entre las espesas sombras de las naves y dibujaba con gigantescas proporciones sobre el muro la fantstica sombra del sargento aposentador que iba precedindole, recorri la iglesia de arriba abajo y escudri una por una todas sus desiertas capillas, hasta que una vez hecho cargo del local, mand echar pie a tierra a su gente, y, hombres y caballos revueltos, fue acomodndola como mejor pudo.

Segn dejamos dicho, la iglesia estaba completamente desmantelada, en el altar mayor pendan an de las altas cornisas los rotos girones del velo con que lo haban cubierto los religiosos al abandonar aquel recinto; diseminados por las naves veanse algunos retablos adosados al muro, sin imgenes en las hornacinas; en el coro se dibujaban con un ribete de luz los extraos perfiles de la oscura sillera de alerce; en el pavimento, destrozado en varios puntos, distinguanse an anchas losas sepulcrales llenas de timbres; escudos y largas inscripciones gticas; y all a lo lejos, en el fondo de las silenciosas capillas y a la largo del crucero, se destacaban confusamente entre la oscuridad, semejantes a blancos e inmviles fantasmas, las estatuas de piedra que, unas tendidas, otras de hinojos sobre el mrmol de sus tumbas, parecan ser los nicos habitantes del ruinoso edificio.

A cualquiera otro menos molido que el oficial de dragones; el cual traa una jornada de catorce leguas en el cuerpo, o menos acostumbrado a ver estos sacrilegios como la cosa ms natural del mundo, hubiranle bastado dos adarmes de imaginacin para no pegar los ojos en toda la noche en aquel oscuro e imponente recinto, donde las blasfemias de los soldados que se quejaban en alta voz del improvisado cuartel, el metlico golpe de sus espuelas que resonaban sobre las anchas losas sepulcrales del pavimento, el ruido de los caballos que piafaban impacientes, cabeceando y haciendo sonar las cadenas con que estaban sujetos a los pilares, formaban un rumor extrao y temeroso que se dilataba por todo el mbito de la iglesia y se reproduca cada vez ms confuso, repetido de eco en eco en sus altas bvedas.

Pero nuestro hroe, aunque joven, estaba ya tan familiarizado con estas peripecias de la vida de campaa, que apenas hubo acomodado a su gente, mand colocar un saco de forraje al pie de la grada del presbiterio, y arrebujndose como mejor pudo en su capote y echando la cabeza en el escaln, a los cinco minutos roncaba con ms tranquilidad que el mismo rey Jos en su palacio de Madrid.

A la media hora slo se oan los ahogados gemidos del aire que entraba por las rotas vidrieras de las ojivas del templo, el atolondrado revolotear de las aves nocturnas que tenan sus nidos en el dosel de piedra de las esculturas de los muros, y el alternado rumor de los pasos del vigilante que se paseaba, envuelto en los anchos pliegues de su capote a lo largo del prtico.

En la poca a que se remonta la relacin de esta historia, tan verdica como extraordinaria, lo mismo que al presente, para los que no saban apreciar los tesoros del arte que encierran sus muros, la ciudad de Toledo no era ms que un poblachn destartalado, antiguo, ruinoso e insufrible.

Los oficiales del ejrcito francs, que, a juzgar por los actos de vandalismo con que dejaron en ella triste y perdurable memoria de su ocupacin, de todo tenan menos de artistas o arquelogos, no hay para que decir que se fastidiaban soberanamente en la vetusta ciudad de los Csares.

En esta situacin de nimo, la ms insignificante novedad que viniese a romper la montona quietud de aquellos das eternos e iguales, era acogida con avidez entre los ociosos: as es que la promocin al grado inmediato de uno de sus camaradas; la noticia del movimiento estratgico de una columna volante, la salida de un correo de gabinete o la llegada de una fuerza cualquiera a la ciudad, convertanse en tema fecundo de conversacin y objeto de toda clase de comentarios, hasta tanto que otro incidente vena a sustituirlo, sirviendo de base a nuevas quejas, crticas y suposiciones.

Como era de esperar, entre los oficiales que; segn tenan de costumbre, acudieron al da siguiente a tomar el sol y a charlar un rato en el Zocodover, no se hizo platillo de otra cosa que la llegada de los dragones, cuyo jefe dejamos en el anterior captulo durmiendo a pierna suelta y descansando de las fatigas de su viaje. Cerca de una hora haca que la conversacin giraba alrededor de este asunto, y ya comenzaba a interpretarse de diversos modos la ausencia del recin venido, a quien uno de los presentes, antiguo compaero suyo de colegio, haba citado para el Zocodover, cuando en una de las bocacalles de la plaza apareci al fin nuestro bizarro capitn despojado de su ancho capotn de guerra, luciendo un gran casco de metal con penacho de plumas blancas, una casaca azul turqu con vueltas rojas y un magnfico mandoble con vaina de acero, que resonaba arrastrndose al comps de sus marciales pasos y del golpe seco y agudo de sus espuelas de oro.

Apenas le vio su camarada, sali a su encuentro para saludarle, y con l se adelantaron casi todos los que a la sazn se encontraban en el corrillo, en quienes haban despertado la curiosidad y la gana de conocerle los pormenores que ya haban odo referir acerca de su carcter original y extrao.

Despus de los estrechos abrazos de costumbre y de las exclamaciones, plcemes y preguntas de rigor en estas entrevistas; despus de hablar largo y tendido sobre las novedades que andaban por Madrid, la varia fortuna de la guerra y los amigotes muertos o ausentes rodando de uno en otro asunto la conversacin, vino a parar al tema obligado, esto es, las penalidades del servicio, la falta de distracciones de la ciudad y el inconveniente de los alojamientos.

Al llegar a este punto, uno de los de la reunin que, por lo visto, tena noticias del mal talante con que el joven oficial se haba resignado a acomodar su gente en la abandonada iglesia, le dijo con aire de zumba:

-Ha habido de todo -contest el interpelado-; pues si bien es verdad que no he dormido gran cosa, el origen de mi vigilia merece la pena de la velada. El insomnio junto a una mujer bonita no es seguramente el peor de los males.

-Oh!, no -dijo entonces el capitn-; nada menos que eso. Juro, a fe de quien soy, que no la conoca y que nunca cre hallar tan bella patrona en tan incmodo alojamiento. Es todo lo que se llama una verdadera aventura.

-Contadla!, contadla! -exclamaron en coro los oficiales que rodeaban al capitn; y como ste se dispusiera a hacerlo as, todos prestaron la mayor atencin a sus palabras mientras l comenz la historia en estos trminos:

-Dorma esta noche pasada como duerme un hombre que trae en el cuerpo trece leguas de camino, cuando he aqu que en lo mejor del sueo me hizo despertar sobresaltado e incorporarme sobre el codo un estruendo, horrible, un estruendo tal, que me ensordeci un instante para dejarme despus los odos zumbando cerca de un minuto, como si un moscardn me cantase a la oreja.

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