Roxana Morales
Le saludo desde Guatemala. Aprovecho el envío de esta columna para agradecer muy sinceramente, en nombre de mi familia, las múltiples manifestaciones de solidaridad de tantos amigos/as ante el dolor que sufrimos por el fallecimiento de Nora, mi hermana mayor, en esta semana. ¡Qué Dios les bendiga!
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Lo bueno de los malos momentos.
Según el decir popular, en los tiempos buenos hay abundancia de amigos, pero en los malos, solo quedan los verdaderos. En las organizaciones sucede lo mismo; cuando la situación se pone difícil algunos solo miran su propio bienestar y dan la espalda a quienes están en dificultades, a los mismos que un día llamaron compañeros. En los momentos complicados se traza una línea que divide a los egoístas de los solidarios, los míseros de los generosos.
Gracias a las adversidades, las personas que con gran esfuerzo salieron avante, toman conciencia de que poseen limitaciones, contradicciones e imperfecciones.
Haber sufrido les permite ser sensibles al pesar ajeno. Caer para luego levantarse les demuestra que así como ellas tienen flaquezas, los demás también y esto aumenta la tolerancia, el respeto y la humildad.
A partir de esa aceptación nace la compasión, es decir, la comprensión de lo que ocurre al prójimo. Ser contemplativo, sin intervenir para mejorar las situaciones que agobian a otros, acrecienta la indiferencia y aniquila la solidaridad.
"Si damos o compartimos con intención errónea, lo que hagamos nunca será satisfactorio," dice la guía espiritual Dadi Janki. Los momentos difíciles también permiten quitar el maquillaje a los pregonaban una razón para hacer algo pero que, en realidad, tenían otra de poca valía. La autenticidad es el combustible para llegar lejos, la falsedad cae por su propio peso en las situaciones límite.
En las crisis sabemos quién es quién. Ellas separan a los oportunistas de los genuinamente solidarios, que se sienten como si fueran responsables del bienestar de los demás. Marco Aurelio argumentaba que hemos nacido para colaborar, al igual que los pies, los párpados, las hileras de los dientes, superiores e inferiores; por lo tanto -decía- actuar como adversarios los unos de los otros es contrario a la naturaleza humana.
¿Por qué hay organizaciones que se vuelven expertas en fracasar? Reiteremos: porque posiblemente las intenciones expresadas por sus miembros líderes no son legítimas, auténticas ni correctas. La falsedad de los propósitos corroe las bases de la organización, que se condena a sí misma a no ser capaz de superar un techo y a no lograr más que los mismos resultados mediocres de siempre.
Así, los momentos malos no lo son tanto, ya que son el detonante para reconocer al amigo, al solidario, al proactivo, al persistente, al que lejos de quedarse contemplando nos dice: "cuenta conmigo, estoy contigo y vamos a salir adelante."
En verdad, ¿pueden su equipo y sus colegas afirmar que usted es plenamente solidario aún en los tiempos difíciles?
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