Rosario Castellanos (Ciudad de Mxico, 1925-Tel Aviv, Israel, 1974), novelista, poeta, ensayista y diplomtica, ejerci el magisterio en la UNAM y en las universidades de Wisconsin y de Bloomington, as como en la Hebrea de Jerusaln. Colabor en suplementos culturales de los principales diarios y revistas especializadas en Mxico y en el extranjero. Recibi los premios Chiapas, Xavier Villaurrutia, Sor Juana Ins de la Cruz y Carlos Trouyet. De su autora, el FCE ha publicado tambin en versin electrnica Juicios sumarios I, El mar y sus pescaditos y Tablero de damas, entre otros.
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El arte tiene, ante todo, el deber de ser arte. Como fenmeno social que es, puede teirse de propaganda poltica, religiosa, etc. Pero esta propaganda no ser de ninguna manera eficaz si no se subordina a las exigencias estticas.
No soy lo suficientemente reflexiva, aunque me lo proponga. En Oficio de tinieblas la reflexin alcanza cierta altura y consistencia. Al crear el carcter de un personaje o al describir sus acciones trato de iluminar los mviles, las circunstancias, las consecuencias que cada acto pueda producir. No ofrezco el hecho en bruto, trato de explicrmelo y de explicarlo.
SAN JUAN, el Fiador, el que estuvo presente cuando aparecieron por primera vez los mundos; el que dio el s de la afirmacin para que echara a caminar el siglo; uno de los pilares que sostienen firme lo que est firme, San Juan Fiador, se inclin cierto da a contemplar la tierra de los hombres.
Sus ojos iban del mar donde se agita el pez a la montaa donde duerme la nieve. Pasaban sobre la llanura en la que pelea, aleteando, el viento; sobre las playas de arena chisporroteadora; sobre los bosques hechos para que se ejercite la cautela del animal. Sobre los valles.
La mirada de San Juan Fiador se detuvo en el valle que nombran de Chamula. Se complaci en la suavidad de las colinas que vienen desde lejos (y vienen como jadeando en sus resquebrajaduras) a desembocar aqu. Se complaci en la vecindad del cielo, en la niebla madrugadora. Y fue entonces cuando en el nimo de San Juan se movi el deseo de ser reverenciado en este sitio. Y para que no hubiera de faltar con qu construir su iglesia y para que su iglesia fuera blanca, San Juan transform en piedras a todas las ovejas blancas de los rebaos que pacan en aquel paraje.
Pero tampoco los recin venidos entendieron cabalmente el enigma de las ovejas petrificadas. Comprendan slo el mandato que obliga a trabajar. Y ellos con la cabeza y los indios con las manos dieron principio a la construccin de un templo. De da cavaban la zanja para cimentar pero de noche la zanja volva a rasarse. De da alzaban el muro y de noche el muro se derrumbaba. San Juan Fiador tuvo que venir, en persona, empujando l mismo las piedras, una por una; hacindolas rodar por las pendientes, hasta que todas estuvieron reunidas en el sitio donde iban a permanecer. Slo all el esfuerzo de los hombres alcanz su recompensa.
El de ms responsabilidad es el de presidente, y al lado suyo, el de escribano. Los asisten alcaldes, regidores, mayores, gobernadores y sndicos. Para atender el culto de los santos estn los mayordomos y para organizar las festividades sacras, los alfreces. Los pasiones se designan para la semana de carnaval.
Los cargos duran doce meses y quienes los desempean, transitorios habitantes de Chamula, ocupan las chozas diseminadas en las laderas y llanuras, atienden a su manutencin labrando la tierra, criando animales domsticos y pastoreando rebaos de ganado lanar.
Concluido el trmino los representantes regresan a sus parajes revestidos de dignidad y prestigio. Son ya pasadas autoridades. Deliberaron en torno de su presidente y las deliberaciones quedaron asentadas en actas, en papel que habla, por el escribano. Dirimieron asuntos de lmites; aplacaron rivalidades; hicieron justicia; anudaron y desanudaron matrimonios. Y, lo ms importante, tuvieron bajo su custodia lo divino. Se les confi para que nada le faltase de cuidado y de reverencia. Por esto, pues, a los escogidos, a la flor de la raza, no les es lcito penetrar en el da con el pie de la faena sino con el de la oracin. Antes de iniciar cualquier trabajo, antes de pronunciar cualquier palabra, el hombre que sirve de dechado a los dems debe prosternarse ante su padre, el sol.
Amanece tarde en Chamula. El gallo canta para ahuyentar la tiniebla. A tientas se desperezan los hombres. A tientas las mujeres se inclinan y soplan la ceniza para desnudar el rostro de la brasa. Alrededor del jacal ronda el viento. Y bajo la techumbre de palma y entre las cuatro paredes de bajareque, el fro es el husped de honor.
Pedro Gonzlez Winiktn separ las manos que la meditacin haba mantenido unidas y las dej caer a lo largo de su cuerpo. Era un indio de estatura aventajada, msculos firmes. A pesar de su juventud (esa juventud tempranamente adusta de su raza) los dems acudan a l como se acude al hermano mayor. El acierto de sus disposiciones, la energa de sus mandatos, la pureza de sus costumbres, le daban rango entre la gente de respeto y slo all se ensanchaba su corazn. Por eso cuando fue forzado a aceptar la investidura de juez, y cuando jur ante la cruz del atrio de San Juan, estaba contento. Su mujer, Catalina Daz Puilj, teji un chamarro de lana negra, grueso, que le cubra holgadamente hasta la rodilla. Para que en la asamblea fuera tenido en ms.
De modo que a partir del 31 de diciembre de aquel ao, Pedro Gonzlez Winiktn y Catalina Daz Puilj se establecieron en Chamula. Les fue dada una choza para que vivieran; les fue concedida una parcela para que la sembraran. La milpa estaba ah, ya verdeando, ya prometiendo una buena cosecha de maz. Qu ms poda ambicionar Pedro si tena la abundancia material, el prestigio entre sus iguales, la devocin de su mujer? Un instante dur la sonrisa en su rostro, tan poco hbil para expresar la alegra. Su gesto volvi a endurecerse. Winiktn se consider semejante al tallo hueco; al rastrojo que se quema despus de la recoleccin. Era comparable tambin a la cizaa. Porque no tena hijos.
Catalina Daz Puilj, apenas de veinte aos pero ya reseca y agostada, fue entregada por sus padres, desde la niez, a Pedro. Los primeros tiempos fueron felices. La falta de descendencia fue vista como un hecho natural. Pero despus, cuando las compaeras con las que hilaba Catalina, con las que acarreaba el agua y la lea, empezaron a asentar el pie ms pesadamente sobre la tierra (porque pisaban por ellas y por el que haba de venir), cuando sus ojos se apaciguaron y su vientre se hinchi como una troje repleta, entonces Catalina palp sus caderas baldas, maldijo la ligereza de su paso y, volvindose repentinamente para mirar tras de s, encontr que su paso no haba dejado huella. Y se angusti pensando que as pasara su nombre sobre la memoria de su pueblo. Y desde entonces ya no pudo sosegar.
Consult con los mayores; entreg su pulso a la oreja de los adivinos. Interrogaron las vueltas de su sangre, indagaron hechos, hicieron invocaciones. Dnde se torci tu camino, Catalina? Dnde te descarriaste? Dnde se espant tu espritu? Catalina sudaba, recibiendo ntegramente el sahumerio de hierbas milagrosas. No supo responder. Y su luna no se volvi blanca como la de las mujeres que conciben, sino que se ti de rojo como la luna de las solteras y de las viudas. Como la luna de las hembras de placer.
As para Catalina fue nublndose la luz y qued confinada en un mundo sombro, regido por voluntades arbitrarias. Y aprendi a aplacar estas voluntades cuando eran adversas, a excitarlas cuando eran propicias, a trastrocar sus signos. Repiti embrutecedoras letanas. Intacta y delirante atraves corriendo entre las llamas. Era ya de las que se atreven a mirar de frente el misterio. Una ilol cuyo regazo es arcn de los conjuros. Temblaba aquel a quien vea con mal ceo; iba reconfortado aquel a quien sonrea. Pero el vientre de Catalina sigui cerrado. Cerrado como una nuez.
De reojo, mientras mola la racin de posol arrodillada frente al metate, Catalina observaba la figura de su marido. En qu momento la obligara a pronunciar la frmula de repudio? Hasta cundo iba a consentir la afrenta de su esterilidad? Matrimonios como ste no eran vlidos. Bastara una palabra de Winiktn para que Catalina volviera al jacal de su familia, all en Tzajal-hemel. Ya no encontrara a su padre, muerto haca aos. Ya no encontrara a su madre, muerta haca aos. No quedaba ms que Lorenzo, el hermano, quien por la simplicidad de su carcter y la vaciedad de la risa que le parta en dos la boca, era llamado el Inocente.
Catalina se irgui y puso la bola de posol en el morral de bastimento de su marido. Qu lo mantena junto a ella? El miedo? El amor? La cara de Winiktn guardaba bien su secreto. Sin un ademn de despedida el hombre abandon la choza. La puerta se cerr tras l.
Sus movimientos se hicieron ms vivos, como si all mismo fuera a entablar la lucha contra un adversario. Iba y vena en el interior del jacal, guindose ms por el tacto que por la vista, pues la luz penetraba nicamente a travs de los agujeros de la pared y la habitacin estaba ennegrecida, impregnada de humo. An ms que el tacto, la costumbre configuraba los gestos de la india, evitndole rozar los objetos amontonados sin orden en tan reducido espacio. Ollas de barro, desportilladas, rotas; el metate, demasiado nuevo, no domado an por la fuerza y la habilidad de la molendera; troncos de rboles en vez de sillas; cofres antiqusimos, de cerradura inservible. Y, reclinadas contra la fragilidad del muro, cruces innumerables. De madera una, cuya altura alcanzaba y pareca sostener el techo; de palma entretejida las dems, pequeas, con un equvoco aspecto de mariposas. Pendientes de la cruz principal estaban las insignias de Pedro Gonzlez Winiktn, juez. Y, desperdigados, los instrumentos del oficio de Catalina Daz Puilj, tejedora.
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