El Último Inventario de un Colono: La Voluntad de José Onofre Cavazos
Artículos de Interés, escrito por Benicio Samuel Sánchez García
El viento del norte soplaba frío sobre las llanuras de Reynosa aquel final de diciembre de 1783. Dentro de un jacal de techo de paja, cercado por paredes que habían resistido tanto el sol abrasador como las tormentas de la frontera, José Onofre Cavazos yacía en su cama. Su cuerpo, golpeado por lo que él
llamaba un “accidente” —una enfermedad repentina y grave—, estaba débil, pero su mente conservaba la claridad afilada de quien ha pasado una vida administrando ganado y defendiendo tierras.
José Onofre sabía que el final estaba cerca. Como cristiano católico devoto, su primera preocupación no era la tierra, sino el cielo. Con la respiración entrecortada, dictaba sus últimas voluntades ante la autoridad local, pues en aquella villa fronteriza no había escribano público. Frente a él estaba el Teniente de Justicia Mayor, Don Juan Antonio Balli, pluma en mano, listo para dar fe de que aquel hombre moría en su entero juicio, memoria y entendimiento.
La Fe y el Hábito
La habitación, iluminada quizás por la luz vacilante de alguna vela o la entrada del sol invernal por las dos puertas nuevas con sus marcos de madera, se llenó con la solemnidad del protocolo religioso. José encomendó su alma a Dios y convocó a su corte celestial de abogados: la Virgen María, el patriarca San José y su Santo Ángel de la Guarda.
No quería vanidades en su despedida. Pidió ser amortajado con el hábito humilde de San Francisco, un deseo común entre los colonos que buscaban la intercesión seráfica en el juicio final. Su cuerpo descansaría en el segundo cuerpo de la Santa Iglesia Parroquial de la Villa, con misa de cuerpo presente y vigilia, cerrando así el ciclo de un hombre que había vivido y moriría bajo la fe apostólica y romana.
Cuarenta Años de Frontera
Mientras la voz de José desgranaba sus recuerdos, el testamento se convertía en una crónica de cuatro décadas de vida en el Nuevo Santander. Recordó su origen en la ciudad de Monterrey, hijo de Juan Cavazos y Jacinta Fernández, y cómo, cuarenta años atrás, había unido su vida a Doña María Gertrudis de la Garza “in facie ecclesiae” (según la faz de la iglesia).
Aquel matrimonio no fue solo la unión de dos almas, sino la fusión de dos capitales destinados a la supervivencia en un entorno hostil. José recordó con precisión de contable lo que cada uno aportó. María Gertrudis, hija de pobladores, llegó con la riqueza del campo: doce potrancas, cuatro potros, veinte ovejas, cinco borregas y veinticinco cabras. Él, por su parte, aportó la movilidad y la defensa: dos caballos mansos y, crucialmente, su ajuar de guerra y camino: silla, freno, espuelas, una escopeta, dos trabucos, una espada y una adarga (escudo de cuero).
Ese inventario de armas no era decorativo; narraba la realidad de una vida vivida a caballo, siempre alerta ante las incursiones indígenas y los peligros del monte. De esa unión nacieron siete hijos, de los cuales cinco (Juan José, Francisca, José Antonio, María Antonia y José Matías) aún vivían para escuchar o leer estas palabras, mientras que Ana Josefa y José Francisco ya les esperaban en la otra vida.
El Patrimonio: Tierras y Deudas
El testamento reveló a José Onofre no solo como un guerrero o un devoto, sino como un terrateniente y empresario ganadero astuto. Sus bienes inmuebles describían el mapa de su vida:
Un jacal sencillo donde residía, que contrastaba con la inmensidad de sus tierras.
Una caja vieja y una petaquilla de vaqueta con tachuelas de fierro, donde guardaba lo más preciado.
Objetos cotidianos que denotaban la autarquía de la frontera: un metate para el maíz, una caldereta de bronce, herramientas de fierro, un hacha y un azadón.
Pero su verdadera riqueza estaba en la tierra y los animales. José poseía vastas porciones de tierra: una merced real de cinco leguas de fondo y 27 cordeladas de frente, y otras compradas a vecinos como José Carlos Cantú y Eugenio Fernández en el Arroyo El Morillo y el Puerto del Berrendo.
La red de negocios de José Onofre era extensa. No operaba solo; su ganado estaba disperso, arrendado a figuras prominentes de la región.
El Capitán reformado Don Juan José de Hinojosa tenía en su poder mil ovejas y treinta cabras de José.
Don Marcos Pérez pastoreaba otras cien ovejas.
José Prudencio García cuidaba, a medias, más de cien yeguas y caballos padres.
El testamento también sirvió para ajustar cuentas pendientes, revelando una red de crédito informal basada en la palabra y los vales escritos. José reclamó deudas a herreros como Joaquín Maldonado y Lucas Cabriales, y a vecinos de lugares tan lejanos como Matehuala y Coahuila. Pero también reconoció sus propias obligaciones, ordenando pagos a comerciantes locales como Don Ventura Yarritu y a los herederos de Don Salvador Lozano.
Los Ausentes y los Olvidados
Hubo un momento de amargura o preocupación en la narrativa del testador. Recordó a Joaquín Jiménez, un vecino de la Villa de San Carlos que, cuatro años atrás, se había llevado veinte mulas aparejadas y tres caballos propiedad de José hacia la Huasteca y jamás había regresado ni rendido cuentas. José, implacable incluso en su lecho de muerte, ordenó a sus herederos que buscaran a Jiménez y recuperaran la mitad de los productos generados por esas bestias perdidas.
También se hizo mención de la propiedad humana, un recordatorio sombrío de la estructura social de la época: una mulata esclava llamada Juana María Betancourt y sus dos hijos pequeños, José Rafael y María Antonia, fueron listados junto con los caballos y las tierras como parte del caudal hereditario.
El Final de un Patriarca
Finalmente, José Onofre se dirigió a su familia. Nombró albaceas a su hijo Juan José Cavazos y a Juan José Fernández, dándoles poder para vender lo necesario y cubrir las mandas forzosas y pías. Mostró una ternura paternal y pragmática hacia su hija viuda, Ana Francisca (ya difunta al momento del testamento, pero cuya historia se entrelazaba), recordando cómo la había acogido y mantenido en su casa durante más de una década tras la muerte de su primer esposo, José Cantú.
Con la voz apagándose, José Onofre revocó cualquier testamento anterior. Al no saber firmar —una condición común incluso entre los terratenientes de la época—, pidió a José Santiago Balli que firmara a su ruego. Los testigos, vecinos de la villa como Domingo Guerra, José Miguel Peña y Andrés de Loya, observaron en silencio.
El Teniente de Justicia Mayor cerró el documento con su decreto judicial, validando la última voluntad de un hombre que, desde su jacal en Reynosa, había ayudado a domar el norte de la Nueva España. José Onofre Cavazos cerró los ojos, dejando tras de sí un legado de tierras, ganado, deudas y fe, meticulosamente ordenado para la posteridad.