Corría el 14 de febrero de 1743 en la pujante Ciudad Metropolitana de Monterrey. La vida cotidiana de la época giraba en torno a la plaza pública, el corazón comercial y social de la villa. Ese día, un importante acuerdo comercial estaba por cerrarse, reuniendo a figuras notables de la sociedad regiomontana en el despacho de las autoridades locales.
De un lado se encontraba el capitán Blas de la Garza acompañado de su esposa, doña María Magdalena García, vecinos respetados de la ciudad. Del otro lado, vestido con sus hábitos de clérigo presbítero y teniente de cura del obispado, aguardaba el bachiller Bartolomé Molano.
El motivo de la reunión era mercantil: el capitán y su esposa habían decidido venderle al eclesiástico una valiosa propiedad ubicada estratégicamente en la misma plaza pública. El precio acordado reflejaba la importancia del inmueble: 900 pesos de oro común, pagaderos en reales.
La casa no era una edificación cualquiera. Se componía de una sala principal, un aposento para el descanso, su cocina y un corral en la parte posterior. Contaba con un frente de 24 varas que daba directamente al norte, de cara a la plaza, y otras 24 varas hacia el sur. Sus colindancias nos dibujan el mapa de la época: por el oriente topaba con la residencia del bachiller Matías de Aguirre; por el poniente colindaba con otra casa que los vendedores conservaban; por el norte miraba a la plaza; y por el sur daba a la calle que corría junto al icónico convento de Nuestro Padre San Francisco.
Originalmente, aquel terreno era un solar más grande de 36 varas sobre el cual tenía derecho don Eugenio de la Garza Falcón. Sin embargo, en esta transacción, el capitán Blas y su esposa decidieron reservarse 12 varas para ellos.
La historia de cómo la pareja había adquirido esta casa años atrás también salió a relucir. La habían obtenido a través de una permuta realizada el 23 de diciembre de 1738 ante el escribano José Fernández Fajardo. En aquel entonces, intercambiaron con Julián de Gracia y Torres y su esposa, doña Ana María de la Garza Falcón, una casa ubicada a espaldas del prestigioso Colegio de la Compañía de Jesús para poder mudarse a la codiciada plaza pública.
Para dar fe y legalidad a la venta, todos se presentaron ante Francisco Ignacio de Larralde, quien fungía como alcalde ordinario de primer voto.
El despacho se llenó con la presencia de los testigos requeridos por la ley: Antonio de la Cerna, Salvador Canales, Joaquín de Morales y Pedro Félix de Aguirre. Al momento de plasmar las firmas en el protocolo mercantil, se vivió una escena común en la época: doña María Magdalena García no sabía escribir. En un acto de confianza y formalidad, Martín de Arrambide tomó la pluma y firmó el documento en su nombre, sellando así el traspaso de la casa de la plaza pública al patrimonio de la iglesia local.