En el informe "Tierra y poder", se revelan datos preliminares que
indican que, desde el año 2001, hasta 227 millones de hectáreas – una
superficie que equivaldría a la de toda Europa Occidental - han sido
puestas en venta, arrendadas o se han concedido licencias para su explotación
mediante acuerdos a gran escala por parte, principalmente, de
inversores internacionale aunque hasta la fecha se han verificado más de 1.100
acuerdos en torno a un total de 67 millones de hectáreas.
Según el informe de Oxfam, en Uganda al menos 22.500 personas
han perdido sus hogares y sus tierras para hacer espacio a la empresa británica
maderera New Forests Company (NFC).
Se advierte de que la actual compra masiva de tierra obedece a un interés
por producir comida suficiente para personas en otros continentes, por
cumplir con los perjudiciales objetivos de biocombustibles o por
especular con la tierra y conseguir beneficios fácilmente. En realidad, muchos
de estos acuerdos forman parte de un fenómeno conocido como acaparamiento
de tierras, en el que los derechos o las necesidades de las personas
que viven en dicha tierra son ignorados, dejándoles sin hogar y sin tierras en
las que cultivar alimentos suficientes para comer o ganarse la vida.
Y parece que esto solo empeorará a medida que aumenta la demanda de alimentos,
el avance del cambio climático, la escasez de agua y la competitividad por el
uso de la tierra para cultivos destinados a biocombustibles y no a alimentos.
Ya casi 3.000 millones de personas viven en zonas donde la demanda de agua es
mucho mayor que la capacidad de suministro.
Los gobiernos deberían evitar sucumbir a los deseos de los
inversores y dar prioridad a derechos ya existentes para el uso de la
tierra - no solo cuando haya títulos de propiedad legales o formales. Iniciativas perjudiciales como las metas de consumo de
biocombustibles (como en el caso de la UE, que pretende que para el año 2020 el 10 por
ciento del combustible para transporte provenga de fuentes renovables) deberían
ser abandonadas para poner freno a la guerra por el uso de la tierra para
satisfacer la demanda de biocombustible.
“Las inversiones deberían ser buenas noticias para las personas pobres pero la lucha frenética por la tierra corre el peligro de revertir el desarrollo. Necesitamos tomar acciones a nivel mundial para que algunas personas no pierdan lo poco que tienen por el beneficio de unos pocos, y así asegurar un futuro en el que todos tengamos que comer.”