La antítesis de Helsinki.El caos perfecto, imposible de imaginar. Solo posible al caminar por las estrechas calles de las ciudades indias. En donde basura se funciona con el pavimento y los escombros son una nueva capa en la topografía multicolor y orgánico de sus calles. Todos comparten un mismo espacio intenso, democracia para vacas, cabras, perros y personas; motos, autos, buses, tuk-tuks y bocinas incesantes. Un contexto sin líneas rectas, ni bermas ni códigos postales. Un caos perfecto.Una cultura impactante difícil de absorber desde la perspectiva occidental, de opuestos códigos sociales. Si para un indio, escupir en la calle o hacer un colo colo es normal y parte de su limpieza interna, le es inconcebible un par de zapatos sobre la cama.Este indio vive con lo básico, sin muebles ni cubiertos, capaz verle el valor a una botella plástica desechable; sus chalas son para toda la vida y no viste a la moda.Es raro pensar que ciudades como Udaipur, Jodhpur, Pushkar, Agra y Kajuraho, por nombrar algunas, hayan sido sede de perfectos imperios antecesores islámicos o Mogoles, los cuales han dejado sus huella trascendente proveyendo de turistas culpa del Taj Mahal y miles de perfectos monumentos repartidos por el territorio. Hoy en día, aquí mismo, lo imperfecto es el nuevo interés para muchos.Ahora he dejado atrás la provincia del Rajasthan y me encuentro en Mughal Sarai, estación secundaria de tren de Varanasi, sentado, a mi izquierda mi mochila y a mi derecha, dos vacas. No llega mi tren, cinco horas de retraso me obligan a seguir contemplando la real India, la pobre y llena de miseria, la de la gente hostigante y maquiavélica por un dólar. Esa India ya no impacta, el tiempo me aclimató a los niños huérfanos, me hizo tolerante a ese olor a India, mezcla de mierda, escupo ahumado en verduras fritas y picantes. Me hizo acostumbrarme a los sin techo, de barbas largas y vistas pérdidas, a las manos extendidas en busca de un insignificante billete de 10 rupias, a las malformaciones que se arrastran entre mierda de vacas y ratones. Viviendo en la indigencia, nos enseñan el valor de las cosas simples, y replantear lo que llamamos "confortabilidad", derroche e in-necesidades.Al entrar a la litera High-class, se ven las diferencias, aparece el indio más "educado", sin intereses de por medio ni historias por rupias, el que te pide una selfie de trofeo para su fondo de pantalla, el que te bombardea a preguntas recargada de interés por una piel blanca y una conversación occidental, el que te acoge con una buena sonrisa, un té chai o un poco de masala.Me espera un largo viaje a Darjeeling en busca del último respiro de India, uno más montañés y nepalés, aquí se cierra India por ahora.Próximo mail les cuanto que sigue.Saludos.
Gracias Daniel por conoartir tu sentir...
Ya había tenido el privilegio de leerlo gracias a la Maquita que me lo leyó hace poco.
Precioso , entretenido yy profunda tu mirada de estos lugares.
Aprendí mucho.
Te quiero y sigue escribiendo.
Un besito
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Me encantó tu escrito Daniel!! Ojalá venga otro!
Pili
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