(Felices Fiestas Julianas de Guayaquil 2008 a todas nuestras familias
dentro y fuera de nuestras tierras. Muchas felicidades a todos y que
se gocen en estos días festivos con el Señor Jesucristo y con las
bendiciones abundantes de su Espíritu Santo, delante de nuestro Padre
celestial y de sus ángeles fieles. ¡Felices días de sus Independencias
Nacionales a cada una de nuestras naciones Iberoamericanas 2008!
Damos gracias a nuestro Padre celestial, por nuestro Salvador
Jesucristo, porque ahora todo el Ecuador gozara de una nueva
Constitución, en la que el nombre de nuestro Creador Celestial es
invocado, lo cual bendice y santifican grandemente no sólo sus leyes
sociales sino también la vida del «espíritu del buen vivir», el cual
buscamos disfrutar muchísimo en los días venideros.
Que el nombre bendito de nuestro Dios Soberano y Todopoderoso, el cual
invocamos en esta nueva Constitución Nacional, nos continué
bendiciendo cada día y cada noche y aún más allá de la eternidad
venidera con muchas de sus más ricas bendiciones celestiales.
Bendiciones de amor, gracia, sabiduría, paz, prosperidad y
misericordia infinita, para cada una de nuestras familias (de padres y
madres (como Adán y Eva, por ejemplo), que sean fructíferos y se
multipliquen de hijos e hijas para que sean hombres y mujeres de bien
para nuestras sociedades), dentro y fuera de nuestras tierras.
Pues entonces, que todo sea paz, felicidad, conocimiento, prosperidad
y amor a la vida, sobre todas las cosas, es nuestra oración por
siempre a nuestro Padre celestial, en el nombre sagrado de su Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo, para que nos ame ahora más que nunca
y así bendiga grandemente nuestras vidas en los días por venir con su
Espíritu Santísimo. ¡Amén!)
(Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo)
CEGUERA ESPIRITUAL:
Pero aun si nuestro evangelio sin fin está encubierto desde tiempos
inmemoriales del paraíso, pues entonces, de entre los que se pierden
está encubierto, sin duda alguna, por el resplandor celestial del
Árbol de la vida, nuestro Salvador Jesucristo; porque todos ellos son
cegados por el mismo enemigo de nuestro Padre celestial y de su
Espíritu Santo, «Satanás», ¡el adversario! Para que nunca jamás coman
del fruto del Árbol de la vida, nuestro Señor Jesucristo; pues son
ciegos profundamente como por medio del mismo espíritu de error y de
ceguera espiritual del adversario de Jesucristo, para que no sólo Adán
y Eva no coman del fruto de la vida eterna, sino también «cada uno de
sus descendientes por todos lados».
Y esto es, sin que nadie se equivoque, obra de Satanás y más no de
Dios, ni de su Jesucristo ni de su Espíritu Santo ni menos de ninguno
de sus fieles ángeles del cielo, con toda seguridad, «para seguir
cegando los ojos del corazón del hombre, de la mujer, del niño y de la
niña de toda la tierra». Pues Satanás es el príncipe de las tinieblas
de esta edad presente de la humanidad entera, por lo tanto, «ciega el
entendimiento de los incrédulos», como cegó a Adán y a Eva en el
paraíso, por ejemplo, para que no les ilumine desde el principio de
las cosas: «!El resplandor del evangelio de la gloria eterna de
nuestro Señor Jesucristo!»
Visto que, nuestro Señor Jesucristo es la imagen y de acuerdo a la
semejanza perfecta de nuestro Padre celestial, como Adán y como
cualquiera de sus hijos en las naciones del mundo entero, por ejemplo;
es por eso que nuestro Padre celestial dio testimonio fiel de él, sin
trabarse su lengua, desde el cielo y en presencia de sus discípulos. Y
el mismo SEÑOR dijo, sin titubear y abiertamente, para que todos
entiendan en todas las edades de la vida de la tierra: «Éste es mi
Hijo amado, en quien tengo complacencia; ¡a él oigan, y hagan siempre
todo lo que les pida, para que siempre les vaya bien a ustedes y a sus
hijos, en todos los lugares de la tierra!».
Y, desde aquel día, el Espíritu del evangelio de su Hijo amado, no
solamente fue predicado por sus apóstoles y discípulos fieles a la
verdad celestial, sino también por los que creerían en su nombre santo
y salvador y en sus grandes obras de parte de Dios y de su Espíritu
Santo, «para bendecir grandemente la vida de todos». Cómo sucede hoy
en día, por ejemplo, por donde el Espíritu bendito, sanador y salvador
de nuestro Señor Jesucristo se oye considerablemente, para seguir
perdonando los pecados de la humanidad entera, y «sólo así sus nombres
sean escritos en el libro del Cordero de Dios», ¡el cual fue
sacrificado por nosotros!, desde la fundación del cielo y de la
tierra.
Y éste evangelio de bendición y de salud eterna, a todas luces, «fue
escrito por el dedo de Dios», ciertamente, como por el Espíritu de los
mismos Diez Mandamientos, para bien eterno de cada uno de todos
nosotros en el paraíso, en la tierra y para la nueva eternidad
venidera de La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo. Y es por
eso que el espíritu del evangelio de Dios y de su unigénito viene a ti
día y noche y sin cesar con grandes poderes de justicias sin fin, para
que tu corazón sea transformado de los poderes terribles de las
profundas tinieblas de Satanás: «a la luz más brillante que el Sol de
nuestra inmensidad, ¡nuestro Jesucristo!»
Y esto sucederá en ti, de la misma manera que sucedió en el corazón de
los antiguos, por ejemplo, para que ya no vivas más en las profundas
tinieblas de Satanás, sufriendo día a día sus males de siempre, sino
todo lo contrario. Y esto es para que vivas desde hoy mismo «en la luz
de la verdad celestial de nuestro Señor Jesucristo», para que te goces
día y noche de sus bendiciones sin fin, para tu corazón y para tu alma
viviente, en esta vida y en la venidera también de su nuevo reino
sempiterno; efectivamente, ésta gloria divina es para ti.
Comprobado que, sólo así podrán tus ojos no volverán a mirar en el
espíritu de la vida pecadora de Adán y de Eva, sino «en el Espíritu de
la vida gloriosa y sumamente agradable a nuestro Padre celestial y de
sus huestes angelicales», la vida gloriosa de su Hijo amado, el Árbol
de la vida eterna, ¡nuestro Salvador Jesucristo! En la medida en que,
nuestros ojos han sido creados por nuestro Padre celestial y por su
Espíritu Santo para ver y conocer sólo a nuestro Señor Jesucristo, hoy
en día y por siempre, «como el dador y protector de nuestras vidas en
la tierra y en el más allá igualmente, eternamente y para siempre».
Y si nosotros, hoy en día, podemos ver a nuestro Señor Jesucristo,
entonces con toda seguridad que «veremos a nuestro Padre celestial
cara a cara», tal como siempre ha sido desde el día que nos comenzó a
formar en sus manos santas en su imagen y conforme a su semejanza
celestial, para vivir desde ya la nueva vida infinita del paraíso.
Pues bien, si creemos en el Espíritu de nuestro Señor Jesucristo,
entonces esto significa que hemos dejado de creer en el espíritu de
error y de las mentiras de Satanás, y esto es muy bueno y poderoso,
«para comenzar a vivir en la luz del cielo y más no en las tinieblas
del mundo de los muertos, por ejemplo».
Puesto que, han sido las mentiras originales de gran maldición y de
muertes terribles de Satanás, las cuales han cegado los ojos de los
hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, para que no
vean jamás al Hijo de Dios, «como el salvador perfecto de sus almas
infinitas, en esta vida y en la venidera también, para siempre». Y del
espíritu de error de estas mentiras originales, las cuales creyeron
inicialmente en el paraíso Adán y Eva por boca de la serpiente
antigua, es por la cual nuestro Padre celestial junto con la ayuda
idónea de su Espíritu Santo lucha día y noche, para librarnos «con los
poderes sobrenaturales de la sangre sacrificada de su unigénito»,
¡nuestro Señor Jesucristo!
En vista de que, sólo el Espíritu de la verdad y de la vida infinita
del paraíso de nuestro Árbol de la vida eterna, nuestro Señor
Jesucristo, nos puede librar de todos los poderes escondidos en
nuestros corazones y espíritus humanos del espíritu de error: «de
males terribles y crueles, de enfermedades mortales y sin fin de
Satanás, por ejemplo». Es por eso que hoy más que nunca, cada uno de
nosotros, y que no se equivoque nadie, «necesita urgentemente del
Espíritu de la sangre sacrificada y expiatoria de nuestro Señor
Jesucristo», para hacernos libres de muchos males terribles porvenir
muy pronto en nuestras vidas, y así no muramos jamás en nuestras
mismas tinieblas de siempre, sino todo lo contrario.
En verdad, viviremos en la luz bendita de la vida eterna de nuestro
Señor Jesucristo, la cual es más brillante que el sol en el epicentro
de nuestros corazones y de nuestras vidas en la tierra y en La Nueva
Jerusalén Santa y Perfecta del cielo, por ejemplo, eternamente y para
siempre. Ahora, si la luz del Espíritu de nuestro Señor Jesucristo
hace huir a las tinieblas de Satanás de nuestros corazones y de
nuestras almas infinitas, por ejemplo, pues también huirán de cada día
de nuestras vidas en todos los lugares de la tierra, para no
molestarnos ni menos amenazarnos más con sus mentiras de siempre. (En
efecto, esto es gloria de la verdad y de la justicia infinita de
nuestro Padre celestial, la cual nos ha dado a cada uno de nosotros en
el mundo entero, para que la recibamos y la añoremos en nuestros
corazones, «como nuestro padre Abraham y así también Isaac y muchos
más la añoraron en sus vidas, para bendición eterna».)
En tanto que, la luz del Espíritu de vida eterna de nuestro Señor
Jesucristo ciega infinitamente cada una las profundas tinieblas de
Satanás y de sus ángeles caídos en nosotros, «para que ya no nos vean
más con sus ojos malvados y corazones terriblemente pecadores», para
hacernos los daños de siempre, con el fin de robarnos, matarnos y
destruirnos. Y esto lo hace así Satanás y sus ángeles caídos en contra
de cada uno de nosotros, comenzando con nuestro Señor Jesucristo,
porque fue nuestro Señor mismo quien sufrió primeramente los ataques
crueles de Satanás antes que Adán y cada uno de nosotros, «para
desfigurar la imagen y semejanza divina de nuestro Padre, las cuales
están en nosotros para la eternidad».
Porque la verdad es que cada ataque, desesperado por Satanás, es para
destruir la imagen y la semejanza de nuestro Padre celestial, de las
cuales viven en cada uno de nosotros y son fielmente protegidas por el
Espíritu de nuestro Señor Jesucristo y por su Espíritu Santísimo
también, además de sus ángeles poderosos, «todos listos para
defendernos ante Satanás cada día». Entonces sólo el Espíritu de
nuestro Señor Jesucristo puede proteger y salvaguardar la imagen y la
semejanza de nuestro Padre celestial en cada uno de nosotros, en todos
los lugares de la tierra, «porque sólo su luz ciega a cada una de las
profundas tinieblas del mundo de los muertos y de Satanás mismo
también, sin duda alguna».
Globalmente, sólo la verdad viviente de nuestro Señor Jesucristo es la
que no sólo puede abrir tus ojos plagados por el espíritu de las
mentiras de Satanás y de sus ángeles caídos, sino que también te puede
dar perdón, vida y riquezas eternas, «para que jamás vuelvas a creer a
ninguna de las mentiras del diablo en tu corazón eterno». Ya que, cada
vez que crees en el espíritu de error y de las mentiras de Satanás,
sin que te des cuenta de lo que estás haciendo, entonces tus ojos son
cegados para que no veas jamás al Espíritu de Dios obrando en tu vida
con grandes milagros, maravillas y prodigios «para sanar tu vida de
los males abominables de Satanás».
Puesto que, cada uno de los males, los cuales se han originado en la
vida de Adán y Eva y así también en cada uno de nosotros, en todos los
lugares de la tierra, ha sido por los poderes terribles y escondidos
en nuestro espíritu humano, como en nuestra misma sangre enferma, por
las primeras mentiras mortales de Satanás, por ejemplo. Y es de este
mal terrible, por el cual nuestro Padre celestial lucha
incansablemente en contra de cada artimaña mentirosa y simulada de
Satanás, «para que su imagen y su semejanza sagrada no sea desfigurada
nunca más en ninguno de sus hijos e hijas como tú y yo, hoy mismo, mi
estimado hermano y hermana, por ejemplo».
Es por eso que el Espíritu de nuestro Señor Jesucristo es tan
importante en nuestras vidas, como nuestro propio respirar de cada
segundo de nuestras existencias, «para mantener nuestras vidas activas
y crecer en la tierra y así también en la eternidad venidera del nuevo
reino de los cielos», de nuestro Padre celestial y de su Hijo amado,
¡nuestro Señor Jesucristo! De otra manera, sin el Espíritu de nuestro
Señor Jesucristo, no sólo estamos ciegos, sino que también totalmente
sin ninguna gota de vida del Árbol de la vida de nuestro Padre
celestial y de su Espíritu Santo, «y es precisamente esto lo que
Satanás desea ver en nuestras vidas, para destruirlas poco a poco y
con toda seguridad infernal».
Para que de este modo irreversible, la imagen y semejanza bendita de
nuestro Padre celestial no sea más gloria en nuestros corazones y en
nuestras vidas de cada día en la tierra y en la eternidad venidera,
«para glorificar y honrar grandemente a nuestro Creador en la luz del
Árbol de la vida, nuestro Rey Mesías, sino todo lo contrario. En otras
palabras, esto es de que Satanás desea vernos, a cada uno de nosotros,
en nuestros millares, de todas las familias de la tierra, arder entre
las llamas ardientes del fuego eterno del infierno, para finalmente
morir condenados en nuestra segunda muerte final del lago de fuego del
más allá y del tormento eterno. (Hoy, nuestro Hacedor se opone en
contra de esta maldad de Satanás y de sus seguidores crueles, como sus
ángeles caídos y gentes de la decepción eterna, por ejemplo, y
únicamente con el Espíritu de la sangre sacrificada de su Gran Rey
Mesías sobre su altar eterno, «para que nunca jamás le suceda éste mal
abominable a ninguno de sus hijos».)
Y así Satanás fulminaría a manos llenas la obra de nuestro Padre
celestial, la cual empezó con gran amor eterno por ti, en el día que
creaba con sus manos santas a Adán en el reino de los cielos, por
ejemplo, «para posteriormente ponerlo en el paraíso y en su Nueva
Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo». En su nueva ciudad celestial,
más brillante que el sol, creada por amor ti, con nuevos cielos y
nuevas tierras eternas, llenas de calles de oro y mansiones gloriosas,
de mar de cristal y plantas y árboles frondosos, «en donde Satanás y
sus ataques ya no serán más, sino sólo la verdad de su Árbol de la
vida reinara», ¡nuestro Mesías Celestial!
Es en si, la ciudad del gran Rey de reyes y Señor de señores de todos
los tiempos, el Hijo de David, «el que quita el pecado del mundo
entero por los poderes y autoridades sobrenaturales de su sangre
sacrificada y que brilla mucho más que el sol», en los corazones de la
humanidad entera, como hoy mismo, ¡nuestro Libertador Jesucristo! Ha
sido por esta ciudad celestial, por la cual entrego su vida santísima,
sin pecado y sin Satanás, para que todos los que crean en él y en su
nombre milagroso, entonces «encuentren su paz y su descanso
reconciliador con su Dios y Padre Eterno que está en los cielos», ¡el
Todopoderoso de Israel y de las naciones!
Y, desde el día y la hora, en la cual nuestro Hacedor y su Espíritu
Santo nos comenzó a formar en sus manos santas, para que llevemos la
imagen y la semejanza celestial de su rey Mesías, entonces «nuestros
corazones no han dejado de pensar en nuestra salvación feliz», de una
manera u otra; pues somos legítimamente de Dios, ¡del Eterno! Porque
la verdad es que, en el principio nuestro Padre celestial te forma en
sus manos santas, para que seas limpio y libre de todo poder de maldad
y de las mentiras de Satanás y de sus ángeles caídos, «para que
entonces puedas comer y beber de su fruto del Árbol de la vida eterna,
con toda libertad», ¡nuestro Señor Jesucristo!
Ciertamente, eres el escogido de nuestro Padre celestial y de su
Espíritu Santísimo, para creer en esta hora tan crucial para tu vida y
para la vida de los tuyos, en la salvación con buena suerte de tu alma
viviente, el Hijo amado de Dios y gran rey Mesías de todos los
tiempos, el Eterno, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Pero el enemigo de
toda verdad y amo de la maldad y de las mentiras de Satanás nos
continua atacando desesperadamente, como para destruir nuestras vidas
a como de lugar, «con tal que sus profundas tinieblas de gran maldad
no dejen de cegar los ojos inocentes de los hombres, mujeres, niños y
niñas de la humanidad entera».
Pero la luz del evangelio eterno de nuestro Padre celestial y de su
Jesucristo viene a nosotros a cada instante, porque nos ama y no nos
quiere dejar ir de su presencia santa, para que le conozcamos a él y a
su Espíritu Santo, «tan sólo por medio de su fruto de vida eterna, su
unigénito», ¡nuestro Señor Jesucristo! Además, nuestro Padre celestial
se acerca, como cada vez más a cada uno de nosotros, sin que nos demos
cuenta de nada, para tocarnos y liberarnos de las garras del espíritu
de error y de Satanás, «para que veamos siempre el camino de la verdad
y de la vida, de regreso al paraíso», ¡y a su Árbol de la vida eterna!
Comprobado que, nuestro Hacedor sabe perfectamente que con el Espíritu
de su Jesucristo viviendo en nuestros corazones, entonces todo lo
podemos en él, para no sólo escaparnos de nuestros atacantes sino
también «para derrotar a Satanás y destruir cada una de sus obras y
mentiras malvadas en el mundo entero»; consiguientemente, nuestra
victoria de cada día es Jesucristo, sin duda alguna. Dado que,
milagrosamente, sólo nuestro Señor Jesucristo nos perdona nuestros
pecados por los poderes y autoridades sobrenaturales dadas a él, de
parte de nuestro Padre celestial; pues él es como nuestro Moisés en
nuestros días, «para guiarnos cada día y cada noche por el camino
hacia la tierra prometida de La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del
cielo». Por lo tanto, sólo nuestro Señor Jesucristo es la luz más
brillante que el sol en el epicentro del paraíso para Adán y Eva, el
Árbol en llamas sobre el Sinaí para los hebreos, el Árbol del fin del
pecado y el comienzo de la vida sobre el monte santo de Jerusalén,
para Israel y para las naciones del mundo entero.
Por todo ello, «nuestro Señor Jesucristo es la luz que dura mucho
tiempo de éste camino antiguo de cada día y de cada noche hacia la
vida eterna», pasando por medio del mar Rojo y caminando en su fondo
seco, cruzando al otro lado, camino por el desierto seco de la muerte
y de la destrucción eterna del mundo entero. Y vamos paso a paso con
Jesucristo en nuestros corazones, hacia nuevas tierras cubiertas de
nuevos cielos sin fin, llenos de vida y de la felicidad infinita, por
cierto, de conocer sólo la verdad y la justicia gloriosa y honrada de
nuestro Padre celestial, «para servirle sólo a Él, como nuestro único
Dios Todopoderoso y Soberano de nuestras almas inmortales».
Y estas bendiciones de día a día son, aun con todo, gracias a la gran
obra llevada a cabo por su Espíritu Santo, «al darnos», por medio del
vientre virgen de la hija de David, de la tribu de Judá, «al Rey
Mesías inigualado hasta hoy», el Hijo de David, nuestro único salvador
posible de nuestras almas vivientes, ¡el Señor Jesucristo! Es decir,
también que hoy en día, desdichadamente, vivimos con el espíritu de
error y de rebelión de Adán y Eva, para ver constantemente sólo el mal
del espíritu de error y de rebelión de Satanás, «y es por eso que
sufrimos día y noche todas clases de males y de enfermedades terribles
a nuestros corazones y a nuestras almas infinitas».
En realidad, sin darnos cuenta de nada, es Satanás quien nos está
atacando cruelmente a cada momento de nuestras vidas, ya sea por medio
de familiares, amistades o gentes desconocidas, por ejemplo, «pero
todo es hecho cruelmente para destruir nuestros corazones y espíritu
humano de fe, en nuestro Padre celestial y en su Jesucristo», de una
manera u otra. Puesto que, si Satanás logra destruir nuestras vidas,
entonces ha destruido la obra de Dios y de su Jesucristo en cada uno
de nosotros inhumanamente, para empezar entonces su obra de gran
maldad y de decepción eterna, «y así jamás regresemos al paraíso, ni
menos comamos en persona del fruto del Árbol de la vida eterna», ¡el
Hijo de David!
Y es por eso que nuestro Padre celestial es un eterno enemigo de cada
una de las profundas tinieblas de las mentiras y artimañas crueles de
Satanás, para que no sólo sus hijos e hijas no sufran jamás sus
terribles maldiciones del infierno, sino también «la gente inocente de
todas las naciones, cegadas constantemente por el espíritu de error de
Satanás». Ahora, si recibimos el Espíritu de la sangre viva de
Jesucristo, la cual salió de su corazón para bañar su cuerpo inmolado
y así fundir los cuerpos cruzados y sin vida de Adán y Eva con el de
él mismo, y sobre el monte santo de Jerusalén, entonces «volverán a
ver nuestros ojos la vida del paraíso, prometida a nosotros
inicialmente».
Además, nuestro Padre celestial hizo todo esto por Adán, porque él,
como tú y yo, hoy en día, no conocía ésta vida del paraíso en el
principio; en verdad, los ojos de Adán, como los tuyos y los míos, por
ejemplo, «no habían sido abiertos aún por el poder sobrenatural y
salvador del Árbol de la vida eterna», ¡nuestro Señor Jesucristo! Dado
que, sólo nuestro Señor Jesucristo puede abrir nuestros ojos, para ver
a nuestro Padre celestial y su nueva vida infinita de su nuevo reino
venidero; de otra manera, «somos ciegos, como los ojos de Satanás son
ciegos para siempre». Ahora, podemos decir con toda seguridad que Adán
había nacido ciego, como todo recién nacido de la humanidad entera,
«porque no había visto la luz de la vida eterna aún con sus propios
ojos y con su corazón eterno al Rey Mesías, al Hijo de David»,
¡nuestro Señor Jesucristo!
En la medida en que, nuestro Señor Jesucristo no sólo es conocido por
los ángeles del cielo, como el Árbol de la vida y de la tranquilidad
eterna, sino también «como el Rey Mesías, el Hijo de David, el sumo
sacerdote, el Cordero Escogido, el Rey de reyes y Señor de señores, el
todopoderoso», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Y es así, precisamente,
como nuestro Padre celestial desea que lo conozcamos a él, como a su
Hijo amado, para que su luz celestial brille en nuestros corazones y
en cada día de nuestras vidas en la tierra y en el paraíso, «para que
Satanás y sus muchas tinieblas sean cegados para siempre, y no nos
hagan más daño».
Es por eso que nuestro Padre celestial, después de haber creado a Adán
y luego a Eva, entonces los llevo de la mano a los pies de su Hijo
unigénito, nuestro Señor Jesucristo, por amor a su evangelio eterno,
para que comieran de él, «y sólo así sus ojos sean para ver la vida
eterna del nuevo reino venidero». Puesto que, todo aquel que es nacido
de mujer, que no coma del Espíritu del fruto de la vida, entonces va
por el camino de las mentiras y de las decepciones mortales de Satanás
y de la serpiente antigua, «para sufrir lo mismo que Adán y Eva
sufrieron en el paraíso y en la tierra o hasta quizás peor que ellos,
fatídicamente».
Realmente, nuestro Padre celestial jamás desea que el hombre diera un
solo pasó por el camino de las maldades y de las mentiras de Satanás y
de sus ángeles caídos, por ejemplo, sino todo lo contrario; para que
de este modo, «Satanás no se aproveche para deshonrar su nombre
santísimo en ninguna de sus obras muy sagradas, en toda la tierra».
Ahora, lo que nuestro Padre celestial siempre deseo, laboriosamente,
fue que Adán y así también su esposa Eva, caminaran únicamente por el
camino de la verdad, la vida, la santidad, el poder del amor y de la
felicidad infinita de conocerle sólo a él, como el único Dios
Todopoderoso, «al comer del fruto del Árbol de la vida», ¡nuestro
Señor Jesucristo!
Por cuanto, todo aquel que ve y conoce a su Dios y Fundador de su
vida, como su Padre celestial, en esta vida y en la venidera también,
«entonces puede ver todo y nada le es oculto»; porque todas las cosas
le son posible cada día en su vida, ¡gracias al Espíritu de nuestro
Señor Jesucristo viviendo en su corazón, ciertamente! Dado que, no es
posible que nadie que no crea a su Dios y Fundador de su vida, como su
Padre celestial, por medio del fruto del Árbol de la vida, «pueda
jamás conocerle como tal en el cielo, en la tierra, ni menos en la
nueva vida infinita de La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo,
por ejemplo».
Es decir, que Adán debía conocerle a él, como su Dios y Padre
celestial del paraíso y de su nueva vida infinita, pero únicamente
posible por medio de creer e invocar el nombre bendito y misterioso de
su Hijo amado, «como el Rey Mesías de su vida», ¡nuestro Señor
Jesucristo! De otra manera, los ojos de Adán y así también los de Eva
y de cada uno de sus descendientes «no podían ver nada de nada ni
menos a su Dios y Creador de sus nuevas vidas infinitas», para
desgracia de muchos en el cielo y en la tierra, como hoy en día
contigo y muchos más, por ejemplo.
Comprobado que, todos hemos sufrido terribles males y mentiras crueles
de los malvados seguidores de Satanás, alguna que otra vez y hasta el
grado que, para que la obra y el nombre salvador de nuestro Señor
Jesucristo no sólo sufra en nuestras vidas sino también «en la vida de
muchos en toda la tierra y para siempre también, por ejemplo. Y es,
precisamente, éste poder terrible de la ceguera espiritual de muchos,
la que hace daño diariamente a la obra santísima de nuestro Padre
celestial y de su Espíritu Santo, para que muchos no sean bendecidos
con el perdón de Dios, sino que «mueran cruelmente por el espíritu de
error de Satanás y de su infierno eternamente candente del más allá».
Pero, desdichadamente, Eva y luego Adán comió del árbol de la ciencia
del bien y del mal, y «sus ojos se abrieron para sólo ver del espíritu
de error y de rebelión de Satanás y de sus ángeles caídos», como
falsas doctrinas de ídolos e imágenes de tallas de profundas
maldiciones para todo ser viviente. Y este es el camino de la mentira
y de la maldad eterna de cada día y de cada ídolo e imagen de talla,
como los del vaticano corto de luces, por ejemplo, «el cual lleva el
alma preciosa del hombre hacia la perdición», entre el fuego del
infierno eternamente candente y tormentoso del mundo de los muertos
del más allá.
Ciertamente, esto es, sin duda alguna: «Ceguera espiritual a lo máximo
para los que no tienen la luz de la vida eterna encendida en sus
corazones, por la presencia santa del Espíritu de la sangre
sacrificada y expiatoria de nuestro Señor Jesucristo»; y esto es
muerte segura actualmente, para cualquier incrédulo a la verdad
celestial de nuestro Señor Jesucristo. En la medida en que, para
nuestro Padre celestial, desde los primeros días de la antigüedad y
hasta nuestros días, por ejemplo, sean ángeles del cielo u hombres y
mueres del paraíso o de la tierra, los que no creen en su Hijo amado,
«en fin, están ciegos y van paso a paso hacia su muerte segura del
infierno».
Desafortunadamente, los que no creen en el Espíritu de nuestro Señor
Jesucristo, como el Árbol de la vida, la bendición, la prosperidad y
la felicidad eterna, francamente, que nadie se engañé erróneamente,
«ya tienen una imagen o un ídolo que adoran en sus corazones», para
mal de sus vidas y de los suyos también, en cualquier lugar de la
tierra. Y es por eso que nuestro Padre celestial se aleja de ellos, y
no porque desee hacerlo así, sino por culpa de su ceguera espiritual,
porque con sus acciones erradas, se den cuenta o no, «están negando
las bendiciones del Espíritu Santo de Sus Diez Mandamientos en sus
vidas», al adorar a ídolos terribles del infierno, en lugar de
Jesucristo.
Dado que, nuestro Padre celestial requiere del hombre que no sea ciego
delante de él, sino que lo vea todo en todo su derredor, para que le
sirva por siempre en la tierra y en el paraíso –y «sólo en el Espíritu
y en la verdad de la sangre viva y expiatoria de su unigénito», ¡el
Árbol de la vida eterna! Es por eso que cada uno de los ídolos e
imágenes de talla son malos, no tanto porque sean de Satanás y de sus
ángeles caídos, sino porque «perturban constantemente cada una de las
ricas bendiciones infinitas de paz, salud, poder, felicidad, milagros,
maravillas y demás bendiciones del cielo y del Árbol de nuestra vida
eterna», ¡nuestro Salvador Jesucristo!
Además, estos son ídolos e imágenes de piedra, madera, tela, metal,
por ejemplo, de las cuales no ven el bien de Dios jamás, porque no
salieron de la luz de Jesucristo sino de las profundas tinieblas de
Satanás, por lo tanto, «sólo saben los males de enfermedades y de
guerras terribles para destruir toda vida humana en el mundo entero».
Y es por eso que Adán y así también cada uno de sus descendientes ha
sufrido males terribles, para caer muertos y no levantarse jamás de
sus tumbas de las profundas tinieblas, es decir, si nuestro Dios no
los hubiese ayudado a tiempo, «como nuestro Señor Jesucristo murió,
por ejemplo, para vencer a sus tumbas eternas y abrirlas únicamente
para el paraíso».
Y nuestro Padre celestial hizo éste gran milagro de amor, de gracia y
de bondad infinita no sólo para Adán y Eva, sino también para cada
hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, porque «sólo la luz
de la vida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo podía derrotar a cada
una de las tinieblas de las tumbas, para abrirlas eternamente». Y es
por eso que, hoy en día, muy bien podemos confiar en el Espíritu de la
sangre bendita de nuestro Señor Jesucristo, porque él ya abrió
nuestras tumbas, las cuales el ángel de la muerte tenia preparadas
para cada uno de nosotros y así lanzarnos al infierno, «para que jamás
volvamos a ver la luz del día, para siempre».
En otras palabras, los que comen y beben del Árbol de la vida eterna,
nuestro Señor Jesucristo, entonces sus ojos ya no se abren para ver
los males terribles de las mentiras de Satanás, sino que «se abren
cada día para ver el bien infinito de la nueva vida infinitamente
gloriosa del nuevo reino de los cielos», ¡nuestro Salvador Jesucristo!
Y es, precisamente, ésta nueva vida única de nuestro Padre celestial,
de su Espíritu Santo y de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, la
cual descendió en su día a Israel, para entrar en tu corazón, hoy
mismo, «para que vivas en la luz de la verdad y así dejes de vivir en
las tinieblas de las mentiras maldicientes de Satanás».
Comprobado que, son las primeras mentiras del espíritu de error de
Satanás, las cuales han cegado tu corazón, así como cegaron el corazón
de Adán y Eva inicialmente, para que jamás vean, ni menos acepten, al
Señor Jesucristo en sus vidas como el fruto de la vida; y todos nacen
perdidos desde entonces acá, «por falta de Jesucristo en sus vidas».
En suma, todos tenemos que ser bañados por el Espíritu de la sangre
sacrificada, desde el comienzo de las cosas en el cielo, para seguir
viviendo delante de Dios y de su Espíritu Santo, en perfecta santidad
y amor sin igual, por ejemplo; es por eso «que todo aquel que no es
bañado por la sangre de Jesucristo, entonces muere». Muere tristemente
cualquiera, «estando vivo aún», como Adán y Eva murieron todavía
llenos de vida, en la misma inmensidad gloriosa del paraíso, tierra
sagrada llena de la vida y de la salud infinita del Árbol de la vida
eterna, nuestro único Rey Mesías Celestial posible para Israel y para
las naciones de toda la tierra, por ejemplo.
Y los muertos para nuestro Padre celestial son todos aquellos, de
todas las razas y familias de las naciones, que ya han cerrado sus
ojos para siempre ante él y ante su fruto de la vida, su Jesucristo,
para jamás ver la luz del día ni menos su propia vida, «reservada en
los cielos para los que le aman a él infinitamente». Y si hoy llega a
tu vida el Espíritu de la sangre sacrificada para tu corazón, para
todo tu cuerpo y vida entera también, entonces no cometas el mismo
error que cometieron Adán y Eva, «de no comer de su fruto de vida», al
no creer en sus corazones y no confesar con sus labios, ¡el nombre
misterioso de nuestro Salvador Jesucristo!
Porque luego el Espíritu de esta misma sangre gloriosa y sumamente
honrada por el Espíritu de Los Diez Mandamientos no sólo baño a
nuestro Señor Jesucristo, clavado a Adán y a Eva, sino que luego se
regó en la tierra, «para bañar a cada uno de sus retoños como tú y yo,
hoy en día, pare ver la vida posteriormente». Entonces si el Espíritu
de la sangre sacrificada viene a cada uno de nosotros, de la misma
manera que vino a los antiguos, entonces hemos sido bendecidos por
nuestro Padre celestial desde el paraíso, para no vivir más en las
tinieblas mentirosas de Satanás, «sino vivir sólo en la luz de la vida
eterna, su unigénito», ¡nuestro Rey Mesías Eternal!
Y es el mismo Espíritu de la sangre sacrificada de nuestro Señor
Jesucristo, después de haber lavado de todo pecado del paraíso a Adán
y a Eva, pues entonces viene a nosotros también con sus mismos poderes
del paraíso, para «bañarnos y limpiarnos de todo pecado completamente,
para que vivamos ya no ciegos sino como alumbrados de nuestro Dios».
Dado que, «los que no viven unidos con el Señor Jesucristo en sus
corazones son ciegos», así como Satanás y sus ángeles caídos son
ciegos, por ejemplo, para seguir andando día y noche por el camino de
la maldad y de la maldición eterna de cada mentira, las cuales llegan
a nosotros desde el mundo de los muertos para destruirnos
eternamente.
Por eso, nuestro Padre celestial nos da a su Jesucristo, sin escatimar
nada de él, «para que hagamos uso del Espíritu de su sangre salvadora
cada día, para nuestros corazones y nuestras almas infinitas, y así ya
no sigamos muertos en nuestros delitos y pecados, sino libres para
vivir en la luz de los días de la nueva eternidad venidera. Porque la
verdad es que hemos sido lavados por el Espíritu de la misma sangre de
nuestro Salvador Jesucristo, como sobre el monte santo de Jerusalén,
en Israel, para que las tinieblas ya no vivan en nosotros, sino «sólo
exista la luz del perdón y de la felicidad bendita de nuestra nueva
vida eterna, del nuevo reino sempiterno».
Y esta es la nueva vida esplendorosa, la cual nuestro Hacedor no sólo
se la prometió a Adán y a Eva inicialmente en el paraíso, sino también
a los hebreos para sacarlos de Egipto, hacia una ciudad celestial para
servirle a él, «sólo en el Espíritu de la sangre ya sacrificada de su
Cordero Escogido desde la fundación del mundo». Ya que, el camino
escondido del mar Rojo y por el camino del desierto arenoso de Egipto,
en el cual nadie había transitado jamás, hoy en día, «es el mismo
camino que llevaba a cada hebreo y así también a cada gentil hacia la
nueva vida gloriosa y sumamente honrada de La Nueva Jerusalén Santa y
Perfecta del cielo».
Y como éste camino antiguo, en el cual caminaron muchos de la
antigüedad sin prisa y hasta llegar a su destino final del paraíso,
como Abraham e Isaac y así también cada uno de los hombres, mujeres,
niños y niñas, «de los cuales amaron el Espíritu de la sangre
sacrificada más que sus propias vidas, para alcanzar la vida eterna».
Así pues, también, tú mismo, mi estimado hermano y hermana, estás
llamado por nuestro Padre celestial a transitar por este camino santo
y antiguo, el cual nos lleva cada día y paso a paso de regreso al
paraíso, «pero ya con el fruto del Árbol de la vida en nuestros
corazones y en nuestros labios, para jamás alejarnos de él
infinitamente».
Además, Adán como Eva en el paraíso y los hebreos por el desierto de
Egipto y así también todo hombre, mujer, niño y niña de todas las
naciones, por ejemplo, tienen el mismo llamado supremo de nuestro
Hacedor, «de caminar por éste camino santo y bendecido inicialmente
por la misma sangre de nuestro Salvador Jesucristo, desde la fundación
del mundo entero». Puesto que, en el principio de la creación del
cielo y de la tierra, todo estaba desordenado por todos lados, y
nuestro Padre celestial envió el Espíritu de la sangre santísima de
nuestro Señor Jesucristo, para que descendiese sobre la tierra y la
ordenara todo, de acuerdo a su voluntad santa, «para la creación
posterior de todas las cosas del hombre».
Y fue así como nuestro Padre celestial empezó a bendecir a cada
hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, mucho antes que
fuese creado el primer hombre, Adán, para que no vivan en sus
profundas tinieblas de la maldad de Satanás, sino «sólo en la luz del
Espíritu de la vida misma de su Hijo amado», ¡nuestro Señor
Jesucristo! Entonces nuestro Padre celestial nos bendice grandemente,
como en los lugares celestiales y eternos del más allá, mucho antes
que nos formara en sus manos santas, en su imagen y conforme a su
semejanza celestial, para que vivamos para él, «pero por medio de
nuestro Salvador Jesucristo, para nunca ser ciegos como Satanás, sino
alumbrados como él mismo, nuestro Dios Todopoderoso».
Entonces esto es de ser «bendecido grandemente», desde el Árbol de la
vida del paraíso, por el Espíritu de la sangre sacrificada de su
Cordero Escogido, nuestro Salvador Jesucristo, para entrar desde ya a
la nueva vida infinita de su nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del
cielo, por ejemplo; porque sólo en esta ciudad celeste, «nuestro Dios
es feliz con nosotros». Ahora, ninguno de nosotros podrá jamás caminar
por este camino santo y milagroso de nuestro Padre celestial y de su
Jesucristo, si primeramente no reconocemos en nuestros corazones: «el
Espíritu de su sangre bendita y sacrificada sobre el altar del monte
santo de Jerusalén, en Israel, para que nuestros ojos se abran y vean
recto y siempre hacia él, ¡el Eterno!»
De paso, esto es de caminar por el día y por la noche, en el camino
que nos lleva hacia la tierra santa y prometida de nuestro Padre
celestial y de su Espíritu Santo, «la cual fluye abundantemente leche
y miel», para saciar nuestros corazones, nuestros cuerpos y nuestras
almas infinitas de todas sus más gloriosas bendiciones de la felicidad
eterna. Porque la verdad es que sin el Espíritu de nuestro Señor
Jesucristo, para nuestro Padre celestial y así igualmente para su
Espíritu Santo y sus huestes angelicales, «estamos tan ciegos» como
muertos ya en vida en el paraíso, en la tierra y en el más allá
eternamente y para siempre; y «nuestro Dios no creo muertos sino vivos
para el paraíso».
Además, ninguno de nosotros podrá jamás ver a nuestro Creador y a su
vida muy santa, «si primeramente no abrimos nuestros ojos ya», para
ver en la luz del Espíritu del Árbol de la vida eterna, nuestro Señor
Jesucristo, como nuestro Padre celestial llama a Adán y a Eva a
obedecerle inicialmente, para que coman y vivan infinitamente sólo de
él. Porque esta es la única manera, por la cual no sólo ellos podían
abrir sus ojos ciegos para su Dios y Fundador de sus vidas, sino
también abrirlas «para ver claramente el fruto de su Árbol de la vida
eterna del paraíso, antes hoy que mañana y para la eternidad venidera
también», ¡nuestro Señor Jesucristo!
Porque sólo el Señor Jesucristo es su Hijo amado para los ángeles del
cielo y para los hombres y mujeres de la humanidad entera, quien nos
da de su Espíritu de luz eterna, llena de vida y de la felicidad
angelical, para cada uno de nosotros de todas las razas, familias,
naciones, pueblos, linajes, tribus y reinos de toda la tierra. Y esto
es, sin duda alguna, hoy en día en todos lugares de la tierra, como en
el primer día de vida de Adán en el paraíso, por ejemplo, para vivir
eternamente iluminados por su verdad y por su justicia infinita,
«llena de amor y de su misma gloria celestial de Su Nueva Jerusalén
Santa y Perfecta del nuevo reino sempiterno.
El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre celestial y de su Jesucristo
es contigo.
¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!
Dígale al Señor, nuestro Padre celestial, de todo corazón, en el
nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras
almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y
honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el
cielo, también, para siempre, Padre celestial, en el nombre de tu Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo.
LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad día y noche,
(Deuteronomio 27: 15-26):
“‘¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o una imagen de
fundición, obra de mano de tallador (lo cual es transgresión a la Ley
perfecta de nuestro Padre celestial), y la tenga en un lugar secreto!’
Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que le reste importancia a su padre o a su madre!’ Y
todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad de su
prójimo!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que desvié al ciego de su camino!’ Y todo el pueblo
dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del huérfano y de
la viuda!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que se acueste con la mujer de su padre, porque
descubre la desnudes de su padre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que tenga contacto sexual con cualquier animal!’ Y todo
el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su padre o hija
de su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que se acueste con su suegra!’ Y todo el pueblo dirá:
‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que a escondidas y a traición hiera de muerte a su
semejante, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente, sin causa
alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley, poniéndolas por
obra en su diario vivir en la tierra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS
Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la
verdad y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la
omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad
perfecta del Padre celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto
tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine,
cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos
con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre
las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a
la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está
aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en
Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los
males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible
de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en
la vida de cada uno de los tuyos también, para la eternidad del nuevo
reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en
día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus
ángeles santos. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada
palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición
terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada
majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con
todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y
de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las
naciones!
SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS
Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu
corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la
tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde
los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del
reino de los cielos:
PRIMER MANDAMIENTO: “No tendrás otros dioses delante de mí”.
SEGUNO MANDAMIENTO: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo
que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas
debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás
culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la
maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la
cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia
por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos”.
TERCER MANDAMIENTO: “No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios,
porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano”.
CUARTO MANDAMIENTO: “Acuérdate del día del sábado para santificarlo.
Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será
sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni
tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el
forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová
hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y
lo santificó”.
QUINTO MANDAMIENTO: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días
se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da”.
SEXTO MANDAMIENTO: “No cometerás homicidio”.
SEPTIMO MANDAMIENTO: “No cometerás adulterio”.
OCTAVO MANDAMIENTO: “No robarás”.
NOVENO MANDAMIENTO: “No darás falso testimonio en contra de tu
prójimo”.
DECIMO MANDAMIENTO: “No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su
buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo”.
Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos
males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos,
también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de
Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos
desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú
no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los
tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días
de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy.
Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que
sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada
una de sus muchas familias, por toda la tierra.
Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos
juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia
santa del Padre celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras
almas:
ORACIÓN DEL PERDÓN
Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de
tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu
reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la
tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras
deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos
metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.
Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial
también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres,
tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.
Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y
la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ”.
Juan 14:
NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.
¡CONFÍA EN JESÚS HOY!
MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.
YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS
TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.
- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y
su MUERTE.
Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):
Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer
día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu
vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.
QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL
SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un
pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su
SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi
pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi
SALVADOR.
¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____?
¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?
Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de una
nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:
Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios,
orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El
ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en
un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema
autoridad. Habla de Cristo a los demás.
Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de
Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su
palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en
gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata
a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con
frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para
que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.
Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que
te goces en la verdad del Padre celestial y de su Hijo amado y así
comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre.
El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de
Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es
la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la
tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras
almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: “Vivan
tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén”. Por causa de mis hermanos y
de mis amigos, diré yo: “Haya paz en ti, siempre Jerusalén”. Por causa
de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra:
imploraré por tu bien, por siempre.
El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de
Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que
respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso!
Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de
todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor
al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y
como siempre, para la eternidad.
http://www.supercadenacristiana.com/listen/player-wm.asp?playertype=wm%20%20///