(Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo)
AMANDO A DIOS
Como siempre, todo aquel que teme y honra a los mandamientos
de Dios en su corazón y en toda su vida, es porque realmente
le ama de verdad y de todo corazón, también. Por lo tanto, la
tal persona es muy amada por Dios y por sus huestes de
ángeles eternos, del reino de los cielos y por los hombres de
buena fe y de buena voluntad, de toda la tierra.
Porque santo son los mandamientos de Dios, los cuales llenan
de vida y de bendiciones milagrosas, de la misma tierra santa
del reino de los cielos, para edificar el corazón y el alma
eterna de cada uno de sus siervos y de sus siervas, en todas
las naciones de la tierra.
Y Dios ha comenzado a edificar su nueva vida infinita, en su
nuevo reino celestial, al bendecir con su nombre santo y con
todos los poderes sobrenaturales de las alturas: a cada uno
de todos los hombres, mujeres, niños y niñas, de todas las
familias de las naciones, sin dejar a ninguna de ellas fuera
de su bendición celestial.
Es decir, de todos los que han llegado a creer en sus
corazones y a confesar con sus labios, de que "el Señor
Jesucristo es el Hijo amado de Dios", para gloria y para
honra infinita de su nombre santo, en el cielo y por toda la
tierra, también, hoy en día y para siempre, en la eternidad
venidera.
Por eso, sabemos que nuestro Dios siempre hace que todas las
cosas, que rodean la vida de aquel que le ama, le ayuden para
bien de su corazón y de su alma, para que crezca más y más
"en su conocimiento espiritual", de que sólo Él es su Dios y
salvador, en la tierra y en el cielo, para siempre.
Porque cada uno de los hombres, mujeres, niños y niñas, de
las familias de las naciones, del mundo entero, que le aman a
Él, como su Dios y como Creador de sus vidas, por medio de la
fe, de su corazón centrada en el Señor Jesucristo, es porque
han sido escogidos por el Espíritu de Dios, para la vida
eterna.
Además, cada uno de ellos ha sido escogido por el Espíritu
Santo, por mandato de nuestro Dios, para que vivan la vida
eterna, desde hoy mismo, en sus vidas por la tierra mucho
antes de entrar a su nueva vida celestial, en su nuevo lugar
eterno, en el cielo, como La Nueva Jerusalén Santa y Eterna,
en el más allá.
Es por eso, que si tal persona, sea quien sea ella, en toda
la tierra, ama verdaderamente a su Dios, entonces es conocida
por el Espíritu de Dios y por el Señor Jesucristo, su Árbol
de vida eterna personalmente, para bendición de su vida por
la tierra y para su nueva vida infinita, en el nuevo reino de
los cielos.
Por cuanto, es el espíritu de amor de Dios que realmente
"enlaza la vida" del hombre con la vida de nuestro Dios y de
su Árbol de vida, en la tierra y en el cielo, también, hoy en
día y siempre, en el más allá, ha de ser parte de su vida,
sin jamás alejar de él, por ninguna razón. Porque ésta
"interrelación y fusión" de Dios para con el espíritu del
hombre, no lo separa nadie, una vez que el Señor Jesucristo y
su Espíritu Eterno lo ha unido eternamente.
Es por eso, que Dios siempre ha esperado que el hombre del
paraíso o de la tierra de nuestros días, por ejemplo, "coma
del fruto de vida eterna", de su Árbol de Viviente, de la
misma manera que los ángeles del reino de los cielos lo han
venido haciendo, desde siempre, hasta nuestros días, para
honrar a nuestro Dios.
Es decir, para honrar la perfecta voluntad de nuestro Padre
Celestial, en nuestros corazones y en nuestras vidas por toda
la tierra y en nuestras nuevas vidas celestiales, en el más
allá, también, como en el paraíso o como en La Nueva Ciudad
Celestial: La Nueva Jerusalén Santa y Sumamente Honrada, por
la presencia del gran rey Mesías, ¡el Cristo!
Y todos los que tienen "acceso" a ésta gloriosa ciudad
eterna, son los que sus nombres han sido escritos en "el
libro del Cordero Escogido de Dios". Y éste libro eterno es
"el libro de la vida". Y como este libro no hay otro, en
donde estén escritos los nombres de cada uno de los hombres,
mujeres, niños y niñas, de la humanidad entera.
Y esto es de todos en todas las familias y naciones de la
tierra, de los que han creído en sus corazones y han
confesado con sus labios, de que el Señor Jesucristo es el
Hijo amado de Dios, para gloria y para honra infinita de
Dios, en la tierra y en el cielo, también, para siempre.
Ya que, es necesario que todos los que entren en la vida
eterna del nuevo más allá, de Dios y de su Árbol de vida, que
crean en sus corazones y así confiesen con sus labios, de que
el Señor Jesucristo es su Hijo amado. Porque como Él no hay
otro igual en el cielo, entre los ángeles del reino de Dios,
ni en la tierra entre todos los hombres de todas las
naciones, comenzando con Israel, también, por ejemplo.
Puesto que, fue en Israel, en donde el Señor Jesucristo
descendió del cielo, para comenzar a vivir la vida del hombre
eternamente y para siempre, libre del pecado y de toda
condena eterna: "cumpliendo así la palabra de la Ley de Dios
y de Moisés" al pie de cada palabra, de cada letra, de cada
tilde y de significado eterno.
Con el fin de que todo aquel que tan sólo crea en Él y así
mismo confiese su nombre sobrenatural con sus labios,
entonces los milagros de las bendiciones de la Ley sean para
él o para ella, hoy en día y para siempre, en el más allá, en
su nueva vida celestial, en el reino de los cielos.
Es por eso, que todo aquel que "ame más" a su padre o a su
madre que la palabra perfecta de la Ley Viviente de Dios y de
Moisés, en el corazón del Señor Jesucristo, entonces no es
digno de Dios, ni menos de entrar en su presencia santa, para
vivir su vida celestial, en su nuevo reino de los cielos.
Así también, todo aquel que "ame más" a su hermano o a su
hermana que la palabra perfecta de la Ley de Dios y de
Israel, en el corazón del Señor Jesucristo, entonces no es
digno de salvación, ni menos tiene acceso jamás para entrar
en su presencia santa, para vivir su nueva vida, en el reino
de los cielos.
Porque todo aquel que haya quebrantado la palabra de la Ley,
entonces vive bajo su maldición eterna, para luego descender
a su lugar eterno, entre los perdidos y condenados a la
segunda muerte del más allá, el lago de fuego. Porque entre
el fuego de las llamas del infierno es donde está la ira de
Dios para con los que quebrantan su Ley Santa, en el paraíso
o en la tierra, de nuestros días, por ejemplo.
Pero, sin embargo, el que ha quebrantado la palabra de la
Ley, y no hay ningún hombre "libre de este mal" en su corazón
y en toda su vida, salvo el Señor Jesucristo; y se arrepiente
de su pecado, es decir, de su transgresión eterna por ofender
la Ley Divina, entonces Dios ha de ser misericordioso para
perdonarle sus pecados.
Si él o ella tan sólo "alza sus ojos al cielo" y ve al Señor
Jesucristo, creyendo en Él en su corazón y confesando con sus
labios su nombre salvador: para bendición y el milagro eterno
de la salvación de su alma viviente, en esta vida y en su
nueva vida celestial, en el nuevo reino de los cielos.
Dado que, sólo los que amen la Ley de Dios cumplida y
eternamente honrada en el corazón y en la sangre del Señor
Jesucristo, el pacto eterno de bendición y de milagros
infinitos de la salvación, entre Él y el hombre, la mujer, el
niño y la niña, de todas las familias de la tierra, ha de ver
la vida eterna.
Porque ellos son los que "aman verdaderamente a Dios y a su
Hijo amado", para regresar no sólo a su vida celestial, en el
paraíso y a la tierra nueva del reino de los cielos, sino que
han de conocer a Dios, como el Señor Jesucristo siempre le ha
conocido a Él, desde tiempos inmemorables, hasta nuestros
tiempos, por ejemplo.
En vista de que, jamás ha de ser posible, en la tierra ni
menos en el cielo, que el corazón del hombre, de la mujer,
del niño y de la niña, de la humanidad entera, "conozca a su
Dios", fuera del espíritu de amor, del Árbol de la vida, su
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!
Dado que, los que no aman a Dios, es porque el espíritu del
fruto prohibido, del árbol de la ciencia del bien y del mal,
"aun permanece en cada uno de sus corazones", para perdición
y para maldición eterna de sus almas vivientes, en la tierra
y en el infierno, también. Es decir, que el pecado de Adán
aun está en ellos para llevarlos día a día hasta su muerte
final, en el más allá, para muerte eterna.
Y esto ha de ser así con todos ellos, durante sus días de
vida por la tierra, hasta que finalmente caigan condenados
para siempre, entre las llamas eternas de su muerte final, en
el lago de fuego, para jamás volver a tener la oportunidad,
de amar y de honrar a Dios y a su nombre santo, en sus
corazones eternos.
Puesto que, sólo los que han gustado del fruto de vida
eterna, del Árbol de vida de Dios, es que han de poder "amar
verdaderamente a Dios", sólo por medio de los poderes
sobrenaturales y autoridades infinitas del Señor Jesucristo.
Porque para amar a Dios, desde ya, en nuestros corazones y en
nuestras vidas en la tierra, entonces necesitamos de los
poderes sobrenaturales del espíritu de vida, del Árbol de
Dios, el Señor Jesucristo.
Y sin estos poderes del más allá, entonces ha de ser
imposible para nosotros poder amar a nuestro Dios y Creador
de nuestras vidas, en la tierra y en el nuevo reino de los
cielos, también, como debe de ser, como siempre le ha
agradado a Él, desde los días de la antigüedad, hasta
nuestros días, por ejemplo.
Porque Dios mismo ha salvado a cada uno de los hijos e hijas,
de la gran ciudad eterna de Dios y de su gran rey Mesías, en
Sion. Es decir, que Dios mismo ha lavado las almas eternas de
todo pecado, a cada uno de los hijos y de las hijas de Sion,
con la sangre bendita y eternamente sobrenatural de su Hijo
amado, "el Cordero Escogido de Dios", el Hijo de David, ¡el
único Cristo posible para Israel y para las naciones!
Pues allí vivirán ellos de todas las familias, razas,
pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra; y la poseerán
para siempre como herencia santa y perpetua de su Dios y de
su gran rey Mesías, el Señor Jesucristo, para seguir "amando
a su Dios y a su salvador celestial", por miles de siglos
venideros, en la eternidad venidera.
AMAR CON TODO EL CORAZÓN Y CON TODA EL ALMA, ES SANTO PARA
DIOS
Por eso, has nacido en la tierra, para amar a tu Dios y a su
Jesucristo, también, salvador de tu alma viviente, en el
cielo y en la tierra, para siempre. Por lo tanto, para honrar
la voluntad perfecta de tu Dios y de tu salvador celestial,
en tu corazón y en tu vida, entonces amaras al Señor tu Dios:
con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus
fuerzas, hoy en día y por siempre en tu lugar eterno, en el
reino de los cielos.
Porque no hay nada mejor para el corazón del hombre, de la
mujer, del niño y de la niña, de todas las familias de las
naciones de la tierra, para siempre, para ser feliz y vivir
su vida eternamente y para siempre, en el seno del SEÑOR, de
nuestro Dios y Padre Celestial, en la tierra y en el cielo.
Por lo tanto, en el día que el corazón del hombre comience
"realmente a amar a su Dios", entonces toda su alma ha de ser
feliz, como jamás pensó ser feliz en su vida, en la tierra o
en el paraíso. Es decir, que el corazón que no ama a su Dios
y Creador de su vida, ha de ser porque "la luz de Cristo aun
no ha resplandecido" en las tinieblas de su corazón.
Puesto que, el que ama a su Dios, en el espíritu y en la
verdad del Señor Jesucristo, entonces aunque esté muerto
vivirá. Vivirá su alma eterna, por más pecador o pecadora que
haya sido, porque aun las tinieblas de su vida y en las
tinieblas de la muerte y de su tumba, "Jesucristo ha de
resplandecer" con su luz más brillante que el sol, por los
siglos de los siglos, en el más allá, en su lugar eterno del
reino de Dios.
Por lo tanto, las tinieblas de Lucifer y de sus ángeles
caídos jamás han de volver a molestarlo como antes que
conociese el nombre del Señor Jesucristo, ó como antes que
naciese por segunda vez del Espíritu de fe, de nuestro Dios y
Padre Celestial, que está en los cielos. Y las tinieblas
desaparecerán para siempre de su vida, porque la luz de
Cristo reina en su corazón y en toda su vida; tan brillante
que su luz divina se puede ver en el cielo, también, por Dios
y por los ángeles eternos.
Porque para Dios el que le ama a Él, en su vida por la
tierra, por más pecador o por más pecadora que sea, entonces
también le ha de amar en el paraíso de igual manera junto a
su Árbol de vida y de salud eterna, ¡el Señor Jesucristo!
Para seguir entonces amándole eternamente y para siempre sólo
a Él, su único Dios eterno, en su nueva vida celestial, en el
reino de los cielos.
Porque así como Dios no deseo jamás un hombre como Adán o una
mujer como Eva, infieles, que no quisieron a Él, en el
espíritu y en la verdad viviente de su fruto de vida eterna,
el Señor Jesucristo; pues así también no te ha de amar a ti,
tampoco, si el Señor Jesucristo no está en tu corazón. Porque
para Dios, sin Jesucristo en el corazón del ángel o del
hombre, no hay nada con Él, en el cielo o en la tierra,
igual, para siempre.
Ahora, si el Señor Jesucristo no reina en ti, para servir y
amar eternamente y para siempre a tu Dios, en la tierra, pues
tampoco lo podrás amar a Él, en su vida santa, en el nuevo
reino de los cielos, como en La Nueva Jerusalén Santa e
Infinita, en el más allá. Y Dios no está para recibir, ni
para soportar conflictos eternos en el cielo, como los de
Lucifer y de sus ángeles caídos, por ejemplo.
Ésa era está lejas de Él, y no quiere volver a ver un solo
día de ella, para siempre. Sólo Dios desea ver nuevos días
con su Jesucristo y con su mucha gente que le ama a Él, en su
espíritu y en su verdad, eternamente y para siempre, en la
tierra y en su nuevo reino de los cielos, el cual no tendrá
fin jamás. Su reino tendrá fin, porque Lucifer ya no podrá
entrar en él, ni su palabra de mentira, tampoco.
Porque Dios ha creado el reino de los cielos y su nueva vida
infinita para los ángeles y así también para que todos los
hombres, mujeres, niños y niñas, de la humanidad entera, le
amen a Él y a su nombre bendito de su Árbol de vida, el Señor
Jesucristo, su "única verdadera justicia, vida y salud
divina", para siempre.
Por lo tanto, tanto para los ángeles del cielo y como para
los hombres de la tierra, sin Cristo Jesús en sus corazones,
entonces no podrán jamás amar a su Creador de todo corazón,
ni mucho menos conocerle tal como Él es, y como siempre ha de
ser para con nosotros y los ángeles, por los siglos de los
siglos.
En verdad, ellos permanecemos en tinieblas aun de muertes
infinitas en el infierno y en el lago de fuego, en el más
allá, en la eternidad del mundo de las almas perdidas: "si la
luz del amor de Dios en su Jesucristo" no nos alumbra, desde
hoy mismo y por los siglos venideros en la nueva eternidad
celestial.
Por eso, tú mi estimado hermano y mi estimada hermana, estas
llamado por Dios ha creer en su Hijo amado, el Señor
Jesucristo, tu único posible salvador y amor infinito hacia
Dios y hacia tu nueva vida infinita, en la tierra y en el
nuevo paraíso, la nueva ciudad celestial, La Jerusalén Eterna
del reino de los cielos.
POR CUANTO HAS CONOCIDO SU NOMBRE, ENTONCES ÉL TE AMARA
Porque en tu Dios y Padre Celestial has puesto tu confianza y
tu amor, entonces Él mismo te ha de librar del poder del
enemigo, mi estimado hermano y mi estimada hermana; para
ponerte en todo lo alto de tus enemigos y de tu nueva vida
infinita, también, en el reino de los cielos. En la vida
eterna, del más allá, en donde sólo conocerás: verdad, vida y
justicia infinita, en tu corazón y en toda tu alma viviente,
también, para siempre.
Además, Dios ha de hacer todas estas bendiciones y
misericordias de su buen corazón, para con tu corazón y para
con tu alma viviente, también, porque "le has amado aun mucho
más" que los ángeles del cielo le han podido amar a Él y a su
Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, desde siempre y
para la eternidad venidera.
Por cuanto, has invocado su nombre santo, en lo profundo de
las tinieblas de tu corazón, para honrarlo y para
glorificarlo, desde hoy mismo y por siempre, entonces te
amara, sin fin alguno aun más allá del infinito, su amor no
tendrá fin en ti, jamás. Pues Él vive en el reino de los
cielos y está sentado sobre su trono de gran gloria y de gran
honra sólo por ti, para amarte para siempre.
Entonces te amara a ti también, fielmente y para siempre, tu
Dios Viviente, de igual forma como le has amado a Él en la
tierra, sólo con el nombre bendito de su Jesucristo en tu
corazón y en toda tu alma eterna, también. Y en tu vida
celestial, con Él y con su Espíritu, rodeado de la gloria del
Árbol de la vida con sus ángeles y las almas redimidas de la
humanidad entera, entonces se ha de acordar de ti, de cómo le
amaste a pesar de la terrible presencia de Lucifer y de sus
ángeles caídos, por toda la tierra.
Es decir, que Dios te ha de amar, desde hoy mismo y por
siempre, de la misma manera que siempre ha amado a sus seres
santos y aun con mayor amor celestial de su Árbol de vida
eterna, porque has creído en Él, por medio del nombre de su
Hijo amado, el Santo de Israel y de la humanidad entera.
Ya que, no hay nada de buen gusto para el corazón y para el
alma santísima de nuestro Padre Celestial, de que nosotros
creamos en Él y en su Árbol de vida infinita, solamente por
medio de la vida preciosa y sumamente honrada de su Hijo
amado, el Señor Jesucristo.
Porque mayor que su Árbol de vida, en el cielo, en el
paraíso, en la tierra de nuestros días o en la nueva
Jerusalén santa y eterna, del más allá, no hay nadie. Pues
así también tiene que se en tu corazón y en toda tu vida por
la tierra, nadie debe de ser mayor que el Señor Jesucristo,
ningún ser querido, ni ninguna cosa de la tierra, ni mucho
menos los ídolos e imágenes del vaticano, Lucifer, el enemigo
numero uno de la vida santa del cielo y de la Ley de Dios y
de Israel, por ejemplo.
En realidad, sólo el Señor Jesucristo es mayor en toda la
gloria infinita del reino de nuestro Dios y Padre Celestial
que está en los cielos. Y los ángeles de Dios lo saben muy
bien en sus corazones, salvo los que se rebelaron y se
perdieron eternamente y para siempre, en sus maldades de las
profundas tinieblas del corazón y del nombre rebelde de
Lucifer, por ejemplo. Porque ellos siguen deshonrado la
palabra de la Ley de Dios día y noche por todos los lugares
de la tierra, en donde el hombre de mentira y de muerte vive.
Y lo mismo podríamos decir de todos los hombres de la tierra,
de nuestros días, también, por ejemplo. Porque sólo un
remanente de la humanidad entera le ha sido fiel a nuestro
Dios, a través de los tiempos hasta nuestros días, en lo
profundo de sus corazones y de sus almas eternas, al creer en
sus vidas y al confesar con sus labios, ante su presencia
santa, de que "el Señor Jesucristo es su Hijo amado".
Dado que, sólo el Señor Jesucristo es el Cristo de Israel y
de la humanidad entera, hoy en día y por siempre, en la
eternidad venidera, en el nuevo más allá, de Dios y de su
Árbol de vida infinita. Y mayor que Él, lo quiso ser Lucifer,
pero no le fue posible, porque no tenía los poderes y las
autoridades sobrenaturales del nombre santo de Dios para
lograrlo, en su corazón y en toda su vida angelical, en el
reino de los cielos.
Por lo tanto, Lucifer perdió todo y hasta su misma vida
celestial, también, en el día que intento levantarse más alto
que el nombre sagrado de Dios, el Señor Jesucristo, en el
reino de los cielos y delante de todas las huestes
celestiales, del más allá. Y Lucifer tropezó en contra de
Dios y de su Árbol de vida eterna, porque "no tenía amor por
su Dios" en su corazón perdido y lleno de las tinieblas, de
su gran pecado y de su gran maldad, al rebelarse en contra de
su nombre salvador, el Señor Jesucristo.
Porque la verdad siempre fue de que el Señor Jesucristo no
sólo era el amor de la vida eterna del reino de los cielos
para Dios y para sus criaturas, sino que también es el único
Árbol de vida y de salud eterna, en su epicentro. Por lo
tanto, el fruto de vida para que Lucifer viviese así también
como todos los ángeles del cielo, fue siempre Jesucristo; es
más, Jesucristo siempre fue el salvador de Lucifer y de sus
seguidores, pero le rechazaron para mal eterno y fin de sus
vidas, en el cielo, para siempre.
Es decir, que Lucifer desde el día de su creación, a pesar de
que era muy sabio y perfecto, a la vez, en su caminar delante
de Dios, en todos los rincones del reino de los cielos, en
realidad, no amaba a su Dios, como debía su corazón amara su
Creador. Realmente, Lucifer no amaba a su Dios, ni jamás le
pudo amar, porque "no conocía el fruto de vida eterna" en su
corazón y en todo su espíritu viviente, también, el cual
siempre ha sido desde tiempos inmemoriales, en la vida santa
del reino de los cielos, ¡el Señor Jesucristo!
Es más, "Lucifer jamás supo amar nada ni a nadie", tampoco,
porque "jamás conoció el amor de Dios" aunque siempre estuvo
presente delante de Él, desde el día de su creación, por la
palabra de vida, hasta el día que se rebelo en contra de su
Hacedor y de la gloria infinita de su Árbol de vida eterna,
el Señor Jesucristo.
Efectivamente, el corazón de Lucifer no supo, ni sabrá jamás:
todo lo glorioso, lo honroso, lo santo, lo justo y lo grande
que es para el corazón del ángel del cielo y del hombre de
fe, de la tierra, de que creer y de amarle, a la vez, a su
Dios, por medio de la vida honrosa del Señor Jesucristo.
COSAS QUE EL HOMBRE NO HA VISTO, NI HA PENSADO JAMÁS, SON LAS
QUE DIOS TIENE POR ÉL, POR SU AMOR A SU NOMBRE SANTO
Podríamos decir también, como está escrito: Cosas que ojo no
vio, ni oído oyó, que ni han surgido en el corazón del
hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman a
Él, sólo por medio del nombre y de la sangre gloriosa del
pacto eterno, entre Él y el hombre de la tierra, el Señor
Jesucristo.
Porque lo que Dios le ha prometido al hombre, la mujer, el
niño y la niña, de la humanidad entera, es aun más glorioso y
mucho más santo, noble, que todo lo que los ángeles del reino
de los cielos han conocido a través de los tiempos de sus
vidas sagradas, ante Dios y hasta nuestros días, también, por
ejemplo.
Es decir, que en Cristo Jesús, Señor nuestro, tenemos todo y
de todo, en esta vida y en nuestra nueva vida venidera, en el
más allá, en el nuevo reino de los cielos. Y sin Jesucristo
jamás habrá luz ni vida en nuestras vidas, terrenales o
celestial, para ver y recibir, a la vez: las bendiciones de
maravillas y de milagros infinitos de la vida santa del reino
de Dios y de su Árbol de vida eterna, su Hijo amado, ¡el
Señor Jesucristo!
Y de esta gloria es de nuestros corazones hacia nuestro Dios,
que está en los cielos, por tan sólo "haber honrado la vida
con la gran obra gloriosa del Señor Jesucristo", en la vida
de Israel, para gloria y para honra infinita de su nombre, en
el corazón de sus ángeles y de sus hombres de fe, también,
para siempre.
Por lo tanto, todo lo que es de Dios y de su Árbol de vida
eterna, es para cada uno de sus hijos y de sus hijas fieles
en todos los lugares de la tierra, hasta que entren también
aun en el más allá. Y esto ha de ser realmente en sus nuevas
vidas celestiales, en Cristo Jesús, único salvador eterno de
nuestros corazones y de nuestras almas vivientes, en la
tierra y en el paraíso, también, hoy en día y por siempre, en
la nueva eternidad venidera.
Es por esta razón, de que nuestro Padre Celestial ha creado
muchas mansiones celestiales, para que cada uno de nosotros
tenga su lugar en el cielo, para servirle y adorarle, en el
poder y en la autoridad sobrenatural de su nombre, en
nuestros corazones y en nuestras almas redimidas por el poder
de la sangre eterna, de su Hijo amado.
Y estas mansiones son hechas de oro y de piedras preciosas,
así como las coronas de vida eterna han sido hechas por Dios
mismo para cada uno de sus hijos y de sus hijas, de todas las
familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos del mundo
entero, para que vivamos por siempre feliz con Él, en su
reino celestial.
Además, ésta felicidad de nuestros corazones, no ha de ser
tanto porque hemos encontrado nuestro lugar eterno, en
mansiones celestiales, hechas perfectas y sabias en el poder
sobrenatural de la sabiduría infinita de nuestro Padre
Celestial, sino porque le hemos aprendido amar sólo a Él, por
medio del fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo.
También, hemos de ser felices eternamente, por haber conocido
a nuestro Dios, por medio de la sangre redentora de su
Jesucristo, en la manera más preciosas y sumamente gloriosa
para nuestro Dios, para conocerle a Él, en esta vida y en la
nueva vida venidera, para miles de siglos, en la nueva
eternidad de Dios y de su humanidad infinita.
Por eso, es muy bueno que el Señor Jesucristo esté en
nuestros corazones día y noche para que el corazón de Dios
"sea feliz contigo". Y si el corazón de Dios es feliz
contigo, entonces te ha de amar eternamente y para siempre,
con su amor único e infinito, el cual sólo el Señor
Jesucristo lo conoce, en lo íntimo de su corazón viviente.
Pero le has de conocer tú también, porque habrás agradado la
verdad y la justicia infinita de nuestro Padre Celestial, las
cuales han descendido del altar del reino de los cielos, para
bendecir tu corazón y toda tu alma eterna, en la tierra, en
donde sea que tú vivas, en el día de hoy, por ejemplo, mi
estimado hermano eterno.
Porque al complacer la verdad y la justicia de nuestro Padre
Celestial y de su altar viviente, en nuestros corazones
humanos, entonces habremos agradado el corazón de nuestro
salvador, el Señor Jesucristo, también, quien es realmente:
"el Ungido y el Eterno de Israel y de la humanidad entera",
en la tierra y en el reino de los cielos, para siempre.
Y éste amor divino y eterno es el que ha de vivir en cada uno
de nuestros corazones, de la misma manera que siempre ha
vivido en el corazón de nuestro Padre Celestial, en el cielo
y por toda la tierra, también, para alcanzar glorias y
santidades infinitas en nuestras vidas terrenales y
celestiales, como en el paraíso, por ejemplo.
Entonces Dios nos ama hoy en día por la gloria y por la
santidad que tenemos de parte de su Hijo, y de las que hemos
de alcanzar en nuestras vidas futuras, en la tierra y en el
cielo, también, para hacer de la tierra y del reino de los
cielos: lugares gloriosos para Dios y para su nombre bendito.
NUESTRO AMOR EMPEZÓ EN DIOS
Porque la verdad es que nosotros amamos, o hemos aprendido
amar, porque nuestro Dios y Padre Celestial nos amó primero,
en su altar santo y en su tierra eterna del reino de los
cielos y de sus ángeles eternamente gloriosos, por ejemplo. Y
de éste amor infinito de nuestro Dios, es el que sentimos
hacia Él y hacia su Hijo amado, también, el gran rey Mesías
de Israel y de la humanidad entera, ¡el Señor Jesucristo!
Por lo tanto, el espíritu del amor infinito de nuestro Dios y
de su Hijo amado junto con su Espíritu Santo, y sus huestes
de ángeles del reino de los cielos, es realmente uno y único,
a la vez. Y de este amor celestial no se puede encontrar en
cualquier lugar de la tierra, "más sólo en la invocación
perfecta del nombre del Señor Jesucristo", en nuestros
corazones y con nuestros labios.
Además, cuando creemos en Él y en su nombre redentor y
sobrenatural, entonces "las ventanas de los cielos se abren"
para Dios dejar que el espíritu de su nombre y de su palabra
se derrame sobre cada uno de nosotros, desde su lugar santo y
eterno, para entrar y permanecer en nuestros corazones y en
nuestras almas vivientes, para siempre.
Porque tanto su espíritu como sus dones, de su amor, paz,
gozo, felicidad, bondad, mansedumbre, honra, gloria,
sabiduría, entendimiento, discernimiento y muchas más ricas
bendiciones infinitas del fruto de vida, del Árbol de Dios,
no es sólo para nuestras vidas en la tierra, sino para
nuestras verdaderas vidas infinitas y celestiales, en el
nuevo reino de los cielos.
Es decir, que "las bendiciones de Dios jamás mueren", ni
jamás dejan de ser como su espíritu de amor de su nombre y de
su Hijo amado, que siempre han de vivir en nuestros corazones
y en cada día de nuestras vidas eternas, de la misma manera
que han vivido en los corazones de los ángeles del reino, por
ejemplo.
Es por eso, que podemos confiar siempre en el espíritu de
amor, de nuestro Dios hacia su Hijo amado, el Señor
Jesucristo. Porque éste amor celestial jamás ha fallado por
culpa del pecado de ningún hombre, ni de ningún ángel caído,
por ejemplo, sino por lo contrario. El amor de Dios no tiene
comienzo, ni tiene fin, una vez que ha entrado en nuestras
almas vivientes, en la tierra o en el paraíso.
Además, el espíritu de amor de Dios siempre ha sido fiel, en
los corazones de cada uno, de los ángeles del reino de los
cielos y de los hombres y mujeres de la fe viviente, del
nombre del Señor Jesucristo, en nuestros corazones y en cada
momento de nuestras vidas por la tierra y hasta final,
también, en el paraíso.
Realmente, el espíritu de amor de nuestro Padre Celestial por
el Señor Jesucristo, en nuestros corazones y en nuestras
vidas por la tierra, como en el más allá, también, en el
paraíso, jamás ha de fallar. Porque simplemente es imposible
que el espíritu de amor y de sus muchos dones de maravillas y
de milagros infinitos falle en nuestros corazones y en
nuestras vidas, aunque hayamos sido los peores pecadores de
la vida de la tierra.
Y esto ha de ser verdad siempre, aunque nosotros le fallemos
a Él y a su Árbol de vida, como sucedió con Adán y Eva, por
ejemplo, en el día que cayeron de la gracia de Dios, por
comer del árbol de la ciencia, del bien y del mal, pero Dios
permaneció fiel a su amor infinito para con ellos. Es más,
éste amor fiel hacia Adán y Eva sigue en vigencia hasta
nuestros tiempos, por ejemplo.
Entonces el amor de nuestro Dios hacia cada uno de nosotros,
por medio de la fe redentora de nuestro salvador, el Señor
Jesucristo, viviendo en nuestros corazones, aun por más que
pecadores que seamos en la tierra, ha de ser siempre fiel
hasta más allá del final, en el nuevo reino de los cielos,
porque simplemente no podrá fallarnos jamás.
Por lo tanto, en nuestro Padre Celestial siempre tenemos que
confiar, y de todo corazón, también, sólo por medio de la
vida y de la sangre redentora y sobrenatural de su gran rey
Mesías, "El Cordero Escogido de Dios y de Israel" para el
bien eterno de la humanidad entera. Porque "no existe mayor
fe posible", para ángeles en el cielo y para hombres en el
paraíso y en toda la tierra, también, que no sea el Señor
Jesucristo.
Y si amamos de verdad a su Cordero Escogido, su Hijo amado,
entonces nos ha de comenzar a amar, como nunca hemos sido
amados por nada, ni por nadie, en esta vida ni en la vida
nueva del nuevo reino de Dios y de su gran rey Mesías, el
Hijo de David, el Cristo de la nueva eternidad venidera.
Además, si realmente estamos en su amor infinito, "entonces
hemos de crecer en la luz más brillante que el sol, la cual
nos alumbrara siempre paso a paso, durante los días de
nuestras vidas por la tierra, hasta llegar a la presencia
santa de nuestro Dios y felicidad infinita, en nuestro lugar
eterno, en el reino de los cielos".
Porque es el amor de nuestro Dios hacia su Jesucristo que
realmente nos da vida día a día y por siempre en la eternidad
venidera, de la nueva vida infinita del reino de los cielos.
Y es éste amor sobrenatural que nos ayudara a crecer también,
siempre felices hacia nuestro lugar infinito, lo cual es muy
loable y eternamente honrado, por cierto, en el corazón de
nuestro Dios y Padre Celestial.
El Creador del cielo y de la tierra, que está sentado en el
trono de su reino celestial, "esperando", como siempre: de
que le rindas glorias y honras infinitas desde tu corazón
bendecido por su Espíritu Santo y por su Hijo amado hacia Él,
hacia su corazón eternamente amante de ti, mi estimado
hermano y mi estimada hermana.
En verdad, nuestro Padre Celestial enamorado de tu alma, mi
estimado hermano y mi estimada hermana, ha esperado eternidad
tras eternidad para que tú mismo, y no otro, le dé del amor
de su corazón humano y de su alma eterna, también, para Él
entonces gozarse, como jamás se haya gozado en toda su
existencia hasta nuestros días, por ejemplo.
Y sólo así entonces gloriarse eternamente en ti, en tu nueva
vida celestial, sentado por amor a tu alma viviente, en su
trono santo y delante de sus ángeles fieles a Él y a la vida
perfecta y sumamente gloriosa de su Hijo, el Señor
Jesucristo, que sólo vive por ti, desde el día que se levanto
de los muertos.
AMO A MI DIOS, PORQUE SIEMPRE ME ESCUCHA A PESAR DE LA
DISTANCIA
Por eso, amo al Señor mi Dios, Fundador del cielo y de la
tierra, pues ha escuchado mi voz y mis súplicas, al inclinar
su oído y su misericordia infinita hacia mí y hacia cada uno
de los míos, también, en toda la tierra. Pues mi Dios se ha
inclinado hacia cada uno de nosotros, de todas las familias,
razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, para
bendecirnos mucho más que antes, con su amor eternamente
santo y supremamente glorioso, para bien de nuestros
postreros días, no sólo en la tierra, sino aun mucho más que
esto.
Para bien eterno de nuestras almas y de nuestras nuevas vidas
en la tierra eterna de nuestro nuevo hogar de nuestros
primeros pasos, en el reino de los cielos, para vivir felices
en nuestra nueva ciudad celestial e infinita. Porque Dios ha
fundado ésta gran ciudad llena de su espíritu de amor para
con su Árbol de vida y cada uno de sus frutos, todo hombre,
mujer, niño y niña de todas las naciones de la tierra.
Además, esta nueva ciudad divina e infinitamente llena de la
luz del amor de Dios y de su gracia celestial hacia cada uno
de nosotros en la tierra, es La Nueva Jerusalén Santa y
Eternal de Dios y de su gran rey Mesías, el Árbol de la vida
eterna, el Hijo de David, ¡el Cristo de la eternidad
venidera! En realidad, ésta es la ciudad del cielo, por la
cual siempre acaricio con ilusiones infinitas en su corazón
santo, y espero mucho por ella, hasta nuestros tiempos, por
ejemplo.
Ya que, en ésta ciudad eterna sólo existe y florece día a día
y por siempre: "el espíritu del primer amor de Dios" hacia
toda su creación y de cada uno de nosotros, de todos los
hombres, mujeres, niños y niñas, de la humanidad entera. Por
lo tanto, el espíritu de esta gran ciudad celestial e
infinita es el amor de Dios, hacia su Árbol de vida y cada
uno de sus frutos, de todos los ángeles y hombres de la
humanidad entera, para servirle a Él en la verdad y en la
justicia de su primer amor hacia la vida eternal de su Hijo
amado.
Además, nosotros hemos de gozar del espíritu de éste "gran
amor infinito de Dios y de su Hijo amado", porque el nombre
del espíritu del amor de Dios vive en nuestros corazones. Y
esto es verdad, en cada uno de nosotros, en toda la tierra,
desde el momento que creímos en el Señor Jesucristo para
volver a nacer, no del amor de nuestros progenitores, sino
del primer amor sobrenatural de Dios y de su Árbol de vida
eterna, el Señor Jesucristo.
Porque Dios desea que no sólo los ángeles vivan siempre con
sus corazones llenos del espíritu de éste primer amor
infinito entre Él y su Hijo amado, sino que también desea ver
lo mismo en cada hombre, mujer, niño y niña, de la humanidad
entera, sin que ninguno de ellos se quede sin ésta gran
bendición celestial en su vida.
Dado que, ésta es la nueva vida celestial de su nuevo reino
infinito de los cielos, por el cual Dios siempre ha soñado y
a trabajado mucho tiempo, desde los primeros días de la
antigüedad, para lograrlo en un día como hoy, por ejemplo,
contigo, mi estimado hermano y mi estimada hermana. Y esto ha
sucedido contigo, en un día como hoy: al recibir a Jesucristo
en tu vida, entonces también has recibido su ciudad
celestial, en tu corazón eterno.
Es decir, en el momento que tú te decides, mi estimado
hermano y mi estimada hermana, por vivir "sólo por el
espíritu del amor eterno de Él y de su Hijo amado", el Señor
Jesucristo, en tu corazón y en tu vida por la tierra y del
más allá, entonces comenzaras a ser feliz, tan feliz como los
ángeles, por ejemplo.
Porque con una vida y un reino, sólo lleno del primer amor de
su corazón consagrado para su Hijo amado, es lo único que
mantendrá: la paz, el gozo y la felicidad infinita de su
nuevo reino de los cielos. Es más, en esta nueva vida
celestial, llena del amor del corazón de Dios y de su
Jesucristo, jamás habrá ningún tipo de conflicto, sino sólo
amor y sus muchas bendiciones infinitas para nuestros
corazones y para nuestras almas eternas.
Y esto ha de ser verdad, en cada corazón del hombre y de la
mujer de la tierra, comenzando, desde hoy mismo en tu corazón
y en toda tu alma, también, mi estimado hermano y mi estimada
hermana, para que crezcas siempre en el conocimiento y en "el
amor celestial" de nuestro Padre Celestial, que está en los
cielos, por ejemplo.
Por lo tanto, el mandamiento de Dios, en todos los rincones
del reino de los cielos, para con sus ángeles, arcángeles,
serafines, querubines y demás seres santos, ha sido de
"amarle a Él" por siempre, en el espíritu del amor de la
verdad y de la justicia infinita de su Árbol de vida eterna,
el Señor Jesucristo.
Porque sólo esto es amor único y del mejor para que sólo Él
sea amado eternamente y para siempre, en la perfecta santidad
y sabiduría infinita del corazón bendito, de su Árbol de vida
eterna y de cada una de sus criaturas, en toda su creación.
Porque sólo en su Hijo amado está la vida para toda la gloria
infinita del nuevo reino de los cielos y de cada uno de sus
habitantes de ángeles y hombres, mujeres, niños y niñas, de
todas las familias de las naciones, de la humanidad entera.
Es por eso, que Dios "jamás ha aceptado" ningún otro espíritu
de amor para con Él y para su Ley Santa, que no sea la de su
Árbol de vida, el Señor Jesucristo, en el reino de los
cielos, en el paraíso, o en la tierra de nuestros días, por
ejemplo. Y esto ha de seguir siendo verdad para con todos
nosotros, en nuestros corazones, como hoy en día, por
ejemplo, y en la nueva eternidad venidera, de la nueva tierra
infinita de su gran ciudad celestial, La Nueva Jerusalén
Santa y Eterna, del más allá.
Es decir, que el amor de Dios hacia su Hijo y cada uno de
nosotros, en nuestros corazones y en nuestras almas, "jamás
ha de morir", sino que ha de crecer por siempre, en los
siglos venideros de su nuevo más allá celestial e infinito de
su gran rey Mesías, el Hijo de David para Israel y para las
naciones.
EL QUE AMA LOS MANDATOS DE JESÚS, ES PORQUE AMA A SU DIOS
Es por eso, que el Señor Jesucristo nos enseñaba Los
Mandamientos de la Ley de Dios y de Moisés, para que los
guardemos en nuestros corazones, para siempre. Porque el que
permanece en sus mandamientos y verdaderamente los guarda en
su corazón, entonces ése es quien realmente ama a su Dios y
Creador de su alma viviente, en esta vida y en la vida
venidera, también, en el más allá, en el nuevo reino de los
cielos.
Por eso, el que ama la palabra y la Ley, entonces será amado
por siempre por nuestro Padre Celestial, y el Señor
Jesucristo lo ha de amar también con el poder del Espíritu
Eterno de Dios, en su corazón para con él o para con ella, en
todos los lugares de la tierra y del reino de los cielos,
también. Y éste es un amor que permanece y jamás deja de ser,
en el corazón del hombre y en el corazón de Dios.
Porque el amor de Dios es para siempre, por lo tanto, el
Señor Jesucristo se ha de manifestar personalmente a todo
aquel y a toda aquella, que realmente ama en su corazón sus
mandamientos y los guarda, para entrar en la vida eterna,
desde ya, en cualquier lugar de la tierra, en donde viva, por
ejemplo, en su país.
Puesto que, el que ama la palabra y la Ley, entonces ése es
el que ha nacido de nuevo, no de la carne y sin la letra de
la Ley en su corazón, sino que ha nacido de nuevo del poder
del espíritu de fe, de Dios. Y éste poder del espíritu de fe,
de la palabra y de cada letra con su significado eterno, para
la nueva vida del reino de los cielos, en el más allá, es el
Señor Jesucristo, y no ningún ídolo e imagen de piedra, palo,
metal, tela o de cualquier otro material de las manos
pecadoras del pagano.
Ya que, el Señor Jesucristo es la palabra de la Ley de Dios
en el cielo y por toda la tierra, también, y ha de seguir
siendo por siempre la palabra de la Ley, en la vida nueva e
infinita del nuevo reino de Dios, para los ángeles y para
cada hombre, mujer, niño y niña, de la humanidad entera.
Porque sólo el Señor Jesucristo es "el verbo de Dios" para la
invocación de la salvación perfecta del alma viviente, de
todo hombre de la humanidad entera.
Es por eso, que todo aquel que desee cumplir la Ley en su
vida, entonces tiene que aceptar al Señor Jesucristo en su
corazón, como su salvador personal; de otra manera, no tiene
Ley su vida, ni su corazón conocerá las letras de Dios jamás,
en la tierra, ni menos en el paraíso o en el nuevo reino de
Dios. Porque el Señor Jesucristo no sólo es el salvador de
nuestros pecados, pero también es el salvador de la Ley de
Dios y de su palabra viviente, en nuestros corazones y en
nuestras nuevas vidas infinitas, en el cielo.
Por cuanto, todo aquel que "no cumpla la palabra de la Ley de
Dios en su vida", entonces está condenado por ella y por Dios
mismo, por haber transgredido los mandamientos eternos de la
vida infinita del reino de los cielos y de la humanidad
entera, también. Y el Señor Jesucristo ha nacido en la
tierra, no porque necesitaba hacerlo para bien de su vida o
de su alma santísima, sino que lo hizo por amor a cada uno de
nosotros, de todas las familias, razas, pueblos, linajes,
tribus y reinos del mundo entero: "para cumplir la Ley", en
nosotros y por nosotros, para siempre.
Es decir, para cumplir la letra de la Ley Divina en cada
palabra, cada letra, cada tilde y su significado eterno de su
Ley Viviente, para que nosotros entonces podamos ver la vida
eterna, desde ya, en la tierra y hasta entrar de lleno, en el
nuevo reino de los cielos, en el más allá. De otra manera,
"estábamos condenados a jamás cumplir la Ley", ni mucho menos
ha honrarla, ni ha exaltarla, en nuestras vidas, para
siempre.
Es decir, también, que el Señor Jesucristo por amor a la vida
en cada uno de nosotros, en el paraíso y en toda la tierra,
"ha vuelvo a nacer" no de su mismo Espíritu Santísimo, como
si lo necesitara hacerlo así para si mismo, sino de la carne
del hombre, pero sin sus profundas tinieblas o pecado. Porque
esta era la única manera, por la cual, la carne y el espíritu
del hombre podía volver a nacer, en perfecta santificación y
justificación infinita de la misma Ley de Dios y de Moisés,
por ejemplo.
Además, Jesucristo ha hecho esta gran verdad y misericordia
infinita, para llegar a ser parte de la vida del hombre y
sólo así entonces cumplir la Ley de Dios, en nuestros mismos
corazones y en nuestras mismas vidas terrenales, para gloria
y para honra infinita de nuestro Padre Celestial, que está en
los cielos.
Para que entonces al nosotros creer en Él y en su gran obra
redentora de la humanidad entera, del poder del pecado y de
la condena eterna de la Ley de Dios, entonces podríamos
volver a nacer, no de la carne de nuestros progenitores, sino
de la misma Ley, es decir, del Espíritu Santo, para poder ver
la vida eterna.
Y sólo así alejarnos del poder del pecado y de la muerte y, a
la vez, entrar a la vida eterna y al gozo infinito del
corazón de Dios y de sus ángeles gloriosos del reino de los
cielos, para nunca más volvernos alejar del paraíso y de su
Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, como sucedió con
Adán.
DIOS HACE SIEMPRE QUE TODO LE AYUDE PARA BIEN, "AL QUE LE
AMA"
Por lo tanto, sabemos muy bien, por su palabra y por sus
muchas promesas infinitas, de que Dios hace que todas las
cosas ayuden para bien a los que le aman, esto es, a los que
son llamados conforme a su misión, de servirle a Él y a su
nombre santo, en el cielo, en la tierra. Y esto ha de ser
verdad con cada uno de sus ángeles, hijos e hijas en su nueva
vida infinita, en la ciudad eterna: La Jerusalén Celestial e
Infinita, del más allá.
Además, esto es de servirle a nuestro Dios día y noche y por
siempre, en la eternidad venidera, en el espíritu de la
verdad y de la justicia infinita de su Hijo amado, su Árbol
de vida y de salud eterna, para todo ser viviente del paraíso
y de toda la tierra, también, hoy en día y para siempre.
Por lo tanto, Dios atiende a los que cuidan su nombre santo
en sus corazones, para no ofenderle en nada, jamás. (Y si le
ofendemos, él nos perdona inmediatamente, por amor a su
nombre y a su palabra santa.) Y éste nombre santo, el cual es
un nombre infinito sobre todo nombre en el cielo y por toda
la tierra, también, es el de su gran rey Mesías, ¡el Señor
Jesucristo!
Y Dios desea que no sólo los ángeles guarden en sus corazones
"éste gran nombre del reino de los cielos y de su
Jesucristo", sino también toda la tierra y su humanidad
infinita. Porque éste nombre es el comienzo, no sólo de la
sabiduría de Dios, en el corazón de los ángeles, sino también
es el comienzo infinito de su amor hacia su Hijo amado y
hacia cada hombre, mujer, niño y niña, de todas las naciones
de la tierra.
Por lo tanto, el nombre del Señor Jesucristo es tan
importante para Dios en el corazón de los hombres y de las
mujeres de toda la tierra, como también lo ha sido así por
siempre, para con los ángeles de su gran reino celestial, en
el más allá. Porque la verdad es que también, "cada llamado
al cielo del hombre" está escondido en el nombre del Señor
Jesucristo y no en ningún otro nombre o cosa del cielo o de
la tierra, como objetos de ídolos de piedra o imágenes de
espíritus diabólicos del vaticano, por ejemplo.
Es decir, que toda tu vida y su gran obra, cualquiera que sea
toda ella, para gloria y para honra infinita de nuestro Dios
y Padre Celestial, sólo se encuentra en tu vida, escondida o
guardada de todo peligro del maligno, sólo en la invocación
del nombre del Señor Jesucristo, en lo profundo de tu mismo
corazón.
Por ello, cuando clamas a Él, en su nombre sobrenatural y
eternamente antiguo, entonces salé a la luz: todo lo que has
de ser en la tierra y en el cielo, de igual forma, hoy en día
y para siempre, en la eternidad venidera. Porque el nombre de
Jesucristo es Todopoderoso, no tiene principio, ni fin, en el
cielo, ni menos en al tierra.
Es por eso, que sin el nombre del Señor Jesucristo en su
corazón, entonces la vida del hombre es incompleta, o el
hombre mismo es incompleto, sino fragmentos sin valor ni
dirección alguna en la tierra ni menos en el más allá,
también. Pero Dios ha creado al hombre y a su vida, para que
sean una sola cosa, en el poder sobrenatural del llamado
celestial y de la invocación sobrenatural del nombre del
Señor Jesucristo, y de su nueva vida infinita, en el reino de
los cielos.
Porque cuando el corazón del hombre cree en el Señor
Jesucristo y en su gran obra infinita y entonces así lo
confiesa con sus labios, al llamar a su Dios, invocando el
nombre de su Hijo amado, entonces "vida cae del cielo sobre
toda su alma viviente". Es decir, que el espíritu del amor
eterno de Dios comienza a descender de su altar santo y desde
el trono de la misericordia y de la gracia infinita de
nuestro Padre Celestial, para entrar y tocar nuestras vidas
humanas, para siempre.
Y esto es de tocar nuestras vidas, en muchas maneras, con el
fin de llenarnos día y noche de milagros, de maravillas y de
prodigios, que sólo bendicen y sanan la vida y el corazón de
aquel o de aquella que ama a su Dios y a su salvador eterno,
en lo intimo de su corazón, al Señor Jesucristo.
Es decir, también, de que Dios siempre hace que todas las
cosas, aunque sean las peores de cada momento de la vida del
hombre, se vuelvan bendiciones y milagros sobrenaturales,
para bendecir su vida y toda su tierra, también, a la misma
vez. Porque nuestro Dios es un Dios de milagros y de grandes
poderes sobrenaturales, en nuestros corazones y en nuestros
espíritus humanos, en toda tierra y en el cielo, también, hoy
en día y por siempre.
En otras palabras, Dios obra así en nuestras vidas para
bendecir la vida de sus hijos y de sus hijas, de todas las
familias de las naciones, para que sus corazones "le
agradezcan más y más" por su gran verdad y por su gran
justicia infinita: amándole a Él siempre, sólo por el nombre
bendito de su Hijo amado, el Señor Jesucristo.
Entonces te vuelvo a decir lo mismo de antes: para Dios no
hay mayor amor del corazón del hombre, de la mujer, del niño
y de la niña de la tierra, "si no es solamente la invocación
del nombre del Señor Jesucristo" de sus propios labios
eternos. Porque todo el poder de la vida del hombre está en
la invocación del nombre del Señor Jesucristo, en sus mismos
labios de su boca eterna.
Porque así como los ángeles del cielo invocan el nombre del
Señor Jesucristo día y noche, para gloria y para felicidad
eterna de sus corazones santos, en todos los lugares del
reino de los cielos, pues así también todo hombre, mujer,
niño y niña, de todas las familias, naciones, pueblos,
linajes, tribus y reinos de la tierra, hacen lo mismo.
Es decir, para que no lo han hecho todavía: Entonces cada uno
de ustedes debe de hacer lo mismo por siempre, en la tierra y
en su nueva vida celestial, en su nuevo hogar infinito, en el
reino de los cielos. Porque en el cielo "se canta y se
alaba" el nombre de Dios y de su Jesucristo por los labios de
los ángeles y de los hombres, mujeres, niños y niñas,
redimidos por el poder del sacrificio de la sangre santa del
Árbol de vida, Jesucristo.
PORQUE TODO AQUEL QUE AMA A DIOS, ENTONCES DIOS MISMO LE
CONOCE
En vista de que, si alguien ama de verdad a Dios, con todo su
corazón, con todas sus fueras, con todo su espíritu, con toda
su vida, entonces "tal persona es conocida por Él mismo", ya
sea en la tierra o en el paraíso. Porque en el paraíso Adán
comenzó amar a su Dios y a su vida santa y eternal, también,
pero le faltaba algo muy importante en su vida, para
verdaderamente amar a su Dios y Creador de su alma y de su
vida celestial.
Y esto era, de que el Señor Jesucristo tenia que entrar en su
corazón y en toda su vida, también, para que de esta manera
única, entonces el espíritu de amor de Dios pudiese comenzar
a crecer en él, hacia su Dios, en todos los lugares del reino
de los cielos y del paraíso, también, por ejemplo.
Porque la otra verdad es también, de que si en el corazón de
Adán el nombre del Señor Jesucristo no entraba, entonces
tampoco iba a entrar en su vida ni en toda su alma viviente,
también, para amar a su Dios, en espíritu y en verdad. Y
alguien así, que no ame a su Creador, por medio de su
Espíritu de vida, el Señor Jesucristo, sea ángel o hombre,
entonces su vida no era para vivirla en el cielo, sino en
otro lugar, como la tierra, de nuestros días, por ejemplo.
Porque Adán con seguridad amaba a Dios de todo corazón, pero
a su manera, y no a la manera que le agrada al corazón santo
de Dios y de su Espíritu Santo (o como debe de ser en el
cielo y en la tierra, también). Y éste es el amor, el camino
de la verdad y de la vida de Jesucristo, el único Árbol de
vida eterna, para los ángeles en el cielo y para los hombres
en la tierra, de nuestros días y de siempre.
Por lo tanto, Adán tenia que comenzarle amar a su Dios, a la
manera de la vida santa, del reino de los cielos, el Árbol de
la vida. Y esto no podía ser posible en Adán en el paraíso,
ni en ninguno de los ángeles del cielo, como en el caso de
Lucifer y de sus ángeles caídos, por ejemplo, porque no
conocían a Jesucristo, ni había comido jamás de su fruto de
vida y de salud eterna.
Por eso, Adán seguía amando a Dios, pero a su manera, y no a
la manera de su Árbol de vida eterna. Es por eso, también,
que el SEÑOR le dijo a Adán: De todos los árboles del Jardín
podrás comer y del Árbol de la vida, también. Pero del fruto
del árbol de la ciencia, del bien y del mal, jamás podrás
comer de él.
Dado que, en el día que comas de su fruto prohibido para tu
corazón, entonces has de morir. En otras palabras, lo que
Dios le había dicho a Adán era, de que en el día que comiese
del fruto de vida, del Árbol de vida eterna, entonces su
corazón comenzaría a amarle a Él, eternamente y para siempre.
Pues para esto Dios lo había llamado, "desde el fondo de las
profundas oscuridades", del polvo de la muerte de la tierra,
para que vea su luz y viva en su espíritu de amor y de
verdad, eternamente y para siempre, delante de su presencia
santa, en el reino de los cielos y en el paraíso, también.
Sin embargo, si comía del fruto prohibido del árbol de la
ciencia, del bien y del mal, entonces desde aquel momento en
adelante: él y cada uno de sus descendientes iba no sólo a
dejarle de amar, sino que peor que todo esto aun. En
realidad, jamás "iban a conocer su verdadero amor eterno",
para con sus corazones y para con su nueva vida celestial,
del nuevo reino de los cielos, para amar a su Dios y para
amar infinitamente a su Árbol de vida eterna, el Hijo de
Dios, en el más allá, para siempre.
Y esto era algo muy peligroso, no sólo para ellos, sino
también para toda la creación, también. Porque un reino de
los cielos o un paraíso o una tierra, como la nuestra, "sin
el amor del Señor Jesucristo en sus vidas", entonces no hay
vida. Simplemente la vida no es posible, ni mucho menos el
amor está en su lugar, en el corazón, ni en toda la vida del
hombre y de la mujer, para amar a Dios y a su vida infinita,
también, en la tierra o en el nuevo reino de los cielos, por
ejemplo.
Por eso, para amar a Dios, entonces primero "tenemos que amar
a su Jesucristo", su Árbol de vida eterna. Y Dios nos ha dado
muchas razones para amar a su Hijo amado; y su Hijo amado nos
ha manifestado muchas razones, también, para amarle a él y a
nuestro Padre Celestial, "en la verdad y en el espíritu de fe
y de justicia infinita", que ha impartido con cada uno de
nosotros, en nuestros millares, en toda la tierra.
Porque si realmente amas al Señor Jesucristo, entonces has de
estar amando, a la misma vez, aquel que vive por los siglos
de los siglos, en su trono de gracia y de misericordia
infinita, en el reino de los cielos. Y para cuando salgamos
de la tierra, entonces ha de ser para reencontrarnos con
nuestra vida celestial y paradisíaca, en el más allá, "llena
del amor y de la verdad infinita de Dios y de su Árbol de
vida eterna", ¡el Señor Jesucristo!
EL QUE AMA A SU FAMILIA MÁS QUE A DIOS, ENTONCES NO ES DIGNO
DE CONOCER A JESUCRISTO
Es por eso, que nuestro Señor Jesucristo nos enseñaba
siempre, diciéndonos: Todo aquel que ame a padre o a madre
más que a mí, entonces no es digno de mí. Y el que ama a su
hijo o a su hija más que a mí, entonces tampoco es digno de
mí. Y el Señor Jesucristo les hablaba de ésta manera directa
a los hebreos y gentiles de Israel, en aquellos días, para
que entiendan que el espíritu de amor de Dios es supremo
sobre toda vida celestial y humana, para con su Hijo amado,
el Señor Jesucristo.
Porque el espíritu de amor de Dios no puede, ni se debe
reemplazar por un segundo amor; esto jamás debería ser así,
delante de nuestro Dios y Padre Celestial. Porque el amor
infinito de nuestro Dios es eterno y no tiene igual alguno
entre los ángeles del cielo y los hombres de la humanidad
entera.
También, el amor de Dios no se puede contaminar, ni menos
comparar con el amor de ninguna otra cosa o ser viviente de
la tierra, por ejemplo, por más amado o por más amada que sea
aquella cosa o aquella persona, en la vida del hombre o de la
mujer. Sólo el amor a nuestro Dios y Señor Jesucristo debe de
ser supremo, en nuestros corazones y en nuestras vidas, de
hoy en día y de siempre, en la eternidad venidera, en el
nuevo reino de los cielos.
Porque nadie jamás podrá entrar en la vida eterna del reino
de los cielos, por el amor o por la sangre de algún ser
querido de la vida del hombre o de la mujer de la tierra,
como a su padre, madre, hermano o hermana, primo, prima,
amigo o amiga. Y esto es algo imposible, que suceda así;
jamás ha sucedió en el pasado, ni ha de suceder en el futuro,
por nadie, ni por ninguna razón del corazón o de la mente
humana del hombre de la tierra.
Sólo por el amor del Señor Jesucristo hacia nuestro Padre
Celestial, en nuestros corazones y en nuestras almas
vivientes, podrá "realmente darnos acceso a la vida santa y a
la tierra nueva y celestial", libre del mal del pecado y de
su muerte eterna de Lucifer y de sus ángeles caídos, en el
más allá, en el reino de Dios.
Porque en la vida nueva y eternamente santa, del nuevo reino
de los cielos, sólo los que aman a Dios, como los niños o
como las niñas, por ejemplo, con un corazón sano y santo, o
más bien como los ángeles del cielo, también, han de poder
heredar la vida eterna del reino de Dios y de su Hijo amado.
Es por eso, que el Señor Jesucristo comparaba el reino de los
cielos, como a los niños de la tierra, y no tanto como a los
ángeles del cielo. Porque en los niños está el corazón, libre
de todo mal y de todo pecado, como a Dios siempre le ha
agradado en su alma sagrada, para vivir su vida, siempre
llena del gozo y de la paz infinita de su Árbol de vida, el
Señor Jesucristo y de su Espíritu, también, con sus huestes
de ángeles eternos, por doquier.
Es por eso, también, que el Señor Jesucristo les decía a las
multitudes de Israel y de las naciones de siempre: si ustedes
no son así: "como los niños" (esos niños que siempre han
llevado en sus brazos y de sus manos), entonces no podrán
heredar jamás la vida eterna del reino de los cielos. Porque
el reino de los cielos es igual a la vida de un niño.
Y el Señor Jesucristo les hablaba de esta manera a las gentes
de Israel, porque en los niños y en las niñas "está el
corazón que verdaderamente ama y ama de verdad", con una amor
santo, limpio y sobrenatural, a la vez, que el hombre no lo
entiende ni lo conoce, salvo Dios mismo y su Espíritu Santo.
Y esto sólo sucede en la vida del hombre de toda la tierra,
cuando entra Dios y su Espíritu Santo en el corazón de la
vida del hombre, de la mujer, del niño y de la niña, de todas
las familias de la tierra, en el nombre del Señor Jesucristo,
por ejemplo. Es decir, que el alma del hombre vuelve a nacer,
no de su carne humana y pecadora, sino del Espíritu de vida
eterna, el Señor Jesucristo, libre y limpio de todo poder del
pecado y de sus tinieblas eternas.
Por esta razón, mi estimado hermano y mi estimada hermana, si
has pecado mucho en tu vida, por cualquier razón que hayas
tenido para hacerlo así, entonces Dios ha puesto "un camino
de escape", para librarte de la condena eterna de tus
pecados, en la muerte infinita del infierno o del lago de
fuego.
Y éste camino, es el camino del amor del Señor Jesucristo
hacia nuestro Dios y Padre Celestial, que está sentado en su
trono santo, en los cielos. Porque sólo el Señor Jesucristo
puede hacer que tu corazón vuelva a nacer, no de la carne de
tus antepasados, sino del Espíritu de vida de Dios y de su
Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo.
Es decir, también, que el nombre del Señor Jesucristo, una
vez que ha entrado en tu corazón, entonces puede hacer que tu
corazón vuelva a ser "como el corazón de un niño o de una
niña: para "amar verdaderamente a tu Dios y a tu nueva vida
celestial", en la tierra y en el reino de los cielos. Dios
jamás te avergonzara con un corazón de niño en tu pecho, sino
que te ayudara a ver mucho más allá de todas las cosas de la
vida, en la tierra y el paraíso, también, siempre.
Y has de amar a tu Dios, como nunca antes, si tan sólo crees
en tu corazón y confiesas el nombre del Señor Jesucristo con
tus labios, para amar, con ese amor sobrenatural que
solamente existe en el corazón de cada niño o de cada niña de
Dios y de su reino de los cielos, por ejemplo, para la
eternidad.
Además, Dios no te ha pedido algo que no puedes hacer, en tu
corazón y en toda tu vida, también. Pues si una vez fuiste un
niño, y ese corazón que ama de verdad estuvo vivo en ti, y
aun lo está en ti, pero dormido; pues Dios mismo puede
despertarlo y volvértelo a entregar, si tan sólo crees en su
poder y en su autoridad sobrenatural en tu vida, en el nombre
glorioso y sumamente honrado del Señor Jesucristo.
Porque sólo en el nombre del Señor Jesucristo es donde está
guardado ése corazón, que te pertenece sólo a ti, y que por
un tiempo de tu niñez estuvo en ti, pero el tiempo, el pecado
de Lucifer con sus tinieblas lo ha cegado y puesto a dormir.
Pero Dios tiene el poder, en el nombre de su Hijo amado, para
volverte a dar de nuevo ése mismo corazón, y no otro, para
que ames a tu Dios y a tu nueva vida infinita, en el espíritu
y en la verdad celestial de su Árbol de vida, el Señor
Jesucristo.
En verdad, hoy en día, Dios no le está pidiendo al hombre,
algo que no pueda hacer en su vida, sino por lo contrario. El
hombre y la mujer pueden volver a amar de verdad y de todo
corazón a sus almas eternas y a su Dios sobre todas las
cosas, de sus vidas por la tierra y en el más allá, como en
su nueva vida infinita del reino de los cielos y de su gran
ciudad celestial: La Nueva Jerusalén Santa y Eterna.
DIOS MISMO Y CON SUS MANOS HA DE VOLVER A EDIFICAR A SION
Porque Dios bendecirá a Sion con paz y con vida infinita y,
además, reedificará sus contornos y ciudades eternas. Sólo
habitarán en ella y la poseerán, como a sus corazones mismos,
amantes de toda verdad y de todo lo que es de Dios y de su
Árbol de vida, en el paraíso y en la tierra, también, su
nueva creación con nuevas tierras y nuevos cielos.
Pues los descendientes de sus siervos fieles a su nombre
santo la heredarán, y los que aman, hoy en día por toda la
tierra y por siempre "su Ley Bendita y su nombre salvador de
su Hijo amado", el Señor Jesucristo, en sus corazones. Porque
por amor Dios ha creado al hombre y a su nueva ciudad
celestial, en el cielo, para que vivan juntos con Él y los
suyos, para siempre.
Ciertamente para ellos es el cielo; ellos habitarán, en la
Nueva Jerusalén Santa y Infinitamente gloriosa, en sus
mansiones eternas, con calles pavimentadas de oro, mar de
cristal y su luz que emana del calor del corazón amoroso de
nuestro Dios y Padre Celestial, hacia su Jesucristo y sus
hijos e hijas de todas las naciones de la tierra.
Verdaderamente, ésta es una ciudad que ya ha sido preparada
por el espíritu del amor de Dios y de su Árbol de vida, para
bendecir grandemente a cada uno de sus fieles, por toda la
tierra y aun en el más allá, también, en el paraíso, por
ejemplo, porque sólo de ellos es el amor de Dios y de su
Jesucristo.
Para que ellos habiten en Sion, los que han creído en sus
corazones y confesado con sus labios, de que "el Señor
Jesucristo es el Hijo amado de Dios": ¡el Santo de Israel y
de las familias de las naciones del mundo entero, que aman a
Dios de todo corazón, hoy en día y como siempre, en la
eternidad venidera!
Por lo tanto, la nueva vida con su ciudad celestial es de
cada uno de nosotros, en todas las naciones de toda la
humanidad entera, mi estimado hermano y mi estimada hermana.
Porque tenemos "un corazón hecho en el cielo y con las manos
de Dios", en donde el Señor Jesucristo habita en su nombre
sobrenatural, para honrar y para amar a nuestro Dios y
Creador de nuestras vidas, en la tierra y en el más allá,
para miles de siglos venideros, en la nueva eternidad de Dios
y de su Jesucristo.
En verdad, esta nueva tierra con nuevos cielos nos ama
infinitamente, porque hemos amado a Dios, por medio de su
fruto de vida y de salud eterna, el Señor Jesucristo. Por
ello, esta tierra eterna nos añora día y noche, deseando
siempre que ya estemos en ella viviendo: la vida eterna con
nuestro Dios y Padre Celestial, al lado de nuestro Árbol de
vida, el Señor Jesucristo.
Y porque Dios ama esta nueva ciudad celestial y eternal,
entonces ha de redimir a todos sus hijos y a todas sus hijas
de todas las naciones de la tierra, para que entren y vivan
en ella, siempre felices en sus corazones, de haber llegado a
conocer a su Dios y único Creador: de sus vidas eternas, ¡el
Todopoderoso!
Porque la verdad es que no existe mayor gozo posible, para el
corazón del hombre pecador y para el corazón de la mujer
pecadora de toda la tierra, de haber llegado por fin a "la
luz y al entendimiento infinito del nombre sobrenatural de su
salvador eterno", el Señor Jesucristo, el único salvador
posible de nuestras almas vivientes.
En la medida en que, ésta es la única vida por la cual Dios
ha formado al hombre y a sus descendientes del fondo de la
tierra, para que sean hechos libres de las profundas
tinieblas de sus más terribles enemigos de sus vidas y de sus
almas eternas, Lucifer y sus ángeles caídos del cielo, por
ejemplo.
Porque cuando la luz de Cristo Jesús ingrese en los corazones
de todos los pecadores y de todas las pecadoras de las
naciones de la tierra, entonces "las tinieblas dejaran de ser
y la tierra de nuestros días y de nuestros nacimientos,
terrenales y celestiales, ha de brillar con su luz infinita",
la cual no se apagara jamás, por ningún mal.
Y esta es la luz de nuestro redentor, en nuestros corazones,
alumbrando eternamente y para siempre nuestros pasos hacia la
inmensidad, para por fin recibir a la nueva eternidad
venidera, con gran gozo y con gran felicidad de Dios y de su
Hijo amado, para jamás volvernos a separar, para siempre, por
ningún pecado ni por ninguna tiniebla del enemigo.
Pues habremos encontrado por fin la felicidad y el gozo
celestial del nombre sagrado de nuestro Dios y Padre
Celestial, que nuestros corazones siempre han buscado, a
través de los tiempos, desde el día que nacimos en la tierra,
hasta nuestros días, por ejemplo. Y ellos jamás la
encontraron, en sus corazones y en sus vidas, hasta que
alzaron sus ojos al cielo para ver a Jesucristo, el único
salvador de todos los tiempos.
Realmente, el corazón de niño o de niña que estaba en
nuestros pechos y escondido en nuestro corazón de hoy en día,
"ha de despertar por el poder del espíritu de Dios y del
nombre Jesucristo", para seguir amando (libremente de todo
pecado y de toda maldad), a nuestro Dios y a su Árbol de vida
eterna, ¡el Señor Jesucristo!
Por esta razón, todo aquel que permanece en los mandamientos
del Señor Jesucristo, entonces ése corazón ha de amar a su
Dios y Creador de su vida, en la tierra y en el cielo,
también, para siempre. Y por cuanto ha amado a su Dios,
entonces el Señor Jesucristo se manifestara diariamente a su
vida, para que conozca la salvación de Dios, para su alma
eterna, sólo posible en creer en Él y en confesar su nombre
sobrenatural con sus labios, para destruir cada una de las
tinieblas del pecado de su vida, eternamente y para siempre.
Además, Dios hará que su corazón conozca su salvación
perfecta de su alma viviente, por cuanto ha sabido amar a su
Dios, sólo por medio de su fruto de vida eterna, su Hijo
amado, el Señor Jesucristo, el único Árbol de vida infinita
del paraíso. Por lo tanto, sabemos también de que todas las
cosas en la vida del hombre, por más terribles que sean,
"nuestro Dios mismo las convierte en bendición y en poder
para glorificar su nombre santo", mucho más que antes en su
corazón, en la tierra y en el cielo, de igual manera, para
siempre.
Por cuanto, no hay nada que venga a la vida del hombre que
ama a su Dios y Creador de su vida, por medio de la vida y de
la sangre de su Hijo, el Señor Jesucristo, para convertirlas
una y otra vez: en milagros, en maravillas y en prodigios de
bendiciones terrenales y celestiales, para edificar su vida
cotidianamente.
Porque la vida de todo hombre, mujer, niño y niña, de todas
las familias de la tierra, está destinada por Dios mismo para
creer en Él, solamente por el espíritu de amor de su Hijo, el
Cristo de Israel y de la humanidad entera, hoy en día y por
siempre, en la eternidad venidera, del nuevo reino de los
cielos.
Es por eso, que todo lo que entré en la vida del hombre, sea
para bien o sea para mal, Dios los ha de convertir a cada una
de ellas, en grandes bendiciones, de milagros sobrenaturales
y colosales, aun mayores que el mismo universo, de nuestros
tiempos, por ejemplo, porque el amor de nuestro Dios es mayor
que el mismo infinito.
Y Dios nos ha de bendecir con su amor eterno y de esta manera
única: Con el fin de enriquecer la vida del hombre y de la
mujer, también, por siempre. Y sólo así entonces honrar su
nombre bendito, en su corazón y en toda su alma viviente, en
la tierra y en el cielo, también, para miles de siglos
venideros en la nueva eternidad, de Dios y de su gran rey
Mesías, ¡el Señor Jesucristo!
Porque la verdad es que hoy en día y como siempre, ha sido
así, a través de la vida de la tierra, hasta nuestros
tiempos, por ejemplo: El que ama a Dios, entonces él o ella
es conocido por Dios mismo y personalmente, también, en la
tierra y en el cielo, para siempre. Y Dios lo llama a él o a
ella por su propio nombre, delante de sus ángeles del cielo.
Porque si amas a tu Dios y Creador de tu vida, durante los
días de tu vida por la tierra, por ejemplo, pues entonces
también le has de amar de igual forma y hasta mucho más que
antes, en tu corazón y en tu nueva vida celestial, en el
nuevo reino de los cielos, en el más allá. Porque el amor de
Dios, que está en tu corazón por Jesucristo, es para la
eternidad; y lo has de seguir sintiendo en tu corazón y en
toda tu alma siempre, en tu nueva vida infinita, en el reino
de Dios.
Y por cuanto ha puesto su corazón para amar a su Dios y
Formador de su vida, en la tierra y en el nuevo reino de los
cielos, entonces Dios mismo lo ha de poner en todo lo alto de
su vida por la tierra y en el cielo, también, para que los
ángeles vean que aquel hombre o aquella mujer ama a su Dios,
en el espíritu y en la verdad de su Árbol de vida eterna.
Además, esto ha de ser así con aquel hombre o con aquella
mujer, en la tierra y en el cielo, porque verdaderamente su
corazón ha conocido su nombre santísimo y, a la vez, le ha
invocado con gran confianza con su boca, para honrarlo y para
exaltarlo. Como los ángeles del reino, por ejemplo, lo han
hecho por siempre a través de los siglos, para gloria y para
honra infinita de su alma santísima, en toda su creación,
para siempre.
DIOS HA PREPARADO GLORIAS Y ÁNGELES PARA LA VIDA DE AQUEL QUE
LE AME
Es por eso, que escrito esta en su libro eterno, en el cielo,
por el dedo de Dios: ojo que no vio, ni la mente de los
ángeles ha llegado a descifrar jamás, ni aun hasta nuestros
tiempos: las cosas bellas y gloriosas que Dios ha preparado
para cada uno de sus hijos y de sus hijas de toda la tierra.
Porque todas las bendiciones y milagros de Dios son para los
que le aman a Él, por medio de la invocación divina y
sobrenatural de sus labios, en el nombre del Señor
Jesucristo.
Y esto es de todos los hombres, mujeres, niños y niñas, de
todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos,
de los que han creído en Él, por medio de su Jesucristo y, a
la vez, le han invocado diariamente con gran confianza de sus
almas vivientes, para honrarle y para exaltarle, en sus vidas
por la tierra.
Pues ellos por su amor a Dios y a su Jesucristo heredaran
Sion, y habitaran en ella por siempre. Y su reino no tendrá
fin, porque es el gran rey Mesías que ha de estar sentado en
su trono de gran gloria y de gran honra infinita, no sólo en
los corazones de los hombres, mujeres, niños y niñas de la
tierra, sino también en toda la tierra y en el reino de los
cielos, también, para siempre.
Pues como "está escrito por el dedo de Dios", en el libro
eterno del reino de los cielos: Ojo que no vio ni mente
humana o angelical jamás ha descifrado: todo lo que Dios
tiene preparado para los que le aman a Él, en el espíritu y
en la verdad infinita de su gran Árbol de vida eterna, ¡el
Señor Jesucristo!
Entonces si nosotros amamos a los nuestros y hasta extraños,
también, es porque Dios nos amo primero, aun cuando
totalmente éramos extraños para él y perdidos entre las
tinieblas del mal eterno, del corazón confundido de Lucifer,
en el paraíso y en toda la creación, también, por culpa del
pecado de Adán y de Eva, por ejemplo.
Por lo tanto, nosotros amamos, o antes bien, hemos aprendido
amar, porque Dios nos amo primero, en la vida santa y
sumamente honrada del reino de los cielos, en la antigüedad
(y hoy en día también). Porque quien primero nos ha amado a
cada uno de nosotros, en el cielo y en la tierra, ha sido
nuestro Dios y Padre Celestial, ¡el Todopoderoso de Israel y
de las naciones del mundo entero!
En verdad, Dios nos amo primero ante que a sus ángeles
santos, no por medio de ángeles u objetos de piedra, de tela,
de madera, de metal o de cualquiera de las cosas que se
suelen encontrar en la tierra y hasta en planetas retirados,
sino sólo por medio de la vida eternamente santa de su Hijo,
¡el Señor Jesucristo!
Es por eso, que el hombre de fe, como la mujer de fe,
también, ama a Dios como los ángeles antiguos del reino de
los cielos, por ejemplo, desde los días de la antigüedad y
hasta nuestros días. Y esto es amor infinito, del antiguo,
del muy bueno y único, también, es decir, aman a Dios de todo
corazón y con toda la mente, con todas las fuerzas y con
todas las vidas, terrenales y celestiales, también, hoy en
día y por siempre, en la eternidad.
Porque nuestro Dios es digno de mucho amor y de mucha gloria
de nuestros corazones, en la tierra y en el cielo, también,
hoy en día y por siempre, en la eternidad venidera, del nuevo
más allá de Dios y de su gran rey Mesías, el Hijo de David, ¡
el Cristo de Israel y de la humanidad entera!
Realmente amamos a nuestro Dios y Padre Celestial, porque ha
oído nuestros ruegos, nuestras oraciones y nuestras suplicas,
por su amor, por su gracia y por su misericordia infinita, de
su corazón santo y de su alma eternamente glorificada, en la
vida, de su Árbol de vida eterna, su unigénito, el Señor
Jesucristo.
Y porque el nos ama, como siempre, como a su misma vida
santísima, como a la misma vida gloriosa y eternamente
honrada de su Hijo amado, el Señor Jesucristo: entonces
nosotros también le hemos de amar, hoy en día y para siempre,
en su nueva vida celestial e infinita, del nuevo reino de los
cielos, en el más allá.
El amor de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo es
contigo.
¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!
Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en
el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman,
Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras
almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y
sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para
siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el
Señor Jesucristo.
LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS
Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo
a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un
tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en
tu vida de acuerdo, a la voluntad perfecta del Padre
Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un
fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos
termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es
verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán
atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego
del infierno, por haber desobedecido a la ley viviente de
Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí
contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo.
Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en
Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos
de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de
espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de
los tuyos también, en la eternidad del reino de Dios. Porque
en el reino de Dios su ley santa es de día en día honrada y
exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos
ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra,
cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de
bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad,
cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada
vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas
bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa
del más allá, también, en el reino santo de Dios y de su Hijo
amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de
las naciones!
SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS
Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en
tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en
abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha
venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde
los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:
PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí".
SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza
de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni
en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas
ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios
celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos,
sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me
aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a
los que me aman y guardan mis mandamientos".
TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová
tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre
en vano".
CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para
santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero
el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en
ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu
siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está
dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los
cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del
sábado y lo santificó".
QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que
tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te
da".
SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio".
SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio".
OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás".
NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de
tu prójimo".
DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su
sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu
prójimo".
Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos
estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno
de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por
amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los
tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus
ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así,
en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos,
también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde
los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas,
en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos
males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en
abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas
familias, por toda la tierra.
Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y
digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de
la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y
salvador de todas nuestras almas:
ORACIÓN DEL PERDÓN
Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la
memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo
amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el
cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día,
dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también
nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en
tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.
Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre
Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no
perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará
vuestras ofensas.
Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la
VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO,
sino es POR MÍ". Juan 14:
NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.
¡CONFÍA EN JESÚS HOY!
MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.
YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA
TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.
- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de
éste MUNDO y su MUERTE.
Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):
Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al
tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que
entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.
QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ
DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di:
Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que
Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi
pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a
venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR.
¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No
_____?
¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?
Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de
una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:
Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con
Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate
en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y
sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es
predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de
Cristo a los demás.
Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del
evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender
mas de Jesús y su palabra sagrada, la Biblia. Libros
cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes
temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio,
entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia,
para ver que clase de libros está a tu disposición, para que
te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.
Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti,
para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su
Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de
hoy y para siempre.
El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la
paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras
oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo
hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras
bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y
nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos
los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis
hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre
Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en
el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre.
El libro de salmos 150, en la Santa Biblia, declara el
Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y
asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de
Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda
letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo
corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y
loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas,
como antes y como siempre, por la eternidad.
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