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(IVÁN): DESEOS DE LA CARNE

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IVAN VALAREZO

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Sep 24, 2006, 10:04:10 PM9/24/06
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Sábado, 23 de septiembre, año 2006 de Nuestro Salvador
Jesucristo, Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica

(Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo)


DESEOS DE LA CARNE

Mediante poderes sobrenaturales nosotros hemos sido formados,
en las manos santas de nuestro Dios y Padre Celestial que
está en los cielos. Y de estos no han sido poderes del árbol
de la ciencia del bien y del mal, en nada, sino solamente del
Árbol de vida eterna, su Hijo amado, el Señor Jesucristo.

Es decir, también, que así como hemos salido del corazón de
Dios, pues también, hemos salido del corazón y de la vida
perfecta y sumamente gloriosa, de nuestro gran rey Mesías, el
Señor Jesucristo. Porque la verdad es que también somos
hechura de sus manos santas, como lo somos de la mano de
nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo.

Es por eso, que por medio de nuestro Señor Jesucristo, nos
han sido dados grandes poderes sobrenaturales, de la gracia
salvadora de su espíritu de vida y de su carne sumamente
santa y eternamente justa, para bendecir a Adán y a cada uno
de sus descendientes por doquier, en todos los rincones de la
tierra, de hoy y de siempre.

Y estos son poderes sobrenaturales, por cierto, que están en
vigencia, cada uno de ellos, en nuestros corazones y en
nuestros labios, también, si tan sólo creemos en el Señor
Jesucristo y confesamos su nombre santo, con nuestros labios,
en nuestras vidas por toda la tierra, por ejemplo, para
recibir del cielo, por siempre.

Con el fin de que sus numerosos poderes sobrenaturales, de su
gracia redentora comiencen a obrar día y noche en nuestras
vidas, para edificación eterna de nuestras almas vivientes,
en la tierra y en el paraíso, también, y por siempre, en el
más allá, en la nueva vida infinita de nuestro gran rey
salvador, ¡el Señor Jesucristo!

Es por eso, que cada uno de nosotros es participe legitimo,
de la naturaleza divina de nuestro Padre Celestial y de su
Árbol de vida, por designio de Dios y por los poderes
sobrenaturales que Él mismo uso, en el día que nos comenzó a
crear del fango de la tierra, para que nosotros seamos una
copia exacta como Él.

Es decir, para que llevemos cada uno de nosotros de su imagen
y conforme a su semejanza santa, en el paraíso y por toda la
tierra, también, hasta que entremos por fin a nuestra ultima
fase de nuestra creación, la vida eterna de nuestro Señor
Jesucristo, en su nueva ciudad celestial del más allá: La
Nueva Jerusalén Santa y Eterna.

Por lo tanto, cada uno de nosotros tiene ya poderes
sobrenaturales, de la naturaleza divina de nuestro Padre
Celestial y de su Árbol de vida, en nuestros corazones y en
nuestros espíritus humanos, para escapar cada uno de los
deseos malévolos, del corazón de la carne de nuestros
cuerpos, manchados por el pecado de Adán y de Lucifer, por
ejemplo.

Y cada uno de estos poderes sobrenaturales de nuestros
cuerpos, espirituales y corporales, comienzan a actuar para
bien de nosotros y en contra, de cada uno de los ataques del
enemigo, de todos los deseos del espíritu de error, en
nuestras carnes de parte de Lucifer, si tan sólo creemos en
nuestros corazones y confesamos con nuestros labios a
"Jesucristo".

Puesto que, "sólo en el nombre del Señor Jesucristo es donde
nuestro Padre Celestial ha depositado toda nuestra gracia
salvadora, de nuestros corazones y de nuestras almas
vivientes", para que nuestros cuerpos sean protegidos e
edificados también, a la misma vez, en Él, en el paraíso, en
la tierra y por siempre, en la nueva eternidad venidera del
más allá.

Es por eso, que Dios jamás nos dio "otro nombre", por el cual
podamos ser sanados de todos nuestros males eternos y aun de
nuestra muerte eterna, en la tierra y en el fuego del
infierno. Porque "todos los poderes sobrenaturales" de
milagros, maravillas y de prodigios en los cielos y en la
tierra, para sanar e edificar nuestros corazones y nuestras
almas vivientes, sólo se encuentran para cada uno de
nosotros, en la invocación y en la fe sobrenatural del nombre
bendito, del Señor Jesucristo.

Ya que, si hubiese existido otro nombre, por el cual la
misericordia y la gracia infinita de su vida santa, en el
reino de los cielos, se manifestase en cada uno de nosotros,
entonces ya hubiese nuestro Padre Celestial miles de años
atrás, anunciando por boca de sus profetas y por sus
escrituras, también, de que es así.

Pero la verdad antigua no es así; pues, no hay poderes
sobrenaturales de misericordias y de gracia infinita, sino
sólo en creer y en confesar el nombre salvador de nuestro
Señor Jesucristo, con nuestros labios. Porque sólo en ésta
confesión de fe, de nuestros corazones y de nuestros labios
son donde están todas nuestras bendiciones y salvación
eterna, de nuestras almas vivientes, en la tierra y en el
paraíso, por siempre.

Para que entonces nuestras vidas sean siempre protegidas de
todos los poderes sobrenaturales del mal, del fruto prohibido
del árbol de la ciencia, del bien y del mal, por ejemplo, en
nuestras vidas, en el paraíso y por toda la creación,
también, hoy en día y por siempre, en la eternidad venidera,
del nuevo reino de los cielos.

En vista de que, Lucifer ha puesto los deseos carnales del
fruto prohibido para destruir su vida y la vida de cada uno
de sus descendientes, incluyendo al Señor Jesucristo,
también, si tan sólo le fuese posible hacerlo así. Pero
Lucifer no pudo jamás vencer a Cristo, como venció a Adán y a
Eva, por ejemplo, en el paraíso y en toda la tierra con cada
uno de sus descendientes.

Es por eso, que Dios nos ha dado de la vida misma de su Hijo
amado, su Árbol de vida y de salud eterna, si tan sólo
creemos en nuestros corazones y confesamos con nuestros
labios su nombre libertador. Y es de esta confesión
sobrenatural, de nuestros labios, la que Dios siempre ha
estado esperando pacientemente, a través de los siglos y
hasta nuestros tiempos, por ejemplo, para darnos vida y aun
confiarnos mayores poderes sobrenaturales, también, de su
nombre y de su Hijo Santo, el Señor Jesucristo.

Es decir, que estos son de los poderes sobrenaturales de
misericordia y de gracia infinita, que sólo están en
Jesucristo, para contrarrestar, espiritualmente hablando,
cada uno de los deseos de las tinieblas de perdición eterna,
de nuestros cuerpos corporales e espirituales, también, en
cada momento de nuestras vidas, delante de Él y de su
Espíritu, en toda su creación.

Dado que, sólo en el nombre de Jesucristo podemos vencer a
cada uno de los deseos malvados de nuestros corazones y de
nuestras carnes corruptas, por el espíritu de gran maldad y
de mentira del árbol de la ciencia, del bien y del mal, en
cada uno de nosotros, en el paraíso y en toda la tierra,
también, hoy y siempre.

Y sin Cristo Jesús en el corazón del hombre, entonces el
corazón del hombre y su carne corrupta son descontrolados,
siempre guiados día y noche a hacer el mal, delante de Dios y
de su Espíritu Santo, en la tierra y en el cielo, también,
para siempre. Es por eso, que cuando Dios vio en los días de
Noé, por ejemplo, "que el corazón del hombre era de continuo
de mal en peor, hacia su prójimo", entonces se asusto en su
corazón santo, y le dolió mucho haberlo creado con sus manos
santas.

En la medida en que, Dios jamás pensó crear al hombre para
que "viva" en el espíritu corrupto de su carne, haciendo
siempre el mal hacia su hermano y hacia su hermana día y
noche y para siempre. No, de ninguna manera, sino por lo
contrario, Dios ha creado al hombre para que le sirvan a Él,
como los ángeles le han servido por siempre, por medio del
nombre santo de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo,
en toda su creación.

Porque la verdad es que Dios había creado al hombre para que
su corazón y la carne de su cuerpo caminasen siempre, en los
frutos del espíritu de vida, de su fruto de vida, de su único
Árbol viviente, su Hijo amado, Jesucristo, en el paraíso y en
todo su reino celestial, y jamás lo que vemos en la tierra.

Por eso, Dios se dolía en su corazón día y noche de tan sólo
ver, como en el corazón del hombre y "los deseos de su carne
salvaje", iban cada vez, de mal en peor, sin retroceder ni
por un sólo instante, para pensar del mal que se estaban
haciendo ellos y a los demás también, en toda la tierra.

Dios no veía, en el dolor de su corazón santo, ninguna
salvación para el hombre, sino sólo la misma vida y la misma
carne de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo. Por
ello, Jesucristo tenía que descender del cielo a la tierra,
para entregarse a sí mismo, a la vida del hombre, para
redimirlo de su mal eterno, de su corazón corrupto y de sus
deseos infernales, de su carne perdida.

Además, la única manera que el Señor Jesucristo podía redimir
al hombre era tan sólo, en su espíritu, en su vida, en su
sangre y en su amor infinito hacia toda la verdad y toda la
justicia infinita de nuestro Padre Celestial, que está
siempre sentado en su trono santo, de gran gloria y de gran
honra, para siempre.

Y de la manera que el hombre manifestaba los deseos perdidos
del fruto prohibido del árbol de la ciencia, del bien y del
mal, en su corazón y en su carne humana, entonces Dios no
podía enviar a su Hijo Santo a la tierra, para redimirlo de
su mal eterno, sólo si hubiese un cambio drástico en su vida
espiritual.

Y esto era algo que no iba a venir por voluntad propia del
corazón del hombre; Dios espero muchos años por este cambio
en la vida del hombre, pero jamás llego. Entonces Dios
decidió destruir a toda la carne de la vida de la tierra, con
"un gran diluvio", del agua que saldría de la tierra y de los
cielos, también.

Para entonces sumergir a toda la tierra en "un sólo juicio
total" y así ponerle fin a los malos pensamientos de los
corazones y los deseos desordenados de sus carnes corruptas,
de todos los hombres malvados e irreverentes al nombre
sagrado, de su Árbol de vida eterna, su Hijo amado, ¡el Señor
Jesucristo!

Y sólo entonces Dios pudo luego enviar a su Hijo, como el
salvador de una gran nación y de la humanidad entera, en la
tierra, para entonces poder él comenzar una nueva vida, libre
de las pasiones desordenadas de la carne del pecador, y sólo
llena de las pasiones de vida y de verdad eterna, de su Gran
Jesucristo.

Por esta razón, no dejen que reine el pecado del espíritu del
fruto prohibido, del árbol de la ciencia del bien y del mal,
en sus vidas, mis estimados hermanos y mis estimadas
hermanas, para que no obedezcan jamás a sus deseos
desordenados. No hagan como Lucifer hizo. O como Adán y Eva
hicieron, por ejemplo, ante el Árbol de vida eterna, delante
de Dios y de su Espíritu Santo, en el paraíso, para mal
eterno de muchos.

Deseos desordenados del corazón y de la carne de todo hombre
pecador y de toda mujer pecadora, que conllevan día y noche a
la maldición y a la muerte eterna de nuestras almas, en la
tierra y en el fuego eterno del infierno, también, para
finalmente descender a su segunda muerte, el lago de fuego,
en el más allá.

Por eso, les pido siempre que se mantengan lejos de los
deseos perdidos de sus corazones y de sus carnes corruptas,
sin que toque en corazones "la bendición infinita", de haber
invocado el nombre del Señor Jesucristo en sus vidas, para
que no pequen más. ¡Ya basta de pecar! Porque los deseos
desordenados del corazón y de la carne corrupta sólo traen
maldición y perdición eterna, en la muerte de la tierra y del
más allá, también, como en el infierno o el lago de fuego,
por ejemplo.

Y que sólo obedezcan a los deseos de sus corazones y de la
carne de sus cuerpos, al fruto de vida del Árbol Viviente, el
Señor Jesucristo, que ha de estar en cada uno de ustedes,
desde el momento que creen en Él e invocan su nombre, para
bendición y para salvación, de sus vidas y de sus almas,
también. Porque sólo ésta fe, salvadora del cielo, es la
salvación de sus almas perdidas en el pecado, en la tierra y
en el más allá, también.

Porque los deseos del corazón y de la carne, sin el toque y
la bendición sobrenatural del nombre del Señor Jesucristo,
son contra el Espíritu de vida de Dios y de su Jesucristo,
que combaten día y noche para destruir eternamente: al hombre
y a la mujer de toda la tierra. Y esta es nuestra verdadera
lucha día y noche hasta el final, con nuestro propio corazón
y con nuestra propia carne, en sus deseos desordenados y
corruptos ante Dios y su Jesucristo.

Pero los deseos del corazón y de la carne del hombre, que ha
recibido el nombre del Señor Jesucristo, son día a día y por
siempre, en la tierra y en el infinito, para edificación y
crecimiento del espíritu humano y de su alma viviente hacia
Dios y hacia su nueva vida infinita, en el nuevo reino de los
cielos.

DIOS CREA LA CARNE DEL HOMBRE, PARA QUE SEA COMO LA DE CRISTO

En el principio, en el paraíso, el hombre no tenía deseos
carnales, de su corazón y de todo su cuerpo, como lo ha
tenido siempre en la tierra, hasta nuestros días, por
ejemplo, sino que era totalmente libre de todo esto, en todo
su espíritu humano. El hombre era totalmente libre de todos
los males del pecado, pues "no había comido aun" del fruto
prohibido del árbol de la ciencia, del bien y de mal.

Pero, sin embargo, Dios deseaba despertar en el hombre: unos
deseos muy especiales de su espíritu humano y de su alma
viviente, también. Porque Dios deseaba que el hombre "le
amase a Él", en el espíritu y en la verdad del corazón y del
cuerpo viviente, de su Árbol de vida eterna. Y todo esto no
era posible en el hombre, por la obra santa de sus manos
gloriosas en él.

Por lo tanto, esto era solo posible en el hombre, si tan sólo
comiese de su fruto de vida, de su Árbol viviente, en el
epicentro del paraíso, para despertar en su corazón y en todo
su cuerpo humano, "deseos sobrenaturales y divinos de su amor
eterno", puro, santo, perfecto y único para con Él y para con
su Espíritu Santo.

En verdad, para Dios despertar éste gran amor puro, santo y
sumamente glorioso hacia Él, el Dios del paraíso y de toda la
tierra, entonces Adán tenia que comer del fruto de vida de su
Hijo amado, "por su propia voluntad y del deseo propio de su
corazón", libre y limpio de todo mal, hasta aquel día, en el
paraíso.

Es decir, que Dios no podía obligar ni menos forzar a Adán ha
comer de su fruto de vida eterna, de ninguna manera, ni de
ninguna forma, también. En realidad, sólo la mano de Adán
tenia que alzarse hacia el fruto de vida eterna y tomarla,
para llevarla a su boca y consumirla, algo que Dios no debía
hacer por Adán, sino que Adán tenia que hacerlo por decisión
propia de su corazón y de su vida celestial y eterna,
también.

Esto era algo que nadie, ni Dios mismo, ni ningún ángel del
cielo, podía hacer por Adán ni por Eva, ni por ninguno de sus
descendientes en el futuro, salvo el mismo hombre y por su
propia voluntad humana, de su corazón y de su alma viviente,
también, "para despertar deseos del espíritu de vida".

Deseos de la vida eterna, como el deseo de la verdad, de la
justicia y del amor infinito, entre muchos más, para con su
Dios y para con su salvador eterno, el Señor Jesucristo, por
ejemplo. Y Lucifer sabía muy bien que era lo que estaba
pasando en el paraíso con Dios y con el hombre.

En verdad, Lucifer sabía que si Adán comía del fruto de vida
eterna, entonces deseos buenos y nobles hacia el Dios del
cielo y de la tierra iban a despertar, en el corazón y en el
cuerpo y espíritu humano de Adán. Y esto era algo que Lucifer
deseaba parar, antes de que empezase en la vida de Adán y de
cada uno de sus descendientes, como Eva, por ejemplo.

Porque Eva, su mujer, fue la primer descendiente del hombre,
Adán. Y como Lucifer no podía acercársele a Adán, por mandato
directo de Dios hacia él, entonces tenia que acercársele de
una manera totalmente indirecta, sin que Adán lo viese, ni se
diese cuenta de nada. Absolutamente todo, tenia que ser hecho
en secreto, por Lucifer, para no despertar sospecha alguna en
Adán, ni en los ángeles del cielo, ni menos en el Dios del
cielo.

Porque Adán estaba instruido por Dios mismo, no dejar jamás
que Lucifer se acerque a él, por ninguna razón, ya que en las
palabras de Lucifer había "sólo mentira y engaño eterno" de
su corazón perdido y lleno de las profundas tinieblas del más
allá, por ejemplo, para perdición y destrucción de su vida y
de sus seguidores, también.

Entonces Lucifer sabiamente se acerca al paraíso, no para
hablar con Adán ni con su esposa, sino con la amiga de Eva. Y
esta amiga de Eva era la serpiente antigua del Jardín del
Edén. Que, por cierto, era muy sabia en todo lo que concernía
el Jardín de Dios, en el cielo y, por lo tanto, era bien
conocida y amiga de Lucifer de mucho tiempo.

Entonces Lucifer se acerca a la serpiente con gran confianza,
para conversar con ella. Y en ésta conversación que
sostuvieron entre los dos, entonces Lucifer le dio entender a
la serpiente, de que Adán y Eva podían abrir sus ojos y
despertar como los ojos de Dios, para ver y conocer lo bueno
y lo malo, si tan sólo comiencen del fruto del árbol de la
ciencia, del bien y del mal.

Y esto le pareció algo muy bueno a la serpiente, para su
amiga Eva. De ver como su amiga también podía abrir sus ojos,
para despertar y ver como los ojos de Dios ven todo, en toda
la creación, lo bueno y lo malo de todo ello. Esto era
fantástico para el corazón de la serpiente, y desea ver ya,
como los ojos de un ser viviente, como Eva y como el hombre,
por ejemplo, podían abrirse para ver y conocer: lo bueno y lo
malo, como Dios lo hace con sus ojos sobrenaturales, en el
cielo y en el resto de su creación.

Lo que no le dijo Lucifer a la serpiente, era que si Eva y
Adán comían del fruto prohibido, entonces sus ojos iban a
despertar con un corazón totalmente contrario al corazón de
Dios y de su Árbol de vida eterna, para solamente conocer
todos los frutos del pecado y del mal eterno del más allá.

Como, por ejemplo, el corazón del hombre comenzaría a odiar,
a destruir, a robar, a mentir, a engañar, a matar y hasta
menos preciar con malos deseo de su corazón: todo lo que es
bueno de Dios y de su Árbol de vida eterna, el Señor
Jesucristo, en el cielo y en el paraíso, también, para
siempre.

Entonces cuando la serpiente le dijo a Eva, que realmente si
comía del fruto prohibido del árbol de la ciencia, del bien y
del mal, sus ojos iban a ser abiertos para ver como Dios ve,
y conocer todo lo bueno y todo lo malo, en toda la creación
del cielo y de la tierra. Y Eva se lo creyó en su corazón,
palabra por palabra, toda la palabra de mentira y de muerte
del corazón perdido de Lucifer, sin entender jamás lo que
estaba sucediendo realmente en su vida y en la vida de sus
descendientes, para siempre.

Por lo tanto, Eva, sin pensarlo dos veces, alzo su mano para
coger del fruto prohibido y comer de él. Y a la vez, le dio
de comer a su esposo, Adán. Para que sus ojos fuesen abiertos
como los ojos de Dios para conocer el bien y el mal de sus
vidas, en toda la creación.

Pero para sorpresa de todos, lo que le había dicho la
serpiente a los dos, era verdad; y así fue los ojos de Adán y
de Eva se abrieron para ver y conocer lo bueno y lo malo en
todos sus contornos, en el cielo y en la tierra, desde el
instante que probaron de fruto prohibido en los labios de sus
bocas.

Ahora, lo que no sabia Adán ni Eva, tampoco, ni menos la
serpiente antigua, era, sorpresa tras sorpresa, que también
iban a despertar los dos, todos los deseos de la carne,
totalmente contrarios a la vida santa y perfecta del fruto de
vida eterna, del Árbol de Dios, el Señor Jesucristo.

Pues esto se lo había encubierto Lucifer a la serpiente, para
que Adán y Eva cayesen en el pecado y en la profunda
oscuridad de su perdición eterna, entre las profundas
tinieblas del más allá, por ejemplo, como en el infierno y el
lago de fuego. Sitios de condenación y de tormento eterno,
los cuales ya existían en aquellos días, por culpa del pecado
y de la rebelión de Lucifer y de sus ángeles caídos ante el
nombre del Señor Jesucristo, en el reino de los cielos.

Cuando Lucifer, ni ninguno de sus ángeles caídos, en sus
millares, jamás deseo en su corazón, despertar el amor por el
fruto de vida de Dios, sino sólo por el fruto prohibido del
árbol de la ciencia, del bien y del mal. Y cuando Adán y Eva
cayeron en la trampa de Lucifer, para comer del fruto
prohibido, entonces los deseos de sus corazones y de sus
cuerpos despertaron, para ir de mal en peor, para jamás
apagarse para siempre.

A no ser que ellos vuelvan a nacer, no de la carne del pecado
del árbol de la ciencia del bien y del mal, sino mucho mejor
que este mal eterno. Y esto es de volver a nacer, de la carne
y del espíritu de vida, del Árbol de Dios, el Señor
Jesucristo, en la tierra, para seguir viviendo sus vidas
normales y celestiales, en el reino de los cielos, con Dios y
con su Espíritu Santo, rodeados de los ángeles gloriosos y
fieles a Jesucristo por siempre.

LOS DESEOS DE LA CARNE PROVIENEN DEL FRUTO PROHIBIDO

Porque todo lo que hay en toda la tierra, como, por ejemplo:
--los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la maldad
de la vida pecadora y rebelde-- no proviene del Espíritu de
Dios, sino del espíritu rebelde y de gran error de Lucifer,
en todos los rincones del mundo entero. Y como pasa el
tiempo, entonces el mundo también está pasando, y sus deseos
mundanales desaparecen con él, los cuales son contrarios al
Espíritu de Dios y a la vida sagrada de su Hijo amado, el
Señor Jesucristo.

Pero, sin embargo, el que hace la voluntad de Dios permanece
para siempre, y su alma no sufrirá la muerte jamás, sino sólo
gozara por siempre la paz y la vida infinita, de Dios y de su
Árbol de vida y de salud eterna, Jesucristo, en la tierra y
en su nuevo lugar celestial, en el reino de los cielos.

En vista de que, pronto llega el día, cuando la tierra ha de
volver a ser libre del poder del pecado, de Adán y de Lucifer
y de todas sus profundas oscuridades del más allá, por
ejemplo. Porque en el día que Dios crea a la tierra y con sus
cielos, fue entonces creada sin el poder del pecado y sus
muchas profundas tinieblas del más allá, como el mundo bajo
de los ángeles perdidos.

Es decir, como el mundo de la perdición eterna, en donde su
"epicentro es el espíritu rebelde" y de gran error de Lucifer
y sus miles de huestes angelicales, que se rebelaron en
contra de Dios y de su fruto de vida eterna, el Señor
Jesucristo, en el reino de los cielos, por ejemplo.

Y la única manera que toda la tierra ha de regresar a su
lugar antiguo, libre del pecado y de las profundas tinieblas
del enemigo numero uno de Dios, Lucifer, ha de ser cuando
cada descendiente de Adán haya creído en su corazón y
confesado con sus labios, el nombre de su Hijo amado, el
Señor Jesucristo.

Dado que, sólo el Señor Jesucristo es "la luz del mundo", hoy
en día y por siempre, en el más allá. Es decir, como el Señor
Jesucristo es "la luz del corazón de Adán" que se apago en el
paraíso, pues así también se apago en el corazón de cada
hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera; entonces
cuando la luz vuelva al hombre, en aquel día la tierra ha de
volver a ser luz, como antes, para siempre.

Es decir, también, de que las tinieblas del pecado de Lucifer
han existido siempre en la tierra, porque en el corazón de
Adán no había luz, la luz de Dios y de su Árbol de vida
eterna, cuando descendió del paraíso, después de haber comido
del fruto prohibido, del árbol de la ciencia del bien y del
mal, por ejemplo.

Por eso, cuando todo hombre, coma, como Adán comió de su
fruto de vida, en el día que Jesucristo fue clavado a su
madero, su cuerpo, su árbol seco y sin vida, sobre la cima de
la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en Israel,
entonces ya hay luz en su corazón y en toda una vida nueva,
también.

Por lo tanto, cada uno de sus descendientes tiene que hacer
lo mismo, no de ser clavado a un madero, como en el cuerpo de
Adán, sino de recibir a Jesucristo en su corazón y en su
vida, para que haya luz y nueva vida, en su vida regenerada
por la sangre de Cristo, por ejemplo, en toda la tierra.

En tanto que, ésta es la única manera, como "la tierra ha de
volver a ser luz", para Dios y para sus diversas criaturas,
como ángeles, hombres y demás seres creados por Dios, en el
reino de los cielos. Porque la creación y su constitución
como de cada ángel del cielo o como cada hombre y mujer del
paraíso o de la tierra, además de otros seres creados por
Dios, fueron formadas en el corazón de Dios, en los días de
la antigüedad, en el reino de los cielos.

Con el fin de que sean una realidad total hoy en día, en el
mismo cielo y en toda la tierra, también, para bien de la
humanidad entera, y para gloria y para honra infinita de su
nombre santo, en el corazón de cada uno de sus criaturas
eternas. Por lo tanto, los deseos de la carne del hombre y
del espíritu rebelde de Lucifer, como de sus ángeles caídos,
no son del Espíritu de Dios, sino todo lo contrario.

Son deseos del espíritu de error, de la palabra de mentira,
de las cuales "nacieron o salieron" del árbol la ciencia del
bien y del mal, para atacar y por fin destruir, de una manera
u otra, la vida santa y eternamente perfecta del Árbol de
Dios, el Señor Jesucristo, en el reino de los cielos, en el
paraíso y en la tierra, también.

Es por eso, que los deseos de la carne, del corazón rebelde
de Adán en el paraíso, o del hombre y de la mujer de la
tierra, son del fruto prohibido, del árbol de la ciencia del
bien y del mal, para destrucción de nuestras vidas, en toda
la creación, y hasta en el lago de fuego, también, por
ejemplo.

EL ENGAÑO DE LAS RIQUEZAS DEL MUNDO VIL APAGA LA PALABRA VIVA

Es por eso, también, de que las preocupaciones de este mundo,
el engaño de las riquezas y la codicia de otras cosas se
entrometen y ahogan la palabra viva de Dios, y queda sin
fruto en el corazón del hombre, de la mujer, del niño y de la
niña, de toda la tierra. Y esto es un problema bien grave en
cada uno de nosotros, que sólo Dios por el poder de su
Espíritu y la vida gloriosa de su Hijo lo pueden resolver, en
todos nosotros, en toda la tierra, de nuestros días.

Además, estos son de todos los que aun realmente no han
conocido el nombre bendito del Señor Jesucristo, en sus
corazones, ni lo han confesado con sus labios, tampoco, para
bendición e enriquecimiento de sus espíritus humanos, en
todos los lugares de la tierra, para gloria y para honra de
su nombre, en el reino de los cielos, por ejemplo.

Entonces nosotros debemos de mantenernos fieles en
Jesucristo, en nuestros corazones, para que el Espíritu de
Dios con sus frutos sobrenaturales sobreabunden en nuestras
vidas, diariamente, para subyugar a cada una de las profundas
tinieblas, del fruto prohibido del espíritu de error, del
árbol de la ciencia del bien y del mal, que siempre nos ataca
para destruir nuestras vidas.

Porque de otra manera, el espíritu del fruto prohibido que
Adán comió, y que está en nuestros corazones y por toda
nuestra sangre, también, nos ha de vencer siempre diariamente
hasta llevarnos a nuestro día final, y tirarnos, perdidos y
condenados, eternamente y para siempre, por la mancha del
pecado en nuestras vidas, entre las llamas del fuego del
infierno.

Y la única manera que nosotros vamos a escapar ésta perdición
y condena eterna, ha de ser si tan sólo confiamos en nuestro
Padre Celestial y en su Espíritu Santo de su gran rey Mesías,
el Señor Jesucristo. Porque el Señor Jesucristo "es el amor
de vida", que Adán y Eva debieron haber comido, en el
paraíso, para seguir viviendo sus vidas eternas con Dios y
con su Hijo amado, en todo el paraíso y en todo el reino de
los cielos, también, por siempre.

Pero como ambos no comieron del fruto de vida, sino que lo
despreciaron, al comer del fruto prohibido, del árbol de la
ciencia del bien y del mal, entonces su espíritu de rebelión
y de maldad reina en nuestros corazones y en nuestra manera
de vivir, en todas las naciones de la tierra, de hoy en día y
de siempre.

Y esto es pecado para Dios y para su Hijo amado, el Señor
Jesucristo, en cada uno de nosotros, en nuestros millares, en
todos los lugares del mundo entero, es decir, pecado de
muerte y de destrucción eterna, para nuestros corazones y
para nuestras almas vivientes, también, en la tierra y en el
infierno.

Pero con el Señor Jesucristo tenemos de su Espíritu Santo,
lleno de vida y de salud, si tan sólo creemos en Él, en
nuestros corazones y así confesamos su nombre, con nuestros
labios, para gloria y para honra de su nombre, en nuestras
vidas, en la tierra y para nuestras nuevas vidas celestiales,
en el nuevo reino de los cielos.

Porque nuestra vida celestial e infinita, ya está en el
cielo, con Dios y con su Árbol de vida, sólo Dios espera de
nosotros que hagamos lo correcto en nuestros corazones, tan
sólo al confesar nuestros pecados a Él, en el nombre bendito
de su Hijo, el Señor Jesucristo, para perdonarnos y escribir
nuestros nombres, en su "libro de vida".

Puesto que, sólo por medio del Espíritu de vida, de su Árbol
de vida, es que Dios mismo ha de oír nuestras oraciones,
ruegos y peticiones, de los que tengamos ante Él, en la
tierra para que nos bendiga, hoy en día por siempre, en la
nueva eternidad venidera de su nuevo reino celestial.

Además, Dios nos ha de oír cada una de nuestras palabras, de
todas ellas que tengamos para con Él, hoy en día y por
siempre, porque nos ama. Porque el Espíritu de vida, de su
Árbol de vida eterna, ha de estar en nuestros corazones día y
noche, latiendo vida y salud, para con cada uno de nosotros,
para servirle a Él, en el espíritu y en la verdad de su
nombre y de su palabra sagrada y eternamente honrada, en los
corazones de todas sus criaturas celestiales.

Por eso, todo lo que nosotros sintamos hacia él, en el día de
hoy, ha de ser por el poder del espíritu que ha de estar en
cada uno de nosotros. Y éste espíritu que está en nosotros,
es, sin duda alguna, el espíritu de Adán, el cual peca en
contra del fruto de vida, eterna del Señor Jesucristo, para
comer del fruto prohibido, del árbol de la ciencia, del bien
y del mal, para mal y destrucción eterna de nuestras vidas,
en la tierra y en el más allá, también, en el infierno.

Pero Dios ha cambiado todo esto por cada uno de nosotros, en
el paraíso y en toda la tierra, también. Y lo ha hecho en la
vida de su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Porque sólo Él ha
podido vivir una vida santa y eternamente perfecta y conforme
a su voluntad eterna, de cumplir y de honrar cada palabra,
cada letra y cada tilde con su significado eterno de su Ley
Viviente.

Porque es en el significado eterno, de haberse cumplido la
Ley en la vida de cada hombre, mujer, niño y niña, de la
humanidad entera, es en donde está cada una de nuestras muy
grandes bendiciones, de vida y de salud eterna, en nuestro
Dios y en nuestro redentor eterno, el Árbol de vida, el Señor
Jesucristo.

Es decir, que en el Señor Jesucristo tenemos el espíritu de
vida y del Espíritu de Dios, que nos dan vida y salud a
nuestros corazones y a nuestras almas, para satisfacer a
nuestro Dios, en el espíritu y en la justicia de su palabra,
de su Ley, para cada uno de nosotros, en nuestros millares,
en toda la tierra.

Es decir, también, que sin la Ley de Dios cumplida en
nosotros, entonces nuestro Dios jamás ha de ser feliz con
ninguno de nosotros, por lo tanto, habremos perdido nuestra
vida eterna, para entrar en el reino de los cielos, ha vivir
con Él y con sus huestes de ángeles santos, en el reino de
los cielos.

Porque nuestros corazones y nuestros espíritus humanos
solamente emitirían hacia Él, cada uno de los malos deseos de
nuestros cuerpos pecadores, y esto es terrible para nuestro
Dios y para su Espíritu Santo, en la tierra y en le cielo,
también. Es por eso, que Adán y Eva tuvieron que abandonar
sus vidas santas y perfectas en el paraíso.

Ya que, ambos emitan terribles deseos de sus corazones y de
sus espíritus humanos, los cuales no eran compatibles con el
espíritu de vida del paraíso, ni menos del reino de los
cielos. Por eso, ambos tuvieron que abandonar la tierra santa
del paraíso, para no volver a regresar a ella, hasta que su
espíritu de vida fuese el correcto.

Y éste espíritu de vida, el cual siempre ha sido el correcto
para nuestro Dios, ha sido desde siempre el espíritu de vida
de su Hijo amado, su Árbol de vida eterna, en el epicentro
del paraíso. Es por eso, que Dios ha llamado a cada hombre,
no ha que viva de los deseos de su carne, sino de los deseos
de su Espíritu de vida eterna, su Árbol de vida, el Señor
Jesucristo, en toda su creación infinita, en el cielo y en la
tierra, también, por siempre.

Porque sólo el Señor Jesucristo tiene el espíritu de vida y
de salud eterna para cada uno de nuestros corazones y de
nuestras almas vivientes, en el paraíso, en la tierra y de
nuevo en el reino de los cielos, para cuando regresemos a la
presencia santa de nuestro Dios y Padre Celestial, en el más
allá, por ejemplo.

Simultáneamente, sólo el espíritu de vida de su Árbol de vida
ha de vivir, ha de reinar, en el reino de los cielos, y más
no el espíritu del mal y del bien, del árbol de la ciencia
eterna, del paraíso. Entonces cada hombre, mujer, niño y
niña, que ha nacido en la tierra, realmente ha nacido del
espíritu de Adán y de Eva.

Por cuanto, Adán y Eva se rebelaron perdidamente, sin saber
lo que hacían en sus vidas, en contra del espíritu de vida,
del Árbol de Dios, para mal de sus vidas celestiales,
perdiéndolas por un tiempo, en el día que pecaron en contra
de Dios, en el paraíso. Y lo mismo le ha sucedido a cada uno
de sus descendientes, también, en toda la tierra.

Porque cada uno de ellos es nacido del espíritu del fruto
prohibido, del árbol de la ciencia del bien y del mal; por
esta razón, no podrá ninguno de ellos regresar a su patria
celestial, en el más allá, sino que ha de morir en su
espíritu de rebelión y de condena eterna, en el fuego del
infierno.

A no ser que ore a su Dios y Creador de su vida, en el nombre
del Señor Jesucristo, y así le acepte en su corazón, como su
redentor personal, para perdón de sus pecados y para que
vuelva a nacer. Y esto es de volver a nacer, aquel hombre o
mujer penitente ante Dios, no de la carne y del espíritu de
Adán o de Eva, sino de la carne y del espíritu de vida de
Dios, el Señor Jesucristo, su Árbol de vida y de salud
eterna.

Ya que, sólo de esta manera el hombre, la mujer, el niño y la
niña, podrán volver a sus vidas normales del paraíso y del
reino de los cielos, también, desde hoy mismo, llenos del
espíritu de vida del Señor Jesucristo, y no de ninguna otra
manera.

Porque es simplemente imposible para que el hombre y la mujer
vuelvan a vivir con su Dios y con su Árbol de vida eterna, en
la tierra o en el reino de los cielos, si es que el espíritu
de su corazón y de su sangre no es el espíritu de vida del
Árbol de Dios, el Señor Jesucristo.

EL PECADO ENGENDRA LA MUERTE, EN TODOS

Por eso, cada hombre, cada mujer, cada niño y cada niña,
también, de la tierra, es, realmente, tentado cuando es
arrastrado y seducido por su propia pasión, de su corazón en
tinieblas y de su carne corrupta, por la mancha del pecado. Y
esto es del espíritu de error, del fruto prohibido del árbol
de la ciencia, del bien y del mal, que está, sin duda alguna,
en el corazón y en la sangre de cada uno de ellos, comenzando
con Adán y Eva, por ejemplo, para mal eterno de sus vidas, en
el paraíso o en la tierra, de nuestros días.

Es por eso, que Adán y Eva murieron en sus pecados: porque
comieron del fruto prohibido del árbol de la ciencia, del
bien y del mal, "despertando así pasiones carnales", que eran
contrarias a las de la Ley de Dios, en el paraíso, en vez, de
comer del fruto de vida y de salud eterna, el Señor
Jesucristo.

Puesto que, si hubiesen comido del fruto de vida, del Árbol
de Dios, entonces hubiesen "despertado pasiones santas y
eternamente agradables" al espíritu de vida, de la Ley de
Dios y de su reino celestial, también. Y ellos hubiesen
siempre sentido todo lo bueno y todo lo justo que se siente
en el corazón, cuando Dios ama a sus criaturas y a sus vidas
individuales, en el reino de los cielos y en el resto de
toda su creación, también.

Pero como comieron del fruto prohibido, entonces el espíritu
de vida ya no estaba en ellos, sino el espíritu rebelde de
Lucifer y de su árbol de la ciencia del bien y del mal,
"despertando a un nuevo nacimiento de deseos de la carne",
totalmente contrarios a los deseos santos y nobles, de la Ley
Viviente de nuestro Dios.

Por esta razón, luego de Adán haber probado del fruto
prohibido, entonces la baja pasión de su corazón se comenzó a
manifestar, como nunca antes en su vida, dando así paso a su
primer pecado, el cual se comenzó a multiplicar hasta jamás
parar, hasta nuestros días, en el corazón de cada hombre,
mujer, niño y niña de la tierra.

Además, el pecado una vez "vivo en su espíritu humano",
entonces acabo con su vida celestial, para darle paso a la
muerte de su alma, en el paraíso y en la tierra, también:
eternamente para los que "no se arrepienten" de su mal, y
temporalmente para los que "se aferran a Jesucristo", y
vuelven a nacer de su espíritu de vida.

Fue por esta razón, de que la misma tierra del paraíso y como
la del reino de los cielos, también, llena de cada palabra,
de cada letra y de cada tilde y de su significado infinito,
entonces abrió su puerta celestial para despedir a Adán y a
Eva, de la misma manera, que despidió a Lucifer y a sus
secuaces.

Pero con amor y una gran esperanza en sus corazones, Adán y
Eva abandonaron el paraíso, para volver a tener pronto, la
misma vida antigua del reino de los cielos, en sus corazones
y en sus almas vivientes, también, sólo en Jesucristo, en los
días venideros del nuevo amanecer, con "un nuevo nacimiento",
en el nuevo reino de los cielos.

En vista de que, para volver a tener vida en la tierra, como
en el reino de los cielos, por ejemplo, entonces el hombre y
la mujer tienen que volver a nacer, no de la carne de Adán,
sino de la carne y del espíritu de vida, del Árbol de Dios,
su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

De otra manera, ningún hombre o mujer podrá jamás volver a
nacer, ni menos volverá a ver la vida, en esta vida, ni en la
venidera, en el más allá, sólo el fuego eterno del infierno
espera por él o por ella, por su rebelión ante Dios y ante su
nombre salvador, el nombre eternamente santísimo del Señor
Jesucristo.

Visto que, el fruto de la carne es rebelión total al nombre
santo de Dios y de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Por
eso, todo aquel que no ama al Señor Jesucristo en su corazón,
ni confiesa su nombre sobrenatural con sus labios, entonces
es arrastrado y seducido por la pasión del fruto prohibido,
del árbol de la ciencia del bien y del mal que va contra el
espíritu de vida, del fruto de vida eterna.

Y esto es en cada corazón de cada uno de todo pecador y de
toda pecadora, en todas las naciones de la tierra: al no
creer en el Señor Jesucristo, como su único y suficiente
redentor de su vida, en esta vida y en la venidera, también,
en el nuevo más allá de Dios y de su Árbol de vida eterna.

Por ello, una vez, el pecado de rebelión en contra de Dios y
de su Árbol de vida eterna es llevado acabo, en el corazón y
en la vida del pecador o de la pecadora, entonces con lleva a
su muerte segura. Y esta muerte del alma perdida ha de ser en
la tierra y en el más allá, también, como entre las llamas
ardientes del fuego eterno del infiero y posteriormente el
lago de fuego, para destrucción de su corazón eterno y sin el
nombre salvador y sobrenatural del Señor Jesucristo, para
siempre.

Por esta razón, Dios no desea que el hombre siga viviendo su
vida del primer pecado de Adán, sino que cambie a su vida
original del más allá, del paraíso y del reino de los cielos.
Y esta vida del hombre es la misma vida divina de Dios y de
su Árbol de vida, el Señor Jesucristo. Porque como ésta vida
infinita del Árbol de la vida, no hay otra semejante, en el
paraíso, ni en el reino de los cielos, tampoco, ni menos en
la tierra, de nuestros días.

ABRIGENSE DE JESUCRISTO Y NO DEN PASO A LOS DESEOS DE LA
CARNE

Por eso, arrópense todos del Señor Jesucristo espiritualmente
hablando, y no hagan provisión para satisfacer los malos
deseos de la carne, como lo hicieron Adán y Eva, en el día
que le creyeron a la serpiente antigua, que les hablaba de
parte de Lucifer para hacerlos caer en una trampa eterna, que
sólo Dios y su Hijo los podía liberar.

En la medida en que, los deseos de la carne jamás fueron
buenos para la salud del hombre, ni para la relación
espiritual de él, ni menos del Dios del cielo y de toda la
tierra. Porque Dios jamás aprobó, ni aprobará tampoco los
frutos del primer fruto prohibido del árbol de la ciencia,
del bien y del mal, en el corazón y en el cuerpo del hombre
de toda la tierra, sino que sólo Dios ha de aprobar siempre:
¡los frutos del fruto de vida eterna!

Y esto es, realmente, el Señor Jesucristo, en el corazón y en
el alma viviente de cada hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera, para que viva en eterna paz y armonía
espiritual con su Dios y con su Árbol de vida, el Señor
Jesucristo, en la tierra y en el paraíso, también, para
siempre.

Por cuanto, Dios desea ver sólo los deseos del espíritu de
vida y del cuerpo santo y sumamente honrado por la palabra
viviente de la Ley de Dios y de Moisés del Señor Jesucristo,
en el corazón y en el cuerpo de cada hombre, mujer, niño y
niña, no sólo de Israel, sino de todas las naciones de la
tierra.

Porque éste es el reino celestial del más allá, el cual Dios
siempre soñó y preparo en su corazón para llevarlo acabo, no
sólo con sus ángeles santos, sino también, con Adán y cada
uno de sus descendientes, como personas como tú, hoy en día,
en tu hogar y en tus tierras, mi estimado hermano y mi
estimada hermana.

Por eso, Dios ha preparado grandes bendiciones celestiales de
la tierra y del más allá, también, "para cada uno de los que
sólo vivan por los deseos del espíritu de vida y de la carne
santo y eternamente glorioso de nuestro salvador, el Señor
Jesucristo", ¡el Todopoderoso de Israel y de las naciones!,
por ejemplo.

Es por eso, que es muy importante que cada hombre, mujer,
niño y niña, sea bautizado en el agua, "en el nombre del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo de Dios", para cumplir
toda justicia, en la tierra y en el paraíso, también, para
gloria y para honra infinita de la Ley Divina de Dios y de
Moisés, por ejemplo.

Ya que, si no nacemos del agua y del Espíritu de Dios,
entonces no podremos jamás vivir los deseos del Espíritu de
vida y del cuerpo de la carne, de nuestro gran rey Mesías, el
Cristo de Israel y de la humanidad entera, el Hijo de David.
En verdad, permanecemos en el pecado eterno y mortal de
Lucifer y de Adán en nuestras sangres manchadas (o selladas)
por la muerte eterna.

Porque así como en el cielo con los ángeles santos, también,
en la tierra, la voluntad perfecta de nuestro Padre Celestial
tiene que llevarse acabo, a como de lugar, en el corazón de
cada uno de sus hijos y de sus hijas, de todas las familias,
razas, linajes, tribus, pueblos y reinos de la tierra.

Para que de esta manera única y sumamente honrada, entonces
los frutos del espíritu de vida y de la carne del Árbol de
vida eterna, el Señor Jesucristo, se manifieste en cada uno
de nosotros, en nuestros millares, en todos los lugares de la
tierra y del reino de los cielos, también, para seguir
viviendo divinamente por la eternidad venidera.

Dado que, sin los frutos del espíritu de vida y del cuerpo
santo del Señor Jesucristo, en cada uno de nosotros, entonces
no podremos jamás ser felices con nuestro Dios. Ni Dios ha de
poder ser feliz con cada uno de nosotros, en toda la
existencia de la tierra, por miles de años venideros, en la
eternidad.

Porque entonces los frutos de nuestra carne y de nuestro
espíritu humano, contaminados por las palabras mentirosas de
Lucifer, han de ser el fruto de nuestros cuerpos y de
nuestros espíritus humanos y pecadores, igualmente, para con
Dios y para su Ley Viviente, en la tierra y en el más allá,
también, como en el bajo mundo de las almas perdidas.

De las almas perdidas, de las cuales "jamás nacieron de
nuevo" del poder sobrenatural del Espíritu Santo, al creer en
sus corazones y al confesar con sus labios, de que "el Señor
Jesucristo es su Hijo amado". Ellos permanecen en la condena
eterna de las palabras mentirosas y de muerte de Lucifer, que
llego a Eva primero y luego a Adán, por boca de la serpiente
antigua, para "separarlos del fruto de vida eterna", el Señor
Jesucristo, en el paraíso y en la tierra, de nuestros días,
también, para mal de muchos, para siempre.

Porque todo hombre, mujer, niño y niña, comenzando con Adán,
por ejemplo, tiene que creer en su corazón y confesar con sus
labios, de que Jesucristo es su Hijo, para gloria y para
honra de nuestro Dios y Padre Celestial, en la tierra y en el
reino de los cielos, hoy en día y por siempre, en el más
allá.

Entonces hoy mismo, antes que se haga más tarde para ustedes,
"invoquen el nombre del Señor Jesucristo" en sus corazones,
pronunciando su nombre santo con sus labios, para que sus
cuerpos y sus espíritus humanos ya no sean arropados por el
espíritu de error de Lucifer, sino por el Espíritu de Dios y
de su Hijo amado, el Señor Jesucristo.

LA GRACIA HA DESENDIDO DE DIOS PARA ENSEÑARNOS A VIVIR COMO
ÉL

Porque la gracia salvadora de nuestro Dios se ha manifestado
a todos los hombres, mujeres, niños y niñas de la tierra,
enseñándonos a vivir de manera prudente, justa y piadosa en
nuestros tiempos, renunciando así a la impiedad y a las
pasiones mundanas, que proceden del fruto del árbol de la
ciencia, del bien y del mal, en nuestros cuerpos.

Por cuanto, la verdad es que los frutos del fruto prohibido
que Eva y luego Adán mordió para ingerir, aun están en
nuestros cuerpos y en nuestra sangre, también, para llevarnos
al infierno. Porque ése es el poder primordial del pecado, de
llevarnos día y noche a la orilla de la muerte y del abismo
del infierno, para tirarnos al fuego eterno.

Haciéndonos realmente tanto daño como el que se le hizo a
nuestros progenitores, en el paraíso, en el día que cayeron
de la gracia de nuestro Dios y Padre Celestial, al no comer
de los frutos de vida eterna, de su Árbol Santo, por ejemplo,
el Señor Jesucristo, para perdición eterna de nuestras almas
en éste pecado mortal e infinito.

Es por eso, que nuestro corazón y nuestro espíritu humano han
nacido en la tierra, en el día que nacimos del vientre de
nuestra madre, para seguir obedeciendo y haciendo las
maldades mundanas del fruto prohibido. Y estas son maldades
tras maldades que van día y noche en contra de Dios y de su
Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, en la tierra y en
el paraíso, para afectar toda vida, en el hombre y en Dios,
también, en el más allá.

Porque estos son pecados, de los cuales comenzaron en Adán,
para separación de nuestro Árbol de vida y condenación
infinita, de nuestras almas en las llamas del infierno y del
lago de fuego, para nuestra segunda muerte final, de nuestros
corazones, de nuestras sangres y de nuestras almas
contaminadas y perdidas, en el poder de la gran mentira de
Lucifer.

Por esta razón, es que nuestros corazones siempre están
pensando en el mal del pecado para hacerse daño a sí mismos y
a los demás, también, en todos los lugares de la tierra y en
cada momento del día, hasta entrar en las llamas del
infierno, candente y eternamente tormentoso, para jamás
volver a tener la oportunidad de ver la vida.

En verdad, estos son los poderes sobrenaturales del fruto
prohibido del árbol de la ciencia, del bien y del mal, que
actúan día y noche en cada uno de nuestros corazones y de
nuestros espíritus humanos, para desfigurar y destruir,
también, a la misma vez, nuestra alma viviente, en la tierra
y en el más allá, en el infierno eterno.

Es por eso, que el hombre se hace imágenes de talla, usa el
nombre de Dios en vano, roba, miente, mata y se hace dueño de
lo ajeno, rompiendo así día y noche la palabra de la Ley de
Dios y de Moisés, en nuestros corazones y en nuestras vidas
humanas, en la tierra y en el más allá, también.

Puesto que, la Ley de Dios aun se sigue deshonrando en el más
allá, cuando caen los impíos / paganos, burladores eternos de
la voluntad perfecta de Dios y de su Árbol de vida eterna,
entre las llamas eternas del fuego del infierno y del lago de
fuego, también, por ejemplo.

Porque toda alma que pecare en contra de la Ley de Dios ha de
morir irremediablemente en su pecado y en su culpa eterna, si
es que no se arrepiente de su mal proceder hacia la palabra
de Dios y de su mal camino por la tierra, a tiempo, en contra
del nombre bendito de su Hijo, ¡el Señor Jesucristo!

Dado que, cada uno de los deseos del corazón y del espíritu
humano de la carne del hombre, de la mujer, del niño y de la
niña, si es que Jesucristo no está en su corazón, entonces
está en contra de su Dios y de la vida perfecta y sumamente
honrada del Cristo de Israel y de la humanidad entera.

Y esto es muerte eterna para todo aquel que peque en contra
de su palabra, de su Ley, de la vida de la sangre gloriosa y
sumamente bendita por Dios y por su Espíritu Santo, su Hijo
amado, el Señor Jesucristo, en su corazón y en su alma
viviente, también, para muerte eterna, entre las llamas
candente del infierno eterno.

Ya que, escrito está, de que todo aquel que "pisoteare la
vida" del Señor Jesucristo, entonces ya no tiene remedio, ni
perdón para alcanzar su bendición y la salvación de su alma
viviente, en esta vida, ni en la venidera, tampoco, como en
el más allá, en el infierno, ni en su segunda muerte, en el
lago de fuego, por ejemplo.

Aquel blasfemo, como la escritura lo llama, sólo le espera su
condena eterna, entre las llamas de la ira de Dios y de su
Espíritu Santo, las cuales arden cada vez con mayor fuerza y
violencia, para recibir aquel impío, pagano, ateo, corrupto,
adultero, mentiroso, dueño de la ajeno y burlador eterno del
nombre y de la Ley de Dios.

Pero para los que "aman los deseos santos y sumamente
gloriosos" del fruto de vida eterna, del nombre del Señor
Jesucristo y de su espíritu de gloria, viviendo en sus
corazones y en sus almas eternas, las cosas son diferentes
para cada uno de ellos, su final en la tierra es de gloria
infinita, en el reino de los cielos.

Porque si glorificaron a su Dios y salvador de sus almas
eternas, el Señor Jesucristo, en sus corazones, entonces
también lo han de hacer así en el paraíso o en el nuevo reino
de los cielos, por ejemplo, para gloria y para honra infinita
del nombre de Dios y de sus huestes de ángeles gloriosos del
más allá.

Dado que, todo aquel que desee entrar en la vida del reino de
Dios, ha caminar por calles de oro, para entrar en su mansión
celestial, en donde ha de vivir por siempre, glorificando y
honrando día y noche: el nombre glorioso y sumamente santo de
nuestro Padre Celestial, entonces tiene que amar a Cristo, en
su corazón, desde ya.

EN CRISTO SOMOS PARTICIPANTES EN PLENO DE LA NATURALEZA
DIVINA, PARA ESCAPAR TODA CORRUPCIÓN DE LA CARNE

Desde que, nuestro Dios nos ha dado una nueva vida infinita,
en la misma vida de su Hijo amado y no de ángeles poderosos y
eternamente gloriosos de su reino celestial, para que vivamos
eternamente y por siempre delante de Él, en la tierra y en el
cielo, también. Porque simplemente no hay otra vida mayor que
la de Dios mismo para cada uno de nosotros, en el cielo, ni
menos en la tierra, de nuestros días, por ejemplo, que Dios
nos pueda regalar.

Por esta razón, mediante esta nueva vida infinita nos han
sido dadas preciosas y grandísimas promesas, para que por
ellas sean hechos participantes de la naturaleza divina,
santa, pura y eternamente perfecta, después de nosotros mismo
haber huido de la corrupción que reina en nuestros corazones
y en el mundo entero, debido a las bajas pasiones del poder
del pecado.

Porque las pasiones del pecado en nuestros corazones y en
nuestra sangre humana han sido las mismas de siempre, que
comenzaron a manifestarse en la vida de Adán y de Eva, en el
día que comieron del árbol de la ciencia del bien y del mal.
En verdad, estas son las pasiones del cuerpo perdido en las
profundas tinieblas de Lucifer, que se manifiestan en el
pecador y en la pecadora para pecar más y más ante Dios y su
Árbol de vida eterna, Jesucristo.

Y estas pasiones del pecado, en nuestros cuerpos humanos, son
las que nos "separa de Dios" y de su Árbol de vida eterna, el
Señor Jesucristo, día a día hasta finalmente destruir
nuestras vidas totalmente, no sólo en la tierra, sino también
entre las llamas eternas de la ira de Dios, en el infierno
candente y eternamente violento.

Además, estas pasiones terribles del fruto prohibido que Adán
comió, se manifiestan en nuestros corazones y en nuestros
cuerpos humanos, día y noche, desde el primer instante que el
pecado entro en Adán, cuando sentimos deseo de pecar en
contra de Dios, de su Espíritu, de su Hijo y de nuestro
prójimo, también, en toda la tierra.

Por ejemplo, también, cuando sentimos deseo de mentir, de
engañar, de adorar dioses ajenos a la Ley de Dios y de
Moisés, de usar el nombre de Dios en vano, de maldecir, de
matar, de adultera y de querer hacerse dueño de lo ajeno,
entre otros frutos terribles, del fruto prohibido del árbol
de la ciencia, del bien y del mal.

Porque cada uno de estos males, y aun peores, se manifiesta
siempre en la vida del pecador y de la pecadora, por ejemplo,
que no ha conocido, ni ha vuelto a nacer de nuevo del
Espíritu Santo, su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo,
en el corazón de cada ángel del cielo y de cada hombre de la
tierra.

Por eso, es muy bueno que todo hombre, mujer, niño y niña,
reciba ya en su corazón el nombre de Jesucristo, para que los
frutos agradables de vida y de gloria eterna de nuestro Padre
Celestial asciendan hacia Él y hacia su trono santo, para que
entonces nos bendiga y no nos maldiga, ni nos condene su Ley
Santa, tampoco.

Porque esta es la única manera, por la cual el corazón del
hombre ha de poder cumplir con la justicia y la voluntad
perfecta de nuestro Dios, en su Árbol de vida eterna, el
Señor Jesucristo, en cada uno de nuestros corazones, en todas
las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la
humanidad entera, en toda la tierra.

Y sólo así entonces hemos de poder ser hallados justos para
entrar, desde hoy mismo, en la vida santa y sumamente honrada
de su Árbol de vida, en el paraíso o en el nuevo reino de los
cielos, como la gran ciudad celestial del gran rey Mesías: La
Nueva Jerusalén Celestial de Dios y de su nueva vida
infinita.

En estas tierras con nuevos cielos, libres del mal de la
mentira de Lucifer y de Adán, entonces hemos de conocer día a
día sólo los frutos, de la carne y del espíritu de vida de
nuestro salvador, el Señor Jesucristo, nuestro único posible
Árbol de vida y de salud eterna, para cada uno de nosotros,
en toda la tierra.

En otras palabras, en éste nuevo reino celestial para la
humanidad entera, sin que falte ningún hombre, mujer, niño y
niña, de todas las familias del mundo, de los que hayan
recibido en sus corazones a Jesucristo, "sólo vivirá el gozo
y la felicidad" en su corazón, por haber llegado a conocer el
nombre de Dios y de su Jesucristo.

Porque el corazón del hombre fue puesto en su pecho por Dios,
igual al de Él y de su Jesucristo, para que viva su vida en
el paraíso o en el nuevo reino de los cielos, más no en la
tierra. Y no en la tierra, jamás, porque es en donde las
profundas tinieblas de la palabra de mentira y de gran maldad
de Lucifer viven, día a día y por siempre, hasta el fin del
mundo.

O hasta el día que, por ejemplo, el Señor Jesucristo vuelva a
tomar total control de toda la tierra, con su palabra y con
su justicia infinita, de su sangre y de su nombre glorioso y
eternamente sobrenatural, también. En verdad, nuestro Dios
nos ha dado mucho de su amor infinito, y sin medida alguna,
desde mucho antes que el cielo y la tierra fuesen formados,
para que no exista mentira, ni menos maldad en nuestras
vidas, en la tierra ni menos en el reino de los cielos, por
ejemplo.

Además, éste amor sobrenatural y sobreabundante, nos lo ha
manifestado el Señor Jesucristo, no sólo al vivir su vida
santa y sumamente honrada ante la Ley de Dios y de Moisés,
sino que mucho más que esto. Porque el Señor Jesucristo fue
siempre santo más aun hasta que fue enjuiciado injustamente
por sus enemigos, y dejo correr su sangre santa sobre el
madero, el cual esperaba por Él, desde mucho antes de la
fundación del mundo, para ponerle fin, con su propio amor
infinito, a nuestros pecados y a nuestra muerte eterna.

Y es precisamente éste mismo amor sobrenatural e infinito, el
cual nos ha de llevar día y noche hasta el seno y el corazón
sagrado de nuestro Padre Celestial, que está en los cielos,
si tan sólo creemos de todo corazón para confesar finalmente
su nombre sagrado con nuestros labios, para viva y para
felicidad eterna, también, de nuestras almas.

Para que con esta confesión de fe, de que el Señor Jesucristo
es su Hijo, entonces seamos ungidos por el Espíritu de vida
eterna y lleno de cada uno de sus dones sobrenaturales, de
milagros, de maravillas y de prodigios del cielo y de la
tierra, para sanarnos de muchos males y del mal eterno de la
muerte en el infierno.

Y nuestro Dios ya ha hecho cada una de estas grandes
misericordias, para amarnos por siempre, en Jesucristo. Con
el fin eterno de edificar nuestras vidas más y más hasta que
sea igual a la vida gloriosa y sumamente honrada de nuestro
rey Mesías, el Señor Jesucristo, el único salvador posible de
Israel y de la humanidad entera, hoy en día y por siempre,
para entrar desde ya, a la vida eterna de su reino infinito.

Ya que, tenemos que entrar de nuevo a la vida eterna del
paraíso y del nuevo reino de los cielos, santos y salvos, no
con el pecado de Adán viviendo en nuestros corazones, sino
con la gracia redentora, de la sangre sobrenatural de nuestro
único y gran salvador de nuestras vidas y de nuestras almas
eternas, ¡el Señor Jesucristo!

A DIOS LE DOLIÓ HABER CREADO AL HOMBRE POR CULAPA DE SU CARNE
CORRUPTA

Es por eso, que cuando nuestro Dios vio que la maldad del
hombre era mucha en la tierra, y que toda tendencia de los
pensamientos de su corazón, era entonces de continuo sólo al
hacia el mal. Pues nuestro Dios lamentó haber hecho al hombre
en la tierra, y le dolió en su corazón, porque veía que no
había amor en ninguno de ellos.

Cuando la verdad era que Él mismo, y no otro, los había
formado uno a uno con sus manos santas, para ser amado sólo
por ellos, en sus corazones eternos, para gloria y para honra
de su nombre bendito, en la tierra y en el cielo, también.
Porque para Dios no hay mayor amor en el cielo, que tan solo
ver a su Hijo amado, creciendo cada vez más y más en el
espíritu de vida y del amor infinito, en el corazón del
hombre y de la mujer de toda la tierra, por siempre, en el
infinito.

Pero al ver Dios, que el hombre sólo pensaba en el mal de su
corazón y de su hermano o de su hermana, entonces se dio
cuenta de que esto no podía seguir así en la tierra, para que
luego entren en la vida eterna del más allá, del paraíso o
del nuevo reino de los cielos, por ejemplo.

Y entonces Dios decidió destruir a toda la vida de la tierra,
con aguas del mar y del abismo. Porque de todos los hombres
de la tierra de aquellos días, sólo Noé era fiel ante su Dios
y ante su nombre salvador, en toda la tierra. Él había
engendrado a tres hijos: Sem, Cam y Jafet, quienes también le
servían al Señor, en el poder sobrenatural de su nombre
santo, el de su Hijo amado, el Señor Jesucristo.

Ellos no se habían corrompido tras los pecadores y las
pecadoras de aquellos días, en el mundo antiguo; ellos eran
fieles a Dios con sus esposas y con sus hijos, también.
Entonces Dios se agrada de ellos en gran manera en su corazón
santo, para redimirlos y no destruirlos junto con los demás
pecadores, del mundo antiguo.

Por eso, Dios le dijo a Noé hazte un arca de quinientos codos
de largo, de cincuenta codos de ancho y de treinta codos de
alto. Solo tendrá una puerta en sus lados, y dentro del arca
habrá dos pisos, uno bajo y otro alto. En estos pisos han de
entrar todos los que deseen ser redimidos del mal, que envié
sobre la tierra, en los postreros días.

Todos los que entren en el arca se salvaran, del gran diluvio
del cielo y de la tierra. Estas aguas alzaran el arca con
todos los tuyos y los que hayan entrado en ella contigo, como
gentes y animales de todas sus especies, machos y hembras,
dos de cada especie de ellos, según su genero serán
redimidos.

Redimidos y escogidos por Dios mismo, para que sobrevivan el
mal que viene sobre la tierra, y puedan volver a llenar la
tierra, como antes, pero sin el pecado y sin su violencia
mortal, que se ve en todos los hombres pecadores y en todas
las mujeres pecadoras de tu era, Noé. Pues así lo hizo Noé.

Noé obedeció a su Dios, y con él se salvaron todos los de su
familia y dos de todas las especies de los animales de la
tierra, machos y hembras, Dios los redimió de morir en este
gran castigo sobre toda la tierra, en aquellos días. Así Dios
puso fin al pecado del deseo de la carne, de todo los
infieles al nombre santo de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo.

Porque todos, en aquellos días, que habían oído de la llegada
del gran rey Mesías a toda la tierra, para redimirla de su
mal eterno, se salvaron de su muerte segura, en el arca de
Noé. Ellos obedecieron a la voz de Dios, para redimir sus
vidas de tan gran mal. Pero más fueron los animales que
oyeron la voz de Dios, y se salvaron entrando en el arca de
Noe, antes que el diluvio comenzase.

Es decir, que sólo los que fueron encontrados por Dios, de
ser dignos de invocar y de creer de todo corazón en su nombre
salvador, entonces entraron en el arca de Noé, junto con los
animales de toda la tierra, pues, se salvaron antes que el
gran diluvio sumergiese a la tierra en su castigo y en su
muerte.

Así Dios le tuvo que poner "fin" al pecado de los deseos de
la carne y del corazón malvado de todo hombre, mujer, niño y
niñas infieles al nombre santo y salvador de su Hijo amado,
el Señor Jesucristo. En el mundo antiguo, más fueron fieles a
Dios y a su nombre salvador, el Señor Jesucristo, los
animales de la tierra, que el hombre pecador y la mujer
pecadora.

Y después de haber destruido a todo avaro, maligno, pagano,
adultero, mentiroso, idolatra, criminal, ladrón, hipócrita,
cobarde, infiel, personas afectas a su mismo sexo y a los
animales también, entonces Dios le volvió a dar vida a la
tierra, pero sin ninguno de los pecadores mencionados antes,
para que la tierra fuese libre del mal ante su presencia, en
el reino de los cielos.

Además, sólo así Dios podía ser feliz en el cielo ante la
presencia de la humanidad entera, en su trono santo y ante su
altar glorioso, en el reino de los cielos. Por lo tanto, Dios
destruye a toda la tierra con un gran diluvio, por amor a la
humanidad entera y no tanto por su ira al pecado.

Para que entonces el pecado de todo pecador y de toda
pecadora "no se expanda" en toda la vida del resto de la
humanidad, para las generaciones venideras. Porque si Dios no
hubiese actuado con amor infinito, en aquellos días de Noé,
para ponerle fin al pecado y a sus muchas maldades en toda la
tierra, entonces no existiera la humanidad entera, hoy en
día.

Ni menos el Señor Jesucristo hubiese descendido a la tierra
para redimirla con su sangre santa, dejándola correr sobre el
madero y sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de
Jerusalén, en Israel, para ponerle fin al pecado y a la
muerte eterna, del alma perdida del hombre de toda la tierra.

Es más, ya no existiera vida en toda la tierra, sino sólo
total desolación por doquier, para siempre. Y Dios no deseaba
éste terrible mal para la tierra y para su humanidad
infinita, sino todo lo contrario. Dios deseaba tornar a la
tierra, a pesar de sus profundas tinieblas de las palabras de
gran mentira y de maldad eterna de Lucifer, en un nuevo
paraíso eterno, para su Árbol de vida y sus frutos benditos
de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera.

Y hoy en día vivimos, gracias al amor y a la misericordia
infinita de nuestro Dios, al ponerle fin al pecado y a los
deseos de la carne y del corazón infiel de los antiguos, de
los días de Noé, por ejemplo. Porque ellos fueron
verdaderamente malos para con su Árbol de vida eterna, el
Señor Jesucristo. Y esto Dios no lo pudo sufrir tanto en su
corazón sagrado, que tuvo que ponerle fin inmediatamente a
sus deseos perdidos de sus carnes corruptas.

Porque cada uno de ellos llevaba a la vida de la tierra hacia
su destrucción prematura entre las llamas eternas del fuego
eterno, sin que Jesucristo aun no haya descendido del cielo,
aunque conocían de él, para ponerle fin al pecado con su
sangre bendita de su "holocausto supremo", en las afueras de
Jerusalén, en Israel, para la humanidad entera.

Es decir, de que si Dios no actúa así, a tiempo, en aquellos
días, con su gran diluvio, para destruir a toda la vida
corrupta del mundo antiguo, entonces el Señor Jesucristo no
hubiese descendido del cielo para entregarnos tan gran
salvación, de nuestros corazones y de nuestras almas, en toda
la tierra, de hoy en día y de siempre.

Por esta razón, le damos gracias a nuestro Padre Celestial
por haberle puesto fin a los deseos malvados de la carne y de
los corazones perdidos e infieles de los antiguos ante su
verdad y ante su justicia infinita de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo. Y sólo así entonces podamos tener una gran
esperanza, de un nuevo amanecer eterno, en nuestros corazones
con Jesucristo para el nuevo mundo infinito de Dios y de su
Espíritu Santo, en la nueva inmensidad venidera del más allá,
por ejemplo.

Para que en un día como hoy, por ejemplo, mi estimado hermano
y mi estimada hermana, entonces recibas cada una de tus
muchas bendiciones y con ellas tu gran salvación infinita, a
la misma vez, en tu corazón y en tu alma viviente, en esta
vida y en la venidera del nuevo reino de los cielos, en el
más allá.

NO REINE EL PECADO EN SUS CORAZONES PARA QUE SUS CUERPOS NO
OBEDEZCAN A SUS DESEOS CARNALES

Por eso, no reine, pues, la inmoralidad en sus cuerpos
mortales, de modo que obedezcan a sus malos deseos, como lo
hicieron corrompidamente los antiguos en los días de Noé,
para provocar a nuestro Dios, ha derramar de su juicio y de
su ira infinita sobre toda la tierra, para destruir a todo
pecador y a toda pecadora, para siempre.

Y sólo Noé con su familia vivió, en aquellos días de juicio
final sobre toda la tierra, porque el Señor Jesucristo tenía
que descender del cielo a terminar su gran obra sobre el
madero. Ésta era una obra sobrenatural que tenia que llevarse
acabo sobre su roca eterna, en las afueras de su ciudad
escogida, para que quede sellada en el corazón del hombre de
toda la tierra, como testimonio eterno de su amor hacia cada
uno de ellos, comenzando con Adán.

Es decir, su única obra infinita, de bendición y de gran
salvación, en las afueras de Jerusalén, y en cada hombre,
mujer, niño y niña, de la humanidad entera, para que el
pecado ya no reine, sino sólo la verdad y la justicia
infinita de la vida de Dios y de su gran rey Mesías, su Árbol
de vida eterna.

Por cuanto, Dios había determinado mucho antes de la
fundación del reino de los cielos y de toda la tierra, de que
la tierra tenía que ser redimida por Él y por la sangre
bendita de su Árbol de vida eterna, para gloria de su nombre
santo. Con el fin de volverle a dar vida y vida en abundancia
a toda ella y a su inmensa humanidad eterna, también, libre
de todo mal del pecado y de las profundas tinieblas de la
muerte, de Lucifer y de sus ángeles caídos, por ejemplo.

Ya que, toda la tierra ha sido creada por Dios, sólo para su
nuevo reino de los cielos. Es decir, que la tierra ha de ser
como el paraíso, por ejemplo, para que Adán y sus
descendientes suban al cielo y bajen a la tierra, libremente,
para servirle a su Dios y a su Árbol de vida eterna, por los
siglos de los siglos.

Entonces el Árbol de vida del reino de los cielos y del
paraíso ya está establecido en su lugar eterno, en las
afueras de Jerusalén y sobre su roca eterna, la cual está en
el cielo, en estos momentos. Pero el lugar de gloria eterna
para que Dios reine sobre todas las naciones de la tierra,
por ejemplo, ha de ser desde su ciudad eterna, Jerusalén, en
Israel y sobre el trono de David, también.

En la medida en que, la promesa que Dios le hizo a David, fue
que su mismo Hijo, y no otro, iba a sentarse sobre su trono
para siempre, para reinar sobre cada una de las naciones de
toda la tierra. Y esta palabra se está cumpliendo poco a
poco. Porque primero tenia que tener la tierra en su
epicentro, en la tierra prometida, su Árbol de vida. Y esto
ya ha sido hecho una realidad eterna por nuestro Dios y por
su Hijo amado, el Señor Jesucristo.

Para que muy pronto, el gran rey David vuelva a Jerusalén,
Israel; pero esta vez, va a ser para sentarse sobre el trono
de su padre David y desde aquel momento reinara a toda la
tierra, para gloria y para honra infinita de nuestro Dios y
Padre Celestial que está en los cielos. Porque ésta gloria
infinita y celestial que viene a la tierra, especialmente en
Israel, es de Dios, y no del hombre, para la eternidad
venidera.

Por eso, Dios no desea que el pecado siga manchando sus
vidas, como mancho la de Adán en el paraíso y de muchos, en
el pasado y hoy en día, también, en toda l tierra, por
ejemplo, sino que Dios desea ver vida: sólo vida, como la del
cielo, libre de los males del pecado y de la muerte, por
ejemplo.

Es decir, la vida preciosa del reino de los cielos y del
paraíso, también, que sólo el espíritu de vida del Señor
Jesucristo ha traído a la vida del hombre, para que la
reciba, creyendo tan sólo en su corazón y confesando con sus
labios su nombre salvador, de vida y de salud infinita, para
la humanidad entera.

Porque sólo en la invocación del hombre del Señor Jesucristo
es que se abre el corazón de Dios y las ventanas de los
cielos, para que cada una de las bendiciones de milagros, de
maravillas, de sanidades, de salud y de salvación eterna
desciendan a la vida de cada hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera.

Con el fin de redimirla de todos los males, del pecado y de
su muerte del mundo perdido, de Lucifer y de sus ángeles
caídos, por ejemplo, en la tierra y en el más allá, también,
como en el fuego eterno del infierno y del lago de fuego, la
segunda muerte final de Lucifer y del alma pecadora del
hombre.

MANTÉNGANSE LEJOS DE LOS DESEOS DE LA CARNE, PORQUE CAMBATEN
CONTRA EL ESPÍRITU DE LA LEY Y DEL NOMBRE DE JESÚS

Por esta razón, mis estimados hermanos y mis estimadas
hermanas, yo, les exhorto como peregrinos y expatriados de
sus tierras, a que se absténganse / renuncien de las pasiones
carnales que combaten contra sus almas para contaminarlas con
el pecado y destruirlos, perdidos entre las profundas
tinieblas de la tierra y del más allá, también, en el fuego
del infierno.

Ya que, el enemigo de nuestras almas ha descendido con gran
ira en su corazón perdido para atacar y atacar siempre, a
cada uno de todos los hombres, mujeres, niños y niñas de la
tierra, para que jamás conozcan en sus corazones: la luz y
las verdaderas pasiones del Espíritu Santo y de la carne
sagrada del Hijo amado de Dios.

Porque Lucifer sólo quiere tener tinieblas tras tinieblas, en
la tierra y en el mundo bajo de los muertos, en el más allá.
Es por eso, que la luz del espíritu de la palabra y del
nombre de Dios le atormentan día y noche, en la tierra y en
el más allá, y no lo deja vivir en paz, (cualquiera que sea
esa paz, sin Jesucristo, como su Árbol de vida y de paz
eterna para su espíritu perdido, por ejemplo).

Además, la única manera que su corazón perdido en las
tinieblas, de su primer pecado de rebelión, en contra del
nombre del Señor Jesucristo y de su Ley, ha de ser feliz si
la luz del Árbol de la vida dejase de existir, no sólo en la
tierra, sino también en el paraíso y en el reino de los
cielos.

Y para lograr esta gran obra diabólica de su corazón perdido,
en la oscuridad de su mentira y de su gran maldad, entonces
Lucifer tiene que atacar y atacar siempre a los ángeles del
cielo y a todos los potenciales hijos e hijas del nombre
sagrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, en todos los
lugares de la tierra.

Es por eso, que muchas veces han llegado ataques terribles a
tu vida, mi estimado hermano y mi estimada hermana, desde las
profundas oscuridades del corazón perdido de Lucifer y del
más allá, también, como desde el mundo bajo de los muertos,
perdidos en sus profundas tinieblas, sin la luz del Señor
Jesucristo en sus almas eternas.

Porque no es posible que el corazón del hombre pecador, lleno
de los deseos de su carne, del fruto prohibido, regrese al
paraíso, para seguir pecando y comiendo del árbol de la
ciencia del bien y del mal, sino todo lo contrario. Dios
desea ver que su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo,
sea eternamente honrado por siempre, la vida del hombre, de
la mujer, del niño y de la niña del paraíso y de toda la
tierra, también.

Es decir, que Dios desea que el corazón del hombre regrese a
su vida celestial, de sus primeros pasos, en el paraíso,
"siempre comiendo" de su fruto de vida eterna, su Jesucristo,
para que siga comiendo de Él, en su nuevo reino celestial, es
decir, en su ciudad santa y eterna, La Nueva Jerusalén, de su
Árbol de vida eterna.

Por esta razón, todos los deseos malos del corazón pecador y
de los deseos de la carne del fruto prohibido, del árbol de
la ciencia del bien y del mal, tienen que terminar aquí, en
la tierra de nuestros días, por ejemplo, y no en el más allá,
en el paraíso o en el nuevo reino de los cielos.

Porque en el reino de los cielos, sólo los deseos del fruto
de vida, los cuales "emanan del corazón del hombre de fe",
del nombre sagrado del Señor Jesucristo, han de seguir
viviendo sus nuevas vidas infinitas, en el más allá. Y esto
ha de ser por siempre, delante de Dios y de su Árbol de vida
eterna, el Señor Jesucristo, hoy en día, como en los días de
la antigüedad, en la nueva eternidad venidera, de su nuevo
reino celestial, por ejemplo, de su humanidad y de sus
ángeles infinitos, también.

Porque sólo la vida preciosa y sumamente gloriosa de su Hijo
amado ha de reinar por siempre, en el corazón de la vida, de
cada ángel del cielo y de cada hombre, mujer, niño y niña,
redimido por los poderes sobrenaturales de la sangre y de la
carne mesiánica del Cordero Escogido Dios, su Hijo amado, el
Cristo.

Por cuanto, ha sido sólo Jesucristo, quien dio su vida santa
y los deseos sagrados de su carne sublime, por la salvación
perfecta de la humanidad entera, sobre la cima de la roca
eterna, en las afueras de Jerusalén, en Israel, para ponerle
fin al pecado, y levantarse de su muerte a la eternidad, a
una nueva vida, libre del mal.

Para que en un día como hoy, por ejemplo, haya vida en
abundancia para todo aquel, como tú, mi estimado hermano y mi
estimada hermana, que se acerque con fe, en su corazón, de su
nombre santo, ante Él y ante sus huestes de ángeles gloriosos
del más allá, del nuevo reino de los cielos, para vivir la
vida, desde ya.

Y sólo así entonces su alma pueda ver la vida eterna de su
nuevo mundo celestial, en el más allá, sólo por medio de la
sangre y de los deseos perfectos y de la carne gloriosa y
sumamente sagrada del Señor Jesucristo, el único posible y
verdadero gran rey Mesías para Israel y para las naciones de
la tierra.

Por lo tanto, sólo al Señor Jesucristo sea de nuestro corazón
y de nuestra alma viviente: toda la gloria y la honra para
nuestro Padre Celestial que está sentado en su trono de gozo
eterno, en el nuevo reino de los cielos, como la nueva ciudad
celestial prometida a los antiguos, La Nueva Jerusalén
Perfecta.

En donde, sólo los deseos del corazón y de la carne del Árbol
de vida han de vivir y, a la vez, han de ser una realidad, en
cada hombre, mujer, niño y niña, de todas las familias,
razas, pueblos, linajes, tribus y reinos del mundo entero,
que amen a Dios, sólo por medio de su Hijo, ¡el Señor
Jesucristo!

ES MUY BUENO DESECHAR LOS DESEOS DE LA CARNE PECADORA

En vista de que, todos los deseos de la carne provienen del
fruto del árbol, de la ciencia del bien y del mal, del
presente mundo, y no de nuestro Dios que está en los cielos.
Y el mundo está pasando con los deseos desordenados, de la
carne del hombre rebelde a Jesucristo, pero el que hace la
voluntad de Dios permanecerá para vida eterna, en el paraíso
y en el nuevo reino de los cielos.

Y ésta es la voluntad de Dios que crean todos en el nombre de
su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para bendición, para
perdón de pecados y para vida y salud eterna, en la tierra y
en el nuevo reino de los cielos, hoy en día y por siempre, en
la eternidad venidera, de su humanidad infinita redimida por
amor.

Por cuanto, sólo en el corazón y en la carne de su Hijo amado
están los deseos que agradaran por siempre a nuestro Dios y
Padre Celestial, en la tierra y en el paraíso, para miles de
siglos venideros, en el más allá. Es por eso, que sólo los
que hacen la voluntad del corazón y de la carne de su Árbol
de vida eterna, han de permanecer para siempre y jamás han de
morir, en esta vida, ni en la venidera, en el nuevo más allá
de su reino de los cielos y de su Espíritu Santo, por
ejemplo.

Ya que, los engaños del corazón puesto en las riquezas del
mundo y las codicias de la carne entre otras cosas, que no
son de Dios, pues, ahogan la palabra de vida, y así queda sin
fruto alguno en el corazón del pecador, sino sólo los frutos
prohibidos del árbol de la ciencia del bien y del mal,
prevalecen siempre.

Es decir, que los deseos perdidos del fruto prohibido que
Adán comió en el día de su rebelión, en el paraíso, entonces
se manifiestan en la sangre del pecador constantemente, para
mal eterno de su vida y de los demás, también, en la tierra y
en el más allá, como en el mundo bajo de los muertos, en el
infierno.

Porque cada pecador y cada pecadora son seducidos y
arrastrados día y noche hacia la orilla del abismo, del mundo
de los muertos, para que caigan perdidos eternamente y para
siempre, entre las llamas eternas de la ira de Dios, en el
infierno, por ejemplo, como le sucedió a Lucifer y a cada uno
de sus seguidores, en la antigüedad.

Por cuanto, son las tinieblas engañadoras de la palabra de
mentira de Lucifer, en la sangre de Adán y de cada uno de sus
descendientes, como tú y yo, hoy en día, mi estimado hermano
y mi estimada hermana, que nos llevan ciegos hacia el pecado
y a la orilla del abismo, para caer por fin perdidos en el
castigo eterno.

Es por eso, que es muy bueno cada hombre, mujer, niño y niña,
de la humanidad entera, crea en su corazón e invoque con sus
labios: el nombre redentor del Señor Jesucristo, para que su
corazón, su espíritu humano y su alma viviente junto con su
cuerpo sean protegidos de todo mal eterno, en la tierra y en
el más allá.

Y, a la vez, arrópense con el espíritu de la palabra y del
verbo hecho carne, para manifestar siempre los deseos
perfectos, de los que siempre agraden al Espíritu Santo, de
nuestro Padre Celestial, en la tierra y en el paraíso,
también. Y esto ha de ser verdad en cada viuda nueva e
infinita de cada creyente por siempre, en la tierra y en la
eternidad venidera, del nuevo reino de los cielos, como la
nueva ciudad celestial y eterna, La Nueva Jerusalén Gloriosa
y Brillante por el rostro del SEÑOR.

Es decir, también, de que si viven arropados y llenos del
nombre y del espíritu de la sangre, de vida eterna del Señor
Jesucristo, entonces de ninguna manera los frutos del fruto
prohibido del árbol de la ciencia, del bien y del mal, se han
de manifestar en ninguno de ustedes, en ninguna manera, ni de
ninguna forma, jamás.

Como también jamás se han de manifestar en el paraíso o en el
nuevo reino de los cielos, porque el fruto de vida eterna del
Árbol de Dios, el Señor Jesucristo, prevalece en contra de
cada uno de los deseos malvados, de la carne del pecador, en
la tierra y en el más allá, también, hoy en día y por
siempre.

Por esta razón, Dios nos ha manifestado de su gracia
salvadora, sólo por medio de la fe, de creer y de confesar
con nuestros labios: el nombre del Señor Jesucristo. Con el
propósito de enseñarnos a vivir, de la misma manera que Él
vivió, con los deseos santos de su corazón y de su carne
consagrada, para agradar: "a la verdad y a la justicia
perfecta e infinita de la Ley, en el corazón de cada uno de
nosotros, en la tierra y en el paraíso de regreso, para
siempre.

El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su
Jesucristo es contigo.


¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en
el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman,
Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras
almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y
sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para
siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el
Señor Jesucristo.

LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo
a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un
tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en
tu vida de acuerdo, a la voluntad perfecta del Padre
Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un
fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos
termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es
verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán
atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego
del infierno, por haber desobedecido a la ley viviente de
Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí
contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo.
Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en
Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos
de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de
espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de
los tuyos también, en la eternidad del reino de Dios. Porque
en el reino de Dios su ley santa es de día en día honrada y
exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos
ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra,
cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de
bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad,
cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada
vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas
bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa
del más allá, también, en el reino santo de Dios y de su Hijo
amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de
las naciones!

SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en
tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en
abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha
venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde
los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí".

SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza
de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni
en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas
ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios
celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos,
sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me
aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a
los que me aman y guardan mis mandamientos".

TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová
tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre
en vano".

CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para
santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero
el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en
ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu
siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está
dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los
cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del
sábado y lo santificó".

QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que
tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te
da".

SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio".

SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio".

OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás".

NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de
tu prójimo".

DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su
sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu
prójimo".


Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos
estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno
de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por
amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los
tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus
ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así,
en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos,
también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde
los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas,
en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos
males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en
abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas
familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y
digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de
la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y
salvador de todas nuestras almas:

ORACIÓN DEL PERDÓN

Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la
memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo
amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el
cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día,
dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también
nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en
tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre
Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no
perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará
vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la
VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO,
sino es POR MÍ". Juan 14:

NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.

¡CONFÍA EN JESÚS HOY!

MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.

YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA
TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de
éste MUNDO y su MUERTE.

Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):

Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al
tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que
entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.

QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ
DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di:
Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que
Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi
pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a
venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR.

¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No
_____?

¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?

Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de
una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con
Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate
en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y
sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es
predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de
Cristo a los demás.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del
evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender
mas de Jesús y su palabra sagrada, la Biblia. Libros
cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes
temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio,
entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia,
para ver que clase de libros está a tu disposición, para que
te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti,
para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su
Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de
hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la
paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras
oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo
hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras
bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y
nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos
los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis
hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre
Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en
el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre.

El libro de salmos 150, en la Santa Biblia, declara el
Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y
asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de
Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda
letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo
corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y
loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas,
como antes y como siempre, por la eternidad.

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