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(IVÁN): LA NATURALEZA CARNAL DEL HOMBRE

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IVAN VALAREZO

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Oct 21, 2006, 5:18:46 PM10/21/06
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Sábado, 21 de octubre, año 2006 de Nuestro Salvador
Jesucristo, Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica

(Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo)


LA NATURALEZA CARNAL DEL HOMBRE

El hombre natural ha nacido bajo la ley del pecado, del fruto
prohibido del árbol de la ciencia del bien y del mal, el cual
comió Eva primero, en el día de su rebelión y de su primer
pecado mortal, para luego darle de comer a Adán y a cada uno
de sus descendientes, en toda la creación de Dios. Por eso,
el hombre natural conoce sólo del amor de Eva y de su fruto
prohibido, pero no del amor de su Dios y de su fruto de vida
eterna, su Árbol Viviente, ¡el Señor Jesucristo! Por lo
tanto, el hombre natural vive en el amor de Eva y del
espíritu de rebelión y de error de su fruto prohibido, pero
no del espíritu de amor de Dios y de su Hijo amado, el Árbol
de vida y de salud eterna, Cristo Jesús, único salvador
nuestro.

Es por eso, que cuando el pecador, como la pecadora, de toda
la tierra alcanza a saborear, en su corazón y con sus labios,
"el nombre milagroso del Señor Jesucristo", entonces está
saboreando del espíritu perfecto del fruto de vida de Dios y
de su Espíritu Santo, para obtener toda verdad y toda
justicia en su vida, en la tierra y en el más allá, también,
para siempre. Es decir, de que el pecador, como la pecadora,
de toda la tierra, ha vuelto a nacer de Dios y de su espíritu
de vida eterna, su Árbol Viviente, su Hijo amado, ¡el Señor
Jesucristo! Porque todo aquel que cree en el fruto de vida
del Árbol de vida eterna, en el epicentro de la vida
celestial del paraíso, entonces está complaciendo a su Dios y
Creador de su alma viviente, en esta vida y en su nueva vida
venidera, en el nuevo reino de los cielos.

Por lo tanto, nuestro Padre Celestial ha percibido el olor
grato del corazón del hombre, cuando el nombre del Señor
Jesucristo está sentado en su centro, en su trono de gran
gloria y de gran honra infinita, para él y para su vida
infinita, en la tierra y en su nuevo reino celestial. Y ha
juramentado por su nombre santo, que no volverá jamás a
destruir la tierra con diluvio, cuando lo tuvo que hacer en
los días de Noé, por ejemplo, por culpa del corazón malvado
de muchos, si no de toda la gente de aquellos días.

Por cuanto, el instinto hacia el mal del corazón del hombre
ha sido desde siempre, desde que nace en la tierra y, hasta
aun, cuando está por morir e irse a su lugar eterno, en el
más allá, sin Jesucristo en su corazón y sin la seguridad de
su perdón y de su salvación eterna, para su alma viviente. Y
"por culpa" del corazón perdido de los hombres y de las
mujeres de gran maldad del pasado, porque rehusaron amar a su
Jesucristo en sus corazones y en sus vidas, entonces Dios no
quiso perdonar su pecado, sino que llamo a las aguas del
cielo y de las que están en las profundidades de la tierra,
para destruirlos.

Con el fin de así entonces destruir a todo corazón perverso,
como el de Eva, hacia Él y hacia su Jesucristo de toda la faz
de la tierra, para luego levantar a un nuevo mundo, con un
nuevo comienzo, sin la maldad del espíritu de error de
Lucifer, por ejemplo. Es decir, una tierra totalmente nueva
que sólo le ame a él, por medio del nombre de su Hijo,
viviendo en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña, de
la humanidad entera, en la tierra y en la eternidad venidera,
para siempre, como en su nueva ciudad celestial: ¡La
Jerusalén Santa y Eterna del reino de los cielos!

Por cuanto, el hombre ha nacido por el pecado, y en maldad ha
sido concebido en el vientre de su madre, entonces el nombre
del Señor Jesucristo no está en él, por ninguna razón; aunque
haya nacido de la tribu de Judá, de la familia directa de
Cristo, por ejemplo. A no ser que vuelva a nacer, no de la
carne pecadora de sus progenitores, sino de la carne viviente
y eternamente honrada del Señor Jesucristo, el Árbol de vida
eterna del paraíso y del reino de los cielos, para que viva
su alma.

Es decir, para que entonces tenga en su pecho "un corazón
limpio" y libre del mal y que rija por siempre a su alma
viviente, hacia la vida y la salud eterna, de Dios y de su
Espíritu Santo, en el paraíso y en su nuevo lugar eterno, en
el nuevo reino de los cielos, para siempre. Porque todo
hombre, mujer, niño y niña, si desea ver la vida eterna,
desde ya, en la tierra, "entonces tiene que complacer al
mandamiento del Padre Celestial, en su corazón y en toda su
alma viviente, también, para siempre".

Y esto es de volver a nacer, no de la carne del fruto
prohibido, del árbol de la ciencia del bien y del mal, sino
del fruto de vida eterna, al creer en su corazón y confesar
con sus labios, de que el Señor Jesucristo es su Hijo amado.
En otras palabras, esto es, sin duda alguna, de volver a
nacer directamente del Árbol de la vida, de ángeles del
paraíso y del reino de Dios, también, el Señor Jesucristo,
para que sólo entonces su corazón pueda ver la vida eterna,
en la tierra y en el paraíso, para miles de siglos venideros
en la nueva eternidad infinita.

Por eso, Dios nos ha redimido de la maldad de Lucifer, en
contra de Adán y de todos los ángeles santos del reino de los
cielos. Porque la verdad es que nosotros hemos vivido en
pecado, desde el día que nacimos en la tierra, para aprender
a discernir "entre lo malo y lo bueno", de todas las cosas,
en la tierra y en el más allá, también, para siempre. Por
esta razón, éramos legítimos hijos de la ira de Dios, para
ser destruidos en el juicio final de todas las cosas, en la
tierra y en el fuego eterno del infierno y del lago de fuego,
en la eternidad venidera.

Porque en vez de complacer la perfecta voluntad de nuestro
Padre Celestial, de amar a su Hijo amado en nuestros
corazones, entonces hicimos todo lo contrario para llevar a
Dios a manifestar su gran ira hacia cada uno de nosotros, en
toda su creación. Y esto ha sido en cada uno de nosotros, en
nuestros millares, por culpa de obedecer, al pecado de
Lucifer, en todos los deseos de nuestra carne, en todos los
días de nuestras vidas, por la tierra y hasta finalmente
entrar al mundo de las almas perdidas, en el más allá, en el
fuego eterno del infierno, por ejemplo.

Por eso, nuestro destino final no era el regreso esperado por
Dios de cada uno de nosotros, hacia la tierra santa del
paraíso y de su Árbol de vida, sino el infierno eterno y
violento, en el más allá, en la eternidad venidera, para todo
pecador y para toda pecadora, que jamás ha amado a Dios, por
medio de Jesucristo. Pero gracias a nuestro Padre Celestial y
a la gracia infinita de su Hijo amado, el Señor Jesucristo,
hoy en día, tenemos "la bendición de gozar de la vida
eterna" de un nuevo corazón, "libre de todo mal" de las
palabras mentirosas de Lucifer y lleno, a la vez, del nombre
bendito de nuestro Dios.

Por lo tanto, ya no somos hijos legítimos de la ira de Dios,
como en el principio, destinados finalmente a sufrir el fuego
eterno del infierno eternamente y para siempre, en el más
allá, sino mucho más que esto. Realmente, "somos hijos de su
amor eterno", sólo posible por medio de la fe viviente, de
"creer tan sólo en el Señor Jesucristo" y de confesar su
nombre santo, para bendición y para redención eterna, de todo
mal de Satanás y de sus ángeles caídos, en nuestros corazones
eternos, en la tierra y en el paraíso, también, por siempre.

Porque así como una vez el Señor Jesucristo le tuvo que
llamar a Pedro: Satanás. Porque le decía que no fuese a
Jerusalén, para que no le sucediese ningún mal, de lo que les
había revelado a todos ellos, horas antes, de cómo caería en
las manos de sus enemigos. Puesto que, en Israel iba a ser
arrestado, juzgado y crucificado, por culpa de las palabras
mentirosas de sus crueles y viles enemigos del más allá,
entonces el Señor Jesucristo tuvo que reprenderlo, aunque lo
amaba mucho, como a uno de sus mejores apóstoles y "fiel
seguidor" de su doctrina justa y redentora, para Israel y
para la humanidad entera.

Pues así también, en su día de juicio, el SEÑOR le hablo a
Adán, en el paraíso, por haberse dejado engañar, por las
palabras mentirosas de Lucifer, de la boca de la serpiente
antigua y de su esposa, Eva, también. Realmente en aquel día,
el SEÑOR le llamo a Adán, literalmente: Satanás. Porque no
había hecho su voluntad perfecta, de comer del fruto de vida,
su Hijo amado, el Señor Jesucristo, sino la voluntad de
Lucifer al comer y beber del fruto prohibido del árbol de la
ciencia, del bien y del mal, para maldición, para muerte y
para destrucción de su alma y de los suyos, en el infierno,
por ejemplo.

Pues así también, Dios llama a todo hombre, mujer, niño y
niña de la humanidad entera, a que coma y beba de su fruto de
vida, su Jesucristo, para que obtenga su perdón y su
bendición eterna, en su corazón y en toda su alma viviente,
también, para una vida nueva, en la tierra y en el paraíso,
para siempre. En otras palabras, mi estimado hermano y mi
estimada hermana, Dios te ha estado llamando "Satanás" (¡el
enemigo eterno!), porque le amas. Es decir, porque no has
comido ni bebido tampoco de su Hijo, el Señor Jesucristo, ya
sea en el epicentro del paraíso o en las afueras de
Jerusalén, para que obtengas tu perdón y tu salvación
infinita de tu alma y así entonces escribas tu nombre en "el
libro de la vida", para que no mueras jamás, sino que vivas.

Y la única manera, en la cual Dios ha de dejar de llamarte su
"enemigo eterno", ha de ser si realmente crees en tu corazón
y confiesas con tus labios, el nombre salvador de su Hijo
amado, ¡el Señor Jesucristo! Eso es todo lo que tienes que
hacer, hoy mismo, para dejar de ser enemigo de Dios y de su
Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo. Y así no sólo te
vuelvas amigo de él, sino que has de volver a nacer, no de la
carne pecadora, sino de la misma carne y sangre santísima de
su Hijo, la cual ha de correr por tu corazón y por tus venas,
dándole a entender al SEÑOR de que le amas en espíritu y en
verdad, para siempre.

Porque realmente ésta es la única manera, en la cual Dios ha
de poder perdonar tus pecados y, al mismo tiempo, darte un
nuevo corazón, lleno de verdad y de justicia infinita de su
Jesucristo, para que por fin entonces entres de lleno a la
vida eterna, sin ningún problema relacionado al pecado de
Adán o de Lucifer. Y esto ha de ser verdad en ti, desde hoy
mismo, desde tus días de vida por la tierra, por ejemplo,
hasta que finalmente abras tus ojos en el paraíso, para nunca
más volverte alejar de Dios y de tu salvador eterno, su Árbol
de vida eterna, en el epicentro del paraíso.

Por eso, desde hoy mismo, debes de comenzar a vestirte del
Señor Jesucristo; debes de tener su sangre en tu corazón y en
tus venas; y debes de tener de su carne santa en todo tu
cuerpo, también, listo para vivir la vida eterna, desde ya en
la tierra. Es decir, debes de estar completamente vestido del
Señor Jesucristo para tu Dios, para que Dios ya no te vea a
ti como su enemigo antiguo, sino como su hijo legitimo y
moderno, para la vida eterna, en su nuevo reino celestial, en
el paraíso o en la nueva ciudad celestial: La Gran Jerusalén
Santa e Infinita del cielo.

ENGAÑOSO ES EL CORAZÓN DEL HOMBRE DE TODA LA TIERRA

Ciertamente engañoso es el corazón del hombre, más que todas
las cosas, y sin remedio alguno a su alcance.

¿Quién verdaderamente lo conocerá?

Sólo nuestro Dios lo conoce, en el poder sobrenatural de la
sangre bendita de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque
sólo en la sangre redentora del salvador del mundo es donde
realmente están todos los poderes sobrenaturales del Espíritu
de Dios, para llegar a entender el corazón más pervertido del
hombre pecador de toda la tierra, para ayudarlo a cambiar
para gloria y para honra eterna de nuestro Padre Celestial,
en la tierra y en el cielo, por siempre. Porque éste corazón
que hemos heredado de Adán, no es el corazón que Dios intenta
tener en el pecho de cada hombre, mujer, niño y niña de toda
la tierra, sino el corazón del Árbol de la vida, su Hijo
amado, ¡el Señor Jesucristo!

Y Lucifer interrumpió "el plan de Dios", para bendecir al
hombre, comenzando con Adán, en el paraíso, por ejemplo, para
hacer su nombre aun mucho mayor que antes en toda la tierra
de nuestros días y de siempre en la eternidad venidera, en su
nueva vida infinita, sólo posible en la fe viviente, de su
Árbol de vida, Jesucristo. Porque el nombre santo de Dios
"tiene que ser honrado" en toda la tierra, así como ha sido
por siempre honrado en todos los rincones, de la tierra santa
del reino de los cielos, en el corazón de cada uno de sus
ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás seres
santos, de Dios y de su Árbol de vida infinita.

Pero Lucifer ha hecho engañoso el corazón del hombre,
poniendo sus propias palabras por medio de los labios de la
serpiente, las cuales se multiplican en cada uno de nosotros
día y noche en el corazón y en los labios de cada pecador y
de cada pecadora de la tierra, para mal de su vida y de los
demás, también. Y aunque esto es verdad, Dios tiene aun poder
"para cambiar el corazón y la vida" de cada pecador y de cada
pecadora, si tan sólo se acercase a Él, por medio de las
palabras y del espíritu del nombre glorioso y sumamente
honrado de su Árbol de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo!

Porque sólo por medio del corazón y de las palabras santas de
su Hijo ha de ser que Dios mismo, con la ayuda de su Espíritu
Santo, podrá realmente cambiar en un instante de fe y de
oración: la vida y el destino eterno de cada uno de ellos,
hoy en día y por siempre, en la eternidad venidera, también.
Es por eso, que para Dios, para ver cumplida toda justicia y
toda verdad, delante de su presencia santa, entonces el
pecador y la pecadora tienen que creer en sus corazones y
confesar con sus labios, de que el Señor Jesucristo es su
Hijo amado.

Para que estas palabras de verdad y de salud eterna comiencen
a obrar maravillosamente, momento a momento en sus vidas y
por siempre, para entonces entrar a la vida eterna, desde hoy
mismo y para la eternidad venidera, con un corazón santo y
verdadero para los estándares espirituales de Dios y de su
Espíritu Santo. Por lo tanto, "la sangre del Señor Jesucristo
es suprema para perdonar, bendecir y redimir cada uno de los
corazones de todos los pecadores y de todas las pecadoras de
toda la tierra", sin jamás hacer excepción de persona alguna,
para siempre.

Es decir, de que si "Dios ve" la sangre de su Hijo amado en
el corazón del pecador o de la pecadora, entonces ha de ver
realmente el mismo corazón de su Jesucristo, de su Árbol de
vida, latiendo vida y salud eterna, para cumplir fielmente su
Ley Divina, en la tierra y en los cielos, para siempre.
Porque cuando "Dios ve" la sangre de Jesucristo en el pecador
más vil o en la pecadora más terrible, entonces está viendo
realmente: el corazón de Jesucristo "latiendo vida y salud
infinita", las cuales son solamente posibles, si es que cada
palabra, cada letra, cada tilde con su significado eterno, ha
sido honrada y exaltado, para gloria de su nombre.

Porque un corazón engañoso, como el corazón del pecador o de
la pecadora, jamás podrá realmente pisar tierra santa, ni
menos ver la vida eterna del nuevo reino de los cielos, ni
hoy ni nunca. Porque Dios no podrá jamás ser burlado por el
corazón pecador del hombre, por más rico que sea, por más
pobre que sea, por más sabio que sea o por cualquier otra
razón. Pero, sin embargo, si esta mujer o este hombre se
arrepiente de su pecado, de no haber creído en su corazón, ni
de haber confesado jamás: el nombre de Dios y de su Hijo
amado, el Señor Jesucristo, entonces Dios es misericordioso y
grandemente bondadoso, para con él y para con ella, en la
tierra y en el paraíso, también.

Para hacer que entonces la sangre de su Hijo Santo comience a
correr por su corazón y por sus venas, para santificar y
honrar su vida, para gloria y para honra infinita de su
nombre santo, en la tierra y en el cielo, también, para la
eternidad, para la nueva vida eterna, en el más allá. Porque
sólo el corazón y la sangre del Señor Jesucristo podrán
realmente heredar la nueva vida eterna, en la nueva ciudad
celestial de Dios y de su Árbol de vida, su gran rey Mesías,
el Hijo de David, el Cristo, en La Nueva Jerusalén Santa e
Infinita del más allá y de la humanidad celestial.

Es por eso, que todo hombre, mujer, niño y niña de toda la
humanidad, de hoy en día y de siempre, está llamado
directamente por Dios mismo, "ha comer del fruto de vida" y
de salud eterna, de su Árbol de vida, para que vea la vida,
desde ahora mismo en su corazón y en toda su alma viviente,
también. Es decir, para que vuelva a nacer con un corazón
santo y flamante, como el mismo corazón del pecho de Dios o
como el corazón sagrado del pecho de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo.

Y todo esto es sólo posible, si el pecador con el corazón
cree y con sus labios confiesa la verdad y la justicia eterna
de su Ley Viviente, para gloria y para honra infinita del
nombre santo de Dios en el corazón sagrado de nuestro
salvador viviente, ¡el Señor Jesucristo! Y esto es de que el
Señor Jesucristo es su único Hijo amado, en el cielo y en
toda la tierra, también, para miles de siglos venideros, en
el más allá, en la nueva ciudad celestial de Dios: La Nueva
Jerusalén Santa y Eterna del nuevo reino de los cielos y de
su gran rey Mesías, ¡el Cristo de Israel!

LA CARNE NO SE SUJETARA JAMÁS A LA LEY DE DIOS

Porque la verdad es que el pecador o la pecadora de toda la
tierra no podrá vivir jamás con Dios, con el corazón pecador
que lleva en su pecho, todo contrario a su Ley Santa y a su
nombre bendito y de salvación eterna, por ejemplo. Dado que,
la intención del corazón pecador y de la carne corrupta es
enemistad constante contra Dios y contra su Árbol de vida
eterna; porque no se sujeta a la Ley Divina, ni tampoco puede
cumplirla en su vida, por más que se esfuerce hacerlo así en
su corazón ciego, en las tinieblas de las primeras palabras
de gran mentira, de Lucifer.

Así que, los que viven según la carne no pueden agradar a
Dios jamás, en esta vida ni en la venidera, tampoco. Sin
embargo, ustedes no viven según la carne, sino según el
Espíritu Santo de Dios, si es que el Espíritu de Dios vive en
sus corazones, por ejemplo, como ha vivido por siempre en
Jesucristo. Porque la verdad es que si alguno de ustedes no
tiene el Espíritu de Cristo viviendo en su corazón, entonces
no podrá ser de Él jamás, en esta vida ni en la venidera,
tampoco, para siempre.

Por esta razón, la palabra de Dios es muy importante para el
corazón y para el espíritu humano de todo hombre, mujer, niño
y niña de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus
y reinos de toda la tierra. Porque la palabra de Dios "es el
pan de cada día", para todos los ángeles del reino de los
cielos. Pues así también, Dios ha hecho que "el pan del
cielo", quien realmente es su fruto de vida eterna, el Señor
Jesucristo, es también para cada uno de sus hijos y de sus
hijas, en todas las naciones del mundo entero, sin jamás
hacer excepción de ninguno de ellos, ni hoy ni nunca.

Además, ésta palabra de vida es espíritu y verdad para cada
uno de nuestros corazones y de nuestras almas vivientes en el
paraíso y en toda la tierra, también, para acercarnos más y
más a Dios, sólo por medio de la vida y del nombre sagrado de
su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque sólo "en éste pan
sobrenatural de nuestro salvador Jesucristo" es que realmente
hemos de crecer, hasta finalmente ver a nuestro Dios cara a
cara en la luz viviente, de su Árbol de vida eterna, en el
más allá, en la nueva vida infinita del nuevo reino de los
cielos.

Porque para nosotros poder ver a nuestro Dios, entonces
tenemos que salir de nuestras profundas tinieblas habituales,
las cuales Lucifer las ha impuesto en nuestros corazones,
cuando Eva y Adán creyeron a sus palabras, de mentira y de
muerte, para hacer que nuestros corazones y nuestros
espíritus humanos sean ciegos a la Ley y al nombre de Dios,
para siempre. Porque Lucifer jamás quiso que ninguno de
nosotros, de los hombres y de los ángeles del cielo amasen a
Dios ni a su a su Hijo amado, tampoco, para que su palabra y
su nombre santo, no sean honrados ni menos exaltados en toda
la creación, sino sólo su propia voluntad, de gran maldad y
de gran mentira eterna, únicamente.

Puesto que, Lucifer buscaba establecer su reino más alto que
el reino de Dios en los cielos y en toda la tierra, también,
para que sólo él fuese el rey soberano de toda la creación de
Dios, de ángeles y de hombres, también, para siempre. Y para
lograr esta gran maldad en contra de Dios y de su Hijo amado,
el Señor Jesucristo, entonces tenía que hacer que los
corazones de los ángeles y así también los corazones de todos
los hombres y mujeres del paraíso y de toda la tierra se
llenasen de las profundas tinieblas, de gran rebelión de sus
palabras inicuas.

Y sólo así entonces comenzar a formar su reino inicuo,
supuestamente más alto que el reino de Dios en los cielos y
en toda la creación de nuestros días, también. Por esta
razón, el corazón del hombre es totalmente contrario a Dios y
a su palabra santa, desde el vientre de su madre, para mal
eterno de su alma viviente y de los suyos también, en la
tierra y en el infierno. Porque es aquí, en donde Lucifer con
la ayuda de sus ángeles caídos está luchando día y noche para
hacer que cada corazón del hombre, de la mujer, del niño y de
la niña, no llegue jamás "al conocimiento perfecto", de la
verdad y de la justicia de Dios y de su Hijo amado, sino todo
lo contrario.

Lucifer lo que desea hacer es que su palabra de gran mentira
y de gran maldad eterna florezca día y noche, para entonces
destruir toda vida en toda la creación de Dios, para que la
voluntad perfecta de Dios jamás se cumpla, en esta vida ni en
la venidera, tampoco, para siempre. Por lo tanto, para
Lucifer alcanzar su objetivo malintencionado, entonces tiene
que tener corazones, como el tuyo, mi estimado hermano y mi
estimada hermana, sin el nombre y sin la fe viviente, de la
sangre bendita del Señor Jesucristo, como el corazón de Adán
y como el de Eva, también, por ejemplo, en los días del
paraíso.

Para entonces engrandecer su poder de grandes tinieblas en
toda la tierra, hasta lograr su propósito en contra de Dios,
el cual comenzó miles de años atrás en el reino de los
cielos, en contra de su Árbol de vida eterna, el Señor
Jesucristo. Y es por eso que hoy en día tenemos tantos
conflictos por toda la tierra; la gente se ataca el uno al
otro, en vez de amarse como Dios ha mandado en su palabra y
en su Ley Santa. Realmente de toda mentira y de todo ataque a
la humanidad, Satanás está detrás de cada uno de estos males
en el corazón del pecador y de la pecadora, para robar, matar
y destruir toda vida, en todos los lugares de la tierra y así
la voluntad de Dios jamás crezca en ningún corazón del hombre
y de la mujer.

EL HOMBRE NATURAL NO PUEDE ENTENDER: AL ESPÍRITU DE DIOS

Es por eso, que el hombre natural no acepta las cosas que son
del Espíritu de Dios, porque le son locura para su corazón
lleno de las palabras perdidas y de gran confusión eterna, de
Lucifer y de la serpiente antigua del paraíso, por ejemplo.
Y, por ello, no las puede comprender en su corazón humano,
porque se han de discernir espiritualmente solamente por el
poder sobrenatural, del don del espíritu de fe, del nombre
del Señor Jesucristo viviendo en su corazón y confesándolo
así con sus labios, para gloria y para honra eterna del
nombre de nuestro Padre Celestial que está en los cielos.

Porque en el día que Adán comenzó a comer del fruto prohibido
del árbol de la ciencia, del bien y del mal, entonces sus
ojos se abrieron no para ver la luz del rostro santo de Dios,
sino la de Lucifer, lo cual es algo terrible de admitir y, a
la vez, de entender en su corazón perdido en sus tinieblas
eternales. Y desde aquel día en adelante, Adán ni ninguno de
sus descendientes han podido realmente ver a su Dios y
Creador de su alma eterna, salvo el Hijo de David, el Cristo
de Israel y de la humanidad entera.

Dado que, sólo el Señor Jesucristo es el comienzo de la
humanidad entera, en el paraíso y en toda la tierra de
nuestros días, por ejemplo, como también así lo de ha de ser
en las nuevas tierras con nuevos cielos, en el más allá, en
la nueva ciudad celestial: La Nueva Jerusalén del nuevo reino
de los cielos. Porque de Jesucristo ha salido Adán y cada uno
de sus descendientes por sus millares, de todas las familias,
razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de toda la tierra,
para conocer a Dios cara a cara tal como él es y siempre ha
de ser, por los siglos de los siglos, en la eternidad
venidera.

Entonces Adán no es realmente el primer hombre delante de
Dios y de su Espíritu Santo junto con sus huestes de ángeles,
de gran gloria y de gran honra infinita, en el reino de los
cielos y en toda la creación, sino sólo el Señor Jesucristo;
porque el Señor Jesucristo es el primero y el último, el Alfa
y Omega. Por eso, el Señor Jesucristo es su Hijo y, a la vez,
también el Árbol de vida y de salud para todo ser viviente,
en el cielo con los ángeles y en la tierra con todo hombre,
mujer, niño y niña, de la humanidad entera, hoy en día y por
siempre, en la nueva vida venidera del reino de Dios.

Porque la verdad es que el Señor Jesucristo siempre ha
declarado abiertamente a través de los tiempos, hasta
nuestros días, por ejemplo, a cada uno de sus siervos y de
sus siervas de todos sus profetas en toda la tierra,
comenzando en Israel, para decirles: Yo soy el principio y el
fin. Soy el Alfa y Omega. Soy también el primero y el último.
Y fuera de mí no hay otro igual, para los ángeles del cielo y
para los hombres del paraíso y de toda la tierra, también,
para siempre.

Entonces el Señor Jesucristo no sólo es el principio de la
formación y de la vida de Adán, el primer hombre de nuestra
humanidad infinita, sino que también lo es para cada uno de
nosotros, de todos los hombres, mujeres, niños y niñas de
toda la tierra y para la eternidad venidera, en el nuevo
reino de los cielos, también. Es decir, de que nuestra
naturaleza original no es la del fruto prohibido del árbol de
la ciencia, del bien y del mal, sino del Árbol de la vida.

En otras palabras, nuestros primeros pasos, en la vida del
paraíso y de la tierra de nuestros días, no salieron del
árbol de la ciencia del bien y del mal, sino del Árbol de la
vida, el Señor Jesucristo. Por lo tanto, nuestro corazón
eterno reposa en el Señor Jesucristo desde siempre, desde
mucho antes de la fundación del cielo y de la tierra; por
eso, nuestro corazón eterno se encuentra en el Señor
Jesucristo "protegido del mal" y de todo poder de la muerte,
de las palabras de mentira de Lucifer y de la serpiente
antigua del paraíso.

Y el Señor Jesucristo protege nuestro corazón original en su
corazón santísimo, de la misma manera que siempre ha
protegido el nombre santo de Dios en el reino de los cielos y
en toda la tierra, de nuestros días, por ejemplo. Porque el
Señor Jesucristo es el templo perfecto y de santidad infinita
e inigualable del nombre de nuestro Padre Celestial, en el
reino de los cielos y en toda la tierra de nuestros días,
también y para siempre, para la nueva eternidad venidera del
nuevo reino de los cielos.

Es por eso, que todo aquel que recibe al Señor Jesucristo,
entonces realmente está recibiendo el nombre sagrado de
nuestro Dios para que viva en su corazón y en su vida, en la
tierra y en el paraíso, también, para miles de siglos
venideros, en el nuevo más allá de Dios y de su Árbol de
vida, el Señor Jesucristo. Por ello, todo aquel que cree en
su corazón y así confiesa con sus labios al Señor Jesucristo,
entones ha nacido de nuevo, no de la carne de Adán, sino de
la carne sagrada del Hijo de Dios, el Árbol de vida del
paraíso y del reino de los cielos, hoy en día y por siempre,
en la eternidad venidera.

LO DE LA CARNE, CARNE ES; LO DEL ESPÍRITU, ESPÍRITU ES, POR
SIEMPRE

Por lo tanto, lo que ha nacido de la carne, entonces carne
es; y lo que ha nacido del Espíritu, entonces espíritu es
para Dios y para su Árbol de vida eterna, el Señor
Jesucristo. Es decir, que el hombre que tan sólo cree en su
corazón y así confiesa en oración ante Dios y ante su
Espíritu Santo, de que el Señor Jesucristo es su Hijo amado,
entonces tiene vida y vida en abundancia en su vida por la
tierra y en su nueva vida celestial, en el paraíso.

Porque su corazón y su espíritu humano han hecho algo que
Adán y Eva no pudieron hacer jamás con sus corazones y con
sus almas eternas delante de Dios y de sus ángeles en el
paraíso, por ejemplo. Y esto es de comer del fruto de vida,
para sus corazones y para sus espíritus eternos, en la tierra
y en el más allá, también, el nuevo reino de los cielos.
Porque sólo el Señor Jesucristo "es el pan de vida eterna"
para todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera,
que Dios le dio primero a Adán y a Eva, para que nazcan de
nuevo, no de sus propias carnes o del fruto prohibido, sino
de la carne del Árbol de la vida, el Señor Jesucristo.

En otras palabras, cada vez que un hombre o una mujer había
de nacer en el paraíso o en la tierra, de nuestros días,
entonces tenía que nacer de la carne del Árbol de vida
eterna, el Señor Jesucristo y no de la carne de rebelión del
fruto prohibido, del árbol de la ciencia del bien y del mal.
Como Adán y Eva lo hicieron, por ejemplo, en sus vidas
celestiales, en el paraíso. Porque cuando Adán y Eva fueron
formados de las manos de Dios en el paraíso, entonces fueron
formados como almas santas y eternas, libres de todo
conocimiento del pecado y de su mal eterno.

Y Dios los llama a vivir con Él, en el paraíso y en el reino
de los cielos, también, para comer por siempre de su Hijo
amado, el Señor Jesucristo y nunca jamás de Lucifer o de otro
ser rebelde, como la serpiente antigua o alguno de los
ángeles caídos, por ejemplo. Adán y Eva con sus descendientes
estaban llamados de Dios a sólo comer, del fruto de vida
eterna, Jesucristo, en el paraíso, en la tierra o en
cualquier otro lugar de toda su creación infinita, para luego
entrar a la nueva vida celestial, en su nuevo reino, como en
la nueva Jerusalén Santa y Eterna del gran rey Mesías.

Es por eso, que en el día que Eva y Adán comieron del fruto
prohibido por vez primera en el paraíso, entonces sus almas
vivientes comenzaron a ser cubiertas de la carne, del fruto
prohibido del árbol de la ciencia, del bien y del mal. Pues
entonces separándolos así temporáneamente de Dios y de su
Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, como sucede hoy en
día, en todo hombre, mujer, niño y niña, que no ha llegado a
creer en su corazón ni a confesado con sus labios: la vida de
Dios, el Señor Jesucristo.

Pero ésta separación del corazón del hombre de Dios y de su
Árbol de vida, solamente es vigente hasta que crea en su
corazón y así confiese con sus labios el nombre del Señor
Jesucristo, el cual borraría toda mentira y toda injusticia
eterna de su corazón de las palabras de mentira y de muerte
de Lucifer y de la serpiente antigua, por ejemplo. Y esto ha
de ser verdad en todo hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera, para llenarlo de vida y de salud infinita,
desde el momento que cree en su salvación y por siempre para
la eternidad de la nueva vida, de Dios y de su Hijo amado, el
Señor Jesucristo, en el nuevo reino de los cielos.

Es por eso, que para Dios, desde el momento que comenzamos a
creer en nuestros corazones y así confesamos con nuestros
labios: el nombre bendito del Señor Jesucristo, entonces
hemos nacido de nuevo, no de la carne de Adán o del árbol
prohibido, sino de la carne del Árbol Viviente de Dios, su
Hijo amado, el Señor Jesucristo. Y ésta es la vida, por
cierto, que Dios siempre ha deseado para Adán y para cada uno
de sus descendientes, en sus millares, en toda la tierra,
para vivir la vida eterna, libre de todo mal y de todo poder
de la muerte, en el paraíso y en su nuevo reino de los
cielos, en el más allá.

Por lo tanto, para nuestro Padre Celestial, el que nace de la
carne en el paraíso o en la tierra de nuestros días, entonces
carne es; y el que nace del espíritu en la tierra para su
nueva vida eterna, en su nuevo reino de los cielos, entonces
espíritu es para la nueva eternidad venidera, en el más allá.
Es por eso, que para Dios todo aquel que en Cristo Jesús
está, entonces ha venido a ser una nueva hechura en sus manos
santas de su Espíritu Santo, para que viva y así jamás muera
su alma, en el más allá, para siempre.

Es decir, para que aquel hombre o aquella mujer viva su vida
y nunca más la vida perdida del árbol de la ciencia del bien
y del mal, la cual es la vida condenada a muerte de Lucifer.
En verdad esta es la vida rebelde y eternamente perdida de
Lucifer, la cual Dios jamás desea que sea parte de la vida de
los ángeles del cielo o de los hombres del paraíso y de la
tierra de nuestros tiempos, por ejemplo, sino que todo lo
contrario. Dios ha deseado desde siempre sólo ver la vida de
su Hijo amado, en el corazón de Adán y de cada uno de sus
descendientes, comenzando con Eva, por ejemplo, su esposa en
el paraíso y sus hijos e hijas en la tierra, para gloria y
para honra infinita, de nuestro Dios y Padre Celestial que
está en los cielos.

JESÚS HA CRUSIFICADO CON ÉL: LOS DESEOS DE NUESTRA CARNE

Porque los que invocan al Señor Jesucristo, delante de la
presencia santa de Dios y de su Espíritu Santo, entonces han
crucificado sus corazones y sus carnes con sus pasiones y sus
deseos perdidos, para deshacerse de una vez por todas y para
siempre de todos sus males eternos, en la tierra y en el más
allá, también, para siempre. Porque sabe muy bien su alma
redimida por la sangre del Señor Jesucristo, de que jamás
podrá ver la vida, ni menos entrar en el reino de los cielos,
si es que aun permanece en las primeras palabras, de gran
mentira y de gran maldad eterna, de los labios de Lucifer y
de la serpiente antigua del paraíso, por ejemplo.

Porque la verdad es que el alma del hombre si sabe de donde a
salido, en el día que entro en el cuerpo de Adán, para
empezar una vida totalmente nueva para la vida del reino de
los cielos y para toda la creación de Dios, de hoy en día y
de siempre. Por lo tanto, el alma y el espíritu humano del
hombre desean día y noche regresar a su lugar de origen, Dios
mismo, pero la carne pecadora de sus cuerpos se los impide,
porque siente los deseos del mundo y de su pecado eterno,
para siempre levantarse en contra de Dios y de su voluntad
perfecta.

Y esto es, realmente, en la vida gloriosa y sumamente santa
de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, manifestada a todo
ángel en el cielo y a todo hombre, mujer, niño y niña en el
paraíso y en toda la tierra, también. Porque la voluntad
perfecta de Dios se encuentra solamente en la vida sumamente
gloriosa del Señor Jesucristo, su Hijo amado para cada uno de
ellos, en sus millares, en toda la creación de Dios, en el
cielo y por toda la tierra, también. Porque ha sido sólo
Jesucristo, quien realmente ha cumplido cada palabra, cada
letra, cada tilde y cada uno de sus significados eternos, en
el corazón de todo ángel fiel y en el corazón de todo hombre,
mujer, niño y niña, fiel también a Él, el Dios del cielo y de
toda la tierra.

Entonces cada uno de ellos sea crucificado en la carne del
Señor Jesucristo, para resucitar a una nueva vida celestial,
la cual jamás ha de morir, en esta vida, ni en la venidera
tampoco, eternamente, en el nuevo reino de Dios y de sus
millares de huestes celestiales fieles a Él y a su Hijo
Santo, en el más allá. Es por eso, que el Señor Jesucristo
moría en la cruz de los árboles cruzados secos y sin vida de
Adán y de Eva, para sufrir mucho por amor a cada uno de sus
hijos y de sus hijas, en toda la creación de Dios.

Ya que, cada vez que el Señor Jesucristo se dolía del pecado
de Adán y de cada uno de sus descendientes, en su corazón y
en su carne santa, entonces su espíritu noble y sobrenatural
nos estaba dando una nueva oportunidad infinita para ser
redimidos, para Dios y para su nueva vida eterna, en el reino
de los cielos. Algo que ningún hombre, por más santo que haya
sido, todos los días de su vida por la tierra, podría jamás
alcanzar por sí sólo, en esta vida ni en el más allá,
tampoco, para siempre.

Pero gracias al espíritu de gracia y de bondad infinita del
Señor Jesucristo, entonces cada corazón del hombre, de la
mujer, del niño y de la niña de toda la tierra, que crea en
él y en su obra sobrenatural, sobre la cima de la roca
eterna, en las afueras de Jerusalén, en Israel, entonces
podrá vivir. Es decir, que realmente ha de ser hecho libre de
todos los poderes sobrenaturales del pecado y de su muerte
eterna, en la tierra y en el infierno, también, para siempre,
en el más allá.

Porque el Señor Jesucristo posee cada uno de todos los
poderes y autoridades sobrenaturales para destruir no sólo al
pecado, sino también a cada uno de sus males eternos y
enfermedades infinitas, como la muerte, por ejemplo. Porque
la muerte es una enfermedad que jamás se cura, si es que el
ángel de la muerte no muere primero. Y el Señor Jesucristo le
ha dicho ya a la muerte: -¡Muerte! Yo soy tu muerte. Para que
sepa el ángel de la muerte que el día de su muerte está en
Jesucristo.

Pero aunque el Señor Jesucristo le ha declarado a la muerte,
de que él es su muerte (porque el ángel de la muerte no sabia
que Jesucristo es su muerte), pues aun así la gente sigue
muriendo día y noche en el mundo, porque el ángel de la
muerte no ha muerto aun, porque su hora no ha llegado
todavía. Pero aunque esto es verdad, todos los que creen en
el Señor Jesucristo en sus corazones y así confiesan su
nombre santo con sus labios, el ángel de la muerte ya no
tiene poderes sobrenaturales de muerte para ninguno de ellos,
en todos los lugares de la tierra y aun en el más allá,
también.

Porque el que muere en Cristo Jesús, salvador eterno de su
alma viviente, entonces abre sus ojos delante de la presencia
del Árbol de vida, en el paraíso, para seguir viendo la vida
eternamente, en el más allá, gracias a la gran obra de
misericordia y de verdad infinita del gran rey Mesías de la
humanidad entera, el Señor Jesucristo. Es decir, otra vez, de
que el que vive en el espíritu de fe, del nombre del Señor
Jesucristo en su corazón y en toda su alma viviente, entonces
ya no hay muerte alguna para él o para ella, en la tierra, ni
menos en el más allá, para siempre.

Porque en el paraíso o en la tierra nueva y santa del nuevo
reino de los cielos ya no hay mal alguno del pecado, ni su
muerte para el corazón y para el alma viviente del hombre, de
la mujer, del niño y de la niña, de toda la tierra, sino por
lo contrario. Sólo hay vida y salud en abundancia, de la vida
sagrada del Árbol de Dios, el Señor Jesucristo, para cada uno
de todos ellos, comenzando, por supuesto, con Adán y Eva, por
ejemplo.

Ya que, cuando creyeron en el Señor Jesucristo en sus
corazones eternos, entonces crucificaron sus carnes pecadores
con él sobre el madero, para luego resucitar en el poder
sobrenatural, de su Espíritu de vida y de salud eterna, a una
nueva vida infinita, no sólo en la tierra, sino también, en
la nueva Jerusalén Santa e Infinita del cielo. Por lo tanto,
ésta es la nueva vida celestial que Dios ha preparado, desde
mucho antes de la fundación del cielo y de la tierra, para
todo aquel que cree en él, por medio de su "fruto de vida y
de salud eterna", su Árbol de vida, su Hijo amado, ¡el Señor
Jesucristo!

NUESTRO DIOS DETECTA EL GRATO OLOR DE CRISTO EN NUESTROS
CORAZONES Y QUISO NO VOLVER A DESTRUIR LA TIERRA CON AGUA

Nuestro Padre Celestial percibió "el grato olor" del hombre
de fe, a su nombre santo, el nombre de su Hijo amado, el
Señor Jesucristo, viviendo en su corazón, entonces dijo en su
corazón santísimo para que todos conozcan: "No volveré jamás
a maldecir la tierra por causa del pecador, porque el
instinto de su corazón es malo desde su niñez. Ni tampoco
volveré a destruir todo ser viviente con agua, como lo he
hecho por culpa del corazón perdido en el pecado y en las
palabras de maldad eterna, de Lucifer y de Adán de los días
del paraíso.

Entonces nuestro Dios comenzó una nueva era de vida, para con
todos los hombres de la tierra, para que cada uno de ellos
reciba en su corazón su nombre salvador y sólo así entonces
pueda ser redimido de sus males eternos y de su muerte, entre
las llamas de la ira eterna de Dios, en el infierno, por
ejemplo. Y éste nombre redentor de la antigüedad es el mismo
de hoy en día, su Hijo, ¡el Cristo de Israel y de la
humanidad entera!, para no volver a maldecir la tierra, como
lo tuvo que hacer en su día de gran juicio, en contra del
corazón pecador del hombre, de la tierra de los días de Noé.

Y desde aquel día en adelante y hasta nuestros días, por
ejemplo, el Espíritu de Dios ha estado ayudando a cada
hombre, mujer, niño y niña, de todas las familias, razas,
pueblos, linajes, tribus y reinos de la humanidad entera, "ha
recibir" el nombre bendito del Señor Jesucristo en sus vidas.
Para que tengan el perdón de Dios y su bendición infinita, de
una nueva vida eterna, en el nuevo reino de Dios en los
cielos, desde sus días de vida en la tierra, hasta que
finalmente entren, en el más allá, ante la presencia santa de
Dios y de su Jesucristo.

Porque el nuevo reino de Dios y de su Árbol de vida tiene que
comenzar con un corazón, sólo lleno del Espíritu viviente del
nombre del Señor Jesucristo, para glorificar y para honrar
"en perfecta pureza infinita" el nombre bendito de Dios y de
su Espíritu Santo, en la eternidad venidera, junto con todas
las huestes de ángeles gloriosos. Porque el nombre santo de
Dios tiene que ser honrado y exaltado por cada corazón de los
ángeles, arcángeles, serafines, querubines, hombres, mujeres,
niños y niñas de la humanidad entera, por igual.

Y esto ha de ser por siempre, con toda la humanidad, de la
misma manera que Dios con su nombre santo han sido día y
noche "exaltados y honrados" por las huestes de ángeles
gloriosos, desde los primeros días de la antigüedad y hasta
nuestros tiempos, por ejemplo, pero con mayor gloria y
santidad infinita que antes, la de Jesucristo. Porque sólo en
el nombre del Señor Jesucristo, "nuestro Dios es eternamente
complacido" en toda verdad y en toda justicia infinita, en la
tierra y en el cielo, también, para siempre.

Es por eso, que cuando Noé con su familia fueron redimidos en
el arca, llena de los animales de la tierra, de dos pares, de
hembras y machos, como Dios se lo había ordenado para llenar
la tierra una vez más de vida, pero sin la maldad de las
palabras mentirosas y llenas de condenación, de las gentes de
aquellos días. Entonces el corazón de Dios se sintió
satisfecho con Noé, porque "percibía el olor grato del
holocausto perfecto de su Hijo amado", el Señor Jesucristo,
no sólo en el corazón de Noé, sino también de los suyos.

Y éste es, por cierto, el holocausto eterno del Señor
Jesucristo, el cual iba a tomar lugar generaciones después,
en la tierra y con la gente escogida por Él mismo, para
llevar acabo ésta gran obra sobrenatural, para ponerle fin al
pecado del corazón del pecador y de la pecadora de la tierra
de nuestros días y de siempre, también. Para luego entonces
empezar su nueva era infinita, la cual seria sólo llena del
espíritu de la palabra y del nombre de toda verdad y de toda
justicia celestial, del Árbol de la vida, ¡el Señor
Jesucristo!

Porque la verdad es que Dios destruye el mundo antiguo con un
gran diluvio que descendida del cielo y subía de la de la
tierra, también, para destruir a todos los corazones de los
hombres, mujeres, niños y niñas, que no habían creído aun en
el nombre del Señor Jesucristo, su Hijo amado, ni tampoco le
había honrado con sus labios. Entonces Dios se dio cuenta, de
que no podía seguir contendiendo con el corazón de carne
pecadora del hombre, porque él es espíritu y el hombre es
carne humana e imperfecta.

Porque la tierra, así como Dios mismo, sólo puede soportar el
pecado hasta cierto grado espiritual. Y cuando llega a su
límite establecido por Dios mismo al pecado, entonces Dios
reacciona con su justo juicio y con su ira eterna, para
juzgar y destruir el pecado y a cada uno de sus seguidores,
sean ángeles, hombres, mujeres, niños o niñas de toda su
creación. Y en el día que Dios decidió destruir a todo el
mundo antiguo con su gran diluvio del cielo y de las
profundidades de la tierra, fue porque la maldad había
llegado tan alta en el cielo, hasta tocar su misma puerta de
su lugar secreto, de su trono santo, en donde mora su
Espíritu Santo en perfecta santidad infinita.

Y para parar ésta maldad del pecador, entonces no tenía otro
remedio sino quitar su protección de sobre toda la tierra, y
dejar que las aguas inundan toda vida, hasta destruirla por
completo, salvo los que él había escogido para que entren en
su arca y no mueran, sino que vivan para una nueva vida, con
menos maldad que antes. Es decir, para que entonces comiencen
todos juntos con Noé y con su familia: una nueva vida en toda
la tierra, sin el pecado y sin sus muchas maldades en el
corazón del pecador y de la pecadora de toda la tierra.

Pero como Dios sabia que el pecado iba a volver con sus
muchas maldades, de grandes enfermedades y muertes terribles,
entonces juro no volver a destruir la tierra, como lo había
hecho antes, con el mundo antiguo y sin Jesucristo en sus
vidas viles. Porque ésta vez, él mismo iba hacer que todo
hombre oyese de su palabra y del nombre del Señor Jesucristo
para que sean escritos en sus corazones, para que jamás se
vuelvan tan viles y tan destructivos, como las gentes de las
generaciones viles y anticristo de Noé, por ejemplo.

Porque todo aquel que nace en la tierra, sea hombre o mujer,
nace realmente en el pecado y en la maldad de Adán y de su
fruto prohibido del árbol de la ciencia, del bien y del mal,
para mal de su alma y de los suyos, también, en toda la
tierra. Y esto es algo que Dios jamás quiso para el corazón y
para toda el alma viviente de Adán y de cada uno de sus
descendientes, en sus millares, de todas las familias, de la
tierra, sino que Dios sólo quiso que comiesen y bebiesen de
su fruto de vida, de su Árbol de vida, su Hijo, ¡el Señor
Jesucristo! Con el fin de que el corazón de cada uno de
ellos, sólo vea la vida y no la muerte, jamás.

EN MALDAD HA NACIDO TODO HOMBRE, SALVO JESUCRISTO

Es por eso, que David le decía al SEÑOR día a día, en oración
y en sus salmos, también: - He aquí, Padre Mío, que en maldad
he nacido, y en pecado me concibió mi madre. No soy digno de
ti, de ninguna manera, ni menos de tu comprensión infinita.
Pero por tu amor he de vivir justificado por tu gracia, en la
tierra y en la eternidad, también, para agradar por siempre a
tu nombre y a tu Espíritu Santo, en tu nuevo reino celestial,
en el más allá.

Es por eso, que mi corazón y toda mi vida te rinden gloria y
honra, día y noche, hoy en la tierra y por siempre, en tu
nueva vida celestial, en el más allá, en donde sólo habita el
amor, la compresión, la felicidad y la paz del corazón del
hombre que ama a tu Ley a tu Mesías celestial. Porque aunque
he sido concebido en pecado, en el vientre de mi madre, jamás
me abandonaste, sino por lo contrario. Te apiadaste de mí,
para darme de tu amor, de tu único amor divino, el cual
siempre ha existido entre tú y tu Hijo amado, el Señor
Jesucristo, ¡Padre Eterno!

Por eso, te doy gracias y te rindo glorias y honras, desde lo
profundo de mi corazón, para tocar tu mismo corazón y tu
misma alma santa, en el cielo, con mi voz y con mis palabras
de adoración hacia ti y llenas del espíritu de tu verdad y de
su justicia infinita de tu Jesucristo, en quien he creído.
Pues me has hecho ver y sentir el pecado, en mi corazón y en
toda mi alma, también, para que comience a entender,
profundamente, en mi espíritu humano, lo que es bueno y lo
que es malo, en la tierra y en el más allá, también, para
siempre.

Para que yo conozca sólo de tu Espíritu de amor y de tu
misericordia infinita, al tan simplemente creer en mi corazón
y confesar con mis labios, de que tu Hijo amado, el Señor
Jesucristo, ¡es SEÑOR!, para la gloria y para la honra eterna
de tu nombre bendito, en toda la tierra y en el reino de los
cielos. Y esto ha de ser verdad, hoy en día y por siempre, en
el corazón de los hombres, mujeres, niños y niñas de la
tierra y, también, en el corazón de los ángeles, arcángeles,
serafines, querubines, del nuevo reino de los cielos, por
igual, para miles de siglos venideros, en el más allá, en tu
nueva vida celestial.

Por cuanto, obra de tus manos hemos sido, en el vientre de
nuestras madres, para que en un día como hoy, por ejemplo,
entonces "veamos la luz" de tu vida infinita, sólo posible en
la fe redentora, del nombre del Señor Jesucristo, en nuestros
corazones y en nuestros labios, también. Por ello, en ésta
luz confesar por siempre: toda la verdad y toda la justicia,
de que tu Hijo amado, ha sido el Señor Jesucristo, desde los
primeros días de la antigüedad, en el reino de los cielos y
por toda la tierra, de nuestros días, también.

En vista de que, como el Señor Jesucristo no hay otro igual,
en el cielo, ni menos en toda la tierra, para siempre. Y esta
verdad "es necesaria que viva en nuestros corazones" y en
nuestras vidas, para cumplir toda verdad y toda justicia
infinita, de tu corazón y de tu alma santísima, Padre
Nuestro, en el cielo y por toda la tierra, también, hoy en
día y por siempre, en el más allá, en la nueva eternidad
venidera de siglos sin fin. Por eso, el hombre que confía en
tu nombre salvador, el de tu Hijo amado, el Señor Jesucristo,
entonces no le faltara nada jamás.

Porque Jesucristo es día y noche nuestro "pan de vida
eterna", que ha descendido del cielo, para todo hombre,
mujer, niño y niña, de la humanidad entera, que ha nacido en
el vientre de su madre, por el poder del pecado. Del poder
del pecado que descendió directamente de la vida de Adán del
paraíso, para entonces regarse por toda la tierra, hasta
nuestros días y por siempre, hasta que la luz bendita de
Cristo sea una realidad infinita en toda la creación.

Pues hasta éste mismo nacimiento, en el vientre de las
tinieblas, del pecado de nuestros padres nos has perdonado,
dándonos "el nacimiento de tu mismo Espíritu de vida eterna",
en el cual el Señor Jesucristo tuvo que nacer en el vientre
de su madre virgen, en la tierra de Israel. Y esto fue, en
aquellos tiempos, no sólo para el Señor Jesucristo nacer y
entrar en la vida del hombre pecador de toda la tierra, sino
más que esto. Jesucristo nació del poder del Espíritu de
Dios, para entrar en la nueva vida celestial del más allá,
del nuevo reino de los cielos, junto con la humanidad eterna
de Dios y de su Espíritu Santo, para que jamás muera, sino
que sea libre de todo pecado y de toda muerte, para siempre,
para una nueva vida celestial e infinita.

Es por eso, que todo hombre que ha sido concebido en maldad,
y concebido en el pecado de su madre, entonces tiene una
oportunidad singular, de parte de Dios y de su Hijo amado. Y
esto es de "volver a nacer", no de la carne de sus
progenitores antiguos o modernos, sino del poder del Espíritu
de vida eterna, de Dios y de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo.

Y éste Espíritu de vida de Dios, es el mismo Espíritu Santo
que entro en el vientre virgen de la hija de David, para
concebir, no en pecado, sino por la voluntad perfecta de
Dios, al Hijo de David, al Cristo de Israel y de la humanidad
entera. Es decir, que del mismo nacimiento del Espíritu de
Dios, que el Señor Jesucristo tuvo que tener en su vida, para
nacer en la tierra de Israel, pues así también nosotros
tenemos que nacer del mismo Espíritu de Dios, para entrar a
la vida eterna del más allá, del nuevo reino de los cielos.

Y esto, el hombre, la mujer, el niño y la niña de todas las
familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos, lo pueden
muy bien conseguir en sus vidas, con tal sólo creer en el
Señor Jesucristo y así entonces confesar con sus labios su
nombre de grandes poderes y de una salvación santa y perfecta
para el alma viviente. Porque sólo en ésta confesión
sobrenatural del nombre del Señor Jesucristo es que ha de ser
como olor grato, por ejemplo, de un holocausto perfecto del
corazón pertinente del hombre, de la mujer, del niño y de la
niña de toda la tierra, que desee ser oído por su Dios y por
su Árbol de su única vida infinita. Para que en su vida
terrenal y celestial, también, entonces sólo haya: paz, gozo,
felicidad, amor y vida en abundancia por doquier, en la
tierra y en el paraíso de nuevo y por siempre, en la
eternidad venidera.

SOMOS HIJOS DE LA IRA DE DIOS, POR NUESTROS PECADOS

En verdad, Dios nos quiere redimir de todo poder del pecado y
de su mal eterno, porque no nos ha creado para vivir su mal
eterno, ni morir en las profundas oscuridades de su muerte
eterna, sino todo lo contrario. Dios nos ha creado para que
vivamos su vida perfecta y sumamente santa, en la carne y en
el espíritu del Señor Jesucristo, en la tierra y en el más
allá, también, como en la nueva ciudad celestial: La Nueva
Jerusalén Santa e Infinita.

Porque en otros tiempos todos nosotros vivíamos entre ellos,
los viles y pecadores de toda la tierra, siempre sufriendo
día y noche las pasiones de la carne, haciendo la voluntad de
la carne y de la mente pervertida, también; y por naturaleza
éramos hijos e hijas de la ira de Dios, como los demás, en
todos los rincones del mundo. Es decir, que Dios estaba
airado con cada uno de nosotros, por los deseos desordenados
de nuestras carnes corruptas, al querer hacer siempre todo a
lo que la Ley de Dios se opone enteramente, desde siempre,
desde los primeros días de la antigüedad, en el más allá y
hasta nuestros tiempos, por ejemplo.

Pero Dios se apiado de nosotros, porque vio que jamás
podíamos complacerle a él, con nuestro corazón perdido y
eternamente pervertido, en cada uno de todos los deseos, de
la carne pecadora y, a la vez, eternamente contraria a la Ley
Perfecta de Moisés y de Israel, por ello nos entrego una
salida de escape a nuestra condición pecadora. Y ésta salida
de escape tenía que ser, de modo definitivo: su Hijo amado,
el Señor Jesucristo, ni más ni menos, en el paraíso y por
toda la tierra de nuestros días, también.

Es por eso, que Dios le dijo a Adán, en el paraíso: - De
todos los árboles podrás comer y beber en el Edén y hasta del
Árbol de la vida eterna, también. Pero jamás has de comer del
fruto del árbol de la ciencia, del bien y del mal; porque en
el día que de él comas, le asegura el SEÑOR a Adán, entonces
morirás irremisiblemente en tu pecado, para no volver a ver
la vida para siempre. Y éste mismo mandamiento de vida, que
le había dado a Adán, se lo estaba dando también a cada uno
de sus descendientes, por sus millares, en el paraíso y por
toda la tierra, también, para que acepten a Jesucristo, para
siempre, en sus corazones y en sus vidas eternas.

Es decir, para que entonces cada uno de ellos también coma de
los frutos de los árboles del paraíso y del Árbol de la vida
eterna, su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Por lo tanto,
cada uno de ellos estaba prohibido acercarse y tocar del
fruto del árbol de la ciencia, del bien y del mal, por más
llamativo que fuese para sus ojos y para su paladar sediento
y hasta hambriento, también, por ejemplo. Porque Dios sabia
muy bien, de que en el día que Adán, o cualquiera de sus
descendientes, se acercase y gustase del fruto prohibido,
entonces su cuerpo seria cubierto de la carne del árbol de la
ciencia, del bien y del mal, con todos sus deseos malvados,
para luego morir en su pecado, en su maldad eterna.

Por lo tanto, era imperativo que Adán le obedeciese a su Dios
y así entonces comiese del fruto de vida, de la carne santa y
eternamente viviente del Árbol de la vida eterna, el Señor
Jesucristo, en el paraíso o en la tierra, si así fuese
necesario hacerlo. Pero sabemos muy bien que Adán
desobedeció, porque fue engañado por Eva su Esposa. Eva,
quien primero fue engañada por las palabras mentirosas de su
mejor amiga, en el Jardín del Edén, la serpiente antigua.

Y con ésta victoria sobre Adán, entonces realmente era una
victoria de Lucifer en contra de Dios y de su Hijo amado, el
Cristo de Israel y de la humanidad entera, para destruir
todos los corazones, no sólo de Adán y de cada uno de sus
descendientes, sino también más que todo esto. La destrucción
total, supuestamente, de acuerdo a Lucifer, del Árbol de la
vida y de cada uno de sus millares de ángeles, del reino de
los cielos. Pero la verdad es otra.

Porque lo que "le pareció a Lucifer" y a sus secuaces una
gran victoria en contra, del Árbol de la vida en el paraíso,
Dios entonces la torna en una victoria aun mayor para los
ángeles del cielo y para todos los hombres, mujeres, niños y
niñas, del paraíso y de toda la tierra, de nuestros tiempos,
también, por ejemplo. Y ésta victoria, es realmente una
victoria sobrenatural en contra de todo lo que Lucifer
representa, destruyendo así su plan de establecer su reino
inicuo en contra del Árbol de la vida, el Señor Jesucristo,
al Dios bendecir grandemente el corazón de cada uno de sus
ángeles y de cada hombre y mujer de toda la tierra.

Y esto es sólo posible, hoy en día como en la antigüedad, con
tan sólo creer en el corazón y confesar con sus labios, en un
momento de fe y de oración: de que el Señor Jesucristo es el
SEÑOR, para gloria y para honra de su nombre eterno, en el
cielo y por toda la tierra, también, para siempre. Porque la
voluntad de Dios sobre todos sus ángeles en el cielo y en la
vida de todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad
entera, comenzando con Adán y Eva, en el paraíso, ha sido la
misma desde siempre.

Y esto ha sido de que cada uno de ellos crea en su corazón y
así confiese con sus labios, de que su Hijo amado es el Señor
Jesucristo, para destruir de una vez por todas y para
siempre: el pecado y el corazón perdido en su gran maldad, de
Lucifer y de cada uno de sus seguidores, en toda su creación.
Porque Dios desea que su creación sea totalmente santa y
libre de todo mal de las palabras mentirosas, de Lucifer y de
la serpiente antigua, las cuales comenzaron a cambiar no sólo
la vida de Adán, sino también la de cada uno de sus millares
de descendientes, por doquier, en el paraíso y por toda la
tierra, también.

Porque un corazón que ha nacido en el pecado original de
Adán, no podrá jamás entrar en la vida eterna del paraíso, ni
menos del nuevo reino de los cielos, en el más allá, para
siempre. Y esto es algo que quedo muy claro, en la vida de
Adán y de Eva, por ejemplo. Porque ambos fueron llamados por
Dios a comer primero de su fruto de vida eterna, su Hijo
amado, el Señor Jesucristo, pero rehusaron hacerlo así en sus
corazones, cuando tuvieron la oportunidad de hacerlo así y
quedar bien con su Dios para siempre.

Además, cuando Dios le hablaba a Adán "de comer y de beber"
de su Árbol de vida, entonces Adán contemplaba al Señor
Jesucristo colgando con clavos sobre su cruz, sobre la cima
de la roca eterna, en el epicentro del paraíso, en el cielo.
Y cuando Adán intento obedecer a Dios de inmediato, al querer
morder del cuerpo del Señor Jesucristo y de beber de su
sangre viviente, entonces no quiso hacerlo, por el momento,
sino que decidió esperar un tiempo más. Y a Adán se le hizo
realmente muy difícil comer de la carne del Señor Jesucristo
y de beber de su sangre santa, para obtener la vida eterna en
su cuerpo recién formado por las manos de Dios mismo, en el
cielo.

Es por eso, que Dios se alejo momentáneamente de Adán y del
paraíso, cuando vio que no obedecía a su voluntad santa de
inmediato, sino que parecía esperar más que antes, como quien
dice para quemar tiempo, siempre pensando, como comer de la
carne de un ser vivo y, a la vez, beber de su sangre santa,
para obtener la vida eterna. Y es aquí, cuando Lucifer se
aprovecho del descuido de Adán, para actuar lo más sutil
posible y engañar su corazón, no con su persona inicua (ya
conocida por los ángeles del cielo), sino con la persona y
con los labios de la amiga de Eva, la serpiente antigua del
Jardín del Edén. Para lograr en Adán todo lo contrario que
Dios deseaba hacer en su vida.

Y lo que Dios deseaba en Adán es que su carne sea entonces la
carne santa de su Jesucristo y que su sangre de vida eterna
sea la que palpite vida en su corazón y en el corazón de cada
uno de sus descendientes, en el paraíso y en toda su
creación, como en la tierra, por ejemplo, para siempre.
Porque un corazón sin Cristo Jesús, entonces no tiene valor
alguno para nuestro Dios, en el cielo ni en toda la tierra,
también, hoy en día y por siempre, en la eternidad venidera.

Por esta razón, aunque Dios amaba mucho a Adán y a cada uno
de sus descendientes, desde mucho antes de la fundación del
cielo y de la tierra, entonces no podía quedarse, por ninguna
razón, a vivir con su corazón, sin Cristo Jesús viviendo en
su vida celestial, en el paraíso. Por lo tanto, Adán tuvo que
abandonar el cielo, hasta que reciba en su corazón y en toda
su vida, al fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo, para
que entonces su corazón sea perfecto ante su Dios y ante su
Espíritu Santo y ante sus huestes de ángeles gloriosos, del
reino de los cielos y del paraíso, para siempre.

SATANÁS NO PUEDE ESTAR EN LA OBRA DE DIOS

Así también podemos recordar a Pedro, en estos momentos, por
ejemplo. Porque Pedro amaba verdaderamente a su Dios y a su
Hijo amado, el Señor Jesucristo. Es más, él fue quien
reconoció por vez primera, en toda la existencia de Israel y
de la humanidad entera, al Señor Jesucristo, como el Hijo
amado de Dios, el gran rey Mesías de Dios y de la humanidad
entera. Pero por no tener su corazón centrado en la voluntad
de Dios, entonces peco delante del Señor Jesucristo, al
decirle que no suba a Jerusalén y sufra esa muerte horrenda
que le esperaba a él, sobre la cima de la roca eterna, en las
afueras de Jerusalén, para ser azotado y muerto por culpa de
nuestros pecados.

Y el Señor Jesucristo se enojo no tanto con Pedro, sino con
su corazón oscuro, ciegamente oscuro a la verdad y a la
voluntad perfecta de su Dios Santo y Eternamente glorioso, en
el cielo y por toda la tierra, también. Entonces el Señor
Jesucristo volviéndose a él, le dijo: --¡Pedro, quítate de
delante de mí, porque me has hablado rebelión. Y esto ha
sido, de la misma manera que Satanás se rebelo en su día, en
contra de Dios y de su nombre santo, en el reino de los
cielos!

Ciertamente me eres tropiezo, Pedro, aun más que Satanás, el
padre de toda mentira. Porque no piensas en las cosas de
Dios, sino en las de los pecadores de toda la tierra. Porque
es necesario que suba a Jerusalén y sufra todo lo que tenga
que sufrir, por culpa del hombre de toda la tierra, para
ponerle fin al pecado. Y éste pecado original del hombre sólo
se le puede poner fin, si la palabra viva de la Ley es
correctamente honrada y exaltada en su vida terrenal.

Además, sin sangre derramada sobre el altar de Dios, la Ley
jamás podrá ser cumplida ni exaltada en el corazón de todos
los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera,
comenzando con Adán y Eva, en el paraíso, le decía el Señor
Jesucristo a Pedro. Y Pedro le oía de buena gana y asustado,
a la vez, ya que lo había comparado, momentos antes, con
Satanás, su peor enemigo de su vida y de su alma viviente,
por haberle dicho tan sólo que éste terrible mal jamás le
ocurra a Él, en Jerusalén o en cualquier lugar de Israel.

Realmente, Pedro no sólo sabia lo que estaba hablando, cuando
intento reconvenir al Señor Jesucristo, para que no suba
jamás a Jerusalén y sufrir el mal terrible del pecado y de su
muerte cruel, sino que tampoco entendía la naturaleza del
pecado ni de sus poderes ocultos y destructivos en su vida y
en la vida de la humanidad entera. Pedro realmente estaba tan
ciego, como cualquier pecador en toda la tierra, de nuestros
tiempos, ni más ni menos. Y tan ciego, también, como
cualquier ángel en el cielo, por ejemplo.

Porque los ángeles en el cielo, aunque ven al SEÑOR,
realmente no le conocen, como le conoce sólo el Hijo, el
Señor Jesucristo. Porque nadie realmente ha visto al Padre
Celestial, sino sólo el Hijo. Y nadie jamás le ha conocido,
sino sólo el Hijo, el Señor Jesucristo. Porque si los ángeles
del cielo hubiesen visto y conocido de verdad al SEÑOR en sus
corazones, entonces jamás hubiese existido una rebelión
angelical tan grande en contra de su nombre santo, como
sucedió con Lucifer y con su tercera parte de los ángeles del
cielo, por ejemplo, en los días de la antigüedad. Porque en
aquellos días los ángeles caídos junto con su caudillo
arruinaron tanto el reino de Dios, que Dios sólo comenzó a
buscar la manera de crear otro mejor que el antiguo para
vivir en paz con sus ángeles y con sus gentes de la humanidad
entera, redimida por la gracia del fruto de vida eterna, su
Jesucristo.

Pero la verdad es que nadie jamás ha visto al Padre
Celestial, hasta nuestros tiempos, por ejemplo, ni le conoce
tampoco, como sólo el Señor Jesucristo. Por lo tanto, Pedro
no sabía que estaba pecando en contra de la voluntad perfecta
de Dios, cuando intenta reconvenirle, para que no deje que le
suceda, todo lo que les había dicho que sufriría, en las
afueras de Jerusalén, por culpa del pecado del hombre y de la
humanidad entera.

En verdad, el corazón del hombre es "tan vil", que no tiene
ningún entendimiento posible, de lo que realmente es el poder
del pecado en su vida y en la vida de los demás, en toda la
tierra. Sólo Dios tiene el poder sobrenatural para realmente
ver conocer todos los males del pecado, de los que se ven y
de los que no (se ven), por ejemplo. Es más, el poder del
pecado es tan terrible que no sólo puede destruir la vida
preciosa de todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad
entera y hasta de ángeles y de Dios mismo en el reino de los
cielos, por ejemplo.

Verdaderamente, sólo la sangre del Señor Jesucristo tiene
todos los poderes sobrenaturales para entender en su corazón
santo al pecado y a cada uno de sus males eternos y hasta la
misma muerte, también. Es más, sólo Dios es la muerte del
ángel de la muerte, en la tierra y en el más allá, para
siempre. Es por eso, que el Señor Jesucristo le dice al ángel
de la muerte en su día y delante de todos sus apóstoles y
discípulos: ¡Muerte! Yo soy tu muerte.

Esto era algo que el ángel de la muerte jamás lo había oído,
ni menos conocía que el Señor Jesucristo era la muerte del
pecado y de su espíritu inicuo, también, en la tierra y en el
más allá, para siempre. Por lo tanto, nadie puede destruir el
corazón malvado de Lucifer y del ángel de la muerte y de
todos los ángeles caídos, si no es sólo la sangre bendita del
Señor Jesucristo, en el corazón de cada hombre, mujer, niño y
niña, de la humanidad entera, de hoy en día y de siempre.

Es por eso, que el Señor Jesucristo tenía que "subir" a
Jerusalén y a "sufrir los males del pecado y de su muerte",
sobre la cima de la roca eterna, en sus afueras, para cumplir
toda profecía de los antiguos profetas de Dios, como el de
Isaías, por ejemplo, entre otros, muy importantes, por
cierto, de la antigüedad. Porque la verdad es que todo pecado
le será perdonado al corazón perdido del hombre, como los
pecados en contra del Padre Celestial y de su Hijo amado, el
Señor Jesucristo.

Pero el pecado en contra del Espíritu de Dios no tiene perdón
jamás, en esta vida ni en la venidera, tampoco, para siempre.
Por eso, el Señor Jesucristo tenía que ponerle fin al pecado,
para que Dios ya no sufra más por culpa del corazón perdido
del hombre y de su gran maldad, en el paraíso y en toda la
tierra, de nuestros días. Porque el corazón del pecador sin
Cristo Jesús sentado en su centro, no podrá ver a su Dios
jamás, en esta vida ni en su vida infinita, en el más allá,
cualquiera que sea toda ella sin Dios, en el infierno. Sólo
ha de ver total destrucción y desolación infinita en sus días
largos en la eternidad venidera, como en el infierno o como
en el lago de fuego, su segunda muerte final.

Porque la verdad es que ninguno podrá jamás pecar en contra
del Espíritu de Dios y luego vivir en la eternidad para
recordarlo y contarlo a sus amigos, sino que irremisiblemente
a de sufrir la muerte eterna junto con el corazón perdido de
Lucifer, entre las llamas eternas de la segunda muerte, en el
lago de fuego. Porque nadie jamás ha visto a Dios ni a su
Espíritu Santo, sólo el Señor Jesucristo, por eso, nadie
puede decir nada de Dios ni de su Espíritu Santo, a no ser
que el Señor Jesucristo se lo revele al corazón del hombre.

Ahora, si el Señor Jesucristo vive en el corazón del hombre,
entonces ese corazón ha de tener su día, no muy lejano, de
ver a su Dios y de conocerle también, si es que es la
voluntad perfecta del corazón sagrado de nuestro salvador, el
Señor Jesucristo. Porque sólo el Señor Jesucristo tiene todos
los poderes y autoridades especiales en su cuerpo santo, en
su espíritu y en su vida santa, también, para ver y conocer
al Padre Celestial, en el reino de los cielos, para siempre.

Por cuanto, sólo el Señor Jesucristo ha salido de Dios y ha
descendido sobre todo Israel, para perdonar y para bendecir
en el nombre santo de Dios: a cada corazón del hombre, de la
mujer, del niño y de la niña, de la humanidad entera. Porque
la Ley de Dios tiene su cumplimiento y su honra eterna en el
corazón de todo hombre y de toda mujer, así como la tiene en
el corazón de cada ángel, arcángel, serafín, querubín y demás
seres santos del reino, en el más allá, por ejemplo, para
gloria y para honra infinita del nombre santo de nuestro
Padre Celestial.

Además, éste cumplimiento de la Ley de Dios sólo es posible
en el corazón del hombre, si tan sólo cree en él y así
confiesa su nombre bendito con sus labios, para cumplir toda
verdad y toda justicia infinita de su palabra viviente en su
vida y en toda su alma viviente, también. De otra manera, la
Ley jamás ha de ser cumplida en el corazón del hombre pecador
y de la mujer pecadora de toda la tierra, y su vida ha de ser
de total destrucción en la tierra y en el fuego eterno del
más allá, como en el infierno o como en el lago de fuego, por
ejemplo.

Porque mientras el pecado viva en el corazón del hombre y del
resto de la humanidad, entonces nadie podrá ver el rostro del
SEÑOR, y no ha de poder conocerle tal como él siempre ha sido
y ha de ser por siempre, en la eternidad venidera, para con
cada uno de nosotros, en toda la tierra. Y por culpa del
pecado y para cumplir la Ley Divina, el Señor Jesucristo no
dejo su rostro plasmado en una roca o en una tela o en una
tabla, sino que nadie conoce su rostro santo, como si jamás
nadie lo haya visto, sólo sus apóstoles y sus discípulos de
la antigüedad.

Es más, nadie conoce el rostro de Adán, sino sólo Dios, Eva,
Jesucristo y el Espíritu Santo con todas sus huestes
angelicales. Es por eso, que nuestro Padre Celestial, como su
Hijo amado, por ejemplo, son tan invisibles para con nosotros
en toda la humanidad, como el mismo Espíritu Santo de Dios.
Porque ningún hombre tiene su rostro santo plasmado en un
ídolo o en una imagen, en el cielo, en el paraíso o en toda
la tierra, de nuestros días. Porque la verdad es también que
ni aun en el reino de los cielos, ni en ninguno de sus
lugares gloriosos, está el rostro de Dios o de su Jesucristo
plasmado sobre una roca o algún material del más allá. Y esto
es verdad, porque Dios es fiel a su misma Ley Eterna, en su
corazón y en toda su vida también.

Es por eso, que los ángeles jamás han visto al SEÑOR, ni
tampoco le conocen, como sólo el Señor Jesucristo le ha
conocido a través de los siglos, hasta nuestros tiempos, por
ejemplo. Por lo tanto, nuestro Padre Celestial no tan sólo es
invisible para nosotros, sino también para Lucifer y para
cada uno de sus seguidores, en el más allá y en toda la
tierra, también. (por eso, si alguien te dice vamos a ver el
rostro del SEÑOR que está plasmado en una roca o algo
parecido así; no vayas, por ninguna razón, porque Satanás no
conoce el rostro de Dios; Satanás que te está hablando
rebelión para matarte con sus palabras de muerte eterna.)
Consiguientemente, así como nuestro SEÑOR es invisible ante
todos sus enemigos, pues así también el Señor Jesucristo es
invisible ante Lucifer y cada uno de sus seguidores, ángeles
caídos, pecadores y pecadoras de toda la tierra, para
siempre.

Además, Dios es invisible a los ojos de los ángeles caídos y
de los hombres rebeldes de toda la tierra ante su Ley Bendita
y ante su Hijo amado, por las palabras rebeldes de Lucifer
que tienen raíces en sus corazones profundos de sus pechos. Y
Dios desea cambiar éste mal eterno en cada hombre, mujer,
niño y niña de la humanidad entera, para entonces empezar su
nuevo reino celestial, desde ya, libre de todo pecado y de
cada uno de sus males eternos, para que sólo la paz, el amor
y la felicidad infinita del corazón existan, para siempre, en
la eternidad venidera.

ARRÓPENSE TODOS DE LAS VESTIDURAS DEL SEÑOR JESUCRISTO

Por esta razón, Dios ha llamado a todo hombre, mujer, niño y
niña, de la humanidad entera, ha vestirse del nuevo hombre
que a sido creado a semejanza de Dios, en justicia y en
santidad infinita. Y éste nuevo hombre, en cada uno de
nosotros, en toda la tierra, es el mismo Señor Jesucristo,
para perdonarnos nuestros pecados y para darnos vida en
abundancia, en la tierra y en el más allá, también, en su
nuevo reino celestial. Porque hoy en día, todo hombre nace en
la tierra en la carne que Adán recibió, en el día de su
rebelión en el paraíso, al comer y beber del fruto prohibido
del árbol de la ciencia, del bien y del mal, para recibir en
su cuerpo: un corazón corrupto y una carne pecadora.

Cuando realmente Dios había creado al hombre a tan sólo comer
y beber de su Hijo amado, su Árbol de vida eterna, en el
epicentro del paraíso, para la vida eterna. Porque en el día
que Adán comiese de su fruto de vida, entonces iba a recibir
del Árbol de vida, de su espíritu, de su carne y de su sangre
santísima, para que viva eternamente y por siempre, en la
tierra y en el más allá. Para que entonces su cuerpo ya no
sea un cuerpo indiferente a su Dios y Creador de su vida
celestial, sino que seria un cuerpo totalmente nuevo, con una
sangre plenamente llena de la vida perfecta y sumamente santa
de Dios, para la vida nueva en la eternidad venidera, del
nuevo reino de los cielos, en el más allá.

Y sólo así entonces Dios ya no sólo tendría a su Jesucristo
vestido de su carne sumamente santa y de su sangre
supremamente gloriosa y perfecta para vivir su nueva vida
infinita, en el cielo para miles de siglos venideros, en la
nueva eternidad celestial, sino que tendría millares más de
"hijos e hijas" de parte de Adán. Y esto era algo glorioso
para nuestro Padre Celestial, que no deseaba perder por nada
ni por nadie en toda su nueva creación, sino obtenerla y
gozarse con toda ella en su corazón santo, para miles de
siglos venideros, en la nueva eternidad venidera del más
allá, de su nueva era de vida celestial, de hombres y de
ángeles santos.

Porque para la mente y el corazón santo de nuestro Padre
Celestial es sinceramente glorioso ver a cada hombre, mujer,
niño y niña de la humanidad entera, comenzando con Adán, por
ejemplo, "totalmente arropados" de la carne santa y llenos de
vida de la sangre bendita, de su Árbol de vida eterna, el
Señor Jesucristo. Pero como Adán le falla junto con Eva,
entonces desde esos días rebeldes, lo único que Dios ha hecho
es luchar para que la carne de Adán y de sus descendientes,
en sus millares, ya no sea la carne del fruto prohibido de
Lucifer, sino sólo la carne obediente y la sangre bendita del
Señor Jesucristo en sus cuerpos eternos.

Y esto ha de ser sólo posible en cada uno de ellos, de todas
las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos, si
tan sólo creen en sus corazones y así confiesan su fe, del
nombre sagrado de su única posible salvación eterna, ¡el
Señor Jesucristo!, para gloria y para honra de nuestro Padre
Celestial que está en los cielos. Porque en el día que Dios
llame a todo hombre, a entrar en su nuevo reino de los
cielos, y el que no esté transformado en su corazón y en todo
su cuerpo: de la carne, del espíritu, de la sangre viviente
de su Hijo amado, entonces no podrá entrar en su nueva vida
infinita, para siempre.

Es por eso, que si hoy oyes la voz de tu SEÑOR llamarte, a
que recibas del nombre y de la sangre bendita de su Árbol de
vida, entonces no le hagas esperar más, porque ya ha esperado
mucho por ti, hasta que esta hora crucial para tu vida
llegue, para que hagas la decisión correcta para tu vida
infinita. Por esta razón, vístete del poder del Espíritu de
Dios y de la carne bendita que vive por siempre, por el
espíritu de vida de la sangre santísima, de su Hijo amado, ¡
el Señor Jesucristo!

Para que entonces veas la vida y así no tengas que jamás
morir con tu corazón eternamente perdido, por culpa de las
palabras mentirosas de Lucifer y de la serpiente antigua en
la vida de Adán y en tu sangre enferma, por ejemplo. Para que
de esta manera única, entonces complazcas a la voluntad
perfecta de Dios, la cual debió haber sido cumplida, no sólo
en Adán y Eva, en el paraíso, sino también con cada uno de
sus descendientes, incluyéndote a ti y a cada uno de los
tuyos, también, en el paraíso.

Y esto es, de ser vestidos del Espíritu de la carne y de la
sangre santísima del fruto de vida, el Árbol de Dios, el
Señor Jesucristo, para no estar desnudos jamás ante Dios,
ante su Espíritu Santo y ante sus huestes de ángeles santos
del reino de los cielos. Porque el Señor Jesucristo es el
único salvador posible para los ángeles del cielo y para los
hombres del paraíso y de toda la creación de Dios, hoy en día
y por siempre, en la eternidad venidera, en el más allá. Y de
Él, nosotros tenemos que llevar de sus vestiduras por la
eternidad, para no estar desnudos ante Dios, como le sucedió
a Adán y a Eva, en el día que se vistieron del pecado del
fruto prohibido, del árbol de la ciencia del bien y del mal,
por ejemplo, para vergüenza de muchos, como hoy en día
contigo mismo.

ENGAÑOSO ES EL CORAZÓN SIN CRISTO JESÚS

En realidad, ¿Quién jamás entenderá el corazón del pecador y
de la pecadora de toda la tierra?

Sólo el espíritu de la sangre y de la carne bendita del Señor
Jesucristo.

Es por eso, que Dios sólo oye al hombre pecador y a la mujer
pecadora, por medio del nombre bendito de su Hijo amado, el
Señor Jesucristo. Y esto era algo que Dios deseaba que Adán
entendiese en su vida santísima del paraíso, para que no
pecase jamás en contra de Él y de su vida eterna, en el
cielo. Pero Adán no pudo entender jamás ésta gran verdad en
su corazón, ni menos Eva, su esposa.

Porque ambos decidieron comer y beber del fruto prohibido del
árbol de la ciencia, del bien y del mal, para mal eterno de
sus vidas y de las de sus descendientes, también, para
siempre. Y desde éste día crucial para las vidas de Adán y
cada uno de sus descendientes, entonces no sólo el corazón de
Adán se perdido, en las palabras mentirosas de Lucifer y de
la serpiente antigua, sino también todo hombre, mujer, niño y
niña, de la humanidad entera.

Por lo tanto, cada uno de ellos posee en su pecho "un corazón
igual" al de Lucifer y más no al de Dios o de su Jesucristo,
por ejemplo. Porque cuando Dios crea al hombre, entonces lo
comenzó a formar en sus manos santas, para que llevase un
corazón santo y glorioso, como el de su mismo corazón, para
que le amase aun mucho más que los ángeles del cielo, como
jamás ha sido amado en todos los días de su existencia y
hasta nuestros tiempos, por ejemplo.

Por lo tanto, Dios tenía que hacer que Adán comiese del fruto
de vida eterna de su Árbol de vida, en el paraíso, para que
su corazón fuese un corazón perfecto, como el de Él mismo o
como el de su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Para que
entonces no sólo Adán, sino también cada uno de sus
descendientes "tenga derecho" a la vida eterna, en su nuevo
reino de los cielos, en el nuevo más allá de Dios y de su
Árbol de vida eterna.

Porque en estos tiempos, Dios deseaba crear un nuevo reino
celestial, porque el antiguo lo había corrompido Lucifer, con
su "ego enfermo", con su deseo diabólico de exaltar su nombre
inicuo más alto que el nombre de su Dios y salvador de su
vida, el Árbol de Dios, el Señor Jesucristo. Por lo tanto,
Dios tenía en su corazón, planeado, crear un reino lleno de
corazones que sólo le amasen a Él y a su Espíritu Santo junto
con su Árbol de vida eterna, rodeado por siempre por sus
huestes de ángeles fieles: a su nombre bendito y a su vida
infinita, en el reino de los cielos.

Es por eso, que Adán es creado para procrear naciones de
gente santa, llena de hombres, mujeres, niños y niñas, sólo
fieles a Él, con un corazón sumamente santo y eternamente
honrado por la presencia y por la sangre bendita, de la carne
sagrada, de su Árbol de vida, el Señor Jesucristo. En otras
palabras, Dios deseaba tener en su reino de millares de seres
tan santos y tan gloriosos, en sus espíritus y en sus carnes
(cuerpos) humanas, como su Árbol de vida, en todo el reino de
los cielos, para que le sirvan a Él, en espíritu y en verdad,
junto con sus huestes de ángeles celestiales, para siempre.

Pero Lucifer entra al paraíso para corromper el corazón de
Adán y destruir así entonces el gran plan de Dios y de su
Árbol de vida eterna, para crear un nuevo reino celestial,
sin Dios y sin ninguno de sus ángeles santísimos y
eternamente fieles a Él y a su vida sumamente honrada por los
siglos de los siglos. Y para llevar acabo ésta gran maldad en
Adán y en contra de Dios y de su Jesucristo, entonces tenía
que sembrar su palabra de mentira y de gran maldad, en el
corazón de Adán y de cada uno de sus descendientes, también,
para siempre.

Es por eso, que Adán tuvo que abandonar inmediatamente el
paraíso, no para que se pierda para siempre, sino para que
luego tenga la oportunidad de recibir en su vida, por medio
del espíritu de fe, de su corazón moribundo: al dador de la
vida eterna, el Señor Jesucristo. Y esto fue, precisamente lo
que Adán logra hacer junto con su esposa, Eva, para volver a
ser tenidos por Dios, como dignos de regresar desde la cima
de la roca eterna, crucificados con Cristo hacia la vida
eterna, en el más allá, al paraíso de siempre y de la
antigüedad.

Porque desde el día que Adán peca en contra de su Árbol de
vida, desde entonces todo deseo de su corazón y de su carne a
sido enemistad constante contra Dios y contra su Ley, porque
no se sujeta a la palabra de vida ni a su nombre, tampoco,
aun por más que lo desee hacer así en su vida. Pero el que ha
recibido en su corazón y confesado con sus labios el nombre
del Señor Jesucristo, entonces ya no es así su manera de
vivir.

Pues ahora sólo desea su corazón y su espíritu humano
complacer al espíritu de su Dios y de su Ley Eterna, en el
nombre y en la vida sagrada de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo. Es por eso, también, de que todo aquel que invoca
el nombre del Señor Jesucristo, entonces lo hace por el poder
sobrenatural, de la presencia gloriosa del Espíritu de Dios,
en su corazón y en toda su vida, también, en la tierra y en
el cielo, para siempre.

Y el hombre pecador, como la mujer pecadora, no han recibido
a Cristo en sus corazones, porque aun viven en su corazón
natural, del primer pecado de Adán, para perdición y para
maldición eterna de sus almas vivientes, en la tierra y en el
más allá, también, como en el infierno o en el lago de fuego,
por ejemplo. Y el pecador se ha de perder eternamente y para
siempre, en las profundas tinieblas de su maldad, porque no
puede entender las cosas de Dios, ni menos de su palabra viva
en su corazón, ni pueden jamás salir de sus labios; a no ser
que Dios le ayude, por medio del poder sobrenatural de su
Espíritu Santo.

Porque la verdad para Dios es que sólo su Espíritu Santo
puede hacer que el corazón del pecador y el corazón de la
pecadora vuelva a nacer, como el Señor Jesucristo tuvo que
nacer en Israel, por ejemplo, para el servicio santo de su
nombre y de su palabra, en la tierra y en el reino de los
cielos, para siempre. Porque para Dios lo que es nacido de la
carne de Adán, entonces carne en pecado es; y el que es
nacido de la carne gloriosa de su Hijo amado, el Árbol de
vida eterna, entonces espíritu de vida es para la eternidad
venidera, de su nuevo reino celestial, en el más allá.

Por lo tanto, todo aquel que ha creído en su corazón y a
invocado con sus labios: el nombre salvador del Señor
Jesucristo, entonces ha crucificado todos los deseos de su
carne pecaminosa para recibir la vida eterna, sólo en el
espíritu de vida, de la carne y de la sangre del corazón
santo, del Árbol de vida eterna, ¡Jesucristo! Y si lo hacemos
así, para agradar a nuestro Dios, entonces nuestros corazones
y nuestras carnes humanas, glorificadas en Cristo Jesús, han
de darle gloria y honra a nuestro Padre Eterno, en el
espíritu y en la verdad perfecta de la vida gloriosa, del
reino celestial, desde nuestros días en la tierra, hasta
entrar en el cielo, también, para siempre.

Y entonces cada uno de nosotros tendrá en su pecho un corazón
santo y perfecto, sólo lleno del amor a la verdad y a la
justicia infinita de nuestro salvador celestial, ¡el Señor
Jesucristo! Porque de otra manera y con un corazón totalmente
contrario y en enemistad eterna de Dios y de su Ley Viviente,
entonces no podremos entrar jamás a la nueva tierra santa de
la gran ciudad celestial del más allá, La Nueva Jerusalén
Infinita del gran rey Mesías, el Hijo de David, el Cristo de
Israel y de la humanidad entera.

El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su
Jesucristo es contigo.


¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en
el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman,
Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras
almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y
sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para
siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el
Señor Jesucristo.

LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo
a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un
tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en
tu vida de acuerdo, a la voluntad perfecta del Padre
Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un
fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos
termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es
verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán
atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego
del infierno, por haber desobedecido a la ley viviente de
Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí
contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo.
Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en
Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos
de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de
espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de
los tuyos también, en la eternidad del reino de Dios. Porque
en el reino de Dios su ley santa es de día en día honrada y
exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos
ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra,
cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de
bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad,
cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada
vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas
bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa
del más allá, también, en el reino santo de Dios y de su Hijo
amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de
las naciones!

SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en
tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en
abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha
venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde
los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí".

SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza
de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni
en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas
ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios
celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos,
sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me
aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a
los que me aman y guardan mis mandamientos".

TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová
tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre
en vano".

CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para
santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero
el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en
ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu
siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está
dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los
cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del
sábado y lo santificó".

QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que
tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te
da".

SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio".

SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio".

OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás".

NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de
tu prójimo".

DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su
sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu
prójimo".


Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos
estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno
de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por
amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los
tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus
ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así,
en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos,
también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde
los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas,
en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos
males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en
abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas
familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y
digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de
la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y
salvador de todas nuestras almas:

ORACIÓN DEL PERDÓN

Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la
memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo
amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el
cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día,
dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también
nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en
tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre
Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no
perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará
vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la
VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO,
sino es POR MÍ". Juan 14:

NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.

¡CONFÍA EN JESÚS HOY!

MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.

YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA
TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de
éste MUNDO y su MUERTE.

Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):

Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al
tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que
entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.

QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ
DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di:
Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que
Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi
pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a
venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR.

¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No
_____?

¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?

Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de
una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con
Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate
en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y
sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es
predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de
Cristo a los demás.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del
evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender
mas de Jesús y su palabra sagrada, la Biblia. Libros
cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes
temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio,
entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia,
para ver que clase de libros está a tu disposición, para que
te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti,
para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su
Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de
hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la
paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras
oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo
hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras
bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y
nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos
los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis
hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre
Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en
el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre.

El libro de salmos 150, en la Santa Biblia, declara el
Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y
asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de
Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda
letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo
corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y
loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas,
como antes y como siempre, por la eternidad.

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