SYLVIA BERMANN. Salud Mental: amor sin barreras

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Raúl Eduardo Toer

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Mar 24, 2015, 7:47:23 AM3/24/15
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24 de marzo: mi humilde homenaje a l@s entrañables compañer@s que día a día siguen compartiendo en esta tierra los abrazos y las batallas

(y para quienes un día levantaron su vuelo hacia adentro nuestro).

 

SYLVIA BERMANN. Salud Mental: amor sin barreras

 

Mi relación personal

Podría decir formalmente que Sylvia fue cordobesa, médica sanitarista, psiquiatra, ensayista y militante política. Y agregar que en septiembre último se cumplió el 2º aniversario de su muerte física. ¡Pero no alcanza!

 Por algún motivo que desconozco, en este tiempo ella visita mi memoria una y otra vez. Personalmente comencé a tratarla cuando apenas aterrizaba en mi juventud, en pleno “setentismo”, y con la alegre certeza de que muy, pero muy pronto podríamos “tomar el cielo por asalto”. Faltaba un largo año para el sangriento golpe cívico militar, pero el ensayo genocida ya había comenzado con las ejecuciones “ejemplificadoras” de la Triple A (fuerza paraestatal: Alianza Anticomunista Argentina fundada por el general Perón). Mi propio posicionamiento en la entonces genéricamente denominada como “izquierda revolucionaria” (y una relación sentimental propiciatoria, ‘a’ “Erika”) había facilitado que, por esa época, hubiera tenido el privilegio de frecuentar también a dos figuras de su misma estirpe: “Mimí” Langer y Fernando Ulloa.

Desde 1974, el gobierno peronista incrementaba los “confusos episodios” (eufemismo que daba cuenta de los fusilamientos callejeros y el secuestro de personas), y mediante la imposición por decreto presidencial del Estado de Sitio llenaba las cárceles de presos políticos “a disposición del Poder Ejecutivo Nacional”... ¡violando el derecho constitucional de “opción” al exilio!, explicitado en la declaración de derechos y garantías. Rotundamente comprendí entonces la inmediata y perentoria necesidad de cambiar el énfasis de las acciones políticas, con la convergencia de diversas líneas sobre el punto de urgencia definido por el derecho a la vida. El centro de nuestra tarea común se imponía, en esa etapa, desde la lucha conjunta por la integridad y para la liberación de todos los prisioneros. Luego esto se generalizó como “movimiento para la defensa de los derechos humanos”.

En ese contexto, Sylvia mantenía activo y a tiempo completo su consultorio, multiplicando también la participación en instancias organizativas emblemáticas. Tal el caso de la resistencia cultural y el florecimiento ideológico en la refundada Federación Argentina de Psiquiatras (FAP), al frente de un conflictivo proceso de ruptura con la psiquiatría del Sistema y el psicoanálisis instituido, asumiéndose a la par como trabajadores de la salud mental en pie de igualdad con los psicólogos, asistentes sociales, terapistas ocupacionales, psicopedagogos, etc. comprometidos con las necesidades del campo popular, desarrollando la inédita experiencia de la Coordinadora de Trabajadores de la Salud Mental y la convergencia interdisciplinaria que allí se plasmaba en el Centro de Docencia e Investigación, procurando definir una práctica psicoterapéutica en línea con la emergente visión de una psicología necesariamente social, histórica y transformadora. Es decir: praxis política.

No obstante este gigantesco esfuerzo, Sylvia siempre estaba dispuesta para recibir, cuidar y contener a los perseguidos por el aparato represivo oficial y paraoficial, así como a las potenciales víctimas y a los familiares de quienes ya habían caído, sin preguntar jamás por sus pertenencias ideológicas ni partidarias. De porte físico impactante, nunca dejó trascender el temor ni la angustia de las que era consciente. Luchadora inclaudicable, aun sabiendo que sus movimientos eran seguidos de cerca, se brindaba sin medida. En las oportunidades en que la visité, antes de entrar en el inmediato terreno de la riesgosa tarea común, ella primero me preguntaba:  “¿cómo estás?, ¿necesitás algo?, te escucho…”  y el tiempo quedaba suspendido en ese acto de ofrecer el universo en un instante, el abrazo estrecho que era ridículo suponer que fuera un día a faltar, aunque uno se lo llevaba puesto, después, cuando la calle era toda amenaza. Recuerdo que, en alguna oportunidad, comenté a un compañero que yo venía de la casa de Sylvia… éste, con humor tierno y lúcido, me respondió: “¿recibiste tu cuota de maternaje?”

Con su aporte profesional, ella elaboró ‒a modo de denuncia pública‒ un informe sobre el “síndrome de privación sensorial”, aplicable a los efectos psicológicos producidos por las condiciones de detención de que eran víctimas miles de presos, inconstitucionalmente sometidos por tiempo indeterminado. Para entonces me entregó copia, tipiada por ella, para intentar su publicación en el diario La Opinión, cosa que se hizo (extremadamente resumida) a través de mi contacto con el periodista Fanor Díaz.

Los hechos aberrantes se precipitaron. Bastante antes del golpe comienzan a asomar los entonces audaces y rudimentarios organismos de derechos humanos. Por mi parte tomé contacto en ese tiempo con Graciela Fernández Meijide, mentora de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH). Y luego con la Asociación de Familiares de Detenidos y Desaparecidos por Causas Políticas, motorizada por “Cata” Guagnini, siempre decidida a embestir contra el poder. Posteriormente con el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) presidido por Luis Zamora, un desconocido abogado atrincherado en su pujante buen humor, pese a la oscura oficina de un tétrico edifico de la calle Rodriguez Peña y las reiteradas amenazas de muerte (acompañaban a Luis, presentando los Habeas-Corpus, Marcelo Parrili y Alicia Oliveira).

En simultáneo, grupos crecientes de “activistas” o “subversivos” nos reuníamos informalmente, primero en la Sociedad Central de Arquitectos y luego en algunas iglesias parroquiales, las que íbamos rotando con no poca ingenuidad clandestina. Hasta que, producida ya la toma militar del gobierno, se establece una sede relativamente regular en la Iglesia de la Santa Cruz, barrio de San Cristobal, allí el grupo había logrado cierto crecimiento sumado a las Madres. Así tomábamos distintas actividades organizativas coordinados por una monja francesa a la que llamábamos “Hermana Alicia”, quien solía vestir de bluejean y remera oscura apenas destacada por un crucifijo pendiente sobre su pecho (en diciembre de 1977 ‒previa infiltración del Capitán Astíz ‘alias ah-hoc’ “Gustavo Niño”‒ en la esquina de las calles Estados Unidos y Urquiza, un grupo de tareas de la ESMA realiza el secuestro masivo con las consecuentes “desapariciones” de buena parte de nuestro grupo).

Mencioné estos últimos acontecimientos, incompletos, no sólo por reconocimiento a la inmensa calidad personal de los nombrados en primer término ‒tanto como a los numerosos anónimos de entonces‒ (mientras la llamada clase política y dirigencial “se borra”, con la única excepción de mi conocimiento, porque participé en ello de Enrique De Vedia, titular del Partido Popular Cristiano, quien rompe la clausura del local central para recibirnos en el salón principal), sino también porque en aquel tiempo, ante la magnitud desbocada del horror y el amplio abanico de actividades que se abría, ya producido el golpe genocida del 24 de marzo de 1976, en durísima resistencia por la vida, le perdí el rastro a la querida y generosa Sylvia Bermann.

Pero entonces no era posible detenerse y menos preguntar, era esperable levantar la vista y sentirse más solo. Y hacer como que no lo entendíamos y sin embargo... La muerte era una sustancia pegajosa, impregnaba el aire. El «tiempo del desprecio», diría Sábato. Dado ese ya no corregible agujero, de mi parte, reconstruyo a continuación un bosquejo personal de su estatura humana, mediante nuevos oleajes de mi memoria y algunas precisiones de la web. Por cierto que habrá errores y omisiones. También sé que no será suficiente, claro, pero es lo que puedo hacer ahora desde mi sentimiento de infinita gratitud hacia ella. Y en ella a quienes aún por distintos caminos creyeron (y a quienes creemos hoy) que otro mundo, otra vida es posible. Un SENTIDO DE LA EXISTENCIA en el cual ‒más allá de las “palabras bonitas” del formateo ideológico hegemónico, conducente a las amnesias selectivas, la “cultura de la huida” y el vacío individual‒ nada vale sin la concepción de la lealtad, la dignidad, la ética y la solidaridad... ¡¡no proclamadas: activas y reales en cuerpo presente!! Y ‒tal como pedía el Che al hombre del siglo XXI, «déjeme decirle, a riesgo de parecer ridículo» (sic)‒ donde el amor se brinde en acciones concretas y cotidianas.

  

Algunos datos de familia y formación de Sylvia

Su padre, Gregorio Bermann, provenía de una familia que llegó a Buenos Aires a fines del siglo XIX. Fue dirigente de la primera etapa de la Reforma Universitaria de 1918 y presidente de la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA), aun antes de que existiera la Federación Universitaria Argentina (FUA). Se casó con la profesora socialista bonaerense Leonilda Barrancos, de Chivilcoy. En 1921 se mudaron a Córdoba porque Gregorio, que era psiquiatra, con varios libros, publicaciones y trabajos editados, daría clases en la Universidad Nacional de Córdoba. Tiempo después, él creó, organizó y condujo una brigada médica argentina que fue a colaborar con los Republicanos en las Brigadas Internacionales de la Guerra Civil Española, en el frente de Madrid, hasta fines de 1938.

Sylvia se formó en una familia donde el compromiso político y social era cotidiano y se promovían valores socialistas. Cuando en 1936, la alianza de izquierda Frente Popular ganó las elecciones en Chile, su madre decidió irse a trabajar a ese país. En Santiago de Chile, conviviendo con su madre, Sylvia inició la carrera de Medicina en la Universidad de Chile. Allí se incorporó a la militancia política directa en la FJS (Federación Juvenil Socialista) de Santiago. En esa época (1939) fue nombrado Ministro de Salubridad el médico cirujano y futuro presidente Salvador Allende, cuya tesis de graduación fue: “Higiene mental y delincuencia”, en 1933, año en que también funda el Partido Socialista de Chile. Salvador o “Chicho”, como lo llamaban cariñosamente, fue muy amigo de Leonilda y de su hija.

Ella completó más tarde la carrera de medicina en la Universidad de Córdoba, luego de pasar por la Universidad de La Plata. Ya en esos años había sido secretaria general de la FUC (Federación Universitaria de Córdoba) y directora del periódico de esa organización. Se recibió de médica y psiquiatra. Fue profesora universitaria de Psiquiatría en la Universidad de La Plata y en la de Buenos Aires. Obtuvo un posgrado en Salud Pública y Salud Mental en la Universidad de Harvard, Durante veinte años fue la directora del Servicio de Psicopatología del Policlínico Finochietto (en Avellaneda, al sur del Gran Buenos Aires). También dictó clases de Psiquiatría en la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco (México).

  

El contexto, 1972

En junio de 1966 un golpe de estado había derribado al presidente electo Arturo Illia, quien, si bien debió asumir condicionado por los militares (proscripción del Partido Justicialista), había impulsado medidas radicales como la anulación de los contratos petroleros con las empresas extranjeras, el recorte del poder de los laboratorios fijando precio fijo y uniforme a sus productos medicinales, ejerció el control nacional sobre el mercado de capitales, se opuso a la sangrienta invasión militar de EE.UU. sobre la República Dominicana en 1965 (lo que sacudió al Continente), por única vez en la historia llevó el presupuesto en educación hasta el 24% del PBI, etc. La nueva dictadura, con la complacencia expresa, en primer lugar de Juan Perón: “...si ellos cumplen, los peronistas estamos obligados a apoyarlo”, de la burocracia sindical de la CGT y de los principales medios de prensa, generó un estrecho acuerdo con los poderes económicos, principalmente la oligarquía de la Sociedad Rural y la Unión Industrial Argentina. Congeló los salarios y devaluó el peso en un 40%, destruyendo las bases tradicionales de las economías provinciales disparó altos índices de desocupación. Simultáneamente intervino las universidades nacionales (“la noche de los bastones largos”) y prohibió la actividad de los partidos políticos.

Se consideró que toda forma de reclamo popular seguía las instrucciones del “comunismo internacional”. Ya el presidente de facto, general Onganía, había adelantado en 1964, en la Academia Militar de West Point, EE.UU., que las instituciones armadas no debían tolerar gobiernos con “ideologías exóticas”. Consecuente con esos argumentos, el gobierno militar alegó razones patrióticas contra “el peligro del trapo rojo”, a poco de hacerse con el poder y ante una protesta universitaria en Córdoba, el primer fusilado fue el estudiante Santiago Pampillón (quien todavía es tomado como símbolo de lucha). La represión a la agitación callejera jalonó aquellos años con la muerte indiscriminada de manifestantes. La escalada brutal, tras una serie de fusilamientos de estudiantes, lleva a la huelga general en Córdoba liderada por Agustín Tosco de Luz y Fuerza y los obreros mecánicos del SMATA, lo que desencadena el estallido insurreccional del Cordobazo en mayo de 1969. Mientras el gobierno argumentaba la participación de “agentes rusos”, aquellas jornadas marcaron una bisagra en la historia argentina. La llama del Cordobazo no sólo dio lugar a la emergencia de formas organizativas con las figuras señeras de dirigentes obreros como Agustín Tosco y Reneé Salamanca, sino también a otra concepción de acción gremial de base con autonomía del aparato sindical. Esta ruptura da lugar a la formación paralela de la “CGT de los Argentinos”, conducida por el gráfico Raimundo Ongaro y su periódico dirigido por Rodolfo Walsh. Simultáneamente se produce una reacción en cadena con sucesivas pobladas en distintas ciudades del país. Al calor de estos alzamientos espontáneos pero limitados, mayoritariamente entre la juventud se va expandiendo la idea de organizar la resistencia y pasar a la acción bélica directa, es decir la lucha armada: “¡Hasta la victoria final!”

La caída del Che en combate, en 1967, paradójicamente agigantaba la épica del “guerrillero heroico”, mientras una sumatoria de hechos estratégicos parecía estar transformando el planeta. La lucha independentista de las colonias de África cuyo líder emblemático, traicionado y asesinado Patricio Lumumba, deja como involuntario legado la intransigencia armada, con el símbolo y espejo paradigmático de la guerra de Argelia; los hechos multiplicadores del Mayo Francés quebrando el siglo XX con su profunda revolución cultural, la propuesta principal de “la imaginación al poder” y la denuncia de la doble moral de la sociedad, con los “dispositivos sexuales” como mecanismos de sujeción ideológica redescubriendo a Wilhelm Reich, los filósofos de la Escuela de Frankfurt y la irrupción del marxismo antiestalinista de Sartre; la maquinaria bélica de EE.UU. hundiéndose en su primer derrota histórica frente a la “guerra popular prolongada”, de la guerrilla que antes ya había expulsado a los japoneses y a los franceses de Vietnam; las revueltas pacifistas en el corazón del imperio, cuyos jóvenes se negaban a ir a una guerra que no era suya, en simultáneo con las movilizaciones generalizadas de los negros que incluían acciones armadas (Malcolm X) y multitudes lideradas por Luther King; el potente surgimiento de China con su Revolución Cultural liderada por Mao Tse-tung; la consolidación ejemplificadora de la Revolución Cubana y la Conferencia Tricontinental de los Pueblos proponiéndose como única alternativa latinoamericana; ciertos lineamientos del Concilio Vaticano II que abren nuevos espacios como la Teología de la Liberación, dando lugar a la figura del “cura guerrillero” con Camilo Torres, el “obispo rojo” Helder Camara y las Comunidades Eclesiales de Base en Brasil, el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo cuyo principal referente era entre nosotros Carlos Mugica; “la vía chilena al socialismo” del otro lado de la cordillera, donde “el compañero Chicho” era desde 1970 el primer presidente marxista del mundo que mediante el voto popular ‒y las instituciones del estado de la burguesía‒ lograba acceder al gobierno…

Esta marea incrementaba la sensación de inminencia general de que “Todo” era posible y lo era “Ahora”. Entre nosotros es un periodo marcado por la debacle ideológica del Partido Comunista y la aparición de organizaciones que apuestan a la lucha armada para la toma del poder. En América Latina surgen movimientos análogos (desde Tupamaros al Sandinismo). El régimen militar intenta escarmentar con los fusilamientos indiscriminados del 22 de agosto en Trelew, pero le responde una ola imparable de indignación popular con el auge de las movilizaciones obreras y juveniles recorriendo el país (“con los puños en alto y con los dedos en V, codo a codo, paso a paso hasta la toma del poder”, era una de las consignas). El gobierno pierde el rumbo y, acorralado, el general Lanusse ordena el repliegue estratégico de las Fuerzas Armadas y convoca a elecciones generales.

En el espontáneo resurgir cultural, escritores, filósofos y poetas del mundo veían a Latinoamérica como el paraíso próximo. En Buenos Aires la visita de Cortázar es apoteótica. Asimismo se multiplicaban (entre otras, pero emblemáticas) las actuaciones de Joan Baez, Mikis Theodorakis y Serrat; los recitales de Mercedes Sosa ‒máximo exponente de nuestro Movimiento del Nuevo Cancionero‒, Horacio Guarany y el uruguayo Daniel Viglietti, solían culminar en arengas insurreccionales. También las visitas de Los Olimareños y Zitarrosa, del mismo origen, en tanto el grupo Quilapayún, como portavoces de la “Revolución Chilena” en marcha, trayendo la “Cantata de Santa María de Iquique” y desde su asilo celeste la voz de Violeta Parra. Lo mismo sucede con la fraternal puesta en vigencia de numerosos músicos y poetas argentinos como César Isella, Tejada Gómez y Hamlet Lima Quintana. Surge el singular grupo Huerque Mapu con su estremecedor instrumental “Trelew” y la “Cantata Montonera” estallando en el estadio del Luna Park.

Aunque con menor difusión aun, hacía su aparición el rock nacional con “canciones de protesta”. Luego de la vanguardia elitista del Instituto Di Tella donde alcanzan a tocar Almendra y Manal surgen otras formaciones de Spinetta, Porchetto, Pappo´s Blues, Arco Iris, el efímero Tanguito, Lito Nebbia, Moris, León Gieco, Pedro y Pablo… En el ’72 se da la experiencia de “El Acusticazo” con las mayores revelaciones. Y, en el Luna, aquel memorable cierre de Billy Bond: “¡rompan todo!”

En simultáneo, el movimiento estudiantil ganaba las calles. Con ávidos deseos por el conocimiento prohibido confluye la lectura de los clásicos marxistas-leninistas con el denominado “pensamiento nacional”. En la UBA se promueven juicios estudiantiles y se echan docentes y decanos “colaboracionistas” (alusión a quienes en Francia se aliaban a la ocupación nazi). Filosofía y Letras, en Independencia 3050, es un “territorio liberado” con cátedras paralelas, Portantiero, Landi, Terán, Puiggrós... Surge la figura del intelectual insurgente. Gramsci y Fanon con Jauretche y Cook, Mariátegui y Paulo Freyre, mientras la SEXPOL reichiana abre la puerta de la “revolución sexual”, Ronald Laing y David Cooper son bestsellers de la “antipsiquiatría” y el cuestionamiento al modelo familiar. Más el inusitado fenómeno de las revulsivas e indispensables publicaciones del Centro Editor de América Latina y el legendario Boris Spivacov. Se suman revistas como la ya clásica Pasado y Presente de José Aricó, Crisis y su equipo insuperable de creadores, El Descamisado de Dardo Cabo, Militancia de Ortega Peña, Hombre Nuevo de Silvio Frondizi y hasta Satiricón de Cascioli, entre otras, constituyendo una múltiple fuente nutricia. En tanto los cines comenzaban a proyectar las películas largamente censuradas, empezando con el reestreno de la mítica La Hora de los Hornos de Pino Solanas que sale de las catacumbas, Último Tango en París de Bertolucci, La Naranja Mecánica de Kubrick, las obras de directores como Costa-Gavras, Gillo Pontecorvo, etc. Y, naturalmente, el redescubrimiento entre otros de los emblemáticos Artaud y Girondo, con el flamante Premio Nobel de Neruda cediendo paso ya al entrañable Mario Benedetti, un Tupamaro que fogoneaba el tórrido despliegue de las pasiones amorosas (la militancia, el enamoramiento y la liberación sexual se necesitaban mutuamente).

Este enorme huracán de humanidad asombrada conduciría al turbulento 11 de marzo de 1973, con la aplastante victoria electoral en primera vuelta de Héctor Cámpora (el “tío camporita” para la Juventud Peronista bajo el liderazgo de Montoneros), con la ilusión ‒sí, confirmo: ilusión‒ de una primavera inaugural y excitante en la que florecerían mil flores... y lo harían para siempre.

  

Su elección personal, el proyecto colectivo

No es extraño que, como otros intelectuales de su tiempo, en ese ‘72 de todas las vísperas, Sylvia ―entonces con 50 años de edad― se incorporara a la Organización Montoneros, aunque como un “cuadro de superficie”. Trabajaba, en ese tiempo, en Centros de Salud Mental comunitarios en el conurbano bonaerense, bajo la premisa de que los sectores sociales económica y afectivamente más expuestos lo estaban también a la violencia y el infinito dolor de las patologías psíquicas (de hecho, son quienes pueblan los neuropsiquiátricos). Era esa realidad, la de «los humillados y ofendidos» que refería Gramsci. Más allá de los enunciados filosóficos y psicológicos, ésta era la enfática puesta en práctica donde “lo personal es político”. Tras el fenómeno de los grupos Plataforma, Documento y Cuestionamos rompiendo con la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) a partir de 1971, se desarrolla un proceso polémico y plural en la ya mencionada Federación Argentina de Psiquiatras (FAP), un campo de experimentación con pares como sus entrañables amigos Fernando Ulloa y la inmensa Marie Langer, construyendo una valiosa historia de producción teórica y convergencia interdisciplinaria, hasta que en 1976 Sylvia ―junto con Gervasio Paz, Valentín Barenblit, Vicente Galli y Dicky Grimson, entre otros― forma parte de la comisión directiva de la FAP, de la cual es elegida presidenta poco antes del golpe cívico-militar genocida.

No obstante la fuerte apuesta a la radicalización y unificación de la resistencia, tanto como a la perseverancia para construir nuevos espacios de sustento teórico y práctico que ineludiblemente deberían confluir en el movimiento revolucionario, ya el 1º de mayo de 1974 el propio presidente Perón había expulsado de la Plaza de Mayo a «esos estúpidos que gritan» (sic), aludiendo a la Juventud Peronista liderada por Montoneros. La hasta entonces “juventud maravillosa”, pletórica de ideales libertarios, pasó a ser carne de cañón. La “firma” simbólica de la cacería ‒entre otros hechos incontrastables como los golpes de estado policiales en las “provincias montoneras” fue la orden de dinamitar el edificio del Noticias, diario montonero dirigido por Rodolfo Walsh. Se profundizaron las contradicciones y la desorientación del sector que había apostado al “entrismo” para radicalizar al peronismo. “¡Perón, Evita, la patria socialista!”, fue un sueño largamente acariciado que, mucho antes del 24 de marzo de 1976, se transformó en pesadilla, no sin antes devorar tal vez a lo mejor de quienes creyeron que TODO era posible AHORA.

La “suerte” estaba echada. Y para más de una generación. Una hija de Sylvia, Irene Laura Torrents, estudiante de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires, también era militante montonera. El 13 de noviembre de 1976 ―teniendo 22 años de edad― Irene fue secuestrada por sicarios de la dictadura, junto a su hijo Martín de 8 meses. Se sabe que fue llevada prisionera al campo de concentración de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), donde le arrebatan el hijo en cautiverio (aunque Sylvia logra luego recuperarlo). Irene fue arrojada viva al Río de la Plata en los “traslados” de los Vuelos de la Muerte. Su cuerpo nunca fue encontrado.

En la misma noche del 12 de noviembre de 1976, la vivienda de Sylvia había sido desvalijada y destrozada por un grupo de tareas. Ella no pudo volver a su casa debiendo abandonar todo lo que tenía, tras un aventurado periplo que incluye la recuperación de Martín, tiempo más tarde logra escaparse por tierra con su nieto bajo nombre falso, como su propio hijo, a través de Puerto Iguazú (provincia de Misiones) por Foz de Iguazú (Brasil). A pedido de sus compañeros exiliados en México viajó hacia ese país junto a su nieto y su otra hija, Norah.

Durante su exilio en México D. F., fue secretaria de organización de la Rama de Profesionales, Intelectuales y Artistas del MPM (Movimiento Peronista Montonero). Integró el Consejo Superior de Montoneros en el exilio. Trabajaba y militaba ahí, junto a Miguel Bonasso, Juan Gelman, Jaime Dri y otros compañeros. Con el grupo de Trabajadores Argentinos de la Salud Mental denunció los crímenes de lesa humanidad por parte de la dictadura argentina y la aplicación de torturas y «de los más variados métodos de destrucción, a nivel psicológico, de presos legales e ilegales».

Pronto comenzó a discutir las políticas y a manifestar serias discrepancias con la cúpula montonera. En 1978 Sylvia se planta en frontal oposición a la aventura de la «contraofensiva» planeada para 1979, con críticas al militarismo de Firmenich y a la corrupción de Galimberti. Ello condujo finalmente a su ruptura con el Movimiento, del cual se separa junto a otros compañeros disidentes.

  

La lucha continúa

En 1979 se dirigió a Nicaragua para sumarse a la lucha del Movimiento Revolucionario Sandinista de Liberación Nacional. En ese país gobernaba la dinastía de los Somoza, una cruel dictadura-títere impuesta militarmente por los EE.UU., contra la cual se había alzado en armas gran parte del pueblo bajo el liderazgo del Sandinismo. Allí, la infatigable cordobesa, conformó una brigada sanitaria asistencial que tuvo especial éxito para la población infantil. Posteriormente dirigió el Equipo de Salud Mental México-Nicaragua junto a “Mimí”-Marie Langer, quien tempranamente perseguida por la Triple A debió asilarse en México (1974).

Cabe hacer un breve aparte respecto a Marie Langer. Nacida en Austria, plena Viena Imperial de 1910, como joven estudiante participó en los movimientos que entonces agitaban a Europa. No obstante alcanzó a recibirse de médica en 1935 y continuó sus estudios de psiquiatría, en simultáneo comienza su formación en el Instituto de Psicoanálisis de Viena entrevistada por Anna Freud, luego realizó su análisis didáctico con el entorno de freudiano. Inevitablemente perseguida por los nazis, decide seguir combatiendo contra el fascismo, integrando como médica las Brigadas Internacionales durante la Guerra Civil de España. Es allí donde recibe su nombre de guerra: “Mimí”. Con las llagas de la derrota republicana decide viajar a México, pero por problemas de visa y previa estadía en Uruguay se radica en Buenos Aires, estableciendo relaciones con el grupo de psicoanalistas entre los que se destaca Enrique Pichon-Rivière por afinidad de ideas. Junto con éste, Garma, Cárcamo y Raskovsky participa de la fundación de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) en 1942, desde allí impulsa con tenacidad un psicoanálisis comprometido con las causas populares, a las cuales identifica ineludiblemente con las luchas internacionales de la izquierda. Posteriormente, esta coherencia ideológica la llevará a integrar la FAP, de la cual sería también presidenta, batallando por lo que denominaba como un “Psicoanálisis Latinoamericano” (ya en los ‘80 sería convocada por Fidel Castro como mentora de este movimiento, sumándose al pequeño grupo de psicoanalistas argentinos exiliados en La Habana, entre quienes se destacó Juan Carlos Volnovich).

El 19 de julio de 1979 Sylvia y “Mimí”, sumadas a las columnas sandinistas que coronaban largos años de lucha popular, participaron de la marcha sobre Managua, capital de Nicaragua, junto a figuras como el poeta Ernesto Cardenal y la escritora Gioconda Belli, protagonizando la entrada triunfal a la ciudad y la toma del poder.

 

Regreso y por-venir

En diciembre de 1983, cuando tras el desastre de la guerra de Malvinas los militares hacen abandono del gobierno en Argentina, Sylvia Bermann volvió como una más a la ciudad de Córdoba para ejercer su profesión y retornar a la gestión del Instituto Gregorio Bermann (clínica creada por su padre). Había sabido aceptar la derrota política, pero no resignaba sus sueños. Como es obvio, el poder judicial (que se encuentra en las antípodas del valor Justicia), siempre actúa como baluarte de reaseguro del Poder Real y, en 1987, el Juez Federal Miguel Pons la procesó por “asociación ilícita” con prisión preventiva, pero dado lo endeble de las acusaciones fue más tarde sobreseída. Durante los ’90 sufrió el hostigamiento asfixiante del menemato, con estafas económicas al Instituto Bermann. Todo ello no la amilanó, y en esa época también coordinó un taller multidisciplinario de apoyo a los hijos de desaparecidos. Asimismo, fue integrante del Centro de Estudios Psicosociales (en Córdoba) y participó del Foro de Buenos Aires por los Derechos Humanos.

De ella afirmó su compañero de militancia, Ernesto Jauretche: «...se entregó a la política con cuerpo y alma, con todo para perder y nada para ganar. Aportó su ingenio y su persona más allá de todos los riesgos que sumaban los trabajos de pertenecer a aquella generación de locos por la vida y la justicia, al servicio militante. Maestra del espíritu, su ecuanimidad política y profunda comprensión del ser humano le permitió entender y proyectar a la práctica el ideal del Hombre Nuevo (...) Y se retiró silenciosamente a su clínica de la ciudad de Córdoba, como si fuera uno cualquiera más, cuando, en verdad, más allá de la ingratitud, era mucho más. Y allí envejeció, se enfermó y murió en la incuria y la sencillez en que terminan los grandes. Inscribirá su nombre en la gloriosa lista de los “malditos”. Al borde de su sepulcro fresco, hoy estamos recuperando su ética y sus ideales». Sylvia falleció el 16 de septiembre del 2012, en la ciudad de Córdoba, a los 90 años de edad.

 

Militancia del abrazo

 «Los viejos amores que no están,

la ilusión de los que perdieron,

todas las promesas que se van

y los que en cualquier guerra se cayeron.

Todo está guardado en la memoria,

sueño de la vida y de la historia»

 

(León Gieco).

 

Si bien es cierto que ella me acompañó durante un brevísimo y crucial tramo de la vida, no fue un lapso sin desgarro en el cuerpo, el espíritu y la memoria. Quizás por esto su talla no dejó de crecer en mi interior. Humildemente yo, Raúl, hoy debo decir que sí, que por alguna razón, por algún sentimiento inescrutable y resonante todavía extraño aquella presencia tranquila y potente, tal vez y sobre todo, con el corazón invicto y los sueños intactos, aun deseo que en el vórtice del cataclismo hubiera tenido lugar una reserva o el desprendimiento de un reparo, como un tiempo demorado donde recibir sin apuros sus palabras necesarias (“¿cómo estás?, ¿necesitás algo?, te escucho...”). Estoy seguro de que aun será posible recrear aquella confianza humana y terrenal, esa ética en acción compartida, como la región esperanzada que contenía su abrazo-refugio.

 

 

Raúl Eduardo Toer (24/03/2015)

 

 

 

Algunas  publicaciones de Sylvia Bermann son: Patología femenina y condiciones de vida; Soberanía y salud mental; Psicoanálisis sin diván y, junto a Lucila Edelman, Diana Kordon, J. Müller Hohagen, Eduardo Pavlovsky, Hans Stoffels y Marcelo N. Viñar: Efectos psicosociales de la represión política: sus secuelas en Alemania, Argentina y Uruguay.

 

Gloria Esther Feierabend

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Mar 24, 2015, 10:10:53 AM3/24/15
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Un recuerdo vivo, bello y amoroso....gracias por compartirlo y traernos su presencia.
Gloria

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De:"Raúl Eduardo Toer" <raul...@gmail.com>
Fecha:Mar 24 24e Mar 24e 2015 a las 8:47
Asunto:[forotopia] SYLVIA BERMANN. Salud Mental: amor sin barreras

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Irene Moszkowski

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Mar 29, 2015, 2:50:20 PM3/29/15
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Hermoso texto. Gracias

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