Para sumar al debate sobre prostitución

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Carlos Alberto Barzani

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Sep 29, 2010, 5:25:11 PM9/29/10
to Foro Topia
 

El siguiente texto es el Capítulo 1 de Ir de putas, ya mencionado. Reflexiones acerca de los clientes de la prostitución de Juan Carlos Volnovich. Su primera edición está agotada y Ed. Topía publicará una nueva edición aumentada y corregida a fines de octubre.

 

Capítulo I

Los clientes

 

Los clientes: esos seres anónimos, comunes, invisibles. Si algo tienen en común los varones homo o heterosexuales que “consumen prostitución” es justamente eso: son invisibles. Casi todos los trabajos de divulgación o académicos que se encargan del tema coinciden en ocultar y silenciar el lugar de los clientes. Casi todas las investigaciones acerca de la prostitución eluden detenerse en aquéllos que la consumen. Son escritos que, al tiempo que vehiculizan la digna intención de estudiar el fenómeno y denunciarlo, protegen con un manto de inocencia a los usuarios. Así, casi siempre referirse a la prostitución supone hablar de las prostitutas (putas, gays, taxi boys, travestís), de los rufianes y de los burdeles, de las mafias y de los proxenetas, pero no de los clientes. La prostitución ocupa mucho lugar en los medios de comunicación de masas, en trabajos sociológicos y es un dolor de cabeza para los organismos internacionales que tienen que elegir entre aceptarla como un trabajo legal o condenarla, pero de los clientes, nada se dice. Nada se sabe. Silvia Chejter  en el “Informe Nacional de UNICEF sobre la explotación sexual de niñas, niños y adolescentes en la República Argentina” (Septiembre 1999)[i] refiere que de un total de trescientas noticias periodísticas sobre este tema sólo dos aludían a los clientes y en esas dos, aparecían apenas tangencialmente.

El cliente, el más guardado y protegido, el más invisibilizado de esta historia, es el protagonista principal y el mayor prostituyente. La explotación de mujeres, de niños y niñas se hace sólo posible gracias al cliente aunque su participación en este asunto aparezca como secundaria, como secuela de un flagelo, como subproducto de una oferta.    

Los trabajos que se dedican al tema los ignoran y a los clientes mismos les cuesta aceptar su condición. Se resisten a representarse como tales. No se reconocen así[ii].

Los clientes son tipos como cualquier otro: abogados, policías, arquitectos, psicoanalistas, gente de trabajo, políticos y desocupados. Señores de cuatro por cuatro y muchachos de bicicleta. Son púberes de más de trece años, adolescentes, jóvenes, viejos y ancianos. Casados y solteros. Son diputados y electricistas; rabinos, curas y sindicalistas. Son capacitados y discapacitados[iii]. Son tipos sanos y enfermos. En definitiva, todo varón homo o heterosexual es un potencial cliente una vez que ha dejado de ser niño. Así, no sería demasiado exagerado afirmar que la sola condición de varón ya nos instala dentro de una población con grandes posibilidades de convertirnos en consumidores. Y el consumo viene aumentando. Desde mediados de los años 90, la prostitución viene acusando un significativo crecimiento a escala internacional. Desde la caída del muro de Berlín y la apertura de las fronteras que promovió el “capitalismo mundial integrado”; junto al progreso de la “globalización” y al triunfo de la sociedad de mercado regida por su lógica implacable, asistimos a la expansión y al perfeccionamiento de redes de trata, al desarrollo de la industria del sexo y del turismo sexual, y a la masificación de la prostitución. Hoy en día esta práctica reviste, como nunca antes había sucedido, una dimensión transnacional. Y los circuitos por donde se despliega el tráfico de personas destinadas a ser prostituidas, la red por la que transita el comercio de los cuerpos, suele coincidir con las mismas redes que administran el tráfico de drogas, el tráfico de armas y el blanqueo del dinero.

Con todo, la prostitución como venta o alquiler de servicios sexuales no es, como se concibe habitualmente, uno de los “progresos” de la civilización y de la creciente mercantilización de servicios que se pueden adquirir con dinero. Es cierto que con el capitalismo aparecen los intermediarios o “celestinos”, proxenetas que, como en todo comercio, se tornan indispensables para asegurar la mejor satisfacción y organización de la demanda que le da al consumo una particular inscripción simbólica pero la prostitución como tal, como recompensa económica por favores sexuales, antecede al capitalismo. Sin duda que la figura que transita por el imaginario social no ha sido siempre la misma en las diferentes culturas y en épocas distintas, pero hay sobradas evidencias como para afirmar que la prostitución no es un invento del capitalismo.

En Clío[iv], el primero de Los nueve libros de la historia, Herodoto refiere (y, lo cito) queLa costumbre más infame de los babilonios es ésta: toda mujer natural del país debe sentarse una vez en la vida en el templo de Afrodita y unirse con algún forastero. Muchas mujeres orgullosas por su opulencia, evitan mezclarse con las demás, van en carruaje cubierto y permanecen cerca del templo; las sigue gran comitiva. Pero la mayor parte hacen así: se sientan en el recinto de Afrodita llevando en la cabeza una corona de cordel; las unas vienen y las otras se van. Quedan entre las mujeres unos pasajes tirados a cordel, en todas direcciones, por donde andan los forasteros hasta que terminan eligiendo a alguna. Cuando una mujer se ha sentado allí, no vuelve a su casa hasta que algún forastero se una con ella sexualmente fuera del templo y le eche dinero en el regazo. Al echar el dinero debe decir. ‘Te llamo en nombre de la diosa Milita’. Las asirias llaman ‘Milita’ a la diosa Afrodita. Como quiera que sea la suma de dinero, la mujer no podrá rehusarla: no le está  permitido porque ese dinero es sagrado; entonces la mujer sigue al primero que le echa dinero y no rechaza a ninguno. Después de la unión sexual, cumplido ya su deber con la diosa, vuelve a su casa, y desde entonces por mucho que le ofrezcas, ya no lo volverá a hacer. Las que están dotadas de hermosura y talla, vuelven pronto del templo; pero las que son feas se quedan mucho tiempo sin poder cumplir la ley, al punto tal que algunas permanecen tres y cuatro años esperando recibir los favores del forastero.”

Se hace evidente, entonces, que nada tiene que ver la prostitución en Babilonia ligada al culto divino de Afrodita con la prostitución laica de nuestros días pero, de todos modos, es necesario aceptar que, así como en la actualidad, de manera sincrónica, encontramos clientes en toda las clases sociales, de manera diacrónica la prostitución atraviesa toda la historia de la humanidad cambiando, eso sí, la inscripción simbólica que la legitima o que pretende legitimarla cuando no legalizarla. 

Afirmaba, antes, que el hecho de que los intermediarios aparezcan a menudo como independientes y con poderes iguales o mayores a los de los consumidores, no tiene por qué hacernos olvidar que han sido generados por éstos. De modo tal que si bien la oferta pareciera orientar y fomentar la demanda, se trata no sólo de dos factores que se realimentan entre si, que inciden uno sobre el otro, sino, de una demanda preexistente cuya materialidad está garantizada por las representaciones que circulan en el imaginario social.

En la última reunión del Seminario de la Ética[v], cuando Lacan intenta revalorizar el deseo para la ética a partir de afirmar que el deseo humano supone que todo lo que sucede de real es contabilizado en algún lado, recurre a Nunca en Domingo, la película de Jules Dassin en la que Melina Mercouri encarnando a una memorable prostituta multilingüe (dominaba varios idiomas, todos aprendidos en la cama) seleccionaba a sus clientes y... nunca en domingo. En el comienzo de la película, en la escena del bar, cuando el personaje griego baila y celebra estrellando una tras otra las copas contra el piso, la cámara enfoca la caja registradora que, cada vez, contabiliza el estrépito. Pero allí, por un lado está Illya (Melina Mercouri) y sus compañeras de trabajo; por el otro, los marineros recién desembarcados desesperados por recibir el anhelado “servicio”. Y, también, está el rufián. Sólo el rufián “sin rostro” está oculto. Es al Gran Amo, al rufián “sin rostro” disimulado por unos enormes anteojos negros, al que Dassin primero y Lacan, después, denuncian como el poder oculto. A los marineros, no. Los marineros aparecen como lo que son: frescos, graciosos, saludables muchachos de liceo naval. Lindos y cancheros como Richard Gere en Mujer bonita. Generosos, con Irma, la dulce. Tal vez no sea demasiado desacertado suponer que el poder del Gran Otro despótico y feroz descanse en el fundamentalismo del mercado pero -y esta es la hipótesis fundamental de este libro- ese Poder oculto gozador tiene a los clientes (aun en su condición de víctimas) por protagonistas.         

Pues así se presentan los clientes: como marineritos frescos y graciosos, como seres inocentes, víctimas ante el estímulo y la facilitación de tanta oferta. Reforzando siempre el estereotipo tradicional de la sexualidad como expresión de la “naturaleza animal” del varón que consiste en lo siguiente: una vez que los varones hemos sido provocados y excitados, ya no somos responsables por nuestros actos. Entonces: son las mujeres  las responsables.  Son las mujeres las que deben asumir la culpa porque, en última instancia, son ellas las que despiertan, incitan o estimulan nuestra “naturaleza animal” y desatan nuestros “instintos”. Así, la obligación que asumimos los hombres de “poner a las mujeres en su lugar”, se entiende como el trabajo de ubicarlas en el doble sitio que les corresponde: paradójicamente culpables de nuestras pasiones y, al mismo tiempo, dominadas y a nuestro servicio.

Tal parecería ser que, para los varones, la sexualidad viene de un espacio que está afuera de nosotros mismos. Y la ira, y la violencia, también. Ambas, tienen rostro de mujer. En definitiva, si las emociones no son nuestras, nada indica que tengamos que hacernos cargo de ellas. Si los varones estamos acostumbrados a pensarnos como gente razonable poco afecta a reconocer los sentimientos, es fácil pensar que lo que nos ocurre son sólo reacciones a estímulos externos con los que las mujeres nos abruman permanentemente. 

De ahí que para los varones heterosexuales (aunque esto sólo es vigente en la apariencia) es menos amenazante participar de contactos sexuales, sin otro tipo de compromiso afectivo, que mantener antes que contactos, relaciones sexuales integradas a un lazo afectivo que incluya, inevitablemente, una cuota de vulnerabilidad  emocional siempre incompatible con el ideal de masculinidad.

Como varones heterosexuales hemos sido adiestrados para tener contactos sexuales pagos con tal de eludir el alto precio del compromiso afectivo, que es sinónimo de una debilidad  inaceptable para aquéllos que se precien de una identidad de género sino soldada, al menos próxima a la norma.

Entonces, sobre los clientes, esos marineritos frescos y graciosos, esos seres inocentes, víctimas ante el estímulo y la facilitación de tanta oferta, esos varones subordinados a una normativa de género que los habilita como tales, recae la responsabilidad de ser los principales reclutadores de prostitutas y los principales impulsores de la cada vez más reducida edad de la “mercadería” que consumen.

Decía que al poner el foco en las mafias; al penalizar a los proxenetas y a las prostitutas, se elude a los clientes y, de esta manera, la sociedad en su conjunto se encarga de aliviar la responsabilidad que cae sobre aquéllos que inician, sostienen y refuerzan esta práctica. De modo tal que cualquier intervención en este problema debería tener en cuenta las representaciones que en el imaginario social legitiman la prostitución. Las leyes de Códigos Penales o los tratados internacionales necesarios como son, nunca serán suficientes para contrarrestar prácticas convalidadas por las costumbres: derechos de los hombres sobre los cuerpos de las mujeres, derechos de los poderosos sobre los cuerpos de los débiles. 

Decía que si hay algo que llama la atención es la ausencia de los clientes en los discursos acerca de la prostitución. Los clientes brillan por su ausencia y, si aparecen, lo hacen desde la psicopatología. Por eso pienso que los psicoanalistas debemos estar muy alertas acerca de este tema. Si rápidamente nos allanamos a etiquetar como perversión sexual las prácticas que los clientes sostienen con las prostitutas; si clausuramos el problema con el título de sadomasoquismo porque un empresario contrata a una prostituta para que orine sobre él en una exaltación jubilosa de la “lluvia dorada”; o si nos conformamos con cerrar la cuestión del señor que demanda púberes para su satisfacción sexual como “paidofílico”, corremos el riesgo de llevar agua para el molino del ocultamiento. Ninguna duda cabe que la paidofilia es una grave infracción a la ley y un abuso intolerable pero el término “paidofilia” tanto como el de “perversión sexual” designan a una patología que podría suponer, por derivación, a los clientes que frecuentan prostitutas como anormales, desviados sexuales que demandan nombre propio dentro de una nosología psiquiátrica, de manera tal que se evaporaría su carácter de abuso de poder y de violación de toda ética humana. Tanto si aceptamos la naturalidad de esta práctica como si consideramos al cliente un enfermo mental (seguro que los hay, pero este no es el caso) nos equivocaríamos mucho, estaríamos eludiendo la responsabilidad del usuario y, lo que sería peor aún, eludiríamos la perspectiva política de las prácticas prostituyentes.

 

 



[i]Informe Nacional de UNICEF sobre la explotación sexual de niñas, niños y adolescentes en la República Argentina (Septiembre 1999). El documento completo está en: http://isisweb.com.ar/chejter.htm  Dirección del proyecto: Silvia Chejter. Asistente de dirección: Alejandra Oberti.

[ii] Said Bouamama, L’Homme en question. Le processus du devenir-client de la prostitution.

Les images des clients par les clients. Les typologies binaires. Op. Cit.

[iii] Frecuentemente las madres de jóvenes con síndrome de Down contratan prostitutas para que visiten a sus hijos.

[iv] Herodoto, Los nueve libros de Historia. Clío, Editions de Didot, 1964.

 

[v] Lacan, J, Seminario VII, La Etica del Psicoanálisis, Editorial Paidós.

Fer Sanchuz

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Sep 29, 2010, 7:45:10 PM9/29/10
to foro...@googlegroups.com, grupo propio
Como ya dijo uno, no se consume del asunto hasta tanto no se legalice más, en muchos casos...Para no alimentar a las mafias...Canas, milicas, narcos, proxenetas, tratas, etc...

Pero es un asunto ético mas que moral...Se diferenciaría etica como idea de bien común y de justicia, la moral varía con el tiempo, es más bien cultura y relativa...

No es lo mismo la moral de la época victoriana que ahora...No es lo mismo la ética que le idiotez de la iglesia en predicar contra el profilactico en tiempos del SIDA...

Como diría un común: tampoco ser mas boludos de la cuenta...

Saludos
fer



De: Carlos Alberto Barzani <carlos....@topia.com.ar>
Para: Foro Topia <foro...@googlegroups.com>
Enviado: mié, septiembre 29, 2010 6:25:11 PM
Asunto: [forotopia] Para sumar al debate sobre prostitución
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Isabel

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Oct 3, 2010, 12:14:23 PM10/3/10
to foro...@googlegroups.com
No conocía el exto de Volnovich y espero su reedición.Es un valiosisimo aporte sobre lo invisibilizado en este penoso tema.
Muchas gracias!
Isabel Marazina
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