Nada va a ser igual a partir de ahora. Son, quizás, las palabras más repetidas en estos últimos tiempos o la idea recurrente en nuestras conversaciones. Más allá de las dramáticas cifras de fallecidos e infectados, de los efectos del confinamiento masivo nunca imaginado, de la cita diaria en los balcones, de aventurar las causas del desastre, de la crítica a la gestión política, de la incertidumbre de saber cuándo acabara todo esto… lo más angustioso son las preguntas sobre cómo será el día después, qué nos habremos dejado por el camino, en definitiva, qué mundo nos espera en el porvenir inmediato: ¿Nos sentiremos más frágiles y vulnerables a partir de esta experiencia, menos ciudadanos, más individuos, menos europeos, más españoles?¿Volveremos a entender fenómenos sociales como la globalización, la solidaridad, la equidad, por poner algunos ejemplos, como hasta ahora?¿Descubriremos la necesidad de lo colectivo, de lo público, de las ventajas de alimentar un sólido Estado de bienestar o nos refugiaremos en una privacidad cada vez más insularizada… Lo cierto es que no vamos a volver a la casilla de salida. Nada, nada va a ser igual a partir de ahora.
El mundo educativo, igualmente, deberá repensar sus ejes de actuación desde un relato pedagógico renovado. No pretendemos aquí agotar una temática que nos ocupará durante un tiempo -más allá de dar respuesta a un final de curso completamente anómalo-, pero conscientes de que el futuro no solo se imagina, sino que se construye desde el presente, lo construimos entre todos, me atrevo a aventurar alguna reflexión que colabore a diseñar el porvenir que nos espera. Los límites espaciales de este artículo nos exigen centrar la síntesis en tres aspectos vitales: qué enseñamos, cómo lo hacemos y, lo más importante, para qué educamos.
Si hace algunos años habíamos apostado por el modelo de enseñar por competencias, entendiendo que los conocimientos tenían un carácter necesariamente perecedero y no podíamos aspirar a ofrecer a nuestros estudiantes todos los contenidos necesarios para abordar cualquier contingencia, por lo que era preciso dotarles de habilidades y actitudesque facilitaran el aprendizaje a lo largo de la vida, la actualidad nos ha confirmado dicho modelo. Consolidar competencias de aprendizaje autónomo, de aprender a aprender y a desaprender, de innovación, creatividad, liderazgo, implicación en el trabajo colaborativo, compromiso con la transformación social, apuesta por la equidad, entre otras, son habilidades y actitudes con las que deberemos equipar a los estudiantes. La escuela, nuestros centros docentes, con los equipos directivos a la vanguardia, en el marco de su autonomía pedagógica, deben convertirse en talleres experienciales para el aprendizaje de estos valores y facilitar la capacidad de convertir las amenazas en oportunidades de mejora.
En este reimaginar la vuelta a la normalidad, hay otro aprendizaje que debe asumirse de manera definitiva, vinculado -en este caso- al cómo aprendemos: lo analógico y lo digital han quedado fusionados, cuando menos, en un solo mundo; no podemos renunciar al valor de la virtualidad en el ámbito educativo. Si cambiamos la forma en que trabajamos, en que sentimos, en que vivimos, deberemos cambiar la forma en que aprendemos. No se trata de renunciar al contacto físico de aula, ni trasladar lo presencial al escenario on.line, escondiendo nuestras inercias docentes bajo la pátina de la modernidad tecnológica. Debemos repensar la totalidad de los diseños curriculares con códigos digitales: no basta, simplemente, con incorporar las herramientas tecnológicas a la docencia para consumir conocimiento, es necesario rediseñar la docencia con el auxilio del mundo virtual, enriquecer el conocimiento y reconstruir las experiencias de aprendizaje. Las competencias digitales, aun en una situación de normalidad presencial, van a consolidarse -sino lo habían hecho ya- como elementos básicos del escenario educativo. Y esto no significa una rendición a la máquina, sino apostar por hacer más tecnológico al humano (profesorado y estudiantes) y más humana la tecnología (metodologías innovadoras que acompañen a las plataformas virtuales).
Finalmente, aunque quizás debiera ser lo primero, habrá que repensar el “para qué” educamos, el propósito nuclear de la educación. Reforzar la idea de que la educación debe ser un instrumento al servicio de la convivencia democrática y la construcción de una ciudadanía provista de valores cívicos y de competencias para su libre ejercicio, debe constituirse en el eje axial de la tarea educativa. No significa, para nada, la renuncia a la transmisión del saber o al esfuerzo del estudiante para adquirir un sólido nivel de conocimientos, como han intentado hacer ver algunas teorías antipedagógicas, pero resulta una evidencia que deberemos entender la escuela del mañana como un recurso para la promoción de la solidaridad, la paz, la sostenibilidad, la equidad, la tolerancia, el diálogo, la resiliencia, la capacidad de empatía, la gestión emocional…en definitiva,para descubrir la necesidad del otro, para cultivar una nueva humanidad en un mundo incierto.
No debemos olvidar, que el estudiante, el docente, toda la comunidad educativa, antes que nada son personas, seres humanos que sienten, se emocionan, sufren, padecen, perciben su vulnerabilidad, han visto truncada su afectividad, conviven en condiciones deficientes, sufrirán las consecuencias de una crisis económica devastadora, por ello precisan no solo flexibilidad académica, que también, sino refuerzo personal y esperanza emocional. Transmitir el saber y enseñar para “ganarse la vida”, seguirá siendo una función imprescindible en el futuro escolar inmediato, pero educar para “entender la vida”en un mundo en permanente cambio, algo ineludible.