No son pocas las voces que vienen reclamando un debate en profundidad sobre el contenido y la calidad de lo que se prescribe como curriculum escolar. Recientemente, en el Manifiesto por otra educación en tiempos de crisis se hacía una propuesta de “revisión a fondo de la estructura y el contenido del currículo escolar” con la intención de “proporcionar un conocimiento más profundo –ecosocial, feminista,…– del mundo y de los problemas de la humanidad”. Los momentos de crisis –ahora vivimos una bien profunda y dramática– acrecientan la necesidad de ese debate. ¿Proporciona la escuela una lectura interpretativa y crítica de lo que pasa en el mundo o da la espalda continuando con informaciones desconectas de la vida y la experiencia cotidiana? Recuerdo un apunte en la autobiografía de Bruner en el que explica que el lanzamiento del Sputnik por la Unión Soviética produjo una considerable convulsión en EE.UU. y provocó largos debates multidisciplinares que ponían en crisis lo que se enseñaba en las escuelas, publicándose estudios y propuestas de expertos entre los que se hallaba el propio Bruner. No me resisto a recordar lo que ya entonces (años 60) proponía este autor a los diseñadores de los curricula de Ciencias: Identifiquen, por favor, los conceptos nucleares que estructuran su disciplina, eso es lo que tienen que enseñar. Verán como reducen mucho el contenido y la hacen más significativa.
Precediendo a una importante reforma educativa en Francia, Pierre Bourdieu presidió en 1988 por encargo del Ministro de Educación Nacional del gobierno francés, la Comisión sobre los Contenidos de la Enseñanza. Además de cuestionar la disciplinariedad y el enciclopedismo proponían cosas como: reducir la extensión, asegurar la asimilación reflexiva, explicitar la “filosofía” subyacente a cualquier selección cultural, diversificar las formas de presentación del curriculum y redefinir la fragmentación por especialidades hacia esquemas interdisciplinares.
Cuando en nuestro país se hablaba de Reforma Educativa el ingenioso divulgador de filosofía Fernando Savater declaraba alarmado en uno de sus artículos en El País (1/3/05) su preocupación por una propuesta del Consejo de Estado para transversalizar la educación cívica –impregnar el curriculum de valores, parece que se decía– evitando convertir la educación cívica de nuestros escolares en una asignatura más del curriculum. Eso son “cuentos chinos”, decía Savater en su artículo y proponía una asignatura específica de educación ciudadana con un temario claramente definido. Desde mi punto de vista, este era y sigue siendo un ejemplo ilustre de la necesidad urgente de revisión del concepto de cultura, de conocimiento escolar y de curriculum. Si consideramos intocable la organización disciplinar del curriculum, con materias separadas, horarios específicos y profesores especialistas; si consideramos el conocimiento escolar como un proceso acumulativo de conocimientos independiente de las experiencias subjetivas; y si entendemos que la Academia, con sus códigos culturales específicos, debe definir la selección cultural para la escuela, entonces la propuesta de Savater puede ser tan acertada como la de aquella asociación de catedráticos de Geología que durante el debate de la LOGSE pedían una asignatura específica de su especialidad en la Educación Secundaria.
A día de hoy, sin embargo, sorprende que en nuestro país, en los intentos de las diferentes fuerzas políticas y sociales por alcanzar alguna forma de consenso sobre la escuela y las políticas educativas, y en las declaraciones y documentos que se hicieron públicos, no fuera un problema relevante el debate sobre lo que se enseña en las escuelas y en qué medida lo que se enseña activa saberes encaminados a la comprensión crítica de la vida pública, o por el contrario impiden –no alfabetizan– para participar en la controversia de lo público. El dilema aquí, ese dilema ausente en los debates, es algo tan relevante y significativo como esto: la propuesta curricular está pensada para avanzar en dinámicas sociales y ciudadanas que faciliten una transformación social de progreso en favor de los grupos sociales más necesitados, o por el contrario el curriculum es un mecanismo de adaptación acrítica a la lógica estructural capitalista. Explicitar la “filosofía” subyacente, exigía aquella comisión presidida por Bourdieu.
La actual pandemia, el confinamiento y el cierre de las escuelas no paralizó la maquinaria burocrática de la Administración educativa ni el deseo de naturalizar el desarrollo del curriculum en formatos telemáticos. Y hemos visto de todo. Profesorado que es consciente de que en muchas ocasiones lo que ofrece la escuela como espacio de relación y socialización es más importante que el contenido concreto de una materia, pero también profesorado obsesionado con el programa creyendo que las matemáticas son las matemáticas ya sea en la tercera fila de pupitres o en la mesa de la cocina de tu casa. Mientras las administraciones educativas aparecen ambiguas en las decisiones al tiempo que obsesionadas con las evaluaciones.
Pero ha sido también la actual pandemia la que haciendo todavía más visibles las desigualdades que puede continuar reproduciendo la escuela y evidenciando también las obsesiones sobre la rigidez de contenido, permite abrir de nuevo el debate sobre lo que enseñamos y, como decíamos al inicio, aparecen en el escenario educativo voces que vienen a decir que es una buena oportunidad para revisar los contenidos del curriculum evitando que continuemos con propuestas del siglo XIX para sociedades del XXI.
A modo de guión que invite a ese debate sugiero algunos puntos que a mi entender deberían estar presentes:
En el inicio del artículo citaba el Manifiesto por otra educación en tiempos de crisis en el que se proponía que tras este inesperado cierre del espacio escolar nos preguntemos cómo mejoramos y cambiamos lo que tenemos, resignificando la educación y rompiendo el ritmo frenético y la presión que ejercemos sobre la infancia y la adolescencia.
Sirva este este texto como contribución a esa propuesta.