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Enviado: sábado, 4 de julio de 2020 07:40:12 GMT-5
Asunto: No saldremos mejores: pandemia, crisis, amor y muerte en Perú
No saldremos mejores: pandemia, crisis, amor y muerte en Perú

Anahí Durand Guevara
Este texto no pretende ser objetivo; está escrito desde la impotencia y el dolor de enfrentar la muerte de mi padre a causa del Covid-19, lidiando con el colapso de la salud pública, la angurria de grupos económicos y el “emprendedurismo” que se expande con el virus. Es un testimonio de parte, pero también un esfuerzo por enunciar el drama colectivo que enfrentamos millones de peruanas y peruanos ante la inacción del Estado y la complicidad de la tecnocracia gobernante; porque cada historia familiar hoy es un poco la historia del país.
Cuando en marzo de este año el Gobierno declaró el estado de emergencia con medidas de contención sanitaria como la cuarentena, el toque de queda o el cierre de fronteras, sabíamos que la situación sería grave. Factores como el estructural deterioro del sistema de salud, el déficit en los sistemas de agua potable y la gran informalidad complicarían cumplir lo planteado por el Gobierno. En veinte años, la inversión en salud había sido de las más bajas de la región, con secuelas graves en términos de infraestructura hospitalaria, investigación médica y producción farmacéutica. Jugaba en contra también la altísima tasa de empleo informal (71%, según el INEI), pues para más de 12 millones de personas un día en casa significaría un día sin posibilidades de subsistencia. Ello, sumado a la ineficiente política de bonos focalizados -entregados tarde, mal o nunca- impactaron directamente en el fracaso de la cuarentena; la gente salió a buscar ingresos y los contagios se incrementaron especialmente en las ciudades de la costa y la amazonía. Quedaba claro que, pese a años de crecimiento sostenido del PIB, el país no estaba ni remotamente preparado para enfrentar la pandemia. Así, conforme subían las cifras de contagios y muertes, llegaban noticias de amigos afectados en Iquitos, de compañeros del Nuevo Perú fallecidos en Lambayeque y Pucalpa… Ya el virus me tocaba de cerca, y lo haría más todavía.
Enfrentar la enfermedad; las clínicas, el lucro y la inacción estatal
Al iniciar la cuarentena, mi padre se encontraba en Izcuchaca (Huancavelica), adonde los últimos años viajaba seguido. Saberlo allá nos dejaba tranquilas, pues es una de las regiones con menos contagios, y la altura y la poca contaminación favorecían un ambiente saludable. Obviamente, no imaginamos que la cuarentena duraría más de tres meses y que la distancia, la soledad y la crisis económica terminarían por decidirlo a regresar a Lima. Cuando nos comentó sus planes le pedimos que no viajara todavía, pero al parecer ya lo tenía definido. Así que, a fines de mayo, cuando empezaron a circular algunos colectivos, mi padre regresó sin avisarnos. Tuvo que hacer paradas en Jauja y Huancayo, y finalmente en Lima se contagió y enfermó. Primero pensó que era una gripe, y para no preocuparnos no comentó nada. Sólo doce días después, cuando su salud empeoraba, se convenció de que tenía Covid-19, llamó a mi hermana médica a pedir ayuda.
Ese martes por la noche mi padre estaba grave, su saturación oxigeno de estaba por debajo de lo normal y había que internarlo urgentemente. En medio del toque de queda y con los hospitales llenos, aprovechamos el contacto de un colega de mi hermana para trasladarlo a la Clínica Delgado, en Miraflores. Había que estabilizarlo y hacerle una serie de exámenes para saber con exactitud cuánto tiempo llevaba el virus y cuánto había dañado sus pulmones; así que lo ingresamos a emergencia sin detenernos a hacer cuentas. Al día siguiente sí tocó enfrentar la situación material: una noche y un día en Emergencias más los exámenes sumaban aproximadamente S/7.500 (US$2.300), y si queríamos hospitalizarlo debíamos pagar de modo inmediato un “deposito” de S/50.000 (US$15.000) que era apenas un primer pago y no cubría todos los gastos, pues el promedio que pagaba un paciente Covid-19 por 20 día de hospitalización, incluyendo gastos de UCI, podía ascender al doble o el triple. Así las cosas, ni juntando todos los ahorros y apelando a la solidaridad de amigos y compañeros podíamos internarlo; tocaba ver otras opciones o recurrir al sistema público, y hacerlo pronto o nos cobrarían un día más. (Seguir leyendo...)
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