J†A
JMJ
Pax
† Lectura del santo Evangelio según San Marcos 9, 13-28
Gloria a ti. Señor.
En aquel tiempo,
cuando Jesús bajo del monte y llegó al sitio donde estaban sus
discípulos, vio
que mucha gente los rodeaba y que algunos escribas discutían con
ellos. Cuando
la gente vio a Jesús, se impresionó mucho y corrió a saludarlo.
El les preguntó:
"¿De qué están discutiendo?" De entre la gente, uno le contestó:
"Maestro, te he traído a mi hijo, que tiene un espíritu que no
lo deja
hablar; cada vez que se apodera de él, lo tira al suelo y el
muchacho echa
espumarajos, rechina los dientes y se queda tieso. Les he pedido
a tus
discípulos que lo expulsen, pero no han podido".
Jesús les contestó:
"¡Gente incrédula! ¿Hasta cuándo tendré que estar con ustedes?
¿Hasta
cuándo tendré que soportarlos? Tráiganme al muchacho" Y se lo
trajeron. En
cuanto el espíritu vio a Jesús, se puso a retorcer al muchacho;
lo derribó por
tierra y lo revolcó, haciéndolo echar espumarajos.
Jesús le preguntó al padre:
"¿Cuánto tiempo hace que le pasa esto?"
Contestó el padre:
"Desde pequeño. Y muchas veces lo ha arrojado al fuego y al agua
para
acabar con él. Por eso, si algo puedes, ten compasión de
nosotros y
ayúdanos".
Jesús replicó: "¿Qué quiere decir eso de "si puedes"? Todo es
posible para el que tiene fe".
Entonces el padre del muchacho exclamó entre lágrimas:
"Creo, Señor; pero dame tú la fe que me falta".
Jesús, al ver que la gente acudía corriendo, reprendió al
espíritu inmundo
diciéndole:
"Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando: Sal de él y no vuelvas a
entrar en
él".
Entre gritos y convulsiones violentas salió el espíritu. El
muchacho se quedó
como muerto, de modo que la mayoría decía que estaba muerto.
Pero Jesús lo tomó
de la mano, lo levantó y el muchacho se puso de pie.
Al entrar en una casa con sus discípulos, éstos le preguntaron a
Jesús en
privado: "¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?"
El les respondió:
"Esta clase de demonios no sale sino a fuerza de oración y de
ayuno".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
Suplicamos tu oración: Esto es gratis pero cuesta. No sería posible sin tus oraciones: al menos un Avemaría de corazón por cada email que leas. Dios te salve María, llena eres de Gracia, el Señor es contigo; bendita tu eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús; Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén. ¡Recuérdanos en tus intenciones de Misa!
Aclaración: una relación muere sin comunicación y comunidad-comunión. Con Dios es igual: las “palabras de vida eterna” (Jn 6,68; Hc 7,37) son fuente de vida espiritual (Jn 6, 63), pero no basta charlar por teléfono (oración), es necesario visitarse, y la Misa permite ver a Jesús, que está tan presente en la Eucaristía, que Hostias han sangrado: www.therealpresence.org/eucharst/mir/span_mir.htm
Por leer la Palabra, no se debe dejar de ir a Misa, donde ofrecemos TODO (Dios) a Dios: al actualizarse el sacrificio de la Cruz, a) co-reparamos el daño que hacen nuestros pecados al Cuerpo de Cristo que incluye los Corazones de Jesús y de María, a Su Iglesia y nosotros mismos, b) adoramos, c) agradecemos y d) pedimos y obtenemos Gracias por nuestras necesidades y para la salvación del mundo entero… ¿Que pasa en CADA Misa? 5 minutos: http://www.youtube.com/watch?v=v82JVdXAUUs
Nota: es una película protestante, por eso falta LA MADRE.
El Misterio de la Misa en 2 minutos: https://www.youtube.com/watch?v=0QCx-5Aqyrk
El que no valora una obra de arte es porque necesita cultura: https://www.youtube.com/watch?v=mTKKaT-KaKw
Lo que no ven tus ojos (2 minutos): http://www.gloria.tv/media/y3hgYNp23xu
El Gran Milagro (película completa): http://www.gloria.tv/media/hYyhhps7cqX
Explicación: http://www.youtube.com/watch?v=eFObozxcTUg#!
San Leonardo, "El GRAN tesoro oculto de la Santa Misa": http://iteadjmj.com/LIBROSW/lpm1.doc
Audio (1/5): https://www.youtube.com/watch?v=2NjKuVnxH58
Si Jesús se apareciera, ¿no correríamos a verlo, tocarlo, adorarlo? Jesús está aquí y lo ignoramos. Jesús nos espera (Mc 14,22-24) en la Eucaristía: “si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros” (Jn 6,53; 1 Jn 5,12). La Misa es lo mínimo para salvarnos. Es como si un padre dijera "si no comes, te mueres, así que come al menos una vez por semana". Si comulgamos en estado de Gracia y con amor, nos hacemos uno (común-unión) con el Amor y renovamos la Nueva Alianza de Amor. Si faltamos a las bodas del Cordero (Ap.19,7-10) con su Iglesia (nosotros), sabiendo que rechazamos el Amor de Dios, que está derramando toda su Sangre por nuestros pecados personales, nos auto-condenamos a estar eternamente sin Amor: si una novia falta a su boda, es ella la que se aparta del amor del Novio para siempre, sabiendo que Él da la Vida por ella en el altar. ¿Qué pensaríamos si un cónyuge le dice al otro: “Te amo, pero no quiero verte todos los días, y menos los de descanso”? ¿Le ama realmente?
Faltar a Misa viola los principales mandamientos: el primero (“Amar a Dios sobre todas las cosas”) y tercero (“Santificar las fiestas”). Por nuestro propio bien y evitar el infierno eterno, Dios sólo nos pide que nos regalemos 1 de las 168 horas de vida que Él nos regala cada semana: 0,6% ¡No seamos ingratos! Idolatramos aquello que preferimos a Él: los “dioses” son el descanso, entretenimiento, comida, trabajo, compañía, flojera. Prefieren baratijas al oro. Si en la Misa repartieran 1 millón de dólares a cada uno, ¿qué no harías para asistir? ¡Pues recibes infinitamente más! “Una misa vale más que todos los tesoros del mundo”… Por todo esto, es pecado mortal faltar sin causa grave a la Misa dominical y fiestas (Catecismo 2181; Mt 16, 18-19; Ex 20,8-10; Tb 1,6; Hch 20,7; 2 Ts 2,15).
Si rechazamos la Misa, ¿cómo vamos a decir “Padre Nuestro” si rechazamos volver a la Casa del Padre? ¿cómo decir “Santificado sea Tu Nombre”, “Venga a nosotros Tu Reino”, “Hágase Tu Voluntad”, “Danos hoy nuestro pan supersubstancial de cada día” y “no nos dejes caer en la tentación más líbranos del malo”, si todo eso lo obtenemos de la Misa?
Estamos en el mundo para ser felices para siempre, santos. Para lograr la santidad, la perfección del amor, es imprescindible la Misa y comunión, si es posible, diaria, como pide la Cátedra de Pedro, el representante de Cristo en la tierra (Canon 904). Antes de comulgar debemos confesar todos los pecados mortales: “quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación” (1 Cor 11,29; Rm 14,23). ¿Otros pecados mortales? no confesarse con el Sacerdote al menos una vez al año (CDC 989), no comulgar al menos en tiempo pascual (920), abortar (todos los métodos anticonceptivos no barrera son abortivos), promover el aborto (derecho a decidir, derechos (i)reproductivos, fecundación artificial), planificación natural sin causa grave, deseo o actividad sexual fuera del matrimonio por iglesia, privar de Misa a niños en uso de razón, borrachera, drogas, comer a reventar, envidia, calumnia, odio o deseo de venganza, ver pornografía, robo importante, chiste o burla de lo sagrado… ver más en http://www.iesvs.org/p/blog-page.html
Si no ponemos los medios para confesamos lo antes posible y nos sorprende la muerte sin arrepentirnos, nos auto-condenamos al infierno eterno (Catecismo 1033-41; Mt. 5,22; 10, 28; 13,41-50; 25, 31-46; Mc 9,43-48, etc.). Estos son pecados mortales objetivamente, pero subjetivamente, pueden ser menos graves, si hay atenuantes como la ignorancia. Pero ahora que lo sabes, ya no hay excusa (Jn 15,22).
† Misal
Dios mío, ven en mi ayuda; Señor, date prisa en socorrerme. Tú eres mi auxilio y mi salvación: Señor, no tardes.
Oremos:
Señor, tú que eres nuestro creador y quien amorosamente
dispone toda nuestra
vida,
renuévanos conforme a la imagen de tu Hijo y transforma toda
nuestra vida en
una continua ofrenda.
Por nuestro Señor Jesucristo...
Amén.
Si tienen el corazón amargado por rivalidades, dejen de presumir
Lectura de la carta del apóstol Santiago 3, 13-18
Hermanos míos: ¿Hay
alguno entre ustedes con sabiduría
y experiencia? Si es así, que lo demuestre con su buena
conducta y con la
amabilidad propia de la sabiduría. Pero si ustedes tienen el
corazón amargado
por envidias y rivalidades, dejen de presumir y engañar a
costa de la verdad.
Ésa no es la sabiduría que viene de lo alto; ésa es terrenal,
irracional,
diabólica; pues donde hay envidias y rivalidades, ahí hay
desorden y toda clase
de obras malas.
Pero los que tienen la sabiduría que viene de Dios son puros,
ante todo.
Además, son amantes de la paz, comprensivos, dóciles, están
llenos de
misericordia y buenos frutos, son imparciales y sinceros. Los
pacíficos siembran
la paz y cosechan frutos de justicia.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
Del salmo 18
Los mandamientos del Señor alegran el corazón.
La ley del
Señor es perfecta del todo y
reconforta el alma; inmutables son las palabras del Señor y
hacen sabio al
sencillo.
Los mandamientos del Señor alegran el corazón.
La
voluntad de Dios es santa y para
siempre estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y
enteramente
justos.
Los mandamientos del Señor alegran el corazón.
Aunque tu
servidor se esmera en cumplir
tus preceptos con cuidado, ¿quién no falta, Señor, sin
advertirlo? Perdona mis
errores ignorados.
Los mandamientos del Señor alegran el corazón.
Presérvame,
Señor, de la soberbia, no
dejes que el orgullo me domine; así del gran pecado tu
servidor podrá encontrarse
libre.
Los mandamientos del Señor alegran el corazón.
Aleluya, aleluya.
Jesucristo, nuestro Salvador, ha vencido a la muerte y ha
hecho resplandecer la
vida por medio del Evangelio.
Aleluya.
Tengo fe, pero dudo, ayúdame
† Lectura del santo Evangelio según San Marcos 9, 13-28
Gloria a ti. Señor.
En aquel tiempo, cuando
Jesús bajo del monte y llegó
al sitio donde estaban sus discípulos, vio que mucha gente los
rodeaba y que
algunos escribas discutían con ellos. Cuando la gente vio a
Jesús, se impresionó
mucho y corrió a saludarlo.
El les preguntó:
"¿De qué están discutiendo?" De entre la gente, uno le
contestó:
"Maestro, te he traído a mi hijo, que tiene un espíritu que no
lo deja
hablar; cada vez que se apodera de él, lo tira al suelo y el
muchacho echa
espumarajos, rechina los dientes y se queda tieso. Les he
pedido a tus
discípulos que lo expulsen, pero no han podido".
Jesús les contestó:
"¡Gente incrédula! ¿Hasta cuándo tendré que estar con ustedes?
¿Hasta
cuándo tendré que soportarlos? Tráiganme al muchacho" Y se lo
trajeron. En
cuanto el espíritu vio a Jesús, se puso a retorcer al
muchacho; lo derribó por
tierra y lo revolcó, haciéndolo echar espumarajos.
Jesús le preguntó al padre:
"¿Cuánto tiempo hace que le pasa esto?"
Contestó el padre:
"Desde pequeño. Y muchas veces lo ha arrojado al fuego y al
agua para
acabar con él. Por eso, si algo puedes, ten compasión de
nosotros y
ayúdanos".
Jesús replicó: "¿Qué quiere decir eso de "si puedes"? Todo es
posible para el que tiene fe".
Entonces el padre del muchacho exclamó entre lágrimas:
"Creo, Señor; pero dame tú la fe que me falta".
Jesús, al ver que la gente acudía corriendo, reprendió al
espíritu inmundo
diciéndole:
"Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando: Sal de él y no vuelvas
a entrar en
él".
Entre gritos y convulsiones violentas salió el espíritu. El
muchacho se quedó
como muerto, de modo que la mayoría decía que estaba muerto.
Pero Jesús lo tomó
de la mano, lo levantó y el muchacho se puso de pie.
Al entrar en una casa con sus discípulos, éstos le preguntaron
a Jesús en
privado: "¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?"
El les respondió:
"Esta clase de demonios no sale sino a fuerza de oración y de
ayuno".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
Santifica, Señor, estos
dones y, por medio del
sacrificio de tu Hijo, transforma toda nuestra vida en una
continua ofrenda.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
La alabanza, don de Dios
En verdad es justo y
necesario, es nuestro deber y
salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre
santo, Dios
todopoderoso y eterno.
Pues, aunque no necesitas de nuestra alabanza, es don tuyo el
que seamos
agradecidos; y aunque nuestras bendiciones no aumentan tu
gloria, nos
aprovechan para nuestra salvación, por Cristo, nuestro Señor.
Por eso,
unidos a los ángeles, te aclamamos llenos de alegría:
Nos has enviado, Señor, un pan del cielo que encierra en sí toda delicia y satisface todos los gustos.
Oremos:
Protege, Señor, continuamente, a quienes renuevas y fortaleces
con esta
Eucaristía y hazlos dignos de alcanzar la salvación eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén
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† Meditación diaria
7ª SEMANA. LUNES
IMPLORAR MAS FE
- La fe es un don de Dios.
- Necesidad de buenas disposiciones para creer.
- Fe y oración. Pedir la fe.
I. Llegó Jesús a un lugar donde le aguardaban sus discípulos. Allí se encontraban también un padre que había llevado a su hijo enfermo, un grupo de escribas y una gran muchedumbre. Al ver aparecer a Jesús se llenaron de alegría y fueron a su encuentro: todo el pueblo se quedó sorprendido, y acudían corriendo a saludarle (1), como debemos acudir nosotros a la oración y al Sagrario. Todos le echaban de menos. El padre se adelanta entre la muchedumbre que rodea al Señor: Maestro -le dice-, te he traído a mi hijo, que tiene un espíritu inmundo (...). Pedí a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido. Los discípulos, que ya habían realizado algunos otros milagros en nombre del Señor, intentaron curarle pero no lo lograron. Jesús les explicó luego, en casa, qué faltaba en ellos para que hubiesen realizado el prodigio. El padre tiene una fe deficiente; posee alguna, pues ha acudido en busca de la curación, pero no la fe plena, la confianza sin límites que Jesús pedía y pide. Y el Señor, como hace siempre, le mueve a dar un paso más. Al principio este hombre se dirige a Cristo con humildad, pero vacilante: Si algo puedes, ayúdanos, compadecido de nosotros. Y Jesús, “conociendo las perplejidades de aquella alma, le anticipa: si tú puedes creer, todo es posible para el que cree (Mc 9, 22). Todo es posible: ¡omnipotentes! Pero con fe. Aquel hombre siente que su fe vacila, teme que esa escasez de confianza impida que su hijo recobre la salud. Y llora. Que no nos dé vergüenza este llanto: es fruto del amor de Dios, de la oración contrita, de la humildad. Y el padre del muchacho, bañado en lágrimas, exclamó: ¡Oh Señor! yo creo: ayuda tú mi incredulidad (Mc 9, 23)” (2). ¡Qué gran acto de fe para que nosotros lo repitamos muchas veces!: Jesús, ¡yo creo, pero imprime Tú más firmeza a mi fe! ¡Enséñame a acompañarla de obras, a llorar mis pecados, a confiar en tu poder y en tu misericordia! La fe es un don divino; sólo Dios la puede infundir más y más en el alma. Es Él quien abre el corazón del creyente para que reciba la luz sobrenatural, y por eso debemos implorarla; pero a la vez son necesarias unas disposiciones internas de humildad, de limpieza, de apertura..., de amor que se abre paso cada vez con más seguridad.
Si en alguna ocasión nuestra fe vacila ante el apostolado, las dificultades..., o se torna insegura la de nuestros amigos, hermanos, hijos..., imitemos a este buen padre. En primer lugar pide más fe, porque esta virtud es un don. Pero, a la vez, crecer en ella depende de nosotros mismos. Abrir los ojos -comenta San Juan Crisóstomo- es cosa de Dios, escuchar atentamente es cosa propia; es a la vez obra divina y humana (3). Debemos imitar a este hombre en su humildad: no tiene méritos propios que presentar, por eso acude a su misericordia: ayúdanos, ten compasión de nosotros. Éste es el camino seguro que debe seguir toda petición: acudir a la compasión y misericordia divinas. Por nuestra parte, la humildad, la limpieza de alma y la apertura de corazón hacia la verdad nos dan la capacidad de recibir esos dones que Jesús nunca niega. Si la semilla de la gracia no prosperó se debió exclusivamente a que no encontró la tierra preparada. Señor, ¡auméntame la fe!, le pedimos en la intimidad de nuestra oración. ¡No permitas que jamás vacile mi confianza en Ti!
II ¿Qué vieron en Jesús aquellos que con Él se cruzaron por caminos y aldeas? Vieron lo que sus disposiciones internas les permitían ver. ¡Si hubiéramos podido ver a Jesús a través de los ojos de su Madre! ¡Qué inmensidad tan grande! ¡Y qué pequeñez la de muchos fariseos, que andaban con aquellos enredos acerca de la ley...! ¡Ni siquiera en los mismos milagros supieron descubrir al Mesías!; al menos una buena parte de ellos permaneció ciega ante la Luz del mundo. Y su ciencia de las Escrituras Santas no les sirvió para percibir el cumplimiento de todo lo que se había predicho de Él. Muchos contemporáneos se negaron a creer en Jesús porque no eran de corazón bueno, porque sus obras eran torcidas, porque no amaban a Dios ni tenían una voluntad recta: Mi doctrina no es mía -dirá el Señor-, sino de Aquel que me ha enviado. Quien quisiere hacer la voluntad de Él conocerá si mi doctrina es de Dios o mía (4). No tuvieron las disposiciones adecuadas, no buscaban el honor de Dios, sino el suyo propio (5). Ni siquiera los milagros pueden sustituir a las necesarias disposiciones interiores. La razón honda del rechazo al Mesías tanto tiempo esperado, con tanto detalle anunciado, estriba en que no sólo no poseían en su corazón a Dios como Padre, sino que tenían “al diablo por padre”, porque sus obras no eran buenas, ni sus sentimientos, ni sus intenciones (6).
“Dios se deja ver de quienes con capaces de verle, porque tienen abiertos los ojos de la mente. Porque todos tienen ojos, pero algunos los tienen cubiertos de tinieblas y no pueden ver la luz del sol. Y no deja de brillar la luz solar porque los ciegos no la vean, sino que se debe atribuir esta oscuridad a su falta de capacidad para ver” (7). ¡Cómo habremos de cuidar la frecuente Confesión de nuestras faltas y pecados, si este sacramento nos limpia y nos dispone para ver con mayor claridad al Señor ya aquí en la tierra! En el apostolado debemos tener en cuenta que, con frecuencia, el gran obstáculo para que muchos acepten la fe, la vocación o una vida cristiana coherente son los pecados personales no remitidos, los afectos desordenados y las faltas de correspondencia a la gracia. “El hombre, llevado de sus prejuicios, o instigado por sus pasiones y mala voluntad, no sólo puede negar la evidencia, que tiene delante, de los signos externos, sino resistir y rechazar también las superiores inspiraciones que Dios infunde en su alma” (8). Si falta el deseo de creer y de hacer la voluntad de Dios en todo, cueste lo que cueste, no se aceptará ni siquiera lo que es evidente. De ahí que quien vive encerrado en su egoísmo, quien no busca el bien sino la comodidad o el placer, tendrá muchas dificultades para creer o para entender un ideal noble; y, si se trata de alguien que ya ha respondido positivamente a una vocación de entrega a Dios, encontrará una resistencia creciente ante las concretas exigencias de su llamada.
La Confesión sincera y contrita, bien preparada, se presenta así como el gran medio para encontrar el camino de la fe, la claridad interior necesaria para ver lo que Dios pide. Cuando una persona purifica y limpia su corazón ha preparado el terreno para que la semilla de la fe y de la generosidad crezca en su alma y dé fruto. Hacemos un inmenso bien a las almas cuando les ayudamos para que se acerquen al sacramento del perdón. Es de experiencia común que muchos problemas y dudas se terminan con una buena Confesión; el alma ve con mayor claridad cuanto más limpia está y cuanto mejores son las disposiciones de la voluntad.
III. Pesaba en el ánimo de los discípulos el fracaso de no haber logrado curar ellos al joven lunático, pues cuando entraron en casa, a solas, le preguntaron: ¿Por qué no hemos podido expulsarlo? Y el Señor les dio una respuesta de gran utilidad también para nosotros y para el apostolado. Les dijo: Esta raza (de demonios) no puede ser expulsada por ningún medio, sino con la oración. Sólo con la oración venceremos determinados obstáculos, conseguiremos superar tentaciones y ayudar a muchos amigos a llegar hasta Cristo. Comentando este pasaje del Evangelio, explica San Beda que al enseñar a los Apóstoles cómo debe ser expulsado este demonio tan maligno, nos indica a todos cómo hemos de vivir, y cómo la oración es el medio para superar incluso las mayores tentaciones. La oración no sólo son las palabras con que invocamos la misericordia divina, sino también lo que ofrecemos en obsequio de nuestro Señor, movidos por la fe (9). Todo nuestro trabajo y nuestras obras deben ser plegaria llena de frutos.
Acompañemos la oración con las buenas obras, con un trabajo bien realizado, con el empeño por hacer mejor aquello en que queremos la mejora del amigo. Esa actitud ante Dios abre también camino a un aumento de fe en el alma. “Es solamente en la oración, en la intimidad del diálogo inmediato y personal con Dios, que abre los corazones y las inteligencias (cfr. Hech 16, 14), donde el hombre de fe puede ahondar en la comprensión de la voluntad divina respecto a su propia vida” (10), y a todo lo que a ella atañe.
Pidamos con frecuencia al Señor que nos aumente la fe: ante el apostolado cuando los frutos tardan en llegar, ante los defectos propios o de quienes nos rodean que no se superan, cuando nos vemos con escasas fuerzas para lo que Dios quiere de nosotros: ¡Señor, auméntanos la fe! Así pedían los Apóstoles cuando, a pesar de oír y ver al mismo Cristo, sentían flaquear su confianza. Jesús siempre ayuda. A lo largo del día de hoy, y todos los días, nos sentiremos necesitados de decir: ¡Señor! ¡No me dejes solo con mis fuerzas, que nada puedo! La petición de aquel buen padre nos anima hoy a dirigirnos a Jesús en demanda de mayor fe: “Se lo decimos con las mismas palabras nosotros ahora, al acabar este rato de meditación. ¡Señor, yo creo! Me he educado en tu fe, he decidido seguirte de cerca. Repetidamente, a lo largo de mi vida, he implorado tu misericordia. Y, repetidamente también, he visto como imposible que tú pudieras hacer tantas maravillas en el corazón de tus hijos. ¡Señor, creo! ¡Pero ayúdame, para creer más y mejor! “Y dirigimos también esta plegaria a Santa María, Madre de Dios y Madre Nuestra, Maestra de fe: ¡bienaventurada tú, que has creído!, porque se cumplirán las cosas que se te han anunciado de parte del Señor (Lc 1, 45)” (11).
(1) Mc 9, 13-28.- (2) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Amigos de Dios, 204.- (3) Cfr. SAN JUAN CRISOSTOMO, Homilías sobre los Hechos de los Apóstoles, 35.- (4) Jn 7, 16-17.- (5) Cfr. Jn 5, 41-44.- (6) Cfr. Jn 8, 42-44.- (7) PIO XII, Enc. Humani generis, 12-VIII-1950.- (8) SAN TEOFILO DE ANTIOQUIA, Libro I, 2, 7.- (9) Cfr. SAN BEDA, Comentario al Evangelio de San Marcos, in loc.- (10) A. DEL PORTILLO, Escritos sobre el sacerdocio, pp. 92-93.- (11) J. ESCRIVA DE BALAGUER, loc. cit.
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MEDITACIONES SOBRE LA SAGRADA EUCARISTIA. 1
42. UN DIOS ESCONDIDO
- Jesús se oculta para que le descubran nuestra fe y nuestro amor.
- La Sagrada Eucaristía nos transforma.
- Cristo se nos entrega a cada uno, personalmente.
I. Adoro te devote, latens Deitas... Te adoro con devoción, Dios escondido, que estás verdaderamente oculto bajo estas apariencias. A ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte (1). Así comienza el himno que escribió Santo Tomás para la fiesta del Corpus Christi, y que ha servido a tantos fieles para meditar y expresar su fe y su amor a la Sagrada Eucaristía.
Te adoro con devoción, Dios escondido...
Verdaderamente Tú eres un Dios oculto (2), había proclamado ya el Profeta Isaías. El Creador del Universo ha dejado las huellas de su obra; parecía como si Él quisiera quedarse en un segundo plano. Pero llegó un momento en la historia de la humanidad en que Dios decidió revelarnos su ser más íntimo. Es más, quiso en su bondad habitar entre nosotros, plantar su tienda en medio de los hombres, y se encarnó en el seno purísimo de María. Vino a la tierra y permaneció oculto para la mayoría de las gentes, que estaban preocupadas de otras cosas. Le conocieron algunos que poseían un corazón sencillo y una mirada vigilante para lo divino: María, José, los pastores, los Magos, Ana, Simeón... Este anciano había esperado toda su vida la llegada del Mesías anunciado, y pudo exclamar ante Jesús Niño: Ahora, Señor, puedes sacar en paz de este mundo a tu siervo según tu palabra: porque mis ojos han visto a tu Salvador... (3). “Si nosotros pudiéramos decir lo mismo al acercarnos al Sagrario! Y después, en la vida pública, a pesar de los milagros en que Jesús manifestaba su poder divino, muchos no supieron descubrirlo. En otras ocasiones es el mismo Señor el que se esconde y manda a quienes Él mismo que no le descubran ha curado. En Getsemaní y en la Pasión parecía oculta completamente la divinidad a los ojos de los hombres. En la Cruz, la Virgen sabía con certeza que Aquel que moría era Jesús, Dios hecho hombre. Y a los ojos de muchos moría como un malhechor.
En la Sagrada Eucaristía, bajo las apariencias de pan y de vino, Jesús se vuelve a ocultar para que le descubran nuestra fe y nuestro amor. A Él le decimos en nuestra oración: “Señor, que nos haces participar del milagro de la Eucaristía: te pedimos que no te escondas”, que esté siempre claro tu rostro a nuestros ojos; “que vivas con nosotros”, porque sin Ti nuestra vida no tiene sentido; “que te veamos”, con los ojos purificados en el sacramento de la Penitencia; “que te toquemos”, como aquella mujer que se atrevió a tocar la orla de tu vestido y quedó curada; “que te sintamos”, sin querer nunca acostumbrarnos al milagro; “que queramos estar siempre junto a Ti”, que es el único lugar en el que hemos sido felices plenamente; “que seas el Rey de nuestras vidas y de nuestros trabajos”, porque te lo hemos dado todo (4).
II. La presencia es una necesidad del amor, y el Maestro, que había dejado a los suyos el supremo mandamiento del amor, no podía sustraerse a esta característica de la verdadera amistad: el deseo de estar juntos. Para realizar este vivir con nosotros, a la espera del Cielo, se quedó en nuestros Sagrarios. Así hizo posibles aquellas vivas recomendaciones antes de su partida: Permaneced en Mí y Yo en vosotros. En adelante ya no os llamaré siervos. Yo os digo: vosotros sois mis amigos...Permaneced en mi amor (5). Una amistad profunda con Jesús ha ido creciendo en tantas Comuniones, en las que Cristo nos ha visitado, y en tantas ocasiones como nosotros hemos ido a verle al Sagrario. Allí, oculto a los sentidos, pero tan claro a nuestra fe, Él nos esperaba; a sus pies hemos afirmado nuestros mejores ideales, y en Él hemos abandonado las preocupaciones, lo que en alguna ocasión nos podía agobiar... El Amigo comprende bien al amigo. Allí, en la fuente, hemos ido a beber el modo de practicar las virtudes. Y hemos procurado que su fortaleza sea nuestra fortaleza, y su visión del mundo y de las personas, la nuestra... “Si un día pudiéramos decir también nosotros, como San Pablo: Ya no soy yo quien vive, sino Cristo en mí! (6).
Santo Tomás afirma que la virtud de este sacramento es llevar a cabo cierta transformación del hombre en Cristo por el amor (7). Todos tenemos la experiencia de que cada uno vive, en buena parte, según aquello que ama. Los hombres con afición al estudio, al deporte, a su profesión, dicen que esas actividades son su vida. De manera semejante, si un hombre busca sólo su interés, vive para sí. Y si amamos a Cristo y nos unimos a Él, viviremos por Él y para Él, de una manera tanto más profunda cuanto más hondo y verdadero sea el amor. Es más, la gracia nos configura por dentro y nos endiosa. “Amas la tierra? -exclama San Agustín-. Serás tierra. ¿Amas a Dios? ¿Qué voy a decir? ¿Que serás dios? No me atrevo a decirlo, pero te lo dice la Escritura: Yo dije: sois dioses, y todos hijos del Altísimo (Sal 81, 6)” (8). Vamos a ver a Jesús oculto en el Sagrario, y se anulan las distancias, y hasta el tiempo pierde sus límites ante esta Presencia que es vida eterna, semilla de resurrección y pregustación del gozo celestial. Es ahí donde la vida del cristiano irradia la vida de Jesús: en medio del trabajo, en su sonrisa habitual, en el modo como lleva las contrariedades y los dolores, el cristiano refleja a Cristo. Él, que permanece en el Sagrario, se manifiesta y se hace presente a los hombres en la vida corriente del cristiano.
Sagrarios de
plata y oro
que abrigáis la omnipresencia
de Jesús, nuestro tesoro,
nuestra vida, nuestra ciencia.
Yo os bendigo y os adoro
con profunda reverencia... (9).
Desde hace dos mil años, el Hijo de Dios habita en medio de los hombres. “Él, en quien el Padre encuentra delicias inefables, en quien los bienaventurados beben una eternidad de dicha! El Verbo encarnado está ahí, en la Hostia, como en tiempo de los Apóstoles y de las muchedumbres de Palestina, con la infinita plenitud de una gracia capital, que no pide sino desbordarse sobre todos los hombres para transformarlos en Él. Habría que acercarse a este Verbo salvador con la fe de los humildes del Evangelio, que se precipitaban al encuentro de Cristo para tocar la franja de su vestidura y volvían sanos” (10). Así hacemos el propósito de acercarnos nosotros.
III. A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte. No deben desconcertarnos las apariencias sensibles. No todo lo real, ni siquiera todas las realidades creadas de este mundo, son percibidas por los sentidos, que son fuente de conocimiento, pero a la vez limitación de nuestra inteligencia. La Iglesia, en su peregrinación por este mundo hacia el Padre, posee en la Sagrada Eucaristía a la Segunda Persona de la Trinidad Beatísima, a la que no perciben los sentidos, que ha asumido la Humanidad Santísima de Cristo. El Verbo se hizo carne (11) para habitar entre nosotros y hacernos partícipes de su divinidad. Vino para el mundo entero, y se hubiera encarnado por el menor y más indigno de los hombres. San Pablo pregustaba esta realidad con gozo, y decía: el Hijo de Dios me amó y se entregó a Sí mismo por mí (12). Jesús habría venido al mundo y padecido por mí solo. Ésta es la gran realidad que llena mi vida, podemos pensar todos. En la economía de la Redención, la Eucaristía fue el medio providencial elegido por Dios para permanecer personalmente, de modo único e irrepetible, en cada uno de nosotros. Con alegría cantamos en la intimidad de nuestro corazón: Pange, lingua, gloriosi Corporis mysterium... Canta, lengua mía, el misterio del Cuerpo glorioso y de la Sangre preciosa, que el Rey de las naciones, Hijo de Madre fecunda, derramó por rescatar al mundo (13).
No está oculto Jesús. Nosotros le vemos cada día, le recibimos, le amamos, le visitamos... “Qué clara y diáfana es su Presencia cuando le contemplamos con una mirada limpia, llena de fe! Pensemos en cómo vamos a comulgar, quizá dentro de pocos minutos o de algunas horas, y pidamos a Dios Padre, nuestro Padre, que aumente la fe y el amor de nuestro corazón. Quizá nos pueda servir aquella oración de Santo Tomás con la que tal vez nos hemos preparado para recibir a Jesús en otras ocasiones: “Omnipotente y sempiterno Dios, me acerco al sacramento de vuestro Hijo Unigénito, Nuestro Señor Jesucristo, como un enfermo al médico que le habrá de dar vida; como un inmundo acudo a la fuente de la misericordia; ciego, vengo a la luz de la eternidad; pobre y falto de todo, me presento al soberano Señor del cielo y de la tierra. Ruego a vuestra inmensa largueza se sirva sanar mis enfermedades, purificar mis manchas, iluminar mis tinieblas, enriquecer mi miseria, vestir mi desnudez. Dulcísimo Señor, concededme que reciba el Cuerpo de vuestro Hijo Unigénito, nacido de la Virgen, con tal fervor que pueda ser unido íntimamente a Él y contado entre los miembros de su Cuerpo místico”.
(1) Himno Adoro te devote.- (2) Is 45, 15.- (3) Lc 2, 29-30.- (4) Cfr. J. ESCRIVA DE BALAGUER, Forja, n. 542.- (5) Jn 15, 4; 9, 15.- (6) Gal 2, 20.- (7) Cfr. SANTO TOMAS, Libro IV de las Sentencias, Dist. 12, q. 2, a. 2 ad 1.- (8) SAN AGUSTIN, Comentario a la Carta de San Juan a los Parthos, 2, 14.- (9) SOR CRISTINA DE ARTEAGA, Sembrad, XCIX.- (10) M. M. PHILIPON, Los sacramentos en la vida cristiana, Palabra, 2ª ed., Madrid 1980, p. 132.- (11) Jn 1, 14.- (12) Gal 2, 20.- (13) Himno Pange, lingua.
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† Santoral (si GoogleGroups corta el texto, lo encontrará en www.iesvs.org)
San Pedro Damián, Cardenal, Obispo
de Ostia, Doctor de la
Iglesia (año 1072).
Damián significa: el que doma su cuerpo. Domador de sí mismo.
San Pedro Damián fue un hombre austero y rígido que Dios envió a la Iglesia Católica en un tiempo en el que la relajación de costumbres era muy grande y se necesitaban predicadores que tuvieran el valor de corregir los vicios con sus palabras y con sus buenos ejemplos. Nació en Ravena (Italia) el año 1007.
Quedó huérfano muy pequeñito y un hermano suyo lo humilló terriblemente y lo dedicó a cuidar cerdos y lo trataba como al más vil de los esclavos. Pero de pronto un sacerdote, el Padre Damián, se compadeció de él y se lo llevó a la ciudad y le costeó los estudios. En honor a su protector, en adelante nuestro santo se llamó siempre Pedro Damián.
El antiguo cuidador de
cerdos resultó tener una inteligencia privilegiada y obtuvo las
mejores
calificaciones en los estudios y a los 25 años ya era profesor
de universidad.
Pero no se sentía satisfecho de vivir en un ambiente tan mundano
y corrompido,
y dispuso hacerse religioso.
Estaba meditando cómo entrarse a un convento, cuando recibió la visita de dos monjes benedictinos, de la comunidad fundada por el austero San Romualdo, y al oírles narrar lo seriamente que en su convento se vivía la vida religiosa, se fue con ellos. Y pronto resultó ser el más exacto cumplidor de los severísimos reglamentos de su convento.
Pedro, para lograr dominar sus pasiones sensuales, se colocó debajo de su camisa correas con espinas (cilicio, se llama esa penitencia) y se daba azotes, y se dedicó a ayunar a pan y agua. Pero sucedió que su cuerpo, que no estaba acostumbrado a tan duras penitencias, empezó a debilitarse y le llegó el insomnio, y pasaba las noches sin dormir, y le afectó una debilidad general que no le dejaba hacer nada. Entonces comprendió que las penitencias no deben ser tan exageradas, y que la mejor penitencia es tener paciencia con las penas que Dios permite que nos lleguen, y que una muy buena penitencia es dedicarse a cumplir exactamente los deberes de cada día y a estudiar y trabajar con todo empeño.
Esta experiencia personal le fue de gran utilidad después al dirigir espiritualmente a otros, pues a muchos les fue enseñando que en vez de hacer enfermar al cuerpo con penitencias exageradas, lo que hay que hacer es hacerlo trabajar fuertemente en favor del reino de Dios y de la salvación de las almas.
En sus años de monje, Pedro Damián aprovechó aquel ambiente de silencio y soledad para dedicarse a estudiar muy profundamente la Sagrada Biblia y los escritos de los santos antiguos. Esto le servirá después enormemente para redactar sus propios libros y sus cartas que se hicieron famosas por la gran sabiduría con la que fueron compuestas.
En los ratos en que no estaba rezando o estudiando, se dedicaba a labores de carpintería, y con los pequeños muebles que construía ayudaba a la economía del convento.
Al morir el superior del convento, los monjes nombraron como su abad a Pedro Damián. Este se oponía porque se creía indigno pero entre todos lo lograron convencer de que debía aceptar. Era el más humilde de todos, y pedía perdón en público por cualquier falta que cometía. Y su superiorato produjo tan buenos resultados que de su convento se formaron otros cinco conventos, y dos de sus dirigidos fueron declarados santos por el Sumo Pontífice (Santo Domingo Loricato y San Juan de Lodi. Este último escribió la vida de San Pedro Damián).
Muchísimas personas pedían la dirección espiritual de San Pedro Damián. A cuatro Sumos Pontífices les dirigió cartas muy serias recomendándoles que hicieran todo lo posible para que la relajación y las malas costumbres no se apoderaran de la Iglesia y de los sacerdotes. Criticaba fuertemente a los que son muy amigos de pasear mucho, pues decía que el que mucho pasea, muy difícilmente llega a la santidad.
A un obispo que en vez de dedicarse a enseñar catecismo y a preparar sermones pasaba las tardes jugando ajedrez, le puso como penitencia rezar tres veces todos los salmos de la Biblia (que son 150), lavarles los pies a doce pobres y regalarles a cada uno una moneda de oro. La penitencia era fuerte, pero el obispo se dio cuenta de que sí se la merecía, y la cumplió y se enmendó.
Los dos peores vicios de la Iglesia en aquellos años mil, eran la impureza y la simonía. Muchos sacerdotes eran descuidados en cumplir su celibato, o sea ese juramento solemne que han hecho de esforzarse por ser puros, y además la simonía era muy frecuente en todas partes. Y contra estos dos defectos se propuso luchar Pedro Damián.
Varios Sumos Pontífices, sabiendo la gran sabiduría y la admirable santidad del Padre Pedro Damián, le confiaron misiones delicadísimas. El Papa Esteban IX lo nombró Cardenal y Obispo de Ostia (que es el puerto de Roma). El humilde sacerdote no quería aceptar estos cargos, pero el Papa lo amenazó con graves castigos si no lo aceptaba. Y allí, con esos oficios, obró con admirable prudencia. Porque al que es obediente consigue victorias.
Resultó que el joven emperador Enrique IV quería divorciarse, y su arzobispo, por temor, se lo iba a permitir. Entonces el Papa envió a Pedro Damián a Alemania, el cual reunió a todos los obispos alemanes, y valientemente, delante de ellos le pidió al emperador que no fuera a dar ese mal ejemplo tan dañoso a todos sus súbditos, y Enrique desistió de su idea de divorciarse.
Sus sermones eran escuchados con mucha emoción y sabiduría, y sus libros eran leídos con gran provecho espiritual. Así, por ejemplo, uno que se llama "Libro Gomorriano", en contra de las costumbres de su tiempo. (Gomorriano, en recuerdo de Gomorra, una de las cinco ciudades que Dios destruyó con una lluvia de fuego porque allí se cometían muchos pecados de impureza). A los Pontífices y a muchos personajes les dirigió frecuentes cartas pidiéndoles que trataran de acabar con la Simonía, o sea con aquel vicio que consiste en llegar a los altos puestos de la Iglesia comprando el cargo con dinero (y no mereciéndolo con el buen comportamiento). Este vicio tomó el nombre de Simón el Mago, un tipo que le propuso a San Pedro apóstol que le vendiera el poder de hacer milagros. En aquel siglo del año mil era muy frecuente que un hombre nada santo llegara a ser sacerdote y hasta obispo, porque compraba su nombramiento dando mucho dinero a los que lo elegían para ese cargo. Y esto traía terribles males a la Iglesia Católica porque llegaban a altos puestos unos hombres totalmente indignos que no iban a hacer nada bien sino mucho mal. Afortunadamente, el Papa que fue nombrado al año siguiente de la muerte de San Pedro Damián, y que era su gran amigo, el Papa Gregorio VII, se propuso luchar fuertemente contra ese vicio y tratar de acabarlo.
La gente decía: el Padre Damián es fuerte en el hablar, pero es santo en el obrar, y eso hace que le hagamos caso con gusto a sus llamadas de atención.
Lo que más le agradaba era retirarse a la soledad a rezar y a meditar. Y sentía una santa envidia por los religiosos que tienen todo su tiempo para dedicarse a la oración y a la meditación. Otra labor que le agradaba muchísimo era el ayudar a los pobres. Todo el dinero que le llegaba lo repartía entre la gente más necesitada. Era mortificadísimo en comer y dormir, pero sumamente generosos en repartir limosnas y ayudas a cuantos más podía.
El Sumo Pontífice lo envió a Ravena a tratar de lograr que esa ciudad hiciera las paces con el Papa. Lo consiguió, y al volver de su importante misión, al llegar al convento sintió una gran fiebre y murió santamente. Era el 21 de febrero del año 1072. Inmediatamente la gente empezó a considerarlo como un gran santo y a conseguir favores de Dios por su intercesión.
El Papa lo canonizó y lo declaró Doctor de la Iglesia por los elocuentes sermones que compuso y por los libros tan sabios que escribió.
San Pedro Damián: consíguenos de Dios la gracia de que nuestros sacerdotes y obispos sean verdaderamente santos y sepan cumplir fielmente su celibato.
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Fuente:
Oremosjuntos.com
Noël (Natal) Pinot, Beato
Mártir,
Febrero 21
Presbítero y Mártir Martirologio Romamo: En
Anjou, en Francia, beato Natal Pinot, presbítero y
mártir, el cual, durante la Revolución Francesa,
siendo párroco, mientras se preparaba para celebrar
misa fue detenido y, revestido con los ornamentos
litúrgicos a modo de burla, llevado al patíbulo como
al altar del sacrificio (1794). |
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Fuente:
Oremosjuntos.com
Eleonora o Leonor de
Inglaterra
Reina y religiosa, Febrero 21
Etimológicamente: Leonor
= Eleonor = Eleonor = Aquella que es audaz, es de
origen gálico. |
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Fuente:
ar.geocities.com/misa_tridentina01
Eustaquio (Eustacio) de
Antioquía, Santo
Obispo, Febrero 21
Obispo Martirologio Romano: Conmemoración
de san Eustacio, obispo de Antioquía, el cual, célebre
por su doctrina, fue desterrado a Trajanópolis, en
Tracia, en tiempo del emperador arriano Constancio, a
causa de su fe católica, y allí descansó en el Señor
(c. 338). |
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Fuente:
Santopedia.com
María Enriqueta (Ana
Catalina) Dominici,
Beata Religiosa, Febrero 21
Religiosa Martirologio Romano: En
Turín, del Piamonte, beata María Enriqueta (Ana
Catalina) Dominici, de las hermanas de Santa Ana y de
la Providencia, que gobernó sabiamente y engrandeció
su Instituto durante treinta años hasta su muerte
(1894). |
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Roberto Southwell, Santo Mártir Jesuita, Febrero 21
Presbítero y Mártir Martirologio Romano: También
en Londres, san Roberto Southwell, presbítero de la
Compañía de Jesús y mártir, que durante varios años
ejerció su ministerio en la ciudad y sus alrededores y
compuso escritos espirituales. Detenido por ser
sacerdote, por orden de la misma reina fue duramente
torturado, terminando su martirio al ser colgado en
Tyburn (1595). |
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Fuente:
Martirologio Romano
Otros Santos y Beatos
Completando
santoral de este día, Febrero 21
San Germán, abad |
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Fuentes: IESVS.org; EWTN.com; hablarcondios.org, Catholic.net, misalpalm.com
Mensajes anteriores en: http://iesvs-org.blogspot.com/
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