Terminó al fin aquella ordalía, y me convertí en víctima oficial,
testigo, testimonio ambulante de aquellos tratos, y viví durante años
viajando por el mundo, dando charlas, ruedas de prensa, explicaciones,
proyectando presentaciones de Power Point, cintas y videos, en los que
se mostraba la celda, las condiciones inhumanas, y todos los días
volvía a revivir el suplicio, la claustrofobia de aquellas paredes
sucias, húmedas, y volvía a oir el ruido del ventilador, plac, plac,
plac, y la bombilla desnuda se clavaba en mis ojos, y se quedaba allí,
marcada, para el resto del día, para la noche, en la que volvía a
arrastrarme privado de sueño, una y otra vez, en una reclusión que no
terminaba, que llevaba conmigo, dentro de mí, tan fijamente adherida
como el sudor, como el deslumbramiento, como el insomnio.
Entonces, por fin, desperté, me levanté y apagué la puta bombilla.