Templarios y Masones
La iniciación en la masonería antigua comprendía las pruebas de la
tierra, el agua, el aire y el fuego cuya
presencia vemos en varias cofradías secretas de la antigüedad; la
iniciación al grado
de Maestro descansaba sobre el mito del arquitecto asesinado.
Entre los símbolos secretos de los antiguos francmasones operativos,
hay que citar primero los
laberintos
que son verdaderas rúbricas iniciáticas de magia telúrica. Fueron
destruidos, en su
mayoría, por clérigos europeos a partir del
siglo XVII; los que subsisten están muy a menudo ocultos por maleza
que impiden sentir el
inmenso impulso de las bóvedas. En el centro de los laberintos
figuraba, por lo general,
el rostro de uno o varios maestros de obras que encarnaban el alma de
la cofradía
masónica que había construido la Catedral.
La escalera de caracol, que puede verse en numerosas torres de
catedrales, fue un
importante símbolo de la masonería medieval; aludía a la necesidad de
evolucionar en
torno a un eje central, de seguir las volutas de la existencia humana
sin perder nunca de
vista una referencia sagrada. A lo largo de esas escaleras o en los
pilares, se encuentran
marcas de constructores y signos lapidarios que son, unas veces,
firmas de escultores,
otras, restos geométricos que ofrecen claves de proporciones. Esas
marcas existían ya en
la más alta antigüedad; en las paredes del templo egipcio de Medinet-
Habu , Dyamet (nombre egipcio), que data de
la XVIII Dinastía, se ve la estrella de cinco puntas, la cruz de San
Andrés, un armonioso
trazado de un plano de templo, un cuadrado largo es decir, un
rectángulo de 1 por 2 que
es, hoy todavía, el símbolo de la logia masónica.
Los albañiles de la Edad Media poseían tres «joyas» inmutables que
definían la
naturaleza de los tres grados de la iniciación. La piedra bruta o en
bruto era la
primera «joya»,
reservada a los aprendices; la segunda era la piedra cúbica de punta,
reservada a los
compañeros; la tercera, la tabla de trazo ( de donde proviene la frase
el trazado de arquitectura ) , reservada a los maestros albañiles .
En la francmasonería
contemporánea, la piedra en bruto sigue siendo el símbolo de los
aprendices; pocas veces
se emplea la piedra cúbica con punta y la tabla de trazo,
desgraciadamente, se olvidó con
el paso de los años
La gran «reserva» simbólica de la masonería medieval es,
esencialmente, el
repertorio iconográfico de los capiteles esculpidos. Allí encontramos
el pelícano, el fénix y
el águila de dos cabezas que se honran en los altos grados masónicos;
todas las
actitudes rituales del escultor iniciado se representan en la piedra
o
en la madera, todos
los objetos sagrados de los albañiles son visibles en las iglesias y
las catedrales, todos
sus secretos espirituales y técnicos son accesibles aún gracias al
lenguaje del símbolo.
El término de «símbolo», que sin duda es el mejor camino para
comprender la
mentalidad medieval, nos da ocasión para abordar un tema delicado:
las
relaciones de la
francmasonería medieval con otra gran sociedad iniciática de aquel
tiempo, la orden
caballeresca de los templarios. Como demostró el historiador Paul
Naudon, en una obra sobre "Les loges de Saint-Jean", la epopeya de
las catedrales se debió a la acción conjunta de la Iglesia, los
templarios y los
francmasones. Puesto que la masonería del siglo XX reivindica de buen
grado su
ascendencia templaría, es necesario examinar esta afirmación.
Es sabido que, según la leyenda, los nueve fundadores de la Orden
encontraron
en los cimientos del templo de Jerusalén un cofre en el que se
ocultaba un manuscrito secreto supuestamente escrito por el mismo Rey
Salomón
de inestimable valor iniciático; éste relataba el procedimiento
empleado por Salomón para
realizar la Gran Obra alquímica en el interior del cuerpo humano. Poco
después de su nacimiento, en
1118, la orden del
Temple tuvo una gran actividad arquitectónica; recurrió a los
albañiles y los protegió de
un modo constante. En cada comandancia había un maestro arquitecto
que
velaba por
los derechos de franquicia concedidos a todos los obreros que
solicitaban la hospitalidad
del Temple. En 1268, Fouques de la Orden del Temple es, a la vez,
templario,
francmasón y
maestro carpintero del rey; es el vivo símbolo de una unión total.
Además, en 1 155, casi
todas las logias inglesas eran administradas por el Temple.
El 19 de marzo de 1314 tiene lugar la ejecución de Jacques de Molay,
que supone la
muerte oficial de la orden templaría. ¿Qué se reprochaba a esos
caballeros?
Esencialmente que mantuvieran cultos heréticos y se entregaran a
prácticas sexuales.
Son las calumnias habituales que aparecen sin cesar cuando se ataca a
las sociedades
iniciáticas. De hecho, Felipe el Hermoso había visto cómo su
solicitud
de admisión era
rechazada por los maestros templarios, y su vanidad de tirano,
acompañada por una
imperiosa necesidad de dinero, desembocó en los actos criminales
conocidos por todos.
Además, los templarios no revelaban a la Iglesia romana el secreto de
sus asambleas; los
«capítulos» del Temple interior se reunían por la noche y no se
confundían con las
asambleas que administraban los inmensos bienes materiales de la
orden.
Solo hemos conservado algunos retazos de la iniciación templaría.
Antes de la
entrada del neófito, el maestro del lugar preguntaba a los hermanos:
¿Queréis que le
hagamos venir por Dios?; a eso responden: «Hacedlo venir por Dios».
Cuando el neófito
entra en el templo, todos los iniciados se vuelven hacia él y le
preguntan: «¿Os halláis
todavía en vuestra buena voluntad?»; fórmula que la francmasonería
transformara
ligeramente preguntando al profano si es libre y de buenas
costumbres.
«Requerís algo
muy grande», dice el maestro al postulante, «pues solo veis la
corteza
de nuestra orden.
Ignoráis los duros mandamientos de nuestra sociedad, pues es duro que
vos, que sois
dueño de vos mismo, os hagáis siervo de otro». Durante la ceremonia,
una pregunta
reaparece vanas veces: «¿Sois de buena voluntad?». Y todas las veces
el postulante se
compromete más y manifiesta su deseo de proseguir.
El instante supremo es el de la «creación» del nuevo templario. El
maestro se dirige
entonces a los hermanos: «Si entre vosotros hubiera alguno que conoce
en él (el
postulante) algo que le impida ser un hermano según la Regla, que lo
diga; pues mejor
sería que lo dijese antes que cuando haya acudido ante nosotros».
Esta
fase ritual se
conserva íntegramente en la iniciación masónica contemporánea.
Los templarios empleaban ya la calavera que se encuentra en el
«gabinete de
reflexión» de los masones, honraban de modo particular una piedra
procedente del cielo
que puede confundirse con la piedra cúbica del compañero masón.
Además, cuando el
iniciado templario pasa por encima del crucifijo, lleva a cabo un
acto
análogo al del
maestro masón cuando pasa por encima del ataúd de Hiram. El Gran
Maestre de los
templarios se afirma, por lo demás, como arquitecto, puesto que posee
el ábaco, el bastón
sagrado de los constructores. La fiesta del solsticio del san Juan de
invierno reúne a
templarios y francmasones, y los grandes maestros de ambas órdenes
encienden
personalmente las hogueras rituales.
Es del todo cierto que templarios y francmasones mantuvieron
estrechos
vínculos
durante la época medieval. Tras la destrucción de la orden del
Temple,
algunos
afirmaron que los templarios habían escapado de la matanza. Varios
hermanos se
habrían refugiado en Escocia, cerca de Heredom, donde fueron
recibidos
con alegría por
los caballeros de san Andrés del Cardo. En nuestros días, el Rito
Escocés Rectificado
reivindica a los templarios que habrían creado ese rito masónico en
Heredom, hacia
1340. Según otros relatos, el rey escocés Bruce habría acogido en su
corte a los
templarios supervivientes y fundado en su honor la orden del Cardo,
hacia 1313. En su
obra Del régimen de estricta Observancia, el masón de Hund resume en
estos términos
la leyenda que une los templarios con los masones: «Tras la
catástrofe, el Gran Maestro
provincial de Auvernia, Pierre d'Aumont, huye con dos comendadores y
cinco caballeros.
Para no ser reconocidos se disfrazaron de obreros albañiles y se
refugiaron en una isla
escocesa donde encontraron al gran comendador Georges de Harris y a
varios hermanos
más, con los que decidieron continuar la orden. Celebraron, el día de
san Juan de 1313,
un capítulo en el que Aumont, el primero de su nombre, fue nombrado
Gran Maestro.
Para evitar las persecuciones, tomaron prestados símbolos del arte de
la albañilería y se
denominaron albañiles libres». La nueva orden se extendió entonces
por
Inglaterra, Alemania
e Italia.
Los nombres y las fechas, una vez más, deben ser puestos en duda, y
numerosos
historiadores rechazan la ascendencia templaría de la francmasonería.
Cierto es, sin
embargo, que algunos templarios prosiguieron la Obra iniciada y se
refugiaron en las
cofradías de albañiles a los que habían protegido cuando eran
poderosos. La identidad de
puntos de vista y la comunidad de los símbolos eran serios motivos de
aproximación.
Además, la filiación templaría es una realidad viva para muchos
masones que recuerdan
las palabras pronunciadas por su hermano Ramsay en el siglo XVIII:
«Los cruzados [que
se identifican aquí con los templarios], reunidos de todas partes de
la cristiandad en
Tierra Santa, quisieron unir en una sola confraternización a los
subditos de todas las
naciones. El nombre de francmasones no debe ser entendido, pues, en
un
sentido literal,
grosero y material... Qué agradecimiento se debe, pues, a esos
hombres
superiores que,
sin grosero interés, sin ni siquiera escuchar el natural deseo de
dominar, imaginaron un
establecimiento cuyo único objetivo es la reunión de los espíritus y
los corazones, para
hacerlos mejores, y formar, en el transcurso de los tiempos, una
nación del todo
espiritual».
Llegados ya al final de este capítulo en el que hemos intentado hacer
revivir
algunos de los aspectos de la francmasonería en la Edad Media. Es
hora
de sacar
algunas conclusiones de esta investigación, recordando los principios
esenciales de la
Orden masónica en la cima de su gloria y de su genio; tendremos así
puntos de
referencia para mejor comprender la ulterior revolución de la Orden.
El albañil, el masón, de la Edad Media, entra en una cofradía cuyo
objetivo
principal es construir un templo de piedra destinado a recibir la
asamblea de los fieles.
Construyéndolo, el iniciado aprende también a construir un templo
espiritual que nunca
estará acabado. En el interior de la Orden no hay disociación entre
el
espíritu y la mano,
entre los «pensadores» y los «manuales»; el Maestro de Obras es el
símbolo viviente de
esta unidad.
Para el masón, el universo es una gigantesca obra donde se encuentran
todos los
materiales indispensables para la erección de la catedral. A él le
toca saber utilizarlos y
realizar la Obra más hermosa que ofrecerá a Dios y no a los hombres.
«Todos los ritos de
la masonería», escribió Jules Romains, «giran en torno a la idea de
construcción. Si
habéis comprendido eso, lo habéis comprendido todo». El masón, en
efecto, no cree en el
«buen salvaje»; a su juicio, el oficio es necesario para la
culminación del alma, el trabajo
es la mejor aproximación a lo divino. Pero no se trabaja de cualquier
modo; para
reconstruir al hombre edificando una iglesia, hay que estar iniciado
y
percibir el sentido
de los símbolos.
«Dios escribe derecho con renglones torcidos», dice un proverbio
masónico que
anuncia los descubrimientos de Einstein. Por eso la vida del masón es
una espiral que se
desarrolla hasta el infinito, una curva armoniosa que une el cielo y
la tierra. El buen
masón es el que tiene «el compás en el ojo», ese ojo de Luz que está
siempre situado por
encima del Venerable Maestro del lugar, en las logias actuales.
Según la francmasonería, tres obras deben realizarse aquí abajo:
prolongar la
Obra de Dios llevando a la existencia lo que antes no era; por
ejemplo, hacer surgir una
catedral de la nada. Luego, prolongar la obra de la naturaleza
revelando a los hombres lo
que estaba oculto; por ejemplo, traducir a símbolos las ideas
íniciáticas vividas en el
secreto de los templos. Finalmente, crear de acuerdo con las leyes de
la Maestría, es
decir, unir lo que estaba separado y separar lo que estaba mal unido.
El Maestro de
Obras es aquel que consigue realizar esas tres obras gracias a las
enseñanzas de la
francmasonería. Podemos recordar ese hermoso diálogo de constructores
que evoca,
perfectamente, el estado de ánimo de los masones o albañiles
medievales
http://groups.google.com/group/SECRETO-MASONICO