En el verano del año pasado me harté de intentar recuperar un disco
duro que había dejado de funcionar. No era reconocido por el PC y ni
siquiera daba vueltas cuando lo conectaba de manera externa. Así que
lo dejé en el cubo de la chatarra esperando tener tiempo para, al
menos, recuperar los imanes, que a veces son útiles para recuperar algo
que se ha caído a la piscina o robarle el boli que la vecina de abajo
se ha enganchado en el escote. En estos nueve o diez meses le ha caído
a ese disco duro toda la lluvia del mundo, ha estado sumergido a ratos;
le ha dado el sol hasta casi fundirse y se le han cagado encima los
pájaros de diversas migraciones. Pues bien; esta mañana, al preparar
la chatarra para llevarla al punto limpio he separado otra vez el disco,
le he quitado medio kilo de porquería, lo he conectado externamente a
un PC y ha arrancado como si hubiera salido de la tienda. Conserva
todos los archivos. Es un Western Digital Caviar de 1600 Gb. Lo pondré
una vitrina con velas; le adoraré con ofrendas y montaré un laboratorio
de recuperación de discos sin revelar a nadie mis métodos.
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